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martes, 28 de febrero de 2017

Del hambre y del tiempo

Un ansia irreprimible de retener lo que la corriente del tiempo arrastra hacia el olvido nos asalta. Y procedemos a realizar nuevas capturas futiles que presas de nosotros serán arrastradas igualmente por la corriente, con nosotros. Es lo que pasa cuando, con la pretensión de evitar la corriente el náufrago se aferra a un tronco o una madera o un cadáver que pasa a la deriva..., como si se tratara de una extensión de las orillas... que son inalcanzables, que pasan hacia atrás sin remedio, a la distancia, apenas dejando una visión, una marca, un arañazo...
Esas captura –realizadas en el fondo de las cavernas, en el barro cocido y la cerámica, en la piedra y el lienzo,la fotografía y el vídeo...–, que llevamos a cabo en nombre de la memoria, coleccionándolas en el museo de nuestra electroquímia, obedecen a aquellas, las ansias depredadoras. Capturas de las bellezas e intentos imposibles de no guardar a la vez el horror en la que fueron envueltas (convirtiéndolo en gloria y profesionalidad), el horror de la depredación, precisamente, ¡y el horror a la desaparición propia con la colección completa...!; pero un acto más del hambre con la que fuimos dejados a merced de la corriente, la corriente que lloraba desde el desprendimiento inicial. El hambre que nos signa, de la que salimos y a la que volvemos, de la que queremos huir. Donde la representación emerge imperativa. Del fondo de las tripas vacías, del fondo del cerebro insatisfecho.
Sí, simbolizamos por una sutileza del hambre, simbolizamos porque somos unos depredadores sofisticados que jamás podrán escapar de los rigores de la infancia; los rigores de la presencia en mitad de la corriente. De ahí el impulso creador que dignificamos para nuestro contento insuficiente –¡siempre insuficiente!–. Las ciudades, los templos,los palacios, las bibliotecas, los museos, los cuadros, las novelas, la ciencia, la tecnología, el cine..., de allí dentro –las tripas vacías– vienen sin poder cesar, sin agotarse. Gritan: ¡que no vuelva el hambre...!, y: ¡que nada se pierda!
Y... ¡es sólo otro deseo de devorarlo todo!

jueves, 22 de diciembre de 2016

Escritor

Escritor, escritor, escritor

El editor había venido a visitarlo, aunque en realidad había venido para saber cuánto le faltaba para dejar acabada la novela y entregársela.
El escritor estaba sentado a la mesa de trabajo, el portatil abierto, y prestándole una atención a medias continuaba reescribiendo el párrafo que tras haberlo releído una vez más había notado que fallaba en algo, era confuso o dejaba las cosas poco determinadas.
–Necesitaré otro año –respondió sin levantar la vista.
El otro se despidió entonces, asegurándole redundantemente que regresaría.
Al año siguiente sucedió algo parecido, aunque esta vez la página en la que el escritor se entretenía era una que se encontraba curiosamente unas treinta antes de la del año pasado en las mismas circunstancias.
–Otro año..., necesito otro año... –murmuró con un deje de cansancio y febrilidad.
De este modo se sucedieron esos años iguales, hasta que un día, muchos años más tarde, el editor entró en la casa después de esperar inútilmente que le abrieran. La puerta estaba simplemente entornada, como esperándolo, porque esa era la fecha que se repetía. En la penumbra, el editor distinguió la figura del escritor encorvado sobre la máquina, los brazos en flexión, los dedos sobre las teclas... La página era esta vez la número trescientas cincuenta y cuatro, el párrafo el segundo de la misma. El editor se acercó, mientras comprobaba lo delgado del cuerpo del viejo amigo, sin duda, pensó, de tanto empeñar la vida en el intento. Pero no se trataba de eso: el escritor estaba clara y materialmente en los huesos. Y esta vez no necesitó preguntarle. El esqueleto, tres de cuyas falanges no dejaban de moverse, rozando apenas las teclas como trasmitiéndoles los impulsos adecuados de ese modo, sin glopearlas, musitó entre los descarnados dientes que colgaban del maxilar:
–Necesito otra eternidad, deme más tiempo.

domingo, 16 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, ayer, hoy y mañana


Se me ha "revelado" (obviamente, "de repente", ¡y seguramente... por que no deja de ser... una obviedad!), que lo que perdura de lo trasmitido a través de los años y los siglos es lo que todos volvemos a vivir... Dicho de otro modo, lo que reencontramos en nosotros y que no es, en resumidas cuentas, otra cosa que la misma angustia humana (lo que se llamó igualmente "su tragedia") y las mismas acciones a que esas dan lugar, esas acciones desesperadas, temerarias, infructuosas a las que el ser humano se inclina impulsado por aquella, por, en fin, eso que Lacan denominó "la falta": lo que no se puede alcanzar y no se puede dejar de alcanzar. Y lo que, incluso, no puede tener más que inocencia y mezquindad infantiles. (1)

En esta situación se inscribe a mi criterio el Ulises de Homero o, mucho mejor y más rigurosamente dicho, La Odisea, es decir, su viaje (2).

Han pasado varios siglos desde entonces, y los paradigmas humanos, sociales e históricos, se han sustituido unos a otros. Hace tiempo que los que más contribuimos a la visión global del mundo no nos miramos en el espejo del "honor" y de la "gloria", que no creemos en el más allá y menos aún que esta pueda ser ganada en el fragor de las batallas contra los bárbaros o extranjeros, trayendo a la patria el laurel de la victoria o contribuyendo con la máxima entrega a conseguirlo. Ya no perseguimos la lápida laudatoria con la que se nos recordará por ello. Incluso nos reímos, a veces con una "risa áurea", de la posteridad y nuestros propios sueños, desnudos ante el espejo que no deja de devolvernos mezquindad y la conciencia de casi cualquier autoengaño. Y sin embargo, sabemos, ¡lo sentimos!, al enano ahí, dentro, laborando, urdiendo un "nuevo" camino que nos reivindique, que nos dignifique.

Despreciamos el "honor guerrero" y aún más el "patrio" como "ciudadanos del mundo" o "humanistas" a los que les repugnan las guerras y las sangres y los predominios... ¡Y se juega incluso a preferir ser esclavos antes que amos! Inclusive, se lleva años enseñando a ocultar deseos tan "abyectos" tras la máscara siempre lista a caer en cuanto se le suelten las cadenas ya no por algo "digno" como la "grandeza de la Patria" o de "la propia Cultura" y ni siquiera "la Liberación" (la que sea, también de la "nación oprimida" o de "la clase explotada") sino en atención a lo contenida que estaba la propia atrocidad, la vocación asesina hacia el prójimo como diría a fin de cuentas Kean de Sartre. Y ahí está, en las últimas capas del recuerdo (sin que por ello la recuerde ni la quiera recordar nadie) la masacre de Ruanda o la de Sudán o las "depuraciones" de los "guardias rojos" o de los "jemeres", y más cerca, tanto que está en este instante ocurriendo, lo que una camarilla burocrático-militar en torno al sirio Asad y a sus socios rusos están perpetrando en su país, contra sus opositores próximos en extremo, con tal de reducir a la nada toda oposición en general... Allí me atrevo a afirmar que no haya nadie que luche por el honor y la gloria sino, de una parte, por el más elemental deseo de poder absoluto (sea o no algo más que una referencia utópica) y las ansias de aplicar la "fuerza por la fuerza" (como habría señalado Castoriadis distintivamente), y, de la otra, por la más elemental supervivencia... poniéndose a su vez en las filas de una camarilla que antes o después también se dedicará a usufructuar su propio poder..., es decir, en las que vuelve a estar atrapada una población que nunca podrá hacer otra cosa que ir tras unos y bajo unos en lugar de bajo otros... (3) ¡Y de esto estamos –los que podemos soportar más la lucidez y la mirada "invertida" (Rilke dixit) o "radical" (Nietzsche dixit) y los que... aleluya... contamos con "la seguridad" del denostado y ciertamente repugnante Leviatan Occidental!– lo suficientemente convencidos que... hasta somos capaces de refugiarnos en la risa, y con ella... de seguir hablando! (Y que conste que no pido ni sugiero a nadie que rechace o se avergüence de la "salida" que escoja sea contra la simbología instituida o incorporada que lleve dentro y lo agobie) (4)

Así, James Joyce, de la mano de la mejor Literatura, se sintió empujado a reiterar el verdadero trasfondo de La Odisea. Lo que él rescató de la narración antigua pero viva fue algo que estaba más allá de una serie de aventuras... en todo caso dándoles nuevos ropajes y paisajes: la vida cotidiana de principios de su propio siglo, donde, entre otros pequeños detalles destinados a apenarse o a mover a la nostalgia de los tiempos perdidos, sólo queda la heroicidad del hombre de la calle que ya no aspira a nada sublime sino al mero placer fútil que produce un orgasmo dentro de los pantalones o un platito de riñones, y donde la paternidad se diluye, se arruina, se degrada, es traicionada, y en todo caso es impuesta... en los papeles y registros, burocráticamente, legalmente...

Así, mientras que en Homero, el viaje de "alto riesgo" alejará al protagonista y a sus seguidores del origen y la seguridad del hogar en pos de una meta ambiciosa que resume aún, entonces, las ansias oscuras de ir más allá de la mezquina humanidad con la que se debe vivir, símbolo o referencia de una ansiedad desesperada, Leopold Bloom, igualmente sufriente por las mismas razones, por la misma pertenencia a la misma humanidad que a continuado desolada y huérfana de destino, deambulará de isla en isla, por los mares sumergidos en la gran ciudad y en la tecnología, el papeleo, la insubstancialidad grandiosamente revestida no ya de grandes batallas vindicativas y llamadas al deber sino de ladrillo, pavimento, aceite de motor, publicidad, y puro desgaste mediocre... cuya única "salida" es la consumación de los más simples apetitos efímeros...

Y esto, es decir, ese mismo "quid" humano será el que reflotará en toda la Literatura Perdurable (quiero decir, la que tiene esa característica que precisamente es la que la haría perdurable y reiterable): en Kafka, en Musil, en Gombrovitz, en Kundera... 

¡Una Literatura y una "intencionalidad" que hoy parecería haber escogido suicidarse, y sobre todo, por no encontrar quien quiera ya mirar en ese pozo sin fondo en exceso... porque sabe muy bien que nada hallará allí sino un alter ego que sufre, que nunca alcanza nada del mismo modo que no lo alcanzará él mismo!

En Homero, las ansias del hombre que ha tenido y lo han impulsado terminan reduciéndose al final y en definitiva (o "sustancialmente" si cabe) a esa misma aceptación: se puede burlar a la muerte mil veces en busca de la vida intensa... pero por fin, la vida se acaba agotando por sí sola y sólo queda el refugio en los brazos de la curandera... que en Homero se guarda de claudicar hasta el fin (fiel a esa otra "gloria", femenina en este caso, que los griegos le reservaban a la mujer: echarse a las brazas de la hoguera funeraria donde se quemaba el hombre con el que se había desposado como primer estadio de las inevitables nupcias con la muerte –5–). En el Ulises de Joyce, la mujer ya ha adoptado las salidas del hombre... y ella es, inevitablemente, lúbrica. En ambos casos, no obstante, más allá de los subterfugios escogidos y del grado en que "sepamos" que lo son... el final deja en el aire lo mismo, lo que se reitera a lo largo de los siglos … –y en realidad de los milenios–, y un día, en todo caso, se comenzó a escribir como una manera de dirigirse al otro en busca de simpatía y de complicidad: que estamos solos, desamparados, y que pasaremos penando y blasfemando para nada...

Bueno, saboreando lo que, hasta el fin, los sentidos nos permitan saborear...




NOTAS:

(1) Pascal Quignard, Morir por pensar (entre otros)

(2) Hago referencia al contenido de la obra al margen del grado de sofisticación o depuración y segura tergiversacióncon el que  haya llegado hasta nosotros; es decir, tomando tan sólo la anécdota que movió al poeta –Homero u otro, a su vez re-escrito o re-finado– a hacer de ello... "una historia para ser transmitida".

(3) De paso: es interesante ver cómo esa "fuerza" está consiguiendo, al menos por ahora, llevar a los "rebeldes" a capitular a instancias de la presión de una población que prefiere sobrevivir en las condiciones que la realidad se lo permita. Véase, por ejemplo, esta noticia.

(4) Sobre la "salida", pocas alegorías más reveladoraa que El informe para una academia de Kafka que, como suele suceder, vuelve a decirlo "todo".

(5) Nicole Loraux, Maneras trágicas de matar a una mujer

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Una historia para nuestro tiempo


Marco Antonio, autorizado por los verdugos de César, sale a la plaza pública con el cadáver del tirano apuñalado en brazos. Lo saca a la luz del día, a "la luz pública", debidamente cubierto por una túnica que acabará descorriendo a modo del telón siguiendo una cadencia que tal vez Shakespeare apenas si reprodujo con variaciones: dramática, proselitista, eficaz. Lo deposita a cerca, a un lado, como un prestidigitador su galera, sus guantes, su bastón sobre la mesa trucada. Procura, en cualquier caso, darle una postura digna, la de la víctima inocente... y vejada; la de quien no sólo no merecía morir sino no dejar jamás a su pueblo, jamás de guiarlo, de... beneficiarlo, como pronto conseguirá demostrar. Y da (shakespeareanamente) comienzo a un sutil y demagógico discurso cuyo primer tramo es una exégesis de su amado jefe, donde da cuenta del amor de César por el pueblo como consta en el supuesto testamento cuyo contenido consigue que se le demande con ansiedad medida: un parque público, el usufructo popular del botín conquistado por el líder... Se trata de una jugada nacida de la pasión creadora, de la intuición proselitista de un conductor de hombres que sabe emular al jefe caído. Por momentos, ha rozado sutilmente la rabia que lo impulsa a condenar a los "traidores" con sorna ("hombres honorables sin duda"), buscando la complicidad de las masas. Son los que, en nombre de la "libertad" causaron unas  heridas irreversibles que van tomando  nombres propios: "por aquí penetró el puñal de Bruto", etcétera... La demagogia alcanza una altura semidivina que abre las puertas a la guerra.

Lejos ya en el tiempo, Shakespeare sublima la jugada maestra...; la hace en realidad maestra, lo fuera o no en su época. En todo caso, no podemos asegurar el grado en que la realidad fuese "sublime"...

Lejos en el tiempo, en el nuestro, nosotros podemos, en cualquier caso, comprobar lo lejos que la vida cotidiana está del arte. Lejos, después de incontables jugadas rastreras y circenses bajo las reglas del "Circo de Oklahoma" (Franz Kafka, América) que hoy imperan, vemos lo fútil de una y otra y otra subidas y bajadas del telón de la historia.

Pero lo peor es que haya tanto "texto impreso" y tanta "representación" que se esfuerce por no ir más allá de "la (pobre) vida misma". 






martes, 20 de septiembre de 2016

Despotricar contra lo inevitable (o "blasfemar") es a lo que estamos condenados

Sé por anticipado a qué miseria me va a llevar esta reflexión. Lo sé hasta tal punto que estoy por desistir de remontarla y, más aún, de exponerla... Pero, ¡qué demonios!, yo tampoco puedo renunciar a embestir...


La clave del problema es que, pese a que la reflexividad nos confunda, no hemos elegido nada: ni haber nacido, ni haberlo hecho en este mundo, ni disponer de instintos que nos lleven a aferrarnos a la vida en él, ni de privilegiar unas herramientas de supervivencia relativas, con las que hemos sido munidos, sobre las demás que podríamos igualmente adquirir. Claro que sin la reflexividad... no lo sabríamos, como aún les sucede a esos seres que llamamos animales y en los que no obstante estoy seguro de que a veces algo chisporrotea aunque sólo sea de manera efímera, lastimosa, inasible... a instancias de su "rudimentario" (pero prometedor) sistema nervioso. Sí, la reflexividad es la que convierte el hecho en problema, lo que pone de relevancia la clave de sí...

En cualquier caso, la propia lucha básica a la que nos empujan nuestras dependencias tiende a alejarnos de la resignación, es decir, nos conduce a sublimarse hasta convertirse en una lucha infructuosa llena de idílicas conquistas y por fin a la blasfemia, a las demandas que dirigimos a un dios ultra supremo contra el dios que nos impuso la realidad. Por lo general, buscamos los puntos aparentemente menos sustanciales o máximos, aparentemente más posibles de "enmendar", las pequeñas reformas que harían más amable (para nosotros) este mundo y esta vida..., pero eso no es más que un subterfugio, una invención para ignorar lo que en el fondo sabemos (de no ser así no tendríamos por qué negarnos a la "locura" del "blasfemo integral" o "sublime"): que no nos podemos resignar... porque, sencillamente, no podemos aniquilarnos y dejar el mundo a su deriva. Y no podemos hacerlo porque así hemos sido constituidos en correspondencia con lo que nos precedió. Más aún, por si fuera poco, porque así hemos sido adicionalmente educados: para el reforzamiento complementario del instinto –garantía de la multiplicación–, del que no nos fiamos, contra el que mantenemos una cierta distancia porque lo consideramos culpable junto con toda "la realidad", una desconfianza necesaria que nos permite vernos "por encima" de ella, por encima del mundo y de la vida, amos potenciales del universo, esa promesa del dios que nos hemos inventado y cuyo cumplimiento precisamente demandamos. Cerrando el círculo de la locura que aparenta no serlo. 

Así, algunos entrevemos la imaginaria, igualmente idílica salida que Pascal Quignard (*) reivindica haciendo referencia al antiguo pensador chino Chuang-tsé que proponía –¡por escrito... o de lo contrario Quignard o yo lo tendríamos que haber inventado sin referencia alguna, sin "el ejemplo" no consumado!– "vivir invisible en el fondo del callejón"... pero con esa astucia que como a una considerable porción de pensadores equiparables (un puñado de ellos citados por Quignard): "supieron inventar una forma implicante" (ibíd.)

Así es, acariciamos el silencio, el anonimato, la rareza, la incomprensión, la marginación..., sin dejar de buscar revertirlo, sin dejar de... "blasfemar"..., sin lograr resignarnos de verdad y dejar de dar gritos de socorro y embestir como los jabalíes ("singliers") –la porción de pensadores equiparables que Quignard cita–, fieras indómitas y solitarias.



(*) "Ultimo reino", en particular: "Los desarzonados", véase el capítulo XCV que abre paso al siguiente, titulado "Hay que recazar la mirada de los otros", o "Morir por pensar", capítulos XXXI (donde enumera a los blasfemadores) y XXXIV (donde citta a Chuang-tsé).

miércoles, 4 de marzo de 2015

Perla (de Roberto Videla) o la impotencia de lo que se nos escapa



Perla es una despedida poliédrica cuyas caras se muestran susperponiéndose e intercambiándose,  asomándose por encima del hombro la una de la otra. Es la despedida de lo que se despide de uno irremediablemente. Es la despedida respecto de todo lo que siempre nos ha expulsado, de los que nunca pudimos ocupar... Es el reconocimiento de esa expulsión. Es la aceptación de nuestro desencaje y de nuestra consiguiente huída.  Es la despedida puesta en escena en lugar de la desaparición, del mundo del que se escapó y que escapa por última vez por entre los dedos, irretenible, inencontrable, inaceptable.

Todas las despedidas han venido así a repetirse a través de una que se anticipa por última vez... a la despedida real y última que se avisora y que se rechaza, después de la cual ya no habrá otras sino todo lo contrario: el retorno nostálgico, que también esta despedida muestra.

La despedida comienza así con una visita (la llegada), pasa por calles y rincones del pueblo natal, se impone encuentros, los imagina, trata de realizarlos, de poner más nombres y figuras en la despedida, vicie en ello la inutilidad del conjunto, busca situarse en diversos lugares de la casa donde se ha nacido y crecido y de la que se ha huído... porque ya entonces, cuando los tenía que ocupar bajo el imperio de las circunstancias y la debilidad, no se encajaba... El cuerpo no entra, ni consigue vivir en cada uno de esos rincones. Es un fantasma que ve fantasmas. Que querría ser capaz de ser lo que ya no sólo no es sino lo que nunca pudo ser. Por fin, se queda en el suspenso del anticipo, donde tiene su verdadera y única entidad. Por eso realiza esa visita última realizando su ultimicidad.

En ese sentido, es un balance final, un repaso que parece haber nacido para ser guardado y revisado alguna vez... cuando comience el duelo, cuando la visita ya no puede serlo y todo se reduzca a la pantomima en la que no se puede creer. O para que los demás, el mundo, reciba la queja, el dolor de no seguir sin poder ser..., de que pronto se acabará toda fantasía del haber sido.

Es así una despedida más que la última visita a la madre y a la infancia. Es más la confirmación de la distancia que siempre existió y a la cual se dejará  ir definitivamente antes que un viaje a la memoria. 

De la "toma trucada de película" la cámara, de la que sólo se tiene control por la palabra, irá retrocediendo y subiendo, empequeñeciéndolo todo hasta dejar la tierra entera al fondo, reducida a un "punto de luz", sin detalles, en la que nunca se ha podido estar en ninguna parte, en la que nunca se pudo encajar..., salvo, en todo caso, haciendo algunas trampas, jugando (por representando). La madre empequeñece con todo lo demás, justificada en todo caso por... las circunstancias que no la dejaron volar de allí, como hizo Rob, como lo vuelve a hacer, por última vez. No le queda otra cosa que hacer. La pena acabó siendo también poliédrica o al menos con dos caras: la pena por no poder haber sido, la pena por no poder ya ser. Y también se hace de una máscara –máscara pero no por ello insensible– y vive la pena en esa imposibilidad de otra cosa que la despedido, el alejamiento, el abandono. Lo siente, pero nada puede hacer, como nunca pudo hacer. La zambullida desde las alturas es posible después de que la subida haya transformado la realidad en un sueño donde el narrador puede convertirse en héroe, en buceador, donde puede ir en busca de otra cosa esta sí asile: las palabras, el reordenamiento de las palabras, capaz en su fantasía de separar la perla de la concha. Pero el momento pasa y la realidad vuelve, es decir, se esconde detrás de la cotidianidad... La visita parece un error, pero postergarla habría sido igualmente otro. Más bien, era el mismo que siempre existió y que se debe repetir eternamente. Y del que se escapa mediante el deseo de vivir recobrado en la nostalgia, en la marcha inexorable hacia el final del tiempo.

Hay una imagen que me interesa destacar y que me estaba quedando en el tintero: es la de la mano que se cierra para no dejarse ver.... Es una imagen poderosísima que anticipa el final (nuevamente un pensamiento "feliz", "nostálgico", que quiere ocultar la desesperanza que viven los dos personajes –ambos observados por el narrador–, donde cada uno muere y siente la muerte ajena del otro... a su manera). La verdad es que Roberto Videla ha logrado decir un montón de cosas mediante imágenes muy literarias que despiertan a partir de descripciones breves, sencillas, emotivas y fuertes...

En cuanto a los restantes detalles de la artesanía, dejo constancia de que me gustó mucho, mucho. Por su lenguaje, por su frescura, por su franqueza...




jueves, 19 de junio de 2014

Fantasmas detrás de la fachada o Ráfagas puestas en pie.


Beltrán 372 (puede verse la placa en la pared: la misma). La fachada... apenas protegida por una reja que no había. En la ventana, donde se ve bajada la persiana, sigue mi mirada de entonces a la calle, mis oídos de entonces al bullicio. En los lados simétricos salientes que dan forma de T gorda a la entrada, la reja, hoy, impediría que, como ayer, me siente encima, y, por ejemplo, recite unos versos "gauchescos" que aún hoy recuerdo y que puedo volver a recitar todas las veces que quiera. Me cuesta, por culpa de la reja, verme allí, haciéndolo todavía. Sin embargo, sigo notándome detrás de la puerta blanca que da paso al interior: protesto porque mi padre sale de viaje de nuevo... aunque sé que a la vuelta me traerá un montón de cosas de regalo, y que, a la vuelta, lo podré abrazar. Y sigo notando, detrás, a mi madre que, aún, se maravilla de la pasión que pongo en la protesta; maravillándose de que mi padre se haya hecho querer de esa manera... hasta, según mi madre, que lo consiguieron intoxicar con lo que hoy yo podría definir como la pertenencia al clan, lo que en parte pude haber percibido... salvo que a mi vez yo fuera igualmente intoxicado por otras pertenencias y otros compromisos. Más allá, siguiendo el recorrido, siguen los mismos espacios y los mismos muebles, los mismos platos de porcelana y los mismos utensilios plateados, no sé si de plata ni de cuántos dineros, las dos camas, el hermano compinche, el hermanito incierto, el receptor de radio de partidos de fútbol y novelas de miedo, el cuarto de baño del incendio de hormigas rociadas con alcohol, el misterioso cuarto sin ventanas, la galería y sus enormes toldos donde mil moscas encontraron sus últimos descansos y no pudieron retomar el vuelo y seguir molestando, el patio de la carrera de la carretilla verde y la hamaca de madera de dos asientos en la que la carretilla se engastó lanzándome a un buen golpe contra la pared del fondo del que salí duchado por el chorro desesperado de un sifón..., ay, esos desmayos que no debieron ser más de dos...; y la cocina de las botellas de calcio, la polenta, el sifón; y el cuartito del misterio en el que unas sombras de tetas y figuras que se tienden en un colchón delgado sobre el suelo, en medio de una baraúnda de objetos que poco a poco se acumulan hasta que las sombras dejan de caber y se van, expulsadas... Todo, distribuido tal cual, sigue del otro lado, donde, ignorantes de los fantasmas, se parapetan los intrusos de hoy.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

"Los inocentes", los débiles, la culpabilidad y la impotencia


No creo que haya muchos lectores de "Los Inocentes" (de entre los no muchos que en estos tiempos la hayan leído, ni tampoco de los que la leyeron desde que se publicó, ni por tanto que sepan que la escribiera Broch) que compartan conmigo la conclusión de que el título apuntaba al conjunto de los individuos que formaron, forman y se añadirán a lo que biológicamente llamamos "humanidad": todos... "inocentes", todos en definitiva "débiles" (como he optado por caracterizarlos, aunque con idéntico sentido al del autor). Incluyendo a los "fuertes", es decir, "los poderosos", los que detentan el poder "político", "social", "psicológico", "ideológico", "físico", etc. Unos "inocentes" que, teniendo "conciencia" de ser, respectivamente, "víctimas" o "verdugos" (y siéndolo formal y concretamente estos últimos con relación a casi todos los primeros), son "débiles" en última instancia en tanto que la "elección" por ocupar uno u otro puesto disponible en una sociedad que sin duda se mantiene o conserva "fragmentada" no ha sido "libre" o "planificada" por anticipado (ni puede responder a ello) sino, en todo caso, reafirmada y justificada... hasta hacerse carne de la propia carne.

Incluso, no la compartiría, de entrada al menos, el propio Broch ("Origen de este libro").

No obstante, nos pone en bandeja esa descripción que sólo de ese modo puede ser completada; que, en todo caso, es la única que puede verse tras el suave velo que al autor le cuesta rasgar definitivamente... con el pensamiento abstracto (que expone en su autocrítica), sin ir lo suficientemente hondo, quirúrjicamente hablando. Porque, sin duda, ¡es humana (desde mi punto de vista, y desde la experiencia descarnada) "la abolición de la ley, hecha ley suprema", "la mentira fantasmagórica, hecha verdad superior", la "esclavitud universal y abstracta"! ¡Muy humana, demasiado humana, en absoluto "ajena a todo lo que sea humano", como dice también, prisionero de la propia nostalgia indudablemente mamada... que reconoce de todos modos perimida, en un tiempo en el que:
Las palabras se secaron...
O... 
Las barcas aguardan todas las noches, invisibles,
para llevar hacia el este de la noche
la flota de los humanos: ¡oh, incisión que atraviesa el tiempo!

Por  la novela sui generis de Broch desfilan sin embargo, desbordando los límites que el autor creyó haberles impuesto (de época, de origen, de situación), los suficientes especímenes humanos como para que todos los posibles, todos los imaginables, queden comprendidos; todos... "inocentes", y sin embargo todos "culpables" de lo que les pasa a ellos y a los que entran en su radio de acción...

La inmensa masa de los pocos lectores que en proporción pudo tener Broch hasta ahora no se sentirán parte de esa masa de "inocentes/culpables". Su mejor defensa será nuevamente la que da lugar precisamente a su culpabilidad, una culpabilidad del débil, del que sólo puede ser relativamente fuerte y sobrevivir mediante el ejercicio de esa debilidad/culpabilidad, en concreto: a la "ignorancia", al "autoengaño", a la "autodignificación".

Esa misma manera de ver las cosas me tocará ahora a mí recibirla. A causa de mi propia mirada coincidente con la intencionalidad que Broch reflejara en su novela, y que yo he alcanzado a ver bajo su trama, y su referencial título.

La novela incluye algo de poesía, una poesía que no edulcora líricamente sino que se pone al servicio de la denuncia o, para no dejar lugar a dudas en cuanto a lo que me refiero, al servicio de la descripción real, de la desnudez profunda que pudiera pretenderse escamotear, encubrir, de la que se intenta apartar la vista.
Máscara sobre máscara,
monstruosidad cubriendo mosntruosidades,
rostro que ignora las lágrimas.
En fin..., basta. Dejo para el final sólo la propia voz de Broch, aún contundente a pesar de su debilidad quirúrjica antes señalada, donde se aprecia su intento, vano al fin, vano siempre, intento infructuoso si así se quiere ver de "sacar frutos de flores marchitas"; lamento, grito, expresado tan sólo, de nuevo, porque una vez dentro, hecho consciente, a algunos nos sea imposible podérnoslo guardar y hasta dónde nos afecta la propia debilidad que nos ata a las urgencias, al dolor impotente, a la mirada de soslayo, al continuar andando...:
¡Maldita sea la ceguera! 
El prado y el bosque llegan a las alambradas,
y en los hogares de los verdugos cantan los canarios.
Un cielo de sangre cubre las cuatro estaciones del año
y el arco iris no tiene color de esperanza,
el cosmos se burla de las incompatibilidades
y pregunta al hombre:
¿soportarás todo esto aún mucho tiempo?,
¿qué ves?, ¿qué te parece falso?
El que va a morir lo ve;
ya nada le amarga
y el tiro en la nuca es auténtico.
Descúbrete y piensa en las víctimas.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La peste


Un día como hoy, la vida y la producción intelectual de Camus se vieron repentinamente interrumpidas, según muchos dicen... "prematuramente", por un accidente de coche. Esto bien puede ser atribuido al "absurdo" sobre el que Camus reflexionara hondamente y como el hombre que ha dejado de creer en el destino y los dioses siente y en todo caso piensa. No obstante, el accidente y la interrupción de su "carrera" de escritor y pensador sólo puede ser atribuidos a mi entender a la carretera, a la mecánica, a la imprudencia de quien fuese, etc., en diversas proporciones...; algo a lo que cualquiera está sujeto en estos tiempos del mismo modo que en la antigüedad lo estaban a las batallas y las riñas (que hoy perduran, claro, y también pueden ser causa de accidentes mortales), o la contracción de enfermedades, de, precisamente, "La peste"; o de la concurrencia entre las muchas posibles de tiempo, situación y presencia. El "absurdo" es en realidad otra de las tantas construcciones simbólicas de "última instancia", una "causa primera" que sustituyó y puede aún sustituir al "capricho divino" al que apelarían los creyentes; lo que, como "la peste", "se esfuerza en sorprender". En fin, uno más de los tantos absolutos erigidos por la orfandad del hombre para darse una explicación causal que le permita ocupar una posición de privilegio a sus ojos respecto de los demás componentes del universo, de los que tan distinto se siente..., en relación a los cuales se entiende tan especial... y necesita sentirse y entenderse. Y esto se hace especialmente notable cuando se trata de un intelectual, cuando la necesidad de diferenciarse de todo lo demás, desde las partículas elementales hasta los simios, toma la forma más excelsa de la "dignificación", en donde el cuerpo, arrebatado por la muerte y retirado como apoyo de la vida reflexiva (que es la que se siente perder), es despreciado, y los productos de la imaginación y de la reflexión son considerados manifestación del alma y de lo divino; como... "el conocimiento y el recuerdo", por nombrar los dos productos del hombre mencionados por Camus, lo que consideraba con dudas que fuese "Todo lo que el hombre pueda ganar..." y "Es posible que (...) Tarrou llamaba ganar la partida". Lo que, "vencido el plazo" del "terror", sirve para "negar" que seamos "aquel pueblo atontado del cual todos los días se evaporaba una parte e las fauces de un horno, mientras la otra, cargada con las cadenas de la impotencia, esperaba su turno".

Camus, haciendo equilibrio sobre la cuerda tendida sobre la nada, por la que había logrado hacerse un hecho hábil funambulista, habría tendido, o algo más, a atribuir al Absurdo su propia muerte estúpida (la más estúpida posible, según él mismo opinaría antes del accidente, antes de suponer que lo sufriría él mismo...), aunque por momentos acariciaría la nada y de haberse realmente separado en el instante de la muerte su alma de su cuerpo destrozado y entreverado con lo inerte y lo artificial del coche accidentado, esa alma habría podido reflexionar hasta el extremo de reconocerse... como nada "digno" de alguna "extrema distinción", como, más allá como siempre de las intenciones esperanzadoras y alentadoras que nos damos todos, dejó de este modo documentado mediante una frase puesta en boca de su personaje, Tarrou:

"... ¡qué importa!, la muerte no es nada para los hombres como yo. Es un acontecimiento que les da la razón."

Y para concluir que sólo nos queda un recurso disponible para alcanzar la paz: "la simpatía"... lo que, de todos modos, no le había "servido de nada", ya que encontraría la añorada paz "sólo (...) en la muerte, cuando ya no podía servirle de nada" (es decir, satisfacerlo a ratos).

Porque Camus, a fin de cuentas, "Siempre quiso salir", y en eso, yo, me siento unido a él y a tantos otros, "olvidados" o, de manera equivalente, tergiversados.



lunes, 11 de julio de 2011

Incongruencias de la idiosincrasia

Quisiera evitar entrar en debates con esos innumerables "filosofastros" de hoy en día que se agolpan en los espacios virtuales jugando a dueños de la verdad ávidos de seguidores "políticos", muchas veces mediante simples digestos mal digeridos que previamente debieron consumir con avidez. Esos que toman aquello que les suena muy mesiánico y lo propagan a los cuatro vientos como panaceas de la solución final o sus caminos regios. Mucho ruido, sí. Pero, ¿cómo puede uno esperar otra cosa de estos tiempos? Hoy todos saben y todos dictan cátedra a base de esforzados años de inculcación retórica, y pontifican sin más y sin buscar "algo" que ponga en duda sus certezas dogmáticas sino todo lo contrario: buscan y reciben sólo aquello que se las reafirmen. Son los que disponen de una más o menos aceptable alforja llena de verborrea "política", "económica", "histórica", "social", "psicológica", etc., que se dispara como flechas a la menor puesta en cuestión o dificultad. Lo grave para ellos sería escapar de sus torrecillas de cartón y perder el grupo, o que un genio diabólico les regalara un cetro prodigioso... con el que no sabrían qué hacer, cómo resolver el problema de la horfandad de la potencia así adquirida. Son los hijos de los que necesitaban de Dios. Y, obviamente, nunca tienen nada que aprender, sólo que enseñar, es decir, re-pe-tir, a-gi-tar...

Pero a veces... no puedo resistirme y meto la cuchara... y revuelvo hasta que ya es tarde... y esa noche no duermo de la indignación...

Resulta sofocante tanta seguridad sobre la base de tantas incoherencias que a fin de cuentas debo pensar que obedecen a "razones" (por motivos) "tacticistas" del mismo orden que las que mueven a los políticos profesionales que nos (des o mal)gobiernan (o simulan gobernarnos). Sin duda, ese "estilo de pensar" ha calado en las "masas ilustradas del presente", gran parte de las cuales cree "por fin" ser propietaria de "un saber" y "una verdad"...

¿Cómo van a ver el absurdo y el horror de su mundo (que cae sobre ellos igualmente... "con azúcar" o "con vaselina") si son parte inseparable y necesaria de su ridícula marcha?

¿Acaso vale la pena decírselo si es que lo deben rechazar en tanto se deban a sí mismos? Incluso los más inteligentes (y la inteligencia aquí es la capacidad para verse a sí mismo a pesar del dolor, para preferir querer la nada antes que preferir dejar de querer), no pueden dar pasos demasiado largos. Incluso a ellos les resulta "difícil" entender lo que hay debajo del pensamiento más alto alcanzado (pensamiento de los grandes pensadores) y descubrir allí sus propias miserias. Por eso, hasta ellos se quedan en la superficie de esos pensamientos: pescando en sus aguas los peces que afloran a la superficie, muertos... esto es, convertidos en slogans que puedan agitarse unos contra otras en su "pelea de gallos".

¿Cómo no acusarlos de esa vieja debilidad que antiguamente caracterizó a "la plebe" (cuando aún no se había extraído de sí una porción "ilustrada" adecuadamente para las nuevas servidumbres) y que la propia fragmentación del mundo, orientada, como no podía sino ser, hacia su permanencia o conservación, es decir, hacia la permanencia de los domesticadores sobre los domesticados, la marcha de las cosas a través de esa fragmentación, ha conseguido reproducir, copiar, incluso "mejorar" de generación en generación... aunque de tanto en tanto marginando a quienes acabarían no pudiendo sino denunciar los hechos, la fuerza por la fuerza de unos, la debilidad mendicante de los otros, la cobertura de los acomodados productores de ideas...? ¿Y cómo, a la vez, no comprenderlos, no disculparlos...?

Nietzsche dijo poco más o menos: "ayudemos a mejorar el mundo eliminando la debilidad". Al hacerlo evidenció, según lo veo, estar preso de un error de doble faz que le valió ser condenado por las buenas conciencias y en todo caso valorado de manera sesgada. Una cara del error habría sido reiterar el sueño maquillado y enmascarado y edulcorado... de Platón y de la filosofía: el sueño de un "mundo mejor" o el anhelo de una "ciudad buena", un mundo que nacido de la razón y de la lógica se pudiera imponer a todos los hombres, lo quisieran o no... eso sí, justamente, conservando la domesticación y la fragmentación en los términos en que estaba vigente en su propio mundo (¿o acaso Platón excluía a los esclavos de un tal mundo?, ¿excluyen los actuales platónicos al Tercer Mundo de verdad, la división entre productores de cultura, arte, ocio y planificación y los productores de manufacturas?). La segunda cara del error, fue proveer de material a los poseedores de la fuerza bruta y maestros de la hipocresía, el tacticismo, la inmediatez, la mezquindad, la falta de escrúpulos, el sadismo incluso... los "señores de la guerra", de la fuerza bruta, del poder por el poder.

Pero Nietzsche no podía dejar de sentir nauseas ante la personalidad del "débil" ("los borregos del rebaño") que una y otra vez se disponía a esperar, más allá en realidad del límite de su paciencia, que le tocara una pizca al menos del botín que ayudaba a sus señores a ganar... Más allá del límite, sí... porque en realidad, repito, sólo se han sabido movilizar encontrado un señor nuevo que le prometiera una nueva guerra de reparto, una nueva redistribución, de la que algo obtendrían, algo... a veces sólo la muerte, a veces sólo "una parcela de cielo" (Marx dixit quizás con cierta inconsciente hipocresía o, si se prefiere, una hipocresía prefigurada, un esbozo a completar y a materializar, tan errónea en todo caso como la de Nietzsche... o la de Rousseau...)

Una debilidad que, como todas las características idiosincrásicas, parece llevar antes la muerte que a un cambio de actitud, una renuncia a lo aprendido, a lo adoptado, a lo aceptado y valorado por los grupos a los que cada uno se va integrando durante la vida, pasando de uno a otro (el de la familia y los amigos de la familia, el del colegio y del barrio, el de las fiestas estudiantiles o populares, el del equipo de trabajo, etc.). Una debilidad que no sirve para nada a quien a fin de cuentas permanece solo, dependiendo únicamente de sí mismo, en cierto modo apartado por o para volverse un excéntrico al que si no calla se lo puede llegar a acusar de loco, de perturbador, de pervertidor... y ahí está Hipaso y Sócrates, y muchos más pasando por el propio Nietzsche... Y que por eso... no todos hacen suya, ni más ni menos: porque no le es la herramienta o el arma más útil, la que mejor se adapta a su brazo y a su mente. Y que la marcha misma de las cosas selecciona de manera artificial, como si fuera natural sólo que mediante la intervención humana, creativa, que a ello le debe el calificativo (por ahora), al menos de mi parte.

Una debilidad, como puede verse (y si se lee bien, éste es el sentido ya presente en Nietzsche) no es la de pertenecer a una u otra etnia, cosa que se argumentó como manera de autoetiquetarse "arios puros" (esto es, "humanos de verdad") por la sempiterna vía negativa, la del "no somos eso", la de "Isra-el" (que significa "contra El", el dios cananeo o babilónico). La debilidad que se expresa en aquellos que delegan la voluntad propia de poder en la voluntad de poder de otros... (algo que a fin de cuentas, por esa propensión a la esperanza de esa otra debilidad, la propia de los idílicos pensadores, la debilidad de la impotencia enrabietada, rechazada, contumaz, afectó sin duda al propio Nietzsche incluso así como a todos los filósofos desde Platón -recuérdese Siracusa-, hasta -sí, casi acabando- con Heidegger, tal vez el último filósofo, el filósofo de la autodestrucción o autodilución de la filosofía.

Una debilidad que yo me resigno a soportar, igualmente impotente, aunque no sirva para nada, sabiendo que no servirá para nada... al menos para nada bueno; la debilidad de quien se resigna a la certeza definitiva de que el mundo del mañana no está ni mínimamente en sus manos, ni como asesor del poder ni como la vanguardia de los débiles. Aunque, como todos, muera estúpidamente por permanecer fiel a tal idiosincrasia... en la que hasta el fin me sentiré muy cómodo, conocedor de sus ardides y peligros.


miércoles, 16 de febrero de 2011

Nietzsche en el Oeste Americano

Muchos (¿el 99% de la gente que va al cine a ver un espectáculo?) habrá que hagan del cine de los hermanos Cohen en general y de su última entrega, True girt, en particular, una lectura más o menos superficial o, mejor dicho, distanciada; esto último en el sentido de la que permite al espectador situarse ante el ser humano, y ante sí mismo, con la misma predisposición observadora que adoptaría ante el ir y venir de las hormigas; la predisposición de quien acude a ver un espectáculo (lo que sin duda ¡ES lo establecido!) En cualquier caso, se trata de una conducta precavida; precavida en relación con la peligrosidad de la conciencia.

Pero, independientemente de que el mensaje esotérico que contiene (a mí no me caben dudas de que lo hay) los conmueva, pocos habrá que reconozcan en él la textura subyacente de carácter nietzscheano que llega hasta el guiño delator de asociar "la solterona" a "la sabiduría" (Más allá del bien y del mal). Para eso hay que tener buena memoria y además haber leído el texto, como me resulta obvio que lo leyeran -y rumiaran- los Cohen, además de coincidir con sus lineamientos más notables.

La conducta temeraria de la niña de catorce años, que pone en riesgo la vida con el único fin de realizar una venganza fría, es casi un aforismo personificado. A la actriz, pero también al propio personaje, se le asignó un rol casi sin fisuras, al menos al respecto (aunque sometido a los avatares reales que no se pueden controlar, como lo que lleva a que la venganza no se realice de la manera planeada o deseada), y en ese sentido, demasiado histriónico, como corresponde a la tragedia y sin duda no a la novela posmoderna con sus pretensiones (igualmente falsas) de reflejar la Realidad. También esto pone en evidencia la greicidad de los hermanos Cohen, su greicidad nietzscheana, y quizás hasta straussiana... Después de todo, tal vez esto sea lo que caracterice a toda su filmografía y cada vez un poco más (recuérdese especialmente: Oh, brother, o Un hombre serio, que parecen apuntar a lecturas de Leo Strauss... y a una incuestionable sapiencia en el leer).

Estar más allá del bien y del mal, en Nietzsche, no significaba ausencia de valores morales ni relativismo (con Strauss pone de manifiesto de hecho), sino la asunción de los propios como algo personal, la franca predisposición a defender el "compromiso" (Strauss dixit), no dejar la lucha, la "obra" (Nietzsche dixit), se justifique ello de una u otra manera, respondiendo si acaso al "amor propio" (ídem).

Según Nietzsche, la venganza y el castigo están ahí para resarcir, para alcanzar la irrenunciable compensación que se necesita; por eso ambos son invocados. Según esta filosofía outsider, hay que agradecer a quien le salva la vida a uno (una en concreto en este caso) porque se siente la deuda. Cobro y deuda están en los orígenes de la moral, y Nietzsche (y los Cohen con él), simplemente, lo asumen. Lo humano no va más allá de lo animal salvo en cuanto a ser consciente de ello... y a tratar con la conciencia de hacerlo callar, de someterlo al silencio, en todo caso de adornarlo. Pero ese ir más allá está empujado por la mera perplejidad tanto como cualquiera de las mil y una conjeturas de las que el ser humano ha sido y es capaz (toda la Metafísica, es decir, toda la Filosofía, incluidas sus "inversiones", incluidos desde sus formas más dogmáticas hasta sus más líquidas, están construidas por ello, y como colecciones de conjeturas), y, como los mitos y las religiones, sirven para distinguirnos y agruparnos como los más humanos (esto es, los más divinos), como los verdaderos humanos.

Es justo cuando logra no saberlo, cuando intenta ignorarlo y se siente divino (esto es: omnipotente), ¡inclusive por lograrlo!, cuando la moral propia se erige en poco menos que Ley Revelada (Torah), Ley del pueblo elegido, Ley de la Humanidad que se considera ser, que se autoadjudica, en todo caso que se diga que se quiere instituir (mediando para ello La Conquista, La Domesticación, La Conformación -educación, adoctrinamiento... ay, de nuevo la maestra- a imagen y semejanza propias pero también a imagen del clon y del muñeco, El Sojuzgamiento, por fin, en las proporciones adecuadas... so pena de aniquilación.

La Sabiduría (la maestra solterona) lleva a cabo su venganza como bien puede (el mundo, ay, no permite siempre que los planes racionales se realicen a la perfección, ¡y la perfección es La Ley!) e intenta manifestar ritualmente su agradecimiento, en la medida también de lo que la realidad (ay, somos mortales) le permite (¡permanece soltera tal vez por dedicarse a recorrer el mundo tras aquel que le salvó la vida a costa de su salud y venciendo los remilgos idílicos de la niña, que incluso habría preferido morir en lugar de su caballo!). Venganza y devolución del don, exigencia y autoexigencia, responsabilidad... obediencia que también habría vuelto a decir Nietzsche.

martes, 19 de octubre de 2010

Por culpa de Mimí (por motivarme), por culpa de María (por inspirarme), por culpa de las mujeres y de las vueltas de la vida... ante las que uno ya no sabe qué hacer

Nietzsche experimentó muchos altibajos, pero sobretodo experimentó la fuerza irremediable de su propia idiosincrasia; la -en definitiva y para no ser compasivo con uno mismo y menos que con nadie- dependencia del autoproceso de conformación, como en principio pienso definirlo desde ahora. Producto de todo eso, a veces nace la necesidad de expresarse mediante la poesía. Y eso me pasa de vez en cuando. Pongo a luicio de mis pocos, leves y breves lectores, los siguientes versos nacidos de una de aquellas situaciones, es decir, de un "hubo una vez...":

Te querré sin que lo sepas
(desde ahora),
o sea, sin que lo tengas que sufrir,
sin que tengas que desplegar tus resistencias,
...a mis embates,
sin que tengas la obligación de devolver
...nada
...nada más que el recuerdo,
que es más de uno mismo,
fragmentado y filtrado como más guste,
como más pueda...
soportarse.

Algo que, como todo, es a la vez verdadero y falso, sincero e histriónico. Y ni siquiera sé si es poesía... digna.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Raices fuertes, raíces débiles, espacios reducidos, espacios imaginarios...

Parece tan inverosímil imaginar un ser humano que no se tome en serio ni tome en serio aquello que defiende como decisivo o vital, como imaginar que pueda evitar emitir juicios de valor o abrace un mito.

El ser humano prefiere querer la nada a no querer, sostenía Nietzsche ya a sus veintitantos años.

Sin duda, cuesta pensar que Hamlet abandonara de repente sus planes de venganza y se dijera que siendo el mundo y la vida formas de un sueño fútil e inconducente, dominado por el sinsentido y sin una sóla razón defendible, se exiliara, por ejemplo, lejos de los hombres... Cuesta pensar que Zarathustra se habría quedado en la montaña hasta morir de tristeza, convencido como estaba de estar cargado de sabiduría hasta la coronilla,  sintiéndose "hastiado" como "las abejas" por "un exceso de miel", considerando que "la copa" buscaba "desbordarse". Y mal vivir resistiéndose a la necesidad compulsiva de llegar a los hombres y ser por fin algo, y en concreto él mismo, entre ellos o... a su cabeza (como habría dicho el Goetz de Sartre).

Sin duda, cuesta pensar que la locura sea al mismo tiempo tan engañosa como estar a la vez loco (como podría verse desde la mirada exterior de algunos, Polonio, por ejemplo, en relación a Hamlet) y... seguir un plan que parece seguro.

No. Si hay planes hay cordura (*). Y si hay cordura hay una causa detrás de las acciones. La mentira (se termine creyendo en la propia o no, dando lugar a una actitud que se considera honesta) tiene por misión conseguir de los demás y del mundo lo mejor que sea posible para nosotros mismos. Aquí reside el secreto que todos quieren mantener en vergonzoso secreto y que también todos vergonzosamente respetan.



(*) El Zarathustra de Nietzsche, ya que lo he mencionado, no tarda más de lo que dura una experiencia frustrante con el pueblo para descubrir que no debe continuar intentando predicar para él, y modifica de inmediato sus planes: a partir de la nueva toma de conciencia, Zaratustra asume el objetivo más perfilado de buscar exclusivamente "compañeros"... "compañeros en la recolección", "eremitas" o "parejas solas". Con ese descubrimiento, acaba el "Prólogo" y comienzan los "Discursos"... y "Así comenzó el ocaso de Zarathustra".


jueves, 24 de junio de 2010

Donde la comprensión no se echa en falta... sino todo lo contrario

La experiencia y la intuición me han llevado de entrada a concluir a mí también "that ‘to know more’ is not always ‘to hear more’" (where "more", of course, it's not "better" y donde "to know" no es sino una de las formas simbólicas de realizar el deseo de apropiación humana, la sucedánea más precisa de la equivalente apropiación real).

Sin duda, esto nos remite en buena medida a Nietzsche, que a mi criterio fuera bastante más allá, sentando las bases para que pudiéramos convencernos de que a todo individuo le resulta imperativo apropiarse al máximo posible -y del máximo posible- de mundo, ni más ni menos como la manera de evitar diluirse en ese mundo hasta el extremo de dejar de ser lo que hasta ese momento se era. En el caso del hombre, dejando al mismo tiempo de sentir y de pensar, acariciando así la muerte... hasta morir en vida o por fin abandonarla del todo. La música nos sumerge en un sueño que podemos controlar y no que nos controla como cuando dormimos.

El esfuerzo agotador de esta resistencia activa de carácter conservador (que asimilo a la idea de una cierta inercia retroalimentada) tiene en la música, o a al menos a mí me lo parece, un refugio inocuo, uno en el que se puede entrar, residir por unos instantes, y regresar después de allí indemne, como si el tiempo hubiese sido suspendido para uno... por un tiempo, o como si se hubiese tratado de un viaje fuera del espacio-tiempo mundano (que o es ruido o es agobio).

Nietzsche que lo dijo casi todo, ¡y a los 25 años!, debe ser citado en este punto como mejor síntesis:
"Con el lenguaje es imposible alcanzar de modo exhaustivo el simbolismo universal de la música, precisamente porque ésta se refiere de manera simbólica a la contradicción primordial y al dolor primordial, y, por tanto, simboliza una esfera que está por encima y antes de toda apariencia. (...) el lenguaje, en cuanto órgano y símbolo de las apariencias, nunca ni en ningún lugar puede extraverter la interioridad más honda de la música, sino que, tan pronto como se lanza a imitar a ésta, queda siempre en un contacto externo con ella, mientras que su sentido más profundo no nos lo puede acercar ni un solo paso, aun con toda la elocuencia lírica" (F. Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, Alianza, Biblioteca de autor, Madrid, 2007, pág.74)
Tal vez suceda también en cierto modo ante la pintura y la escultura "expresivas"... pero diría en todo caso que no con el mismo alcance. Esas artes apolíneas nos pueden sustraer apenas un instante y parcialmente, mientras que en la música podemos perdernos por un largo rato... y con los ojos cerrados.

La música me parece, así, un territorio de irresponsabilidad por excelencia, tal vez el menos peligroso, para la propia vida y el propio mundo en y al que no queda sino someterse, capaz de sustraernos de la exigencia de respuestas que ambas realidades nos generan; donde uno puede morir por unos momentos... y volver a la vida, donde nada amenaza con el tan temido no retorno. Como escribiera Nietzsche: "...sólo partiendo del espíritu de la música comprendemos la alegría por la aniquilación del individuo" (F. Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, ed. cit., pág. 144), lo que yo no diría que sea ni mucho menos alcanzar la unicidad metafísica que supone la filosofía platónica (Schopenhauer y el joven Nietzsche incluidos) que nos sería deseable, sino el Paraíso perdido que no se compartía con nadie porque todo estaba sólo para uno mismo.

En este sentido, la música (y la danza a la que esta motoriza) tiene las mismas propiedades que la inmersión erótica, donde el sexo, mientras dura, lleva al mismo resultado. Y también debo decir que la poesía nace sobre todo de la música que el lenguaje impone en tanto que pensamiento, de su encierro y su necesidad de expresarse mus¡calmente, es decir, con algo que no pretende trasmitir contenido alguno sino simplemente agradar, atrapar, aprisionar, es decir, por estar al servicio de la apropiación.

Ciertamente, lo lingüístico (que incluiría las formas más "primitivas" -y complementarias- de lo gestual, lo gutural... incluso lo gráfico...) y en particular lo textual, puede parecer a muchos y ser por tanto considerado como nacido con un fin, y aún más con el fin superior de procurar entendimiento y comprensión... Sin embargo, y mal que nos pese a muchos, el lenguaje nació prioritariamente para unir en el marco del grupo, para identificarse y para engañar externa e internamente. Su utilidad tiene pues y sobretodo un sentido fraudulento que se ha ido ampliando y sofisticando al ofrecernos una vía superior para la supervivencia, vía que en realidad no existirá nunca... y que en realidad permite que los que las prometen tengan una vida al menos superior a las de los demás. Y por eso, el propio canto añadido a la música es reducido por nuestros oídos a un instrumento adicional que se suma a la composición y a la orquesta.

La presencia, a veces, en la música de cierto "contenido explícito aunque cualitativamente insuficiente" (lo entrecomillo para darle el sentido de un concepto), como sucede sobretodo en la Ópera y las misas, donde yo diría que no pretende hacer tanto el papel de texto sino el del canto, permite por el contrario la entrega in extremis y a pesar del texto la experiencia de la sensibilidad, en cierto modo de una manera "más animal" o, por decirlo de otro modo, "menos conflictiva" que en presencia de un mensaje textual que se nos dirija explícitamente -o que hayamos hallado o descubierto por haber ido en su búsqueda- que nos proponga algo. Incluiría en parte a la poesía, que indudablemente tiene algo de esta especie de abducción contemplativa o no reflexiva, de entrega y no de confrontación, que sosiega en lugar de perturbar, que olvida la presencia de la muerte gracias a pasar por unos instantes al otro lado. Y también más libre en relación al usufructuario de los engaños mencionados. Sin duda a la vista de esta realidad, se impulsó el uso de la lengua nacional en la lírica, lo que no tuvo ciertamente mucho efecto como no se quiera mencionar el del fomento del espíritu nacionalista (como en los casos de Wagner o de Verdi) que no es precisamente lo que pasó a la Historia e hizo sus obras perdurables y tal vez deba atribuirse más a la música que a sus referencias explícitas, históricas y/o mitológicas presentes en el canto.

Estas experiencias se dan en la audición (y en la ejecución, que sería audición compartida del ejecutante y del creador) de música, aunque sea en su reproducción mental y en su lectura, incluso cuando la voz humana sólo "canta" y no transmite mensajes, cuando no intenta comunicar algo que intenta ser común a todos... siéndolo de hecho, sino que busca simple y centralmente conmover, capturar, secuestrar, apropiarse...