viernes 1 de enero de 2010

El dolor crónico del mundo en Shakespeare

Medida por medida es para Lampedusa de lo mejor del gran Shakespeare. El escritor italiano nos dice con palabras sencillas, como si nos hablara de ello mientras comparte con uno un café en un local apropiado para periódicas tertulias, débilmente iluminado, de mesas de madera llenas de historia tallada a punta de ridículas navajas y viejas manchas circunstanciales:
"Gran poema indefinible, gran obra de teatro inclasificable, demasiado trágica para ser comedia, demasiado irónica para ser tragedia, en la que los versos más conmovedores se alternan con la más áspera y maldita prosa; esta obra lleva, como la Piedad Rondanini a la que se asemeja en grosería y escabrosidad, el sello más cegador del genio más trascendente." (Giuseppe Tomasi di Lampedusa, "Shakespeare", Nortesur, Barcelona, 2009, pág. 69). Donde se da la interesantísima situación que podríamos ¿por qué no? llamar nietzscheana, en la que: "Todos los personajes, la mayor parte de ellos despreciables, se expresan con la más feliz de las elocuencias que jamás se haya oído de boca humana. Y todos parecen tener razón." (ibid., pág. 72). Y donde "Este esplendor verbal envuelve como un valioso terciopelo el sarcófago en el que yace nuestro mundo, muerto." (ibid., pág. 73).

Sin duda, el mundo dado se le presentaba a Shakespeare como si él hubiese surgido en él desde "otro lado" y lo hubiese atravesado como una espada flamígera de lado a lado: hiriendo, doliendo a rabiar, cauterizando, hiriendo de nuevo, doliendo... en un periplo circular reiterado.

En referencia a otra de las mejores y más intensas obras del genio inglés más grande de todos los tiempos, Troilo y Crésida, Lampedusa dice, precisamente:
"El mundo ha sido envenenado. (...) está en el estado del vómito, de la diarrea y de los alaridos. (...) es feo y sucio. (...) Son todos unos cerdos (...) Habría que liquidarlos, pero él no osa, él teme, él se aviene a compromisos.

"En raras ocasiones un autor se ha mirado tan fríamente y reflejado con tan escasa indulgencia.

"El mundo ha tratado mal a Shakespeare.

"Pero antes él se ha burlado del mundo (Troilo); luego lo ha despreciado (Medida por medida); y al fin, suprema venganza porque es la mejor, lo perdona (La tempestad)." (ibid., págs. 64-65; y yo debo confesar que los estoy, ¡recién!, comenzando a leer por vez primera...)

El mundo doliente, tal vez el que siente aquel que no podrá sacárselo de dentro de una vez sino una vez tras otra, en cada creación literaria, en cada construcción textual, en cada obra en las que las palabras se ordenan reconstruyendo el orden del desgarramiento que produce la espada clavada en eso que sin serlo sigue quedando tan bien llamar -porque refleja nuestra inevitable sensación de que lo sea- "alma"... o si se prefiere, sin que con ello se gane ciencia, "ser".

El mundo, ay, que no se puede llevar dentro sin paliativos, ardiendo sin cesar, escociendo constantemente, siempre doliendo. Hay que drogarse, adormecerse o... hay que arrancárselo como si pudiera ser dejado fuera de sí de una vez por todas, aunque, mientras el dolor comienza a parir de nuevo, el engendro expulsado se transforme apenas en una criatura más o menos cautiva, atada a uno hasta cierto punto (bella a los ojos de aquellos que no habiéndola parido son capaces de admirarla... y ellos cuando se consigue darla a luz con el arte de un Shakespeare), enjaulada y abandonada a su suerte en el zoológico de los volúmenes encuadernados y las páginas de imprenta, exhibible, visitable, temible, conmovedora, especular... porque, de inmediato, el dolor, como he dicho, regresa y comienza a gestar de nuevo. Eso, eso que el lector habría escrito si supiera, si pudiera, si fuera capaz de sentir el ardor del mundo como espada brutal en su... "alma" en cada momento... y siéndole insoportable supiera, se lo permitiera, animarse de verdad a arrancársela de sí... ay, inutilmente. Sobre todo si y cuando se tratase de uno de esos cada vez más escasos buenos lectores (escritores en potencia, diría yo) y no de alguno de los muchos timoratos en aumento necesitados de opio (del opio "best seller" unliterary -permítaseme éste guiño a George Orwell para un fin sustancial-, de personajes inexistentes -permítaseme éste guiño a Italo Calvino para un fin formal-, de ropajes flotantes, animados aunque en ausencia de carne y de sangre, apenas oferentes de balbuceos y monosílabos plenos de pobreza e insignificancia -aunque muy digeribles-, y mucho mejores habitantes de algún "manga" que de las falsas "novelas" bajo cuya forma desconcertante se apilan por oleadas obcenas en las tiendas de la llamada cultura actual y acompañan los trayectos matinales y vespertinos de los nuevos proletarios modernos.


miércoles 30 de diciembre de 2009

El alienista

En su relato o quizá "noveleta" (como la llama el traductor de la versión con la que cuento) cuyo nombre se extiende a la colección, fue escrito por Machado de Asis a finales del XIX. En él se construye un mundo imaginario donde las cosas salen tal vez demasiado ajustadas, al menos en algunos aspectos, al guión. Pero, además de ser producto del habitual Deux ex machina que todo escritor representa en sus propias historias, Machado de Asis demuestra, también como los mejores, hasta qué punto un escritor, acuciado por la realidad del mundo, consigue desvelar las tripas de una realidad subyacente (que sin duda ha percibido observando e intuyendo). Verlas y mostrarlas de manera conmovedora... incluso más allá de sus propios deseos y pretensiones, de su grado de certeza o convicción y de sus intenciones apaciguadoras o reformadoras, a veces esperanzadas, a veces comprimidas por la frustración y el pesimismo que dan lugar a la ironía furiosa, incluso agresiva. A veces más y a veces algo menos libres de alzar el vuelo...

De nuevo, podemos apreciar cómo la literatura escapa en mayor o menor medida (y cuanto más lo hace, a mi criterio, mejor literatura es) de lo racionalmente deseado por el autor, de la ciudad buena o mejor con la que sueña. De, en fin, las moralejas, las enseñanzas o recomendaciones, los consejos reformistas o morales, los intentos totalitarios de cada ser humano en todos ellos encofrados...

Y consigue mostrarnos lo que nos define, de lo que no podremos, en principio, escapar: lo que somos, lo que es nuestro mundo, nuestra realidad.

Sólo para ilustrarlo, sírvanse, mis eventuales lectores para apreciar, en sí, o sea desde la óptica por mí propuesta, así como por su buena factura literaria, un extracto que habla en ambos sentidos por sí mismo (donde me he permitido corregir algún que otro término usado por el traductor mejicano que realizó la versión del que lo he tomado), precedido por una breve puesta en situación para que podais todos circunscribir el tema:

Sinopsis de situación: Un "alienista", dominado por el racionalismo y el cientificismo más vehemente imaginable, va encerrando progresivamente a casi todo el pueblo en el manicomio (todos van encajando en la categoría de la enfermedad). Un día, a instancias de la propia absurdidad y el miedo, estalla en el pueblo una revolución. El jefe revolucionario, barbero de profesión, que ha comandado a las masas en contra del manicomio y del excesivo y peligroso celo científico del médico, se dirige a casa de éste apenas conseguido el triunfo donde se presenta con un destacamento que aposta fuera. El médico lo recibe segura y lógicamente temeroso por su vida (así se inicia el capítulo IX): ¡es para pensar que ha triunfado la sinrazón revolucionaria! Por lo que de entrada se ofrece a someterse a la nueva ley (pidiendo que en todo caso "no lo obligara a asistir personalmente a la destrucción de la Casa Verde" (el manicomio en cuestión).

Ante esto, el barbero-líder revolucionario, habla:
"-Se equivoca Vuestra Señoría -dijo el barbero, después de una pausa-, se equivoca en atribuir al gobierno intenciones vandálicas. Con razón o sin ella, la opinión general cree que la mayor parte de los locos allí metidos están en su perfecto juicio, pero el gobierno reconoce que la cuestión es puramente científica, y no piensa en resolver con actitudes precipitadas las cuestiones científicas. Además, la Casa Verde es una institución pública. Así la aceptamos de manos de la Cámara disuelta. Sin embargo, por fuerza, debe haber un juicio equitativo que restituya la tranquilidad al espíritu público.

"El alienista mal podía disimular su asombro; confesó que esperaba otra cosa, el allanamiento del manicomio, su prisión, el destierro, todo menos...

"-El asombro de Vuestra Señoría -intervino gravemente el barbero- viene de no atender a la grave responsabilidad del gobierno. El pueblo, poseído por una ciega piedad que le da en este caso legítima indignación, puede exigir del gobierno cierta especie de actos; pero éste, con l responsabilidad que le incumbe, no los debe practicar, por lo menos totalmente, y esta es nuestra situación. La generosa revuelta que ayer derrumbó a una Cámara vilipendiada y corrompida, pidió a gritos el allanamiento de la Casa Verde; pero ¿puede entrar en el ánimo del gobierno eliminar la locura? No. Y si el gobierno no la puede eliminar, ¿está por lo menos apto para discriminarla, reconocerla? Tampoco. Es materia de la ciencia. Así, en asunto tan delicado, el gobierno no puede, no quiere prescindir de la colaboración de Vuestra Señoría. Lo que pide es que de cierta manera le demos alguna satisfacción al pueblo. Unámonos y el pueblo sabrá obedecer. Una de las ideas aceptables, si Vuestra Señoría no indica otra cosa, sería hacer retirar de la Casa Verde a aquellos enfermos que estén casi curados y también a los maníacos de poca importancia, etcétera. De ese modo, sin gran peligro, mostraremos alguna tolerancia y benignidad.

"-¿Cuántos muertos y heridos hubo ayer en el conflicto?- preguntó Simâo Bacamarte (el alienista), después de unos tres minutos.

"El barbero se quedó admirado de la pregunta, pero en seguida le respondió que once muertos y veinticinco heridos.

"-Once muertos y veiticinco heridos -se repitió dos o tres veces el alienista.

"Y en seguida le respondió al barbero que la idea no le parecía buena, pero que iba a buscar alguna cosa y dentro de pocos días le daría respuesta. Y le hizo varias preguntas sobre los sucesos de la víspera, ataque, defensa, adhesión a los dragones, resistencia de la Cámara, etcétera, etcétera, a las que el barbero iba respondiendo con gran prodigalidad, insistiendo principalmente en el descrédito en que había caído la Cámara. El barbero confesó que el nuevo gobierno no tenía por sí, todavía, la confianza de los principales de la villa, pero el alienista podía hacer mucho sobre eso. El gobierno, concluyó el barbero, se alegraría si pudiera contar no ya con la simpatía sino con la benevolencia del más alto espíritu de Itaguaí, y seguramente del reino. Pero nada de aquello alteraba la noble y austera fisonomía de aquel gran hombre, que oía callado, sin envanecimiento ni modestia, impasible como un dios de piedra.

"-Once muertos y veiticinco heridos -repitió el alienista, después de acompañar al barbero hasta la puerta- He aquí dos lindos casos de enfermedad cerebral. Los síntomas de duplicidad y descaro de ese barbero son positivos. En cuanto a la idiotez de los que lo aclamaron, no es necesaria otra prueba además de los once muertos y veiticinco heridos. ¡Dos lindos casos!

"-¡Viva el ilustre Porfirio! -gritaron unas treinta personas que aguardaban al barbero en la puerta.

"El alienista miró por la ventana y oyó todavía el final de una pequeña charla del barbero con las treinta personas que lo aclamaban:

"....Porque yo velo, podéis estar seguros de eso, por la satisfacción de los deseos del pueblo. Confiad en mí y todo se hará de la mejor manera. Sólo recomiendo orden. El orden, amigos míos, es la base del gobierno...

"-¡Viva el ilustre Porfirio! -gritaron las treinta voces, agitando los sombreros.

"-¡Dos lindos casos! -murmuró el alienista."

Y llegado a este punto (he transcrito hasta el final el capítulo IX), dejo a mis lectores sumidos en sus propias reflexiones...

jueves 24 de diciembre de 2009

¡Vivid, vivid malditos!


A pesar de todo lo que está pasando (y no sólo en la superficie).

A pesar de lo que nos espera.

A pesar de la mesquindad inservible (para nosotros, los demás).

A pesar de los hechos y las palabras desconcertantes.

A pesar de los débiles que no pueden hacer otra cosa (por esodecimos que son débiles).

A pesar de todo lo que cada uno sabe o inventa.

¡Vivid, vivid malditos!


sábado 19 de diciembre de 2009

Schopenhauer vilipendiado por el racionalismo con el fin de ponerle una losa encima como sea

¡Pobre Schopenhauer! Tantos esfuerzos para acabar siendo "superado" y para que el positivismo y el racionalismo en general, que acabaron conquistando la Ciudadela de los Expertos (que no Sabios) lo aherrnjaran al montón de los casos exóticos e inservibles... (a su propio juicio, claro).

Véase si no en base a qué y cómo un tal Alexia Philonenko (con el que me he topado en busca de unos datos) se digna a despachar (que no a "desmontar) a Schopenhauer:

"Al meditar quizás sobre los criminales (?), como lo harían Nietzsche y Dostoievski, Schopenhauer llegó a rehabilitar esa razón que tanto había hecho por superar. Lo hizo en un apéndice del párrafo 36 (!!) del Mundo como voluntad y representación. La locura tiene diferentes caras... (...) ¿En qué consiste... (...) en el apego a la vida? Esto es lo que toda la filosofía de Schopenhauer nos invita a pensar (¡y a lo que Philonenko la reduce con el fin de despacharla sin más con un finale apropiado para el olvido!). Pero él da una explicación muy distinta, que no dejará de sorprender (?) si se recuerda todo lo que ha dicho del tiempo..." (y aquí Philonenko hace un resumen restringido al tema de la "alienación" y cita a Schopenahauer al respecto... como si esa cuestión fuera lo más significativo e importante a destacar de sus escritos. Todo para concluir:) "Como se puede ver, Schopenhauer da la espalda a su propia doctrina. Más exactamente, renuncia (...) a adentrarse en una fundamentación radical del pesimismo." ("Historia de la filosofía" -una muestra de la cultura francesa de divulgación-, tomo 8, capítulo 3, Siglo XXI Editores, México, 1980, págs. 90-91; los paréntesis con signos y notas, así como la negrita irónica son todos míos)

¿No es una pena? ¿No da sinceramente pena... extraer tan poco y pretender pasar página como si nada (¡la pretende pasar un don nadie que ha ejecutado un encargo editorial!)? ¿Ser incapaz de leer bien y lo sustancial, reducir un pensador que llegó a ver tantas cosas (las que don nadie no quiere ver, claro) a cantor del pesimismo y, presentándolo como traidor y renegado de su propia causa, hacerse fácil, simpático a sí mismo y a los lectores meramente enciclopedistas que hayan llegado hasta su texto, el trago de olvidarlo para siempre.¡De que no se ocupen de leerlo!

Pues por mi parte, me propongo leeré bien a todo el que haya pensado con fuerza y vida, actuando el personaje propio libre de toda mezquindad, contra todos aquellos que ni siquiera son capaces de sobreponerse a la suya un poco y la trasuntan hasta mostrarla en el disfraz elegido como sucios lamparones de sudor. Ellos sí, mezquinos representando la mezquindad intelectual, incapaces y sin luces suficientes cómo para encontrar la manera de huir de los descubrimientos que los ponen al borde del abismo, abismo que no saben cómo evitar saltar para volar, lastrados por la relativa pero siempre insatisfactoria comodidad a la que se resignan sin dejar de quejarse... Y mostraré hasta dónde llegaron esos pensadores desprendidos, que sin duda fue lejos; al menos mucho más lejos que lo que señalan los mapas de esos bienpensantes proletarizados o corruptos que apenas saben bailar mal bajo las estrellas fijas.


domingo 29 de noviembre de 2009

La botella repescada...

En la novela que espero deje de ser un borrador antes de que me jubile (en todo caso antes de que se agote mi escasa participación intelectual en este mundo de locos para iniciar una andadura contemplativa hacia el polvo y el recuerdo) se levanta una Ciudadela semienterrada, especie de palacio de un remedo de Big Brother espartano emergido de la marcha sin meta del hombre a la vez que de sus pretensiones sistemáticas e inevitables de fijarse alguna. Es decir, de la artificialidad que nace de lo más instintivo, de lo que se impone desde la vida a la vida.

Como sucede al menos en mi caso, una vez creados los condicionantes iniciales y ciertos momentos puramente estéticos, la novela se fue construyendo cada vez con más riqueza de contenido y... muchos centenares de páginas que habrá que recortar un poco. ¡Esa es la fatigosa tarea que me espera ahora!

Pero, entretanto, y en conexión con el post que escribí en mi otro blog sobre la cuestión que he denominado "los molestos", quiero desarrollar aquí una reflexión un tanto más literaria sobre el caso; un caso que me temo de mucho de que hablar en un futuro previsible, tal vez a cuenta de mi posible paranoia, tal vez de mi posible aguda intuición.

En las honduras del bunker mencionado, he situado con un método puramente dadaista las que podrían bien ser consideradas calderas del infierno; unas grandes calderas donde bullen sin cesar fuegos incineradores destinados a desintegrar y volatilizar los deshechos que se generan en ese lugar a consecuencia de la vida cotidiana... Pero resulta que, como todo lo que hay en el mundo, esos dehechos están definidos desde la institución que se da el hombre, o mejor dicho, a la que llega simplemente marchando como he señalado al principio: sin meta aunque inventándose colectivamente una y creyendo individualmente en ella; y por eso, allí también son considerados deshechos todos aquellos individuos que se conviertan en molestos para el mencionado Big Brother, individuos que éste considera inútiles y, por ello sin más, perturbadores, por lo cual deben desaparecer del mapa. No tiene que mediar una Gran Causa (¿quién tiene la autoridad o el derecho de decir qué motivo o razón podría serlo?) ni debe ser dada la más mínima justificación. Eso, allí, en ese mundo, ha sido completamente superado: es el atributo por antonomasia que define al Big Brother como Brother Supremo. En ese mundo sin dioses, un hombre ha aceptado ocupar el lugar vacante de Dios a sabiendas de que es parte de una pantomima; de La Pantomima.

Para facilitar las cosas, en cada rincón de la Ciudadela hay alguna boca que lleva hasta el corazón de Los Incineradores. Y para que no exista posibilidad alguna de suspensión o anulación de la pena infingida ni humana esperanza de rehabilitación o indulto, todas las sentencias son sumarísimas y una vez que son colocados en la boca de los conductos (que están siendo constantemente lubricados), los cuerpos se deslizan en picado, en ausencia absoluta de obstáculos, directamente hasta las calderas, donde crepita el fuego que comienza a quemar ropas y piel en la medida en que se está más cerca, todo lo cual, de todos modos, pasa extraordinariamente rápido.

Oscuros, irremontables, sin asideros, una vez en ellos los individuos se saben irremediablemente condenados de inmediato, y, a pesar de aceptar que su fin está en el orden de las cosas... acaban gritando desesperadamente mientras se precipitan hasta el último momento, incapaces de reprimir el reclamo de una ayuda conscientemente imposible y tal vez pereciendo en el ejercicio mismo de la esperanza...

En nuestra sociedad, por el contrario, los incineradores reales son de los más diversos estilos y no han sido simplificados hasta el extremo gráfico con que los he diseñado para mi Ciudadela de ficción. Entre nosotros, consumen lentamente la vida de los condenados a lo largo de una caída que parece que no cesará nunca, ni para bien ni para mal. A diferencia de los de mi caricatura, suelen consumir antes al individuo desde dentro, desde sus propias vísceras, como si se convirtiesen por anticipado en cadáveres a disposición de los gusanos. Como si se tratara de un viaje realmente instantáneo e irreversible similar a pesar de la apariencia al que se les impone a los molestos para mi Big Brother... En uno u otro caso, a fin de cuentas, se los considerara y se sienten de inmediato muertos.

A veces, también son quemados meticulosamente y trozo a trozo mediante la tortura... Pero esto es tan sólo otro preámbulo que ha sido suprimido: mi Big Brother no busca diversión, sólo pretende ser divinamente expeditivo.

En nuestras circunstancias, los millares de millares de conductos que están al capricho de nuestros Grandes Hermanos y sus cohortes de trolls, de clones, de bufones y de cobardes prontos a traicionar... incluso a ellos, no confluyen en una única Gran Caldera, sino que acaban en millares de frías y apagadas calderas, oscuras, húmedas o calurosas, viciadas, inmundas, todas más o menos terminales, donde las llamas no brillan ni siquiera para celebrar la muerte ni dejan ver las circunvalaciones que describe cuando danza en torno. Otra cosa son las cárceles civilizadas, donde se interna a quienes son juzgados por un tiempo previsible. Incluso aquellas en donde los asesinos aguardan su ejecución legal.

No, mis incineradores, aunque única opción para cualquier supuesta falta o puesta en evidencia digna de la medida, no son nada que se pueda asimilar a estos espacios de aislamiento, ni siquiera a los actuales psiquiátricos. En realidad, lo más parecido a ellos han sido los gulags soviéticos, pero sobretodo son la versión fantástica de las prisiones totalitarias en general, esas a donde se aherroja a los que fuera molestan demasiado a criterio de los hermanotes de turno, donde algunos desaparecen para siempre (incluso, muchas veces, tras volver al mundo exterior). Me refiero a otra cosa que, de hecho, no está allí para nadie (salvo para los carceleros y los verdugos), que se pierde al final de un conducto que no se ha recorrido porque eso sólo se hace una sola vez en la vida, que parece al común de los mortales una pura fantasía como la de mi Ciudadela u otras: historias, historias que se cuentan para asustar a los niños... Los únicos que se enteran son... los profesionales, los que cumplen sin más con un trabajo por el que no sólo cobran un salario -nunca demasiado aceptable- sino que son condecorados y amados por el Brother y sus leales, además de deleitarse cuando aplican la oreja a las paredes del submundo para deleitarse con la música tenebrosa del dolor y de la angustia, apreciando las diferentes escalas, los diferentes registros, para los que sus oídos se han desarrollado

La esperanza, que en cuanto se comienza a caer por los conductos (o mientras te llevan embolsado) comienza a diluirse, acaba, por fin y generalmente, por quebrarse, hasta inducir incluso deseos antinaturales, deseos de que llegue de una vez el sueño eterno. Y muchos de los que salen, en parte por lo menos, se ya no son sino espectros que no saben decir por qué siguen allí, por qué y para qué están aún en ese mundo que antes de que los encerraran creían conocer bastante...

Todos tenemos mucho de lo que ocuparnos, de lo que alegrarnos y de lo que sufrir; de modo que esos gritos no llegarían hasta nosotros ni aunque los trasmitiesen por la tele. En todo caso, los hermanotes nos lo ahorran con ponerles una prioridad, mostrar sólo algunos aspectos, integrarlos en una narrativa tácticamente apropiada, distorcionándolos o, en caso de juzgarlo conveniente, borrándolo del mapa como se borrara de las fotos a Godwald tras dejarle el gorro a Clementis, como nos contara Kundera...

En cualquier caso, siempre estarán allí, por todas partes, esos conductos, abiertos a los que se ganen el castigo de desaparecer del mapa. Nacemos rodeados de letreros y de voces que nos lo advierten desde el primer día. Es lógico que respondamos a esa sistemática invitación a la buena conducta que reprime el deseo de saber demasiado y de decir lo que sabemos en voz alta. Nacemos, además, ávidos de saber y de ganarnos las simpatías del prójimo. De ahí que pasar desapercibidos y en silencio, mirando a lo sumo por el rabillo del ojo y murmurando para adentro, equivalga a no haber siquiera nacido.

La botella que el marinero Simbad pescó en el mar de las mil y una noches y logró arrojar al mar de nuevo, ha vuelto allí para volver a ser pescada... abierta... despertada... engañada... resellada... repescada...

En algún previsible futuro del futuro del futuro... mi ciudadela, erosionada y semicubierta por arenas negras (lo son realmente en ese mundo donde todavía, hoy, no ha sido levantada), tal vez sea alguna vez desempolvada...


sábado 17 de octubre de 2009

Literatura en "estado puro"


Para una de las primeras pinceladas de retrato de un personaje del común, sano en el sentido en que lo consideraríamos todos, y poseedor como tal de sus contradicciones y convicciones, Camus pone en sus labios la siguiente frase sobre el tema sin duda más conmovedor de la condición humana individual:

"La muerte no es nada para hombres como yo. Es un acontecimiento que les da la razón." (La Peste, Albert Camus, Pocket Edhasa, 1977, pág. 116)

Es no sólo el reflejo de la reacción de un individuo particular (que hay que conocer para verse parcialmente reflejado en él), pero también es más que eso. ¿Acaso algún filósofo, el que sea, haya descrito más exacta y más profundamente TODO lo que al leer esa frase tan breve nos hace vislumbrar; a la vez lo particular y lo genérico?

¡"La Peste"!, un ejemplo de la mejor y la más grande Literatura. De poesía hecha con prosa.


(Esto lo he extraído de un viejo post, pero pienso que separado y reproducido aquí brillará mejor, como otra luciérnaga temblorosa atrapada en esta botella).

domingo 4 de octubre de 2009

De nuestros denodados esfuerzos por hacernos comprender (tercera y tal vez última)

Se puede pretender ser comprendido a toda costa en nombre de la Razón que se cree tener, o reconocer, aún creyendo lo mismo, que eso no será nunca posible ni tendría sentido alguno (y también, por qué no, sentir que no se hace sino llevar a cabo un ritual como lo hacen los otros). ¿De qué depende? Pues yo pienso -lo he dicho ya otras veces- que del grado de madurez alcanzado por la intelectualidad honesta (*), es decir, como se desprende de la psicología evolutiva a la que me permito hacerle un guiño: del grado en que se haya asumido la frustración (cosa que depende de los tiempos que corran).

Nietzsche dice que Sócrates provocó su propia muerte, que "él fue quien se dio la copa de veneno, él forzó a Atenas a dársela..." ("El crepúsculo de los ídolos", "El problema de Sócrates", 12, Alianza Editorial, Bolsillo, Madrid, pág. 43), ¿y él mismo; no se entregó él a la sífilis y a la locura...?

A raíz del juicio al que es sometido, Sócrates da claras muestras de estar decepcionado de Atenas, su decepción lo lleva a decir (¿convencido o dolido?, ¿bien o mal interpretado por el decepcionado Platón?) que piensa hallar mejores interlocutores en el Hades ("... si o creyese encontrar en el otro mundo dioses tan buenos y tan sabios y hombres mejores que que los que dejo en este, sería un necio si no me manifestara pesaroso de morir", "Fedón", "Diálogos", Editorial Porrúa, México, 2007, pág. 547), eso según Platón, debió impulsarlo a darse la copa de veneno, como dice Nietzsche. Y según Platón, estaba convencido incluso de que los cielos lo habían reclamado; creía según Platón que era "preciso que dios nos envíe una orden formal para morir, como la que me envía a mí este día" (ibíd., pág. 546).

En cualquier caso, era, o mejor dicho, podemos pensar que fue, un acto nacido de una decepción. Una decepción propia de la infancia de la filosofía (**).

El Nietzsche de la madurez, el Nietzsche que augura la venida del superhombre a la luz del mediodía... ya no piensa así, ya no está seguro para nada de que será comprendido, ni se dirige "a todos" ni al "pueblo", y casi vislumbra la mezquindad de las élites corrompidas por la polis...

Pero aún muestra su decepción por momentos. Y por eso ve en Sócrates algo tan diferente de él mismo. Por eso lo dibuja especialmente nefasto y vuelve a condenarlo, esta vez desde la tribuna de los sabios. No admite que su caminar hacia la muerte fuese en realidad parte inseparable del caminar hacia la vida; del deseo, sin duda vital, en fin, de llevar al mundo hacia su mejor vida.

Y no equipara su propio "sí a la vida" que esgrime contra los demás como si de un martillo se tratara con su propio caminar hacia la muerte.

Sin duda, Nietzsche aún no había alcanzado la madurez necesaria como para abandonar toda pretensión de trasmitir futuro. No había roto el cordón umbilical que lo hacía sentir responsable por la humanidad. No había rumiado lo suficiente la indudable frustración que le produjo y que produce a todo pensador la vida, ni a ver por ende que esa facultad de pensar "bien" era uno de los tantos recursos posibles del hombre: el que él, como Sócrates, habían elegido como el más idóneo... O, como diría el propio Sócrates de Platón en su "Banquete", acorralado por su propia dialéctica racionalista: "el más justo". ¡Vaya, ni más ni menos!

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(*) Creo haber reconocido de manera satisfactoria para mi propia persona (tal vez por la cuenta que me trae) que existen (existimos) pensadores honestos, serios, rigurosos, responsables... con relación a su preocupación trascendental (lo es aunque sea imaginariamente hablando), aquellos que no pusieron ni ponen por delante de sus pensamientos una meta inmediatista o un "ideal" que entiendo equivalente (la mezquindad, en fin, vestida de etiqueta para asistir a un evento social), todos... (quizás de hecho y en parte hasta los mismísimos "oportunistas") no son o serían después de todo sino repeticiones del rey Midas en procura de Sileno (cito la leyenda muchas veces y en la nota del post previo): el hecho de tener una herramienta que tiende siempre a excederse (la conciencia) nos fuerza a todos los humanos -y a unos más que a otros- a intentar capturar el mundo más allá de lo que se necesita y la mayoría de la gente y de las veces, hace y se hace para "capturarlo" o dominarlo. Creo firmemente que ahí está "todo" (lo significativo) dicho (como diría Wittgenstein). Sobre lo demás (parafraseando al lógico en concreto): "no podemos callar".

(**) No por nada la pregunta en la que todavía se cae, se reconozca o no, sigue siendo "quid sit deus" (Leo Straus, "La ciudad y el hombre", frase final, Katz Editores, Bs.As., pág. 341)