domingo, 14 de mayo de 2023

La corriente que nos lleva: EL RÍO, de Emilio Gavilanes

 


 

Hay libros que hoy en día se leen gracias a la casualidad por quienes no sabían hasta entonces nada del autor. Creo que es el caso de los relatos que componen “El río”, de Emilio Gavilanes, que sin duda tendría que ser mucho más conocido  y reconocido en atención a sus enormes valores literarios (habiéndolo sido en su momento, aunque pasajeramente, gracias al premio Setenil obtenido después de su edición por La Discreta, así como por otros premios de significación a otras obras suyas un tanto olvidadas por el presente y que se recuerdan una y otra vez en las solapas de las nuevas ediciones de sus obras sin conseguir por ello la repercusión que entiendo que merece). 

Me pregunto a cuántos "buenos lectores" pudo llegar (y a cuántos más tomando el conjunto de sus obras publicadas), y a cuántos a quienes su lectura los conmoviera literariamente a la manera en que lo habría dicho y entendido Roland Barthes; conmovidos en fin por el placer experimentado al ser leídos. Cuántos que no los abandonaron en sus librerías quién sabe para qué otro momento o se contentaron con una lectura parcial, quizá minúscula, tal vez superficial. Durmiendo ya por fin en esas tumbas que son los anaqueles de las bibliotecas y las librerías donde de casualidad a veces alguien digno de su riqueza los descubre y acaba reconociendo su valor, Mausoleos de los "descatalogados" o, con  algo más de suerte, en espera del lector sabueso, o en  los tenderetes y librerías "de viejo" a donde habría ido a parar como libro de segunda mano; al menos para tener así una segunda vida potencial que a veces se hace efectiva.

Pero hablemos del texto que fue en su día impreso, y que quizá llegara a quinientos lectores potenciales. O, más estrictamente, del conjunto de los textos que componen el libro hasta hacerlo único, como los eslabones que forman una cadena, o como las gotas de ese río al que se alude cuyas aguas pasan dejando huellas sumergidas que, al menos en este caso, vuelven a la memoria del lector después de haber sido descubiertas, de haber sido salpicados por ellas, como si su río ciclara sin poder perderse.

Los textos, en su mayoría muy breves con unas pocas excepciones algo más extensas, responden a la misma intención que llega al lector después de una profunda y atenta lectura. Un intención y un intento que sale a flote de una textura notablemente "delicada" y "deliciosa"; especialmente sugerente. Textos que, al margen de su extensión formal, a veces apretada, sintética hasta lo inmejorable, dan muestras de la fuerza literaria que caracteriza a Emilio Gavilanes tanto en esta obra como en las otras que tuve oportunidad de leer (como "Bazar" e "Historia secreta del mundo"...), es decir, de disfrutar. Una fuerza que se esconde en la propia sutileza, tanto en los relatos breves como en los largos, en los cuales la brevedad en el fondo se sucede, se escalona, componiendo un único relato que se vuelve magistral escalón a escalón (como es el caso de la historia que para lo habitual en Emilio, es toda una novela corta, la titulada "Hospital de escombros"; pero también en el caso de "Memorias del espacio" con la que se cierra la colección para apuntar ya al futuro típico de la ciencia ficción... El final de un libro que en sus "fuentes" iniciales ponen a rodar la historia humana hacia ese futuro que apenas será un eslabón más, y que a lo largo de la corriente el hombre reiterará  sus deseos y ansiedades, sus intentos de éxito, sus éxitos fútiles y sus frustraciones, sus alegrías y desdichas, su vida, su muerte y su renacer, es decir la  Repetición).

Emilio Gavilanes trasmite esa convicción suya con una economía que invita a ser desentrañada, una economía sutil, insisto: "delicada", que funciona en base a la elección notablemente esmerada de las palabras y de la sintaxis de sus frases, ambas dentro de unas estructuras impecables. Remarco esa delicadeza y sutileza  porque me parecen relevantes en sí mismas, como maneras de hacer llegar la intención que esconde su mensaje. Unos atributos que dan lugar al placer de su lectura que llama a la vez al pensamiento, intelectual en el mejor de los sentidos. A un mensaje redondo, suficiente y sugerido que legará al lector en uno u otro grado según sea capaz de atender a los recodos sucesivos de ese Río en el que sólo encontrará la vida tal y como es, tempestuosa, trágica, dulce en los remansos, prometedora, digna de salutación, dura a veces, inclusive hostil, que corre por su auténtico cauce haciéndose literatura.

La síntesis con la que cuenta cada eslabón de la cadena, cada salto de la corriente, cada recodo del río, parece a veces estar reducida a un simple crónica, donde el relato parece reducirse a lo histórico en apariencia, es decir, a lo reelaborado como si lo fuera. Bajo ellos, sea en las cerradas sobre sí mismas, sea en los párrafos de otras mayores, se esconden sin embargo, en uno u otro grado, los secretos de las aspiraciones humanas. Una primera lectura me llevó a ver en esas síntesis escuetas una suerte de contención instintiva más que intencional que Emilio habría preferido considerar "suficiente", como dejándola más al descubrimiento que al secreto… Y, así, a valorar más y más rápidamente los relatos más largos o, quizá mejor dicho, más ambiciosos. ¿Acaso la suficiente para el propio escritor que espera que el lector se convierta a instancia del texto en su alter ego? Es posible, tal vez es lo que pretendemos todos los que hacemos literatura, en tanto es el autor quien se lee antes que nadie al escribir el texto y también al corregirlo (¡so pena de tergiversar el carácter de su propia literatura si intenta que la en todo caso posible comprensión del lector resulte explícita, inmediata!...), e incluso al irlo extrayendo del dictado de la mente en un inicio y en sus sucesivas correcciones. Pero una lectura más atenta pone al descubierto en esas más breves historias y en los párrafos de las demás mucho más que unos hechos externos sino propiamente "la metáfora" y "la intencionalidad", dejando expuestos los frutos de una profunda reflexión acerca de los sentimientos que la humanidad tiende masivamente a ocultarse para seguir sobre la balsa de lo cotidiano.

En ese sentido, las frases mismas de unos y otros consiguen una notable eficacia mediante la mencionada delicadeza, y muchas son lisa y llanamente implacables, al punto de dar por sí mismas la dimensión del drama o la tragedia humana. En su sencillez (del todo muy compleja, muy trabajada), y, para decirlo de otro modo, mediante su economía, logran una contundencia y una fuerza expresiva envidiables, a la vez que hacen pensar que surgieron tal cual de una escritura mental instintiva, natural, como cuando se escribieron por primera vez... lo que es un logro que hace transparente todos los posibles ajustes hecho a posteriori. Fluyen, son ondas, remolinos, remansos, unos y  otros poéticos, ricos y llenos en su brevedad. Tejiendo a retales que se unen la Historia Principal sin decirlo... porque en realidad nuestra Historia es en efecto, a mi criterio y creo que al de Emilio, "un Río"; donde los hechos particulares contribuyen a dibujar de a la totalidad del ser humano sin necesidad de explicitar nada acudiendo a la definición o la teoría. Lo que pintan es por lo general descarnado, intenso, auténticas pinturas visuales que se suceden como sin pretender llamar al despertar de las conciencias, pero para intentarlo de hecho, hipnóticamente, diría, sin dar noticia de su secreto objetivo y menos por anticipado.

“El río” ha pasado por delante de mis ojos de ese modo, ofreciéndome  sus arremolinadas aguas, sus penachos líquidos, su espuma, sus apaciguamientos momentáneos, para desaparecer unos momentos tras otros, dejando la sensación placentera de haber sido golpeado, salpicado y marcado por sus arrebatos, lo que queda en el recuerdo más allá de las anécdotas que le sirven de apoyo; invitándonos, a algunos al menos, a rebobinar y releer para volver a gozar…Valdrá la pena. Así como buscar en otros textos de Emilio los anzuelos que nos llama con la lectura a echar al agua de sus ríos. 

Sin duda, habrá que hacerlo y hasta volverlo a hacer, como corresponde con los mejores textos que han sido escritos.

 

martes, 14 de febrero de 2023

Prólogo a la antología "Visiones del mañana"

 

 

 

PROLOGO A "VISIONES DEL MAÑANA"

Voces hispánicas de la Ciencia Ficción  

del siglo XXI





Presentación y agradecimientos

Los nueve relatos aquí reunidos a instancias de Kalpabiswa fueron seleccionados de entre los treinta y pico que respondieron a mi convocatoria pública en diversos foros de literatura de habla española en los que se dan cita escritores del género así como por solicitud directa a autores amigos. En ellos, los lectores bengalíes a cuyas manos lleguen, encontrarán una muestra de estilos y temáticas quizá poco frecuentes en la literatura de ciencia ficción de nuestros tiempos –aunque creo que en aumento–. En todo caso, a distancia de las ofertas que la mercadotecnia editorial selecciona, empaqueta y publicita hoy en día según lo que entiende que gustará la masa lectora a tenor de sus «expertos» (y en base al criterio de que se prefiere «el espectáculo», empezando por la visualización de las competiciones deportivas basadas en el cultivo corporal, cada vez más teatrales, y que la mayoría copia «comme il faut» («como debe ser»), el fárrago de las discotecas donde prima el exhibicionismo, los conciertos de masa, etc., donde nadie es nadie sumergidos en la multitud, al tiempo que se cumple con «el buen ver de todos» tributando a la temeridad al amparo de una tecnología que se considera omnímoda, que siempre proveerá… Desde ya que no pretendo que las masas busquen «profundidad» en lugar de una evasión obtenida con el menor esfuerzo, es decir: ausencia de densidad y reflexión… salvo cuando se trata de la complejidad de los fuegos de artificio (léase: películas enrevesadas que no se comprenden pero… están llenas de «efectos especiales» y sustanciosos decorados). Evasión que, en cualquier caso, se encuadra en reglas básicamente inducidas, promovidas por los capitanes de la industria actual de la cultura sin más intereses que la obtención de resultados inmediatistas, donde hasta las habituales carreras al éxito pasan a segundo plano a la manera de los pillos que «toman el dinero y corren» (Wody Allen, sic).

De ahí el fracaso de la industria del libro frente a la superioridad de la «cinematografía espectacular» y la cada vez más exitosa caja tonta de la televisión –con ofertas técnicamente elevadas de productos de adición como las series a cuotas mensuales a veces más baratas que las entradas de cine para una única sesión–; productos con los que intenta inútilmente competir y en lo posible, y utópico, arrebatarles espacio –algo que apenas consiguen mediante oleadas de tiradas cortas que llaman «novedades», de tan escasa duración como los productos de las industrias audiovisuales sólo que en las mesas de librerías, secciones especializadas de grandes superficies y supermercados, y casetas de feria, o los mercadillos digitales que se llenan de autoedición autovalorada, ansiosa de una pequeña y efímera fama dependiente en su mayoría del automarketing del autor y sus amigos, y que reduce el negocio a la distribución y el transporte, el correo, las redes y hasta la paquetería del libro-objeto-mercancía que difiere cada vez menos de las rodajas de pan industrial o el chocolate empaquetado–; produciendo todo tipo de textos fundamentalmente banales que «invitan» a la lectura de entretenimiento como manera de alcanzar un grado superior de dignidad, con lo que colaboran, con escasos resultados empero, padres y educadores propensos a culpabilizar la falta de respeto por tales nuevos templos. Unos u otros contribuyendo consciente o inconscientemente a inducir la lectura «por deber» en lugar de por placer, algo ciertamente cada vas mas difícil en base a la masa de los libros infantiles o juveniles que ofrecen lo ya señalado: lo insulso, lo mediocre, lo ausente de imaginación y juego, lo aburrido, la reiteración de los lugares comunes, etc.; supuestos pero falsos recreos en el patio de la cárcel del niño y del hombre. Cárcel de su propia mecánica que alienta la locura de la certeza sensata, desconcertante y hondamente frustrante. Recreo que, cuanto el equilibrio que se supone inamovible tambalee y se vea ante la ruina, concluya la transformación de la masa de indefensos en una de domesticados… ¡en todo caso, para ir detrás de un nuevo flautista cargado de mesiánicas promesas!

En este proceso, del que tanto gustan quejarse los escritores nostálgicos hasta el desgaste, la claudicación o el suicidio… intelectual cuanto menos, se presentan inevitablemente ciertos libros y editoriales que reflotan la vorágine y ofrecen, pese a todo, textos estrictamente literarios que por su propia naturaleza llegarán a lo sumo a un público muy reducido, ávido de obtener el placer de la lectura que sólo los esos textos pueden provocar por su construcción formal delicada, su sensibilidad profunda, su trama ingeniosa y una temática que conmueve e invita a pensar. En unas palabras: ricas, sustanciosas.

Obviamente, en esta selección ha imperado el gusto del organizador, un gusto que ha encontrado prototípico de esa literatura por diversas razones casualmente concurrentes, donde se perciben las influencias de los mejores textos siempre salpicados más o menos explícitamente por la fantasía que diera lugar a la forma sincrética –de ciencia y magia– útil a la rebeldía más que ofrecer «respuestas», «promesas» o «salidas», Rebeldía que afirma en secreto, a cubierto de sus fabulaciones, la dolorosa certeza de que lo deseado es materialmente inaccesible, de que tras «las preguntas» se encuentra el eterno vacío y, a lo sumo, la representación, la simulación, la falsa e incluso mentirosa ordenación de las cosas en el seno del caos.

Y, más allá, la influencia, intromisión, injerto, entrelazamiento de los misterios que reverberan desde el fondo oscuro de los bosques, las selvas y las cavernas de donde hemos salido. Algo especialmente acentuado en las regiones que fueron «civilizadas» a instancias de las armas y el acero de fabricación occidental y que siguen conservando sus tradiciones en el entretejido del nuevo mito importado que un día desembarcaría en sus costas o atravesaría sus montañas limítrofes, descargando y distribuyendo «su progreso» tan mágicamente como los mitos ancestrales; un mito sincrético poco a poco adoptado., bajo el que se practica una u otra religión en un ambiente de aire acondicionado y se reza a la vez que se confía en la vacuna. Algo que a veces reaparece bajo la propia asimilación bilateral.

Dicho con una ironía que aflorará complementariamente en la presente literatura que aquí ofrecemos, heredera de los tiempos de la decepción que derivó de la decadencia europea, cabría decir que el caldero de los conjuros acabó siendo removido por una batidora eléctrica. Que el vuelo nocturno realizado oníricamente o en trance a caballo de un. Palo o una escoba o sobre una ondulante alfombra mágica acabaríamos por verlo renacer a bordo de un cohete o mediante una máquina del tiempo.

Sí, magia al fin, pero buscando «hacer verosímil lo inverosímil», como Kafka considerara propio de la literatura de nuestra época racionalista y causalista de la que seguimos siendo tributarios y «contra» la cual tendemos algunos a «descender hasta el fondo negro de una broma» como señala Kundera. Y es que la literatura auténtica no puede dejar de construir un orden del desorden al tiempo que se burla de su propia intención idílica e inconducente conjuntamente con todo lo que el lector y él mismo autor dan aún por sagrado y esperanzador; sembrando para ello el camino del texto de todo tipo trampas ingeniosas y sorprendentes que el lector se verá obligado a admitir como ciertas para alcanzar y extraer la médula, el meollo, como lo llamaba Rabelais: el descubrir al fin y al cabo que seguimos un rumbo ciego por el mundo, que vivimos en el desamparo del que deseamos escapar. Una literatura que precisamente encuentra en la apelación a los tópicos por excelencia del «género» en el que se encajona a la Ciencia Ficción que tanto lo desborda muchas veces y hasta se introduce cada vez más y no por nada en los textos de escritores considerados ajenos al género.

Porque... ¿acaso tanta diferencia hay entre el recurso a la máquina del tiempo por Wells, Christofer Priest (o por mi mismo si me lo permiten en mis cuentos publicados precisamente por Kalpawispa) entre otros muchos y las parábolas de Murakami o Amitav Gosh o el hermoso especialmente por su trazo fino, creado como para ser escrito en su lengua bengalí, que utiliza Tagore en su relato “Las piedras hambrientas”, apuntando con sencillez poética: “Era como si una oscura cortina de doscientos cincuenta años colgara ante mi” para continuar acto seguido reconociendo cuánto le habría gustado a su “viajero en el tiempo” “levantarla un poquito y asomarme cuidadoso”? ¿Tanta es la diferencia entre «el futuro» siempre presente en la ciencia ficción y «el pasado» que muchos escritores convirtieron en un «haber sido»,[1] en un pasado hipotético mucho más que en un «fue así» de carácter «científico»… que tantas veces acaba desdicho por algún competidor del gremio?… ¿Tanta distancia hay entre el héroe mitológico y el contemporáneo, entre sus viajes de crecimiento personal, más allá de que hoy cuesta mucho encubrir la decepción acentuada con el tiempo que lleva al héroe hasta el borde de la nada en el que se muestra y hasta se reconoce sencillamente tan sólo como un hombre más, un accidente incluso?… No deja todo ello al descubierto la mecánica que se repite, lo que antiguamente se denominaba «la naturaleza del hombre», que se vuelve a encontrar en el futuro… quizá porque este sólo ha sido inventado para poder hablar con más contundencia del horror del presente?

La reducción entre «los hechos fácticos» y lo imaginario, entre lo «experimental» y lo aventurable, entre lo hipotético y lo fantástico, recorre la literatura en todas sus formas (o, como se prefiere, «géneros»), desde Cyrano de Bergerac hasta el «realismo mágico» latinoamericano en el que en realidad debemos inscribir a Felisberto Hernández y Horacio Quiroga, pasando por Marquez (más formalista a mío criterio) y Rulfo, Arreola, Cortazar y sin duda alguna a Borges y continuado por Piglia, y esto hablando del área latinoamericana, porque fuera esta auténtica fusión a prosperado también en Europa (con por ejemplo Hoelbeck) o en India (con Amitar Gosh o Salman Rushdy entre los más conocidos) por citar meros ejemplos que no dejan de multiplicarse y cuyos exponentes han han ampliado simplemente sus recursos hasta incluir los tópicos de la «ciencia ficción» de manera muchas veces caprichosa y hasta irónica.

Precisamente «recursos», es decir, no para exponerlos como tema central sino para conseguir lo propio de la literatura: distanciarse, mirar desde lejos las cosas del presente (desde un futuro imaginario, por ejemplo), situar al hombre en el límite de la manera más contundente y efectiva posible, efectiva en el sentido de lograr la conmoción del lector, «darle un hachazo», como sugería Kafka que se debía hacer.

Ciertamente, no se puede negar que la literatura de ciencia ficción (incluyendo el uso colateral de sus tópicos que he mencionado) permite algo que explicaría que se recurra a ella (o a aquellos de sus elementos): la posibilidad de anticipar alegóricamente los deseos de una sociedad distinta de la que habitamos. Esto se manifiesta en el género (o en la utilización de sus tópicos) de muchas maneras propias de las concepciones imaginarias, utópicas o pesimistas, de los autores, que, a mi modo de ver, pueden agruparse en dos grandes categorías: la de quienes se sienten impotentes y no ven sino el refugio del desinterés y el aislamiento, resignados a que el mundo siga su curso, dejando o no abiertas todas las alternativas y sobre todo la desesperanzada repetición (grupo al que siento estar adscripto); la de quienes optan por esperar una sociedad humana nueva a partir de una ruptura catastrófica de la continuidad, es decir, una suerte de Apocalipsis redentor que haga pagar por los pecados y de a luz una nueva generación básicamente pura, eventualmente bajo la conducción de héroes mágicos y mesiánicos. En todo caso, predominando el catastrofismo y las «distopías» cuyos resultados finales posteriores encerrarían las señaladas opciones mesiánicas del mismo modo que habría sucedido después del bíblico «diluvio universal».

Lo evidente es que en la medida que el «progreso» fue frustrando la perspectiva positivista, esa tendencia iría en aumento, dando lugar a los auténticos nidos de lo que Duvignaud considerara «anomias».[2] Lo podemos ver en los textos de Julio Verne si evitamos el reduccionismo tergiversador que invita a ver los aspectos positivistas -meros recursos en realidad- presentes en su literatura: la premonición «prospectiva» de las invenciones mecánicas o tecnologías, a saber: submarinos, cohetes… o en la de Wells al relevar su máquina del tiempo, intentando ignorar la conducta que mueve al Capitán Nemo (no por casualidad «Nadie», es decir, alguien irrelevante para el mundo del que se aleja, del que huye, al que repudia alejándose creando el suyo propio), o el del esperanzado en una reconstrucción mesiánica del mundo en base a los tres libros mágicos y más puros que quedarán en el misterio y a los que cada lector podrá identificar según le dicten sus mitos (¿Biblia?, ¿Kant?, ¿Marx?, ¿Freud?…) Una trayectoria que acaba en el caso de Verne por la descorazonada «El eterno Adán», atribuida por los defensores de la continuidad y la ceguera a un estado particular psicológico del autor que queda notablemente marginada de sus «grandes -y positivamente reducidas- obras», donde queda claro desde el título que nada nunca cambiará, que el hombre (Adán) será una y otra vez el mismo en todo futuro posible, es decir, un ser «vencido» por las circunstancias, por el «rodar destructivo» del mundo debido a su idiosincrasia «diabólica».

A esta literatura, que creo que crece cada vez más a pesar de todo, borrando las fronteras que la pretenden separar como «género», considero que pertenecen los relatos reunidos, con sus visiones trágicas y hasta desesperanzadoras, con las cuales sus autores intentan una vez más ampliar el «territorio» del texto al que se refiriera Fielding, pionero mundial de la novela moderna. Y esto sin por ello dejar de señalar la inevitable vanidad de los que la escritura les permitiría sentirse lo suficientemente especiales como para continuar viviendo rodeado de muy escasos oídos. La vanidad «que concede al escritor la engañosa impresión de estar creando el mundo y de, como suele decirse, estar cambiándolo». Pero que por otra parte nace, a partes iguales, del «exceso de sensibilidad» (y «de conciencia» a la que se refiere Dostoyevski al pensar indudablemente en sí mismo) que se rebela, a la que le repugna, que rechaza sin poder evitarlo, la banalidad, la incoherencia, la hipocresía y, sobre todo, el creciente cinismo imperantes. Que siente la necesidad de denunciar la mentira desconcertante que llega a dulcificar el mal (ocultándoselo a los niños a pesar de lo que de por sí viven y ven, es decir, contribuyendo a su esquizofrenia), hasta dotarlo inclusive de una bondad en sí, personificaciones de un amor rosa, romántico y desinteresado, heroico, claro, que pretende enterrar la existencia real del tradicionalmente posesivo, egoísta y machista del vampiro, los hombres lobo y los extraterrestres, hasta hace un tiempo conquistadores, depredadores y exterminadores que han llegado a ser mostrados como «defensores de la Tierra» contra el hombre que, a tono con el clericalismo, «habría perdido el rumbo» o «se habría alejado de Dios». Todo para hacer prevalecer unos valores idílicos en apariencia pero sobre todo cínicos e mezquinos, ya no tanto al servicio de la productividad sino de un «mundo feliz y ascético», puesto en escena en favor del mito de la sociedad industrial en manos de los gestores «que saben» (aunque ni siquiera tiene esto el viejo significado), principalmente multimedia, farmacéutica, publicitaria, del «ocio», «crear» o más bien «activar» y «realimentar» la sed por el líquido específico que embotellan para el consumidor entre los cuales han logrado incluir al lector.

Pues contra esto se alza una y otra vez la literatura que considero «auténtica», la que fiel a sus orígenes ofrece a los lectores lo que ellos mismos acabarán haciendo propio (o desechando, olvidando, repudiando), que intenta que se les clave en la carne para hacer de «la obra» su propia obra, del «texto» su mirada rumiante capaz de volverlo nutritivo. Y esto, como todos los que hemos dado forma y contenido a esta antología, esperando conseguir al mismo tiempo lo que Goethe promovía al introducir su Fausto: «…que se oiga la fantasía con todos sus coros, razón, inteligencia, sentimiento y pasión; más [asimismo] advertidlo bien: (…) la locura», es decir, el buen juego.

Y por fin, last but not least, el agradecimiento, mío y en nombre de los autores (a la vez de mi parte a ellos por sus aportes), a los amigos de la Editorial Kalpabiswa, tanto a sus editores Ankita y Santu Bag como a todos sus miembros, en especial a Sourav Ghosh (mi traductor) y a mis dos amigos-descubridores Dip Ghosh y Sandipan Ganguly; al profesor y firme defensor y promotor de la lengua española en Bengal desde su Indo-Hispanic Lenguage Academy, Dibyajyoti Mukhopadhyay, y colaboradores, entre otros a Siglo, Abhishek, Subrata Guha y demás; a Shipti Roy, la amable y simpática editora de Los Hispanófilos y a las entrañables traductoras que el año pasado produjeron con tanto cariño la versión bilingüe de una cuarentena de mis microrrelatos agrupados en «Guiños», y, en fin, a los que nos han abierto los brazos para darnos a conocer en su mágico Bengal y en India, deseando no defraudar.








[1] Jean Duvignaud, Subversión y herejías, p.20

[2] ídem.

jueves, 28 de mayo de 2020

Dos apuntes acerca de la era actual de la “inmortalidad física”



(1)
 
Hubo tiempos en los cuales todos los hombres actuaban bajo la directriz instintiva del “muérete tú antes que yo me espero a mañana” (frase que Dostoyevski rescatara de la vida en prisión, en una de las cuales pasó una temporada). Esta totalidad acabó reduciéndose un poco (a grandes rasgos) Al dividirse entre conductores-organizadores y débiles, creándose asi una mayoría esclava, servil o retribuida de algún modo (asalariada por ejemplo en los ejércitos) para beneficio (político, ya que el económico es consecutivo) de una minoría. Esta minoría inicialmente temeraria, que ponía por encima de todo poner a prueba, arriesgar, entregar la vida para “ganar” la inmortalidad postrera del cielo o del recuerdo futuro de sus pares en nombre del futuro de la Patria o de la raza, llámese a ello gloria, dignidad, honor, virtud... Inmortalidad cuya otra cara acabaría ofreciendo luego “para todos” las religiones con sus premios paradisiacos. Esta pretensión inextirpable (que también se expresaría mediante el arte y la escritura que inmortalizaría por el valor “perdurable” de la belleza... lo que también se frustraría!) ha muerto en todos esos términos, es decir, ha encontrado una  simbolización distinta bajo la cual subsiste la vieja idealización. Esto es lo que ha venido de la sustitución de la religión por la ciencia, como nuevo mito, aún más democrático que el de las religiones ya que no requería ya de ningún heroísmo sino incluso de la misma cobardía. En concreto, abriendo la actual era del sueño de la “inmortalidad  física”, el cual se hace uno con el primitivo “principio” (también del criminal de mentalidad igualmente primitiva) originario: “muérete tú hoy que yo me esperaré...” a que llegue la vacuna.
Claro que no es la única faceta de esta era y su valoración de y apuesta por La “inmortalidad física” o “corporal”. Ni tampoco su predominio generalizado reduce a cero la atracción que infunde la temeridad sobre la base de una conquista del éxito sea inmediata y efímero (criminalidad o seudorevolucionarismo mediante) pero reiterativo con cada pequeña hazaña cometida, o sea el “perdurable” similar al del artista aunque basado en el trabajo escultor Ivo del propio cuerpo, en concreto mediante el deporte (o incluso la criminalidad “en serie” que a fin de cuentas también es deportiva.

(2)
 
No hay un solo suceso (prefiero este término a “hecho” o “fenómeno” ya que remite al tiempo, al movimiento) que tenga una faceta única y ni siquiera una “dominante”. Considerar lo contrario es obra de los intereses que sustentan los discursos.
Así, el pasaje que atravesamos en compañía de un virus que se convierto en coartada.
El suceso contaría con tres componentes propios del estadio en el cual se enmarcaría la sociedad burocrática:
1)la irremediable delegación que ya bordea el límite del caos,
2)la irremediable necesidad burocrática de asumir ser garante de su continuidad y desarrollo,
3)el descarrilamiento hacia el absurdo, es decir, el capricho que se aleja de toda justificación (razón, ideología, tergiversacion o inversión de las aspiraciones en las que el mecanismo descansa a cuenta de la complicidad que pone a unos y otros en sus sitios).
Tres resultados indudablemente históricos en el sentido de haber estado precedidos por interacciones previas sucedidas en el estadio anterior que entre otras cosas vivió la muerte De Dios y del espíritu, del que quedamos despojados como recurso Salvador o sea de su carácter depositario de la inmortalidad (el Espíritu se redujo junto con los símbolos a él asociados a conservarse como Pura máscara teatral, incluida la propia institución teológica que en aquella existencia se fundaba). Algo que ha llevado al refugio en la fe en la ciencia y la técnica y a una relativa y hasta hipócrita resignación al deseo de una vida lo más prolongable posible (incluso hasta la eternidad) concentrada en la duración exclusiva del cuerpo vía reparación perpetua. Esto dando de sí tanto una obsesión epicúrea como una temeraria, donde en ambos casos y sentidos(salvación/protección) se cuenta con la potencia de la Ciencia en cuyas manos se pone la preservación del cuerpo.
Este pasaje que como todo tsunami amainará en su virulencia dejando los destrozos, ha puesto el mecanismo social vigente al desnudo, a fin de cuentas no mucho más que para que al amainar resulte sustancialmente reforzado, al menos por un tiempo (por inercia) bajo formas supervivenciales trágicas y en todo caso para Producir alguna recomposición recurrente.
Durante el pasaje se ha observado una opción mayoritariamente obediente así como una confianza ciega en la delegación total, tanto para confinarse como para el desmadre. En ambos casos reforzando el binomio que sostiene a la "servidumbre voluntaria". Todos a una se han puesto al servicio del mantenimiento en pie del castillo de naipes en el que se sienten cobijados (lo que es real en el marco de los axiomas asumidos). Estamos todos atrapados y entrampados de manera inevitable dejando abierto el camino solo y en primer término  al Caos (si no en este embate en uno de los próximos).
Es interesante observar las reacciones de los pensadores más acomodados a. La Paz occidental previa a los que el suceso en especial en parte ha conducido al estupor. Se repite la perplejidad de La Boetie ante la constatación del grado en que se ha manifestado la servidumbre voluntaria, perplejidad que en ambos momentos/casos responde al anclaje racionalista/utópico sea el que confía en una solución mesiánica cualquiera como en la existencia de un límite infranqueable, un dique que impediría la repetición y la extralimitación Despótica o salvaje así como un relativo retorno o retroceso. Esto les resulta incomprensible e inaceptable en nombre de la razón alcanzada, de la propia conciencia del miedo, sin poder considerar las propias potencias reductoras que el propio mecanismo encierra: el desborde inercial que lleva al re equilibrio. Las virtudes de la propia trampa.
Esta “confusión” (en realidad una elección semiconsciente o instintiva de enfoque o de mirada y de no mirar; igual que me lo parece a mi mirada invertida) que no encuentra fundamento y por eso se mantiene en la superficie descriptiva en lugar de en la descripción del mecanismo subyacente, remite nuevamente  a mi criterio a las mismas raíces de la sociedad burocrática y burocratizada actual. Los miembros de la estructura no pueden verla sin perder pie. Y ellos lo son, son otros de sus engranajes. Lo vemos en intelectuales de la talla (mediática y/o culturalmente sacra) de un Eric Zemmour o un Agamben entre otros. La obtención de un status propio y autónomo del academicismo y el mundo editorializado inicialmente en lucha contra la escolastica (Galileo, La Academia, incluso en sus primeras manifestaciones antiguas pero igualmente pretensiosas) le es irrenunciable. Muy pocos se encuentran ya fuera o en todo caso suficientemente  desgajados de las estructuras burocrático-piramidales de modo de verse “libres” de “su necesidad” para someterlas a crítica radical (cada vez más domesticados por las instituciones más difíciles de remover y por este motivo más nefastas: el gobierno, la policia (sobre todo la "secreta" y demás servicios asociados del Estado), el partido, la escuela...). Sin un considerable grado de desvinculación a las establecidas, de manera voluntaria o involunataria, no habría madurado Spinoza ni Nietzsche ni Kafka ni Musil. Ser suficientemente "libre" en el sentido de dispuesto a realizar una "crítica radical" –y no "esquemático-dogmática" y consecuentemente superficial– del estado de cosas, implica una máxima desenraización de lo instituido.

lunes, 11 de mayo de 2020

De los usurpadores mediocres de dios




   A cada rato me encuentro con situaciones que reavivan mi desazón, que me llevan a inclinarme hacia la tristeza (cuando podrían) en la que a la vez no acabo de caer gracías a la escapada (creo que vital) que me permito hacia la indignación; una indignación a veces furibunda, otras, las más, tan reflexiva ella (claro, otra manera de soslayar tanto la tristeza como los feroces impulsos combativos... "la conciencia"... en exceso o poco menos, la "certeza" que, anclada en una experiencia reiterada, insoslayable al parecer, una y otra vez alimentada por esas "situaciones" a las que he empezado a referirme aún en abstracto, en suspenso a cuenta de esta digresión a lo que siento ante ellas, muchas, demasiadas... sí, que encarnan y reencarnan, que saltan sobre mí, aumentando esa "certeza" en que cada vez serán más y peores porque no hacen mas que reproducirse, que inundar, que ahogarme a mí y creo que a varios, quizá bastantes, más...), tan de este modo reflexiva, que en el fondo no hace sino invitarme a callar, a huir, a dejar de saber más de lo que está pasando a mi alrededor, al mío y no en el fondo a la totalidad del mundo que globalmente no se entera de que esas situaciones se multiplican, cabalgando sobre todos e influyéndoles empero, creyendo así poder evitarlo. Volveré sobre este punto, quiero decir, al respecto del efecto que me producen esos hechos y por qué entiendo que me empujan a arrinconarme, a dejar caer "la pluma" como se decía cuando estas se usaban. Insisto: que me empujan y no, como algunos dirían sacralizando una supuesta "voluntad", "electividad" o "libre albedrío". Se trata para mí de una respuesta, tan mecánica, o instintiva, a esas situaciones, como todas las reacciones humanas en general, sean o no para muchos sublimes o despreciables, admisibles o repugnantes. En este caso, las que digo que me mantienen, a mí, a mitad de camino entre las varias reacciones posibles, todas inconducentes, dejándome en el aire, sin suelo sobre el que fijar el rumbo.
Esas situaciones (empecemos por develar de una vez el tipo en el que se resumen) vienen de la mano de ese para mí terrible y trágico poder de la Razón para lograr reunir en un discurso y ordenar mediante él, hipótesis contrapuestas entre sí, y así llevarlas a un estado falso, confuso pero efectivo (volveré también sobre esto) que no sólo es construido por convicción tanto como por vanidad del discursan o del escritor, sino que es buscado por "el público que lee" y por los gestores de los textos que ellos entienden que ese "público" busca, unos y otros en una complicidad que se realimenta y va produciendo su propia multiplicación ad Infinitum.

   Puedo reconocer que no haya posibilidad humana alguna que nos permita ofrecer "la última verdad", y que esto de lugar a esos discursos y a esos textos contradictorios y por fin desconcertantes que, pese a ser "buscados" como se buscaría "la última verdad", acaban siendo incomprendidos mediante una también falsa y distorsionada comprensión que los reduce a lo que ya le susurraba a cada cual su demonio. ¿Cómo pedirle a nadie, ¡cómo pedirme!, que se le pueda llegar a proponer a otros una claridad definitiva, capaz de resolver todas las grietas del camino de la vida? Todo lo que se aproxime a esas respuestas no podrá sino encontrar la nada, el vacío, la autoconmiseración; a reconocer ante los demás esa incapacidad que no ofrece guía maestra alguna porque no lo puede ser para el propio enunciador. Y aquí estamos pues ante el rechazo del que ya hablaba Sileno a Midas: el rechazo a comprender que lo mejor habría sido no nacer. Ah, lo que no significa "corregir el problema" mediante un acto suicida, ya que eso no evita precisamente el haber nacido y por ello tener que actuar incluso para darse muerte, para sufrir hasta el último aliento, para morir asustado, sino todo lo contrario. Se trata de aceptar que una vez vivos no nos quede otra cosa que vivir. Se trata, en un segundo paso, de aceptar que esa vida es por lo tanto un sinsentido en sí misma (incluso si se entendiera que nos fuera impuesta por un Dios... o por la casualidad). Se trata en un tercer paso de aceptar que cada una de los actos y quehaceres que asumimos o que nos vemos obligados a realizar a pesar nuestro, son actos gratuitos, exentos del "valor" sublime que no dejamos de buscar y encontrar, de tomar como ciertos para seguir viviendo con una cierta calma, es decir, con esperanzas en una salida, en una liberación, en, al fin, poco más que una nueva fase que nos ayude a continuar o que nos vuelva a frustrar... y así a volver a esperar (a volver, precisamente, como vuelven Estragón y Vladimir... a esperar a que nunca se presenta ni se presentará, ni junto al árbol que invita a ahorcarse ni en ninguna otra parte). Se trata de las mil y una maneras de cumplir con la condena a la que nos llevó un nacimiento no-autista, un nacimiento como seres que acabarán por alcanzar la edad de la razón. Y todo eso... es demasiado duro, demasiado pesado. Es mucho mejor seguir volviendo, seguir yendo a ver si esta vez se presentará Godot con la respuesta, porque, en realidad, al no haberlo hecho "aún", cómo asegurar que no se presentará nunca, que no vendrá al día siguiente, alguna vez? Hacerlo es sin duda propio de una vanidad estrepitosa, de una autosuficiencia exclusiva de Godot, de un usurpador. Porque, si sabes eso, si crees firmemente  que los hombres ya han sido frustrados las suficientes veces como para dar por inútil su búsqueda, que volverán para nada, "autoengañándose sin más" (como se diría autoproclamando la propia justeza y yo mismo podría llegar a decir al dar por fehaciente mis propias convicciones)... es que lo deberías saber todo, y podrías decirle a la humanidad, en cuanto quisieras hacerlo, algo mucho más efectivo que lo que dijo un simple fauno a un rey; justamente, lo que se busca y se pretende de la palabra de Godot.

   Pero, claro, la carga de la reflexividad tiene por lo visto su propia incontinencia. Si damos por válido (como hoy nos inclinamos a hacer a tenor de su mecánica misma) que el cerebro humano es un resultado impuesto por la vida como un arma innovadora que pueda garantizar ni más ni menos que su continuidad, debemos reconocer que se extralimita sin alternativa, a pesar precisamente de la vida que no piensa ni se lo habría podido por lo tanto esperar: la conciencia reflexiva, nacida en el curso de la evolución, se le ha escapado de las manos por así decirlo. Debía estar al servicio exclusivo de la supervivencia... pero no sólo lo está, sino que se lo cuestiona; quiere, como la planta de origen misterioso de la Tienda de los Horrores, "saber más", saberlo "todo".
Y aquí enlazo todo este circunloquio con lo que a mí, a mi desbordada reflexividad, a mi tendencia a la locura, me "desquicia", me "abruma" más precisamente, me mantiene entre la tristeza y la indignación, entre el silencio y la rebeldía... ¡Las situaciones o hechos en los que veo, en los que siento (yo, a saber por qué misterio), esos espectáculos de la incongruencia, para mí lacerantes, donde, en medio de la pista y ante gradas nunca muy abarrotadas, se ha situado por derecho propio, sobre un tonel a modo de pedestal, un sofista (ni siquiera un filósofo esforzado en dar coherencia a su discurso a base de un apriorismo cualquiera... que le servirá para sostenerse en pie), un sofista que llega a veces a dominar la retóricia (y a veces ni siquiera eso) y que, tomando piezas sueltas halladas a lo largo de su camino, sostiene "la verdad"! Piezas entre las cuales hay un cierto número de conclusiones derivadas de la propia experiencia (reforzada mediante el encuentro con la ajena merced a la lectura)... pero también otras que contradicen a las primeras y, ¡ese aquí lo que creo y por lo que me arisco a apostar!... no se derivan de experiencia alguna sino... de la asunción de que se debe conservar el engaño en nombre de la propia felicidad, propia y de sus feligreses carroñeros, esos que no pueden comprender lo que dice sino a trozos, a mordiscos, quedándose normalmente con lo peor, las vísceras  aún pestilentes. Queda así montado el espectáculo circense de la actual intelectualidad y sus lectores, la sofística contemporánea que, como la antigua, como decía Eutifrón (lo cito de memoria y mediante una malintencionada reinterpretación, y no textualmente o según una determinada traducción puesta a mi alcance del correspondiente diálogo platónico que llevara el nombre de ese personaje precursor): permite vivir del cuento, y tanto al futurólogo (y casi astrólogo) como a su público, tanto al usurpador mediocre de Godot como a Estragón y Vladimir.
La reiteración de este resultado que suele frustrar tanto a los idílicos “mejoradores del mundo” para acabar quedándose en la queja contra “la supina idiotez” del “pueblo llano” y la “increíble astucia” de los “listos” que lo engatusarían, muestra en realidad ser fruto de una confluencia momentáneamente cómplice y por fin siempre “traicionera” (igualmente derivada de la frustración).
Esta complicidad ha sido dada, en general, sobre la base de la impotencia inevitable (hasta ahora si se quiere conservar alguna suerte de esperanza utópica) de ese “pueblo” para autgibernarse o para encumbrar un “sabio” guía que los pudiera contentar, algo que más allá de la mascarada propagandística no se les ofrece desde tiempos inmemoriales.
La oferta pública y efectivable está de por sí restringida a las camarilllas largamente organizadas y estructuradas entre las cuales los electores pueden optar según sus intereses (a los que se han condenado en función de sus respectivas actividades dependientes).
Intereses a su vez aparentemente contrapuestos según la lectura sociológica que predomina, pero que una vez más reproduce la situación global en la esfera menor que la constituye: la empresa, el negocio, la institución, el gremio... En cada uno de estos ámbitos vuelve a darse la división complica que obliga a los débiles a ceder la dirección a los poseedores de recursos o a quienes se atrevan a hacerse con ellos.
Qué podríamos considerar sustancialmente que ofrecen los menos a los más en cada caso y que logran o creen lograr los más manteniéndose en la dirección de los negocios respectivos? Podemos pensar en que tanto unos como otros buscan conseguir a su manera cimentar hasta dónde les resulta posible en el tiempo y mediante las triquiñuelas que tengan al alcance, otra cosa que la supervivencia antediluviana?
No es precisamente sobre esta base que los menos chantajean a los más y los más consienten ser amparados a la sombra de los menos?
No es sobre esta base sobre la que se alza el dogma de cada época y cada estructura social se amalgama?
Si es la voluntad o instinto vital, multiplicador y transmisor de las características de cada individuo por todos los de la misma especie, la última motivación prevaleciente, y queremos ir más allá de una enunciación a fin de cuentas vacía, pura cobertura abstracta que si se la toma de manera operativa nos deja sin respuesta y nos lleva al mismo callejón sin salida que cualquiera de los dogmas posibles, démonos adentrarnos por debajo de una máscara tan simple, de darle forma concreta, lo más que sea posible. Esto en el marco de lo humano nos obliga a considerar la mediación a que da lugar la manera a la que apelan los individuos para realizarla de modo que consiga evitarla precisamente para que pueda cumplir su cometido último. Esto es así porque para el hombre es imposible el sencillo comportamiento animal que se contrapone con la propia experiencia, que lo muestra poseedor de una diferencia prácticamente inadmisible, de modo que opta por operar una serie de sustituciones y concatenaciones imaginarias.

Una lectura atenta y distante en todo lo posible de “lo que se admite globalmente hoy” muestra la carga determinante de los diversos puntos de vista previamente asumidos (especialmente esa “mirada global/presente).
Es como la admisión de la geometría de Euclides a partir de los previos axiomas o demostrables.
Nietzsche ya señaló respecto de la mecánica que sigue la ciencia (ella misma ya de por sí preadmitida como Referencia Absoluta): “se esconde primero algo entre los arbustos para luego ir a encontrarlo”.
Todos los puntos de vista se autoavalan de modo que hay que tenerlos en cuenta cuando se leen todas las “conclusiones lógicas”..

Bueno... no se trata tanto de un Sistema Estable sino de algo disponible que a mi modo de ver es un “resultado” o consecuencia” muy diferente con (por ejemplo) la instauración de los hornos crematorios y la industria de la muerte nazi. Aún cuando les sea conveniente “de paso”. Lo cierto es que no saben como manejar la complejidad social que tiende a desbordar haciendo añicos todos los planes... Es una máquina en marcha y no un “arma conducida” lo que significa que no la fabriquen por el camino.
El problema del discurso de Foucault por otra parte, tiene debilidades a mi entender al no haber acabado de deshacerse del lastre “econimisista” que fundó el marxismo como “base” del historicismo del que arrancó su doctrina (Hegel). Yo pienso que las causas están más atrás de “lo económico”. Creo que todas esas atribuciones a causas absolutas son dogmáticas y reduccionistas y que cada tanto acaban siendo sustituidas por otras según se van complicando y avejentando.

Lo leí diagonalmente y lo volveré a leer con más calma. Por lo que alcance a ver hay de hecho al menos referencias a los trabajos de Míchel Foucault que analizó el proceso de control del poder a través de un orden sobre la salud, la educación y el sistema penitenciario. Yo también creo que lleva a un totalitarismo que cada vez será más irreversible aunque no creo que el proceso llegue a concretarse por completo esta vez, aunque dará un paso de gigante sin duda.
Justamente llevo dándole vueltas a la trampa en la que fue inevitable caer al escoger “la ciudad” en vez de “la jungla”, es decir, a buscar la comodidad y la seguridad. Estoy además girando en torno a la idea de que tras la “muerte De Dios” y del más allá posmortem, se pasó de una esperanza en la inmortalidad a través de la muerte (paraíso/infierno) a una pura aspiración “más modesta” apoyada en la medicina (la tecnología de la salud) de prolongar al máximo la “vida del cuerpo”... pero tengo que seguir desarrollando algunos detalles.

El desvergonzado e irrespetuoso peso de la servidumbre política por encima del más mínimo “rigor” académico  se evidenció hace poco de manera flagrante hace unos meses en un evento supuestamente intelectual (por honesto). La anécdota me parece una vez más ejemplar:


La violencia es congénita a la vida (al “movimiento”, como decía Tucidides con la resignación sensata del que sabe que no puede ir más allá de la descripción de un mecanismo). Nace a la vez que la necesidad de la vida de abrirse paso a través de lo ya establecido antes de su aparición, debido a una violencia anterior que se volvería a aplicar al resistirse a ser alterada. Lo comprendo: esa es la mecánica; así funciona todo, que es inevitablemente ignorante de los sueños de la razón acomodada (la del mundo establecido a través de los ocupantes preexistentes que ha conseguido  un lugar que terminan viendo amenazado). Lo comprendo, pero rechazo la emergencia humana del placer morboso de los asesinos que matan por algo más que po r dinero o poder –en el fondo, seguramente todos–; de los violadores que buscan incluso causar dolor y dan lugar en todo caso a perturbaciones inolvidables; de los verdugos que se relamen con la sangre que gotea de la cabeza cortada, del rigor mortis del ahorcado, del suspiro del gaseado, de los temblores finales del electrocutado; de los guerreros de profesión o los soldados que se justifican en nombre de la patria –hasta sentirlo como una profesión–; de todos ellos, que eligen el trabajo que les permite prolongar la infancia en lo posible protegida, impune gracias a las necesidadres del poder al mantenerse o para ser conquistado. Y a los demagogos que sacan o tratan de sacar partido del caos sangriento y humeante que promueven escondiendo la mano o justificándolo. Y que, al hacerlo... je... me lleva a esperar  ayuda (idílica mente, porque sé que no responderán a mis sueños sino a sus pesadillas: difícil no apelar a lo que se tiene a mano estando dominado por la desesperanzada debilidad) de las fuerzas represoras, tanto mediante la educación coercitiva como de los palos patriarcales –familiares o estatales, es igual– y que a la vez rechazo,; aunque, sobre todo, de la igualmente idílica multiplicación paralela de la sensibilidad, que también es humana y... en el fondo, narcisista y miserable... pero que al menos dejaría a los demás en paz, ignorándolos u ofreciéndoseles en sacrificio hasta el límite particular de cada cual. Rechazo desde mi propio sentimiento de sensatez y perturbación los impulsos de destruir por destruir que no es sino un paso hacia la reconstrucción –y si no, vease en el límite el caso de las grandes guerras–. Rechazo la vergüenza que esconden los inescrupulosis (lo hizo incluso Hitler al ocultar todo lo que pudo las cámaras de gas y los hornos crematorios, lo hizo Stalin, etc.) tras justificaciones diversas, sobre todo de “la necesidad” de su función y del “deber”. Comprendo el resentimiento infantil basicamente inevitable, pero no que se enquiste en el adulto y salga con furia y crueldad descontrolada  de la larva en busca de una falsa satisfacción por el dolor ajeno, la impotencia, la degradación de los otros (como incendiar o barrer con ametralladoras un granero lleno de gente viva que no puede escapar; o gasearlos en unos supuestos baños colectivos; o cercarlos por el hambre hasta que mueran de inanición; o agotarlos por medio del trabajo sin descanso y los latigazos para "liberarlos" o "reeducarlos"; etc. Contra ello, pienso en otra posibilidad idílica que se tergiversaría a cargo de quienes la pusieran en práctica: el exterminio, la vaporización, la limpieza radical de todos ellos, la pena de muerte que frenaría sus impulsos a ir en busca del supuesto paraíso que de todos modos nunca  podrían llegar a conseguir y con el que nadie les podrá impedir ni disuadir de soñar si se lo permitieran, lo que no hacen para evitar la frustración que los paralizaría, que los haría verse como víctimas.


(Continuará)

martes, 5 de mayo de 2020

Bip, bip (versión micro)


El robotito detuvo su recorrido, emitió un "Bip, bip" de aprobación y continuó su camino, repitiendo lo mismo  muchas veces ante la presencia de lo que su programa era capaz de identificar sin que esto fuese más que una rutina de las dos principales que lo componían. Pocas veces ese día el programa se había visto llevado a bifurcar a la otra; la que le hacía emitir un sonido de sirena de ambulancia. Era evidente que los casos en los que esta se aplicaba se estaban reduciendo (algo que él ni lo esperaba ni lo dejaba de esperar, como era obvio; es decir, sin que le afectara tener que aplicar, llegado el caso en exclusiva, la rutina del "Bip, bip" benévolo y congratulador... tanto como tampoco sabía por qué la de la sirena iba quedando en desuso). No obstante, de repente, al detenerse y parametrizar el objeto que se le acercaba en dirección opuesta, el programa tuvo que bifurcar a ella, de modo que, tras emitir el sonido pertinente y lanzar el rayo congelador con una precisión impecable antes de seguir su marcha de costumbre, sumó internamente uno a su contador de contagiadores eventuales. Su eficacia aún no lo había llevado a la  definitiva pérdida de su sentido, lo que asimismo estaba por completo fuera de su consideración.

jueves, 26 de marzo de 2020

YO ACUSO...


     El mundo más desarrollado está abocado a combatir un enemigo microscópico de origen oscuro que lo amenaza física y sobre todo socialmente, y en particular a través de la propia constitución de las defensas contra los efectos de la molécula, al tener que semiparalizar el funcionamiento normal de sus conductas y actividades (económico-fabriles-mercantiles) y del autoaislaniento vigilado.
La sociedad occidental del management se pone a a si misma (inevitablemente) en cuestión. Claro que con esa defensa en manos de las burocracias que hasta ahora lograban ejercer sus funciones con relativa tranquilidad aunque la ineficiencia de costumbre que ahora muestra su notable incapacidad para detener no solo la infección con rapidez y eficacia sino el propio hundimiento social general de su constitución y permanencia. Las medidas tardías y displicentes están llevando las cosas a extremos imprevisibles (pero imaginables) en la base misma del funcionamiento social, político, geopolítico, psicológico, de convivencia, de supervivencia misma aunque a causa de las medidas defensivas tomadas y que ya no saben hasta que extremo llevar (se propone la muerte o casi de la actividad económica acostumbrada o establecida de la que viven mucha gente, algo que se trata de resolver mediante la manera típica de siempre por parte de nuestras sociedades occidentales y occidental izadas bajo el “management” o burocrática ion y especialización: “la subvención”, el sostenimiento paternalista y piadoso de los debilitados por esas mismas medidas defensivas, etc.)
   El problema con el que se enfrentan parece insoluble: las medidas sin “de contención” pero imposibles de mantener demasiado tiempo. Hasta la eventual psicosis (preexistente de por sí aunque oculta de manera general) amenaza a medio plazo las cosas. El tiempo se espera que pueda permitir actuar antes de que la multiplicación (a velocidad crucero) de la molécula y antes de que la “indisciplina” social pueda crecer ante la fuerza de las cosas. Pero ese tiempo podría no responder a las declaradas esperanzas. Entretanto, los millares de grupos burocráticos bullen en su interior a instancias de su naturaleza o mecánica imparable, en la cual prima la lucha por el poder aprovechando todo lo que se tenga a mano para ganar posiciones en la sociedad y en cada uno de sus propios marcos, grupos y subgrupos, etc. El tiempo y las medidas que descansan en la frágil coerción social (en la unión de individuos formados durante su existencia y desde sus abuelos en el egoísmo y el criterio básico del sálvese el que pueda... y hágalo a costa del prójimo), el tiempo, digo, juega en contra de la mecánica a la que no se admite (ni se podría admitir) a renunciar (algo en lo que utópicamente confían varios grupos que creen que el paraíso sucederá al colapso absoluto de “lo económico privado”; para ellos “El Obstáculo”!). La resistencia a todo cambio lleva, en breve, a la caída. Es una tendencia, pero una tendencia real.
Sin duda, no podemos evitar desear y esperar que todo vuelva a la calma más o menos chicha en la que navegábamos sin creer que a la calma pudiera seguir una tormenta. Es inevitable. Todos queremos la duración de la utópica paz, de la comodidad, de la rutina. Todos lo hacemos sin querer mirar a los caídos constantemente todos los días. No nos queda otra: marchar como los percherones enganchados a los carros, con los laterales tapados para no desviarnos. De lo contrario... cómo seguir multiplicándonos? Igual que la molécula que nos ataca, respondemos a las leyes ciegas de la vida. Una vida que nos da satisfacciones a Costa de no sacrificarnos por los demás. No demasiado al menos. Limitadamente. Sin poner en riesgo lo que nos ha dado lo que tenemos (sea lo poco o lo mucho que sea) y que pretenderemos siempre e inevitablemente conservar.
Sin duda, parte (muy probablemente mayoritaria) sobrevivirá. Ya veremos bajo que condiciones, aunque, muy posiblemente, al menos de esta amenaza (que nunca podrá ser la última), para seguir obligados a ceder la gestión de la marcha del mundo a los especialistas en gestión que se seguirán aprovechando en grupo y dentro del grupo.
Nada más grave de lo que ya era.
   Entretanto: entretenimiento televisivo y propuestas para seguir dentro del circo haciendo en el de payasos ad hoc. “El circo de Oklahoma” como lo llamará Kafka.
   Entretanto(por ejemplo!), sufrimiento en masa y exterminio progresivo en Siria o en el Congo... donde lo de menos es morir a causa de la infección... Incluso donde lo de menos es morir... aunque asimismo se trate de evitar a cualquier precio (y sobre todo al de la libertad).

   Por ejemplo, aquí... Sepámoslo nosotros los cómodamente confinados en nombre de la patria.



martes, 28 de febrero de 2017

Del hambre y del tiempo

Un ansia irreprimible de retener lo que la corriente del tiempo arrastra hacia el olvido nos asalta. Y procedemos a realizar nuevas capturas futiles que presas de nosotros serán arrastradas igualmente por la corriente, con nosotros. Es lo que pasa cuando, con la pretensión de evitar la corriente el náufrago se aferra a un tronco o una madera o un cadáver que pasa a la deriva..., como si se tratara de una extensión de las orillas... que son inalcanzables, que pasan hacia atrás sin remedio, a la distancia, apenas dejando una visión, una marca, un arañazo...
Esas captura –realizadas en el fondo de las cavernas, en el barro cocido y la cerámica, en la piedra y el lienzo,la fotografía y el vídeo...–, que llevamos a cabo en nombre de la memoria, coleccionándolas en el museo de nuestra electroquímia, obedecen a aquellas, las ansias depredadoras. Capturas de las bellezas e intentos imposibles de no guardar a la vez el horror en la que fueron envueltas (convirtiéndolo en gloria y profesionalidad), el horror de la depredación, precisamente, ¡y el horror a la desaparición propia con la colección completa...!; pero un acto más del hambre con la que fuimos dejados a merced de la corriente, la corriente que lloraba desde el desprendimiento inicial. El hambre que nos signa, de la que salimos y a la que volvemos, de la que queremos huir. Donde la representación emerge imperativa. Del fondo de las tripas vacías, del fondo del cerebro insatisfecho.
Sí, simbolizamos por una sutileza del hambre, simbolizamos porque somos unos depredadores sofisticados que jamás podrán escapar de los rigores de la infancia; los rigores de la presencia en mitad de la corriente. De ahí el impulso creador que dignificamos para nuestro contento insuficiente –¡siempre insuficiente!–. Las ciudades, los templos,los palacios, las bibliotecas, los museos, los cuadros, las novelas, la ciencia, la tecnología, el cine..., de allí dentro –las tripas vacías– vienen sin poder cesar, sin agotarse. Gritan: ¡que no vuelva el hambre...!, y: ¡que nada se pierda!
Y... ¡es sólo otro deseo de devorarlo todo!

jueves, 22 de diciembre de 2016

Escritor

Escritor, escritor, escritor

El editor había venido a visitarlo, aunque en realidad había venido para saber cuánto le faltaba para dejar acabada la novela y entregársela.
El escritor estaba sentado a la mesa de trabajo, el portatil abierto, y prestándole una atención a medias continuaba reescribiendo el párrafo que tras haberlo releído una vez más había notado que fallaba en algo, era confuso o dejaba las cosas poco determinadas.
–Necesitaré otro año –respondió sin levantar la vista.
El otro se despidió entonces, asegurándole redundantemente que regresaría.
Al año siguiente sucedió algo parecido, aunque esta vez la página en la que el escritor se entretenía era una que se encontraba curiosamente unas treinta antes de la del año pasado en las mismas circunstancias.
–Otro año..., necesito otro año... –murmuró con un deje de cansancio y febrilidad.
De este modo se sucedieron esos años iguales, hasta que un día, muchos años más tarde, el editor entró en la casa después de esperar inútilmente que le abrieran. La puerta estaba simplemente entornada, como esperándolo, porque esa era la fecha que se repetía. En la penumbra, el editor distinguió la figura del escritor encorvado sobre la máquina, los brazos en flexión, los dedos sobre las teclas... La página era esta vez la número trescientas cincuenta y cuatro, el párrafo el segundo de la misma. El editor se acercó, mientras comprobaba lo delgado del cuerpo del viejo amigo, sin duda, pensó, de tanto empeñar la vida en el intento. Pero no se trataba de eso: el escritor estaba clara y materialmente en los huesos. Y esta vez no necesitó preguntarle. El esqueleto, tres de cuyas falanges no dejaban de moverse, rozando apenas las teclas como trasmitiéndoles los impulsos adecuados de ese modo, sin glopearlas, musitó entre los descarnados dientes que colgaban del maxilar:
–Necesito otra eternidad, deme más tiempo.

martes, 18 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, la sucesión (2)

Dédalus va en busca de su padre tanto en Homero como en Joyce. En la Odisea, para comprobar si vive, esperanzado ambivalentemente en ello y en que lo encontrará, es decir, si ya puede sucederlo: eran tiempos en que se cuidaba muy abiertamente la continuidad cíclica (en el sentido que indicara Eliade con Frazer), y tiempos en los que predominaba un explícito sentido moral y de consolidación de la identidad grupal, que impregnaría notablemente la Odisea y la distingue de la novela que vendrá mucho después. En el Ulises de Joyce, lo que ese seguimiento callejero viene a reconocer es que ya queda poco menos que la mezquindad cotidiana... de la que Joyce hace una enorme farsa... llena, además, de trampas para los "especialistas" en desentrañar "mensajes racionales".

El Dédalus de Joyce es el huérfano que quiere ser adoptado, la juventud que muere y de la que tanto Leopold como Molly quieren apropiarse.

En la leyenda de Edipo, el rey quiere acabar con ese peligro para durar, en lo imaginario, eternamente. Joyce quiere durar, en lo imaginario y en el imaginario de dos siglos, eternamente. Por eso..., para eso..., escribe y hace trampas, miente, engaña, enreda, teje de manera alambicada, para que lo tengan que descifrar..., para garantizarse que lo tengan que descifrar (lo reconoce él mismo, o en todo caso insiste en ello por si acaso...).

La sucesión que expone (más o menos, como no pudo ser de otro modo) Homero, responde al mismo dolor por la existencia y su perentoriedad, pero ahora hay un descubrimiento: después de tantos viajes de ida y vuelta, el ser humano ha visto la insignificancia de la significación, algo así como la proximidad de su agotamiento. Como si el escritor colectivo que es la humanidad se encontrase de repente ante la hoja en blanco. Y esta "certeza" parece cada vez más difícil de negar, olvidar, diluir o encubrir. Por eso queda huir, ya hacia el autismo, ya hacia la fe ciega, en la que nos reduciríamos a instrumentos de esta, tenga la forma "religiosa" o la "ideológica", la de "la tradición" o la de "la revolución", la del "hombre eterno" o la del "hombre nuevo".

Por eso, la inmortalidad ansiada (o, más bien, la sistemática voluntad de retrasar la llegada de uno al borde de la muerte, llegada que esa voluntad pretende ver invertida, como "llegada de la muerte", como "su visita inexorable"...) es ahogada en vino. Y vino, es decir, embriaguez, es tanto la escritura de unos como la temeridad de otros, el pensar tanto como el comerciar...

Así, tal parece que lo único que ha cambiado al respecto de la transmisión es el volumen de simbolización acumulado. O el volumen de lo que se ha dicho y repetido de mil modos...: en definitiva, la acumulaciñon de lo que Borges diera en llamar –consciente justamente, como pocos, de lo señalado–, "enunciados de metáforas", los cuales conformarían ese entretejido que seguimos deniominando Historia como si de un proceso "objetivo" en marcha, paralelo o derivado del que seguiría "el universo", se tratara. Fieles aún a los mitos de los que al mismo tiempo desconfiamos... hasta irnos deshaciendo en la orfandad sin referencias.

Una acumulación, en fin, que parece estar agotando la inteligencia y la capacidad de imaginación humana, acosada por esa conciencia que produce, debilitándola para resistirse a reconocer su peso hasta que, próximos al  límite, comience a darse relativamente por vencida, en muchos casos hasta llevar a los más débiles a tirar definitivamente la toalla... y resignarse, resignarse a vivir de grandezas cada vez más mezquinas.

domingo, 16 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, ayer, hoy y mañana


Se me ha "revelado" (obviamente, "de repente", ¡y seguramente... por que no deja de ser... una obviedad!), que lo que perdura de lo trasmitido a través de los años y los siglos es lo que todos volvemos a vivir... Dicho de otro modo, lo que reencontramos en nosotros y que no es, en resumidas cuentas, otra cosa que la misma angustia humana (lo que se llamó igualmente "su tragedia") y las mismas acciones a que esas dan lugar, esas acciones desesperadas, temerarias, infructuosas a las que el ser humano se inclina impulsado por aquella, por, en fin, eso que Lacan denominó "la falta": lo que no se puede alcanzar y no se puede dejar de alcanzar. Y lo que, incluso, no puede tener más que inocencia y mezquindad infantiles. (1)

En esta situación se inscribe a mi criterio el Ulises de Homero o, mucho mejor y más rigurosamente dicho, La Odisea, es decir, su viaje (2).

Han pasado varios siglos desde entonces, y los paradigmas humanos, sociales e históricos, se han sustituido unos a otros. Hace tiempo que los que más contribuimos a la visión global del mundo no nos miramos en el espejo del "honor" y de la "gloria", que no creemos en el más allá y menos aún que esta pueda ser ganada en el fragor de las batallas contra los bárbaros o extranjeros, trayendo a la patria el laurel de la victoria o contribuyendo con la máxima entrega a conseguirlo. Ya no perseguimos la lápida laudatoria con la que se nos recordará por ello. Incluso nos reímos, a veces con una "risa áurea", de la posteridad y nuestros propios sueños, desnudos ante el espejo que no deja de devolvernos mezquindad y la conciencia de casi cualquier autoengaño. Y sin embargo, sabemos, ¡lo sentimos!, al enano ahí, dentro, laborando, urdiendo un "nuevo" camino que nos reivindique, que nos dignifique.

Despreciamos el "honor guerrero" y aún más el "patrio" como "ciudadanos del mundo" o "humanistas" a los que les repugnan las guerras y las sangres y los predominios... ¡Y se juega incluso a preferir ser esclavos antes que amos! Inclusive, se lleva años enseñando a ocultar deseos tan "abyectos" tras la máscara siempre lista a caer en cuanto se le suelten las cadenas ya no por algo "digno" como la "grandeza de la Patria" o de "la propia Cultura" y ni siquiera "la Liberación" (la que sea, también de la "nación oprimida" o de "la clase explotada") sino en atención a lo contenida que estaba la propia atrocidad, la vocación asesina hacia el prójimo como diría a fin de cuentas Kean de Sartre. Y ahí está, en las últimas capas del recuerdo (sin que por ello la recuerde ni la quiera recordar nadie) la masacre de Ruanda o la de Sudán o las "depuraciones" de los "guardias rojos" o de los "jemeres", y más cerca, tanto que está en este instante ocurriendo, lo que una camarilla burocrático-militar en torno al sirio Asad y a sus socios rusos están perpetrando en su país, contra sus opositores próximos en extremo, con tal de reducir a la nada toda oposición en general... Allí me atrevo a afirmar que no haya nadie que luche por el honor y la gloria sino, de una parte, por el más elemental deseo de poder absoluto (sea o no algo más que una referencia utópica) y las ansias de aplicar la "fuerza por la fuerza" (como habría señalado Castoriadis distintivamente), y, de la otra, por la más elemental supervivencia... poniéndose a su vez en las filas de una camarilla que antes o después también se dedicará a usufructuar su propio poder..., es decir, en las que vuelve a estar atrapada una población que nunca podrá hacer otra cosa que ir tras unos y bajo unos en lugar de bajo otros... (3) ¡Y de esto estamos –los que podemos soportar más la lucidez y la mirada "invertida" (Rilke dixit) o "radical" (Nietzsche dixit) y los que... aleluya... contamos con "la seguridad" del denostado y ciertamente repugnante Leviatan Occidental!– lo suficientemente convencidos que... hasta somos capaces de refugiarnos en la risa, y con ella... de seguir hablando! (Y que conste que no pido ni sugiero a nadie que rechace o se avergüence de la "salida" que escoja sea contra la simbología instituida o incorporada que lleve dentro y lo agobie) (4)

Así, James Joyce, de la mano de la mejor Literatura, se sintió empujado a reiterar el verdadero trasfondo de La Odisea. Lo que él rescató de la narración antigua pero viva fue algo que estaba más allá de una serie de aventuras... en todo caso dándoles nuevos ropajes y paisajes: la vida cotidiana de principios de su propio siglo, donde, entre otros pequeños detalles destinados a apenarse o a mover a la nostalgia de los tiempos perdidos, sólo queda la heroicidad del hombre de la calle que ya no aspira a nada sublime sino al mero placer fútil que produce un orgasmo dentro de los pantalones o un platito de riñones, y donde la paternidad se diluye, se arruina, se degrada, es traicionada, y en todo caso es impuesta... en los papeles y registros, burocráticamente, legalmente...

Así, mientras que en Homero, el viaje de "alto riesgo" alejará al protagonista y a sus seguidores del origen y la seguridad del hogar en pos de una meta ambiciosa que resume aún, entonces, las ansias oscuras de ir más allá de la mezquina humanidad con la que se debe vivir, símbolo o referencia de una ansiedad desesperada, Leopold Bloom, igualmente sufriente por las mismas razones, por la misma pertenencia a la misma humanidad que a continuado desolada y huérfana de destino, deambulará de isla en isla, por los mares sumergidos en la gran ciudad y en la tecnología, el papeleo, la insubstancialidad grandiosamente revestida no ya de grandes batallas vindicativas y llamadas al deber sino de ladrillo, pavimento, aceite de motor, publicidad, y puro desgaste mediocre... cuya única "salida" es la consumación de los más simples apetitos efímeros...

Y esto, es decir, ese mismo "quid" humano será el que reflotará en toda la Literatura Perdurable (quiero decir, la que tiene esa característica que precisamente es la que la haría perdurable y reiterable): en Kafka, en Musil, en Gombrovitz, en Kundera... 

¡Una Literatura y una "intencionalidad" que hoy parecería haber escogido suicidarse, y sobre todo, por no encontrar quien quiera ya mirar en ese pozo sin fondo en exceso... porque sabe muy bien que nada hallará allí sino un alter ego que sufre, que nunca alcanza nada del mismo modo que no lo alcanzará él mismo!

En Homero, las ansias del hombre que ha tenido y lo han impulsado terminan reduciéndose al final y en definitiva (o "sustancialmente" si cabe) a esa misma aceptación: se puede burlar a la muerte mil veces en busca de la vida intensa... pero por fin, la vida se acaba agotando por sí sola y sólo queda el refugio en los brazos de la curandera... que en Homero se guarda de claudicar hasta el fin (fiel a esa otra "gloria", femenina en este caso, que los griegos le reservaban a la mujer: echarse a las brazas de la hoguera funeraria donde se quemaba el hombre con el que se había desposado como primer estadio de las inevitables nupcias con la muerte –5–). En el Ulises de Joyce, la mujer ya ha adoptado las salidas del hombre... y ella es, inevitablemente, lúbrica. En ambos casos, no obstante, más allá de los subterfugios escogidos y del grado en que "sepamos" que lo son... el final deja en el aire lo mismo, lo que se reitera a lo largo de los siglos … –y en realidad de los milenios–, y un día, en todo caso, se comenzó a escribir como una manera de dirigirse al otro en busca de simpatía y de complicidad: que estamos solos, desamparados, y que pasaremos penando y blasfemando para nada...

Bueno, saboreando lo que, hasta el fin, los sentidos nos permitan saborear...




NOTAS:

(1) Pascal Quignard, Morir por pensar (entre otros)

(2) Hago referencia al contenido de la obra al margen del grado de sofisticación o depuración y segura tergiversacióncon el que  haya llegado hasta nosotros; es decir, tomando tan sólo la anécdota que movió al poeta –Homero u otro, a su vez re-escrito o re-finado– a hacer de ello... "una historia para ser transmitida".

(3) De paso: es interesante ver cómo esa "fuerza" está consiguiendo, al menos por ahora, llevar a los "rebeldes" a capitular a instancias de la presión de una población que prefiere sobrevivir en las condiciones que la realidad se lo permita. Véase, por ejemplo, esta noticia.

(4) Sobre la "salida", pocas alegorías más reveladoraa que El informe para una academia de Kafka que, como suele suceder, vuelve a decirlo "todo".

(5) Nicole Loraux, Maneras trágicas de matar a una mujer