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jueves, 22 de diciembre de 2016

Escritor

Escritor, escritor, escritor

El editor había venido a visitarlo, aunque en realidad había venido para saber cuánto le faltaba para dejar acabada la novela y entregársela.
El escritor estaba sentado a la mesa de trabajo, el portatil abierto, y prestándole una atención a medias continuaba reescribiendo el párrafo que tras haberlo releído una vez más había notado que fallaba en algo, era confuso o dejaba las cosas poco determinadas.
–Necesitaré otro año –respondió sin levantar la vista.
El otro se despidió entonces, asegurándole redundantemente que regresaría.
Al año siguiente sucedió algo parecido, aunque esta vez la página en la que el escritor se entretenía era una que se encontraba curiosamente unas treinta antes de la del año pasado en las mismas circunstancias.
–Otro año..., necesito otro año... –murmuró con un deje de cansancio y febrilidad.
De este modo se sucedieron esos años iguales, hasta que un día, muchos años más tarde, el editor entró en la casa después de esperar inútilmente que le abrieran. La puerta estaba simplemente entornada, como esperándolo, porque esa era la fecha que se repetía. En la penumbra, el editor distinguió la figura del escritor encorvado sobre la máquina, los brazos en flexión, los dedos sobre las teclas... La página era esta vez la número trescientas cincuenta y cuatro, el párrafo el segundo de la misma. El editor se acercó, mientras comprobaba lo delgado del cuerpo del viejo amigo, sin duda, pensó, de tanto empeñar la vida en el intento. Pero no se trataba de eso: el escritor estaba clara y materialmente en los huesos. Y esta vez no necesitó preguntarle. El esqueleto, tres de cuyas falanges no dejaban de moverse, rozando apenas las teclas como trasmitiéndoles los impulsos adecuados de ese modo, sin glopearlas, musitó entre los descarnados dientes que colgaban del maxilar:
–Necesito otra eternidad, deme más tiempo.

martes, 18 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, la sucesión (2)

Dédalus va en busca de su padre tanto en Homero como en Joyce. En la Odisea, para comprobar si vive, esperanzado ambivalentemente en ello y en que lo encontrará, es decir, si ya puede sucederlo: eran tiempos en que se cuidaba muy abiertamente la continuidad cíclica (en el sentido que indicara Eliade con Frazer), y tiempos en los que predominaba un explícito sentido moral y de consolidación de la identidad grupal, que impregnaría notablemente la Odisea y la distingue de la novela que vendrá mucho después. En el Ulises de Joyce, lo que ese seguimiento callejero viene a reconocer es que ya queda poco menos que la mezquindad cotidiana... de la que Joyce hace una enorme farsa... llena, además, de trampas para los "especialistas" en desentrañar "mensajes racionales".

El Dédalus de Joyce es el huérfano que quiere ser adoptado, la juventud que muere y de la que tanto Leopold como Molly quieren apropiarse.

En la leyenda de Edipo, el rey quiere acabar con ese peligro para durar, en lo imaginario, eternamente. Joyce quiere durar, en lo imaginario y en el imaginario de dos siglos, eternamente. Por eso..., para eso..., escribe y hace trampas, miente, engaña, enreda, teje de manera alambicada, para que lo tengan que descifrar..., para garantizarse que lo tengan que descifrar (lo reconoce él mismo, o en todo caso insiste en ello por si acaso...).

La sucesión que expone (más o menos, como no pudo ser de otro modo) Homero, responde al mismo dolor por la existencia y su perentoriedad, pero ahora hay un descubrimiento: después de tantos viajes de ida y vuelta, el ser humano ha visto la insignificancia de la significación, algo así como la proximidad de su agotamiento. Como si el escritor colectivo que es la humanidad se encontrase de repente ante la hoja en blanco. Y esta "certeza" parece cada vez más difícil de negar, olvidar, diluir o encubrir. Por eso queda huir, ya hacia el autismo, ya hacia la fe ciega, en la que nos reduciríamos a instrumentos de esta, tenga la forma "religiosa" o la "ideológica", la de "la tradición" o la de "la revolución", la del "hombre eterno" o la del "hombre nuevo".

Por eso, la inmortalidad ansiada (o, más bien, la sistemática voluntad de retrasar la llegada de uno al borde de la muerte, llegada que esa voluntad pretende ver invertida, como "llegada de la muerte", como "su visita inexorable"...) es ahogada en vino. Y vino, es decir, embriaguez, es tanto la escritura de unos como la temeridad de otros, el pensar tanto como el comerciar...

Así, tal parece que lo único que ha cambiado al respecto de la transmisión es el volumen de simbolización acumulado. O el volumen de lo que se ha dicho y repetido de mil modos...: en definitiva, la acumulaciñon de lo que Borges diera en llamar –consciente justamente, como pocos, de lo señalado–, "enunciados de metáforas", los cuales conformarían ese entretejido que seguimos deniominando Historia como si de un proceso "objetivo" en marcha, paralelo o derivado del que seguiría "el universo", se tratara. Fieles aún a los mitos de los que al mismo tiempo desconfiamos... hasta irnos deshaciendo en la orfandad sin referencias.

Una acumulación, en fin, que parece estar agotando la inteligencia y la capacidad de imaginación humana, acosada por esa conciencia que produce, debilitándola para resistirse a reconocer su peso hasta que, próximos al  límite, comience a darse relativamente por vencida, en muchos casos hasta llevar a los más débiles a tirar definitivamente la toalla... y resignarse, resignarse a vivir de grandezas cada vez más mezquinas.

domingo, 16 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, ayer, hoy y mañana


Se me ha "revelado" (obviamente, "de repente", ¡y seguramente... por que no deja de ser... una obviedad!), que lo que perdura de lo trasmitido a través de los años y los siglos es lo que todos volvemos a vivir... Dicho de otro modo, lo que reencontramos en nosotros y que no es, en resumidas cuentas, otra cosa que la misma angustia humana (lo que se llamó igualmente "su tragedia") y las mismas acciones a que esas dan lugar, esas acciones desesperadas, temerarias, infructuosas a las que el ser humano se inclina impulsado por aquella, por, en fin, eso que Lacan denominó "la falta": lo que no se puede alcanzar y no se puede dejar de alcanzar. Y lo que, incluso, no puede tener más que inocencia y mezquindad infantiles. (1)

En esta situación se inscribe a mi criterio el Ulises de Homero o, mucho mejor y más rigurosamente dicho, La Odisea, es decir, su viaje (2).

Han pasado varios siglos desde entonces, y los paradigmas humanos, sociales e históricos, se han sustituido unos a otros. Hace tiempo que los que más contribuimos a la visión global del mundo no nos miramos en el espejo del "honor" y de la "gloria", que no creemos en el más allá y menos aún que esta pueda ser ganada en el fragor de las batallas contra los bárbaros o extranjeros, trayendo a la patria el laurel de la victoria o contribuyendo con la máxima entrega a conseguirlo. Ya no perseguimos la lápida laudatoria con la que se nos recordará por ello. Incluso nos reímos, a veces con una "risa áurea", de la posteridad y nuestros propios sueños, desnudos ante el espejo que no deja de devolvernos mezquindad y la conciencia de casi cualquier autoengaño. Y sin embargo, sabemos, ¡lo sentimos!, al enano ahí, dentro, laborando, urdiendo un "nuevo" camino que nos reivindique, que nos dignifique.

Despreciamos el "honor guerrero" y aún más el "patrio" como "ciudadanos del mundo" o "humanistas" a los que les repugnan las guerras y las sangres y los predominios... ¡Y se juega incluso a preferir ser esclavos antes que amos! Inclusive, se lleva años enseñando a ocultar deseos tan "abyectos" tras la máscara siempre lista a caer en cuanto se le suelten las cadenas ya no por algo "digno" como la "grandeza de la Patria" o de "la propia Cultura" y ni siquiera "la Liberación" (la que sea, también de la "nación oprimida" o de "la clase explotada") sino en atención a lo contenida que estaba la propia atrocidad, la vocación asesina hacia el prójimo como diría a fin de cuentas Kean de Sartre. Y ahí está, en las últimas capas del recuerdo (sin que por ello la recuerde ni la quiera recordar nadie) la masacre de Ruanda o la de Sudán o las "depuraciones" de los "guardias rojos" o de los "jemeres", y más cerca, tanto que está en este instante ocurriendo, lo que una camarilla burocrático-militar en torno al sirio Asad y a sus socios rusos están perpetrando en su país, contra sus opositores próximos en extremo, con tal de reducir a la nada toda oposición en general... Allí me atrevo a afirmar que no haya nadie que luche por el honor y la gloria sino, de una parte, por el más elemental deseo de poder absoluto (sea o no algo más que una referencia utópica) y las ansias de aplicar la "fuerza por la fuerza" (como habría señalado Castoriadis distintivamente), y, de la otra, por la más elemental supervivencia... poniéndose a su vez en las filas de una camarilla que antes o después también se dedicará a usufructuar su propio poder..., es decir, en las que vuelve a estar atrapada una población que nunca podrá hacer otra cosa que ir tras unos y bajo unos en lugar de bajo otros... (3) ¡Y de esto estamos –los que podemos soportar más la lucidez y la mirada "invertida" (Rilke dixit) o "radical" (Nietzsche dixit) y los que... aleluya... contamos con "la seguridad" del denostado y ciertamente repugnante Leviatan Occidental!– lo suficientemente convencidos que... hasta somos capaces de refugiarnos en la risa, y con ella... de seguir hablando! (Y que conste que no pido ni sugiero a nadie que rechace o se avergüence de la "salida" que escoja sea contra la simbología instituida o incorporada que lleve dentro y lo agobie) (4)

Así, James Joyce, de la mano de la mejor Literatura, se sintió empujado a reiterar el verdadero trasfondo de La Odisea. Lo que él rescató de la narración antigua pero viva fue algo que estaba más allá de una serie de aventuras... en todo caso dándoles nuevos ropajes y paisajes: la vida cotidiana de principios de su propio siglo, donde, entre otros pequeños detalles destinados a apenarse o a mover a la nostalgia de los tiempos perdidos, sólo queda la heroicidad del hombre de la calle que ya no aspira a nada sublime sino al mero placer fútil que produce un orgasmo dentro de los pantalones o un platito de riñones, y donde la paternidad se diluye, se arruina, se degrada, es traicionada, y en todo caso es impuesta... en los papeles y registros, burocráticamente, legalmente...

Así, mientras que en Homero, el viaje de "alto riesgo" alejará al protagonista y a sus seguidores del origen y la seguridad del hogar en pos de una meta ambiciosa que resume aún, entonces, las ansias oscuras de ir más allá de la mezquina humanidad con la que se debe vivir, símbolo o referencia de una ansiedad desesperada, Leopold Bloom, igualmente sufriente por las mismas razones, por la misma pertenencia a la misma humanidad que a continuado desolada y huérfana de destino, deambulará de isla en isla, por los mares sumergidos en la gran ciudad y en la tecnología, el papeleo, la insubstancialidad grandiosamente revestida no ya de grandes batallas vindicativas y llamadas al deber sino de ladrillo, pavimento, aceite de motor, publicidad, y puro desgaste mediocre... cuya única "salida" es la consumación de los más simples apetitos efímeros...

Y esto, es decir, ese mismo "quid" humano será el que reflotará en toda la Literatura Perdurable (quiero decir, la que tiene esa característica que precisamente es la que la haría perdurable y reiterable): en Kafka, en Musil, en Gombrovitz, en Kundera... 

¡Una Literatura y una "intencionalidad" que hoy parecería haber escogido suicidarse, y sobre todo, por no encontrar quien quiera ya mirar en ese pozo sin fondo en exceso... porque sabe muy bien que nada hallará allí sino un alter ego que sufre, que nunca alcanza nada del mismo modo que no lo alcanzará él mismo!

En Homero, las ansias del hombre que ha tenido y lo han impulsado terminan reduciéndose al final y en definitiva (o "sustancialmente" si cabe) a esa misma aceptación: se puede burlar a la muerte mil veces en busca de la vida intensa... pero por fin, la vida se acaba agotando por sí sola y sólo queda el refugio en los brazos de la curandera... que en Homero se guarda de claudicar hasta el fin (fiel a esa otra "gloria", femenina en este caso, que los griegos le reservaban a la mujer: echarse a las brazas de la hoguera funeraria donde se quemaba el hombre con el que se había desposado como primer estadio de las inevitables nupcias con la muerte –5–). En el Ulises de Joyce, la mujer ya ha adoptado las salidas del hombre... y ella es, inevitablemente, lúbrica. En ambos casos, no obstante, más allá de los subterfugios escogidos y del grado en que "sepamos" que lo son... el final deja en el aire lo mismo, lo que se reitera a lo largo de los siglos … –y en realidad de los milenios–, y un día, en todo caso, se comenzó a escribir como una manera de dirigirse al otro en busca de simpatía y de complicidad: que estamos solos, desamparados, y que pasaremos penando y blasfemando para nada...

Bueno, saboreando lo que, hasta el fin, los sentidos nos permitan saborear...




NOTAS:

(1) Pascal Quignard, Morir por pensar (entre otros)

(2) Hago referencia al contenido de la obra al margen del grado de sofisticación o depuración y segura tergiversacióncon el que  haya llegado hasta nosotros; es decir, tomando tan sólo la anécdota que movió al poeta –Homero u otro, a su vez re-escrito o re-finado– a hacer de ello... "una historia para ser transmitida".

(3) De paso: es interesante ver cómo esa "fuerza" está consiguiendo, al menos por ahora, llevar a los "rebeldes" a capitular a instancias de la presión de una población que prefiere sobrevivir en las condiciones que la realidad se lo permita. Véase, por ejemplo, esta noticia.

(4) Sobre la "salida", pocas alegorías más reveladoraa que El informe para una academia de Kafka que, como suele suceder, vuelve a decirlo "todo".

(5) Nicole Loraux, Maneras trágicas de matar a una mujer

viernes, 9 de septiembre de 2016

"La botella precintada"; «Once upon a time there was a story that began»...(*) again...


 
¿Qué "cuenta" mi novela...? Hay ciertamente una historia, unas anécdotas, unas angustias, unas alternativas, situaciones particulares, encuentros, acciones, una aventura, búsquedas y frustraciones... Es (con todo lo que esto significa) una historia "para ser contada" a la vez que efectivamente "es contada". Es (más allá de "errores" y "caprichos" que me gustaría subsanar) Literatura. Y una Literatura que va más allá de ser vehículo para convertirse en protagonista de la historia a la que pretende pertenecer... Es protagonista en un mundo que ha institucionalizado su ausencia... pero que, como "los cardos caucásicos" de Tolstoi, resiste acurrucada a las pisadas de los domadores de la tierra y al paso de las orugas de sus máquinas... El "cardo" brota así sin voluntad propia... de nuevo, en realidad, como el arma posible para aventar la muerte, al menos para distraerla, y, mientras, para permitir la simulación de la vida, la vida de y en "otra parte"...

La acción en el año 72 dH. ("dopo Hebel") del nuevo calendario, que, de no haber aparecido "el fenómeno" (de Hebel, que apareció repentinamente en el horizonte una mañana) corresponde al "año del señor" de 2120..., en un mundo reducido, limitado, cercado, sobre el que pende la espada de Damocles del completamiento de la desaparición o... permitiéndoles "una segunda oportunidad" –porque... ¿cómo negarlo viendo que el cerco no se siguió estrechando, que Hebel, La Niebla, ha dejado de avanzar..., por qué no... para hacer de ellos los nuevos "elegidos"?–. Así, casi 80 años después, Dédalus –de nuevo Dédalus... en atención a la costumbre que se ha instituido de darle a los hijos el nombre de algún personaje sacado de los digestos de libros (o "cortes") que se ponen en circulación como para el recuerdo sacro de lo que se ha perdido–, un joven que, convertido en "lector de libros" –"lector" del "Gran Libro" en el que todos los libros se encadenarían sin límites y en el que buscará su "destino" en ellos fragmentado en incontables "enunciados" parciales e incompletos–, se lo hace "responsable" de una nueva misión "absurda" que se superpondrá a la encomendada por su madre desde el nacimiento, y, de ese modo, se lo invitará a escapar igualmente de ella y de su visible "absurdidad", de la maraña de "absurdidades" en la que se siente inmerso, mediante... el propio "absurdo", mediante... una invocación que lo define y lo empujará a "fabrifabular"...

El mundo que ha encogido, que ha seguido adelante dándose una “nueva” sociedad (hija bastarda de la “sociedad perdida”), reinventará la esperanza y reinventará la autodestrucción, la resignación y la venganza, la comodidad y la rabia. En el  se volverá a nacer para ser soldado e hijo, y para obedecer; obedecer a los que se hicieron antes con él, a los que definieron las reglas, a los que han sido a su vez empujados a la desaparición y a la oscuridad...; un mundo donde, seamos algo más concretos, Dédalus va siendo llevado de la nariz por las circunstancias, víctima de un mundo que se le impone y del que sin embargo obtiene unas cuantas  ventajas; un muchacho, más precisamente aún, que se encontrará con la obligación de ser a la vez guerrero de las fuerzas en pugna y paladín de su vejada madre; a prepararse para sobrevivir y matar, para vencer y engañar, para buscar refugio en la imaginación y por fin para someterse a sus designios..., y esto en medio de intereses y dogmas, del misticismo en el que se han refugiado los demás..., un tirano (Sutpen), general victorioso, que se guía por señales repentinas; unos “iguales” que persiguen la inmolación final de la especie a la que acusan de todo, ellos en primer lugar, que conseguirán el día en que logren dar de sí al “Transhumano”; una madre (Eulalia) que ha encargado al hijo la cura de su mezquino pero justificado dolor; una víctima de la que nace otra víctima cuyos finales tal vez no fuesen ni significativos ni más terribles que la continuidad de sus vidas...; y otros individuos, perseguidos, temerosos, que se refugian en la rutina, la locura o la lealtad a lo que deben ser...

Entre un “Antes” que reitera sus imposiciones a través de lo tangible (la madre y el Jefe) y un “Después” abierto, impredecible, tanto esperanzador como funesto, se suceden las 36 horas que van poniendo en escena los hechos y trayendo al presente los antiguos, hechos todos decisivos, contundentes, orientadores, traducidos al presente y al pequeño ámbito de la escena..., granos de nuevo de la incierta e inconclusa arena del tiempo que, encerrada en la clepsidra (una botella) no deja de girar, de repetirse, de repetir. O que, como fichas de un dominó, caen las unas sobre las otras para volverse a levantar y repetir el juego.

Así, entre ese "Antes” re-ordenado y el "Después" que se desencadenará y engarzará con aquel en "la marcha ciega", unas vidas particulares buscarán orientarse hacia y por donde imaginan que habría una salida, tropezando los unos con los otros, intentando aprovecharse y apropiarse los unos de los otros, consiguiéndolo a medias o no consiguiéndolo.

Y en el fondo, la vida, la re-construcción, la re-institucionalización, de la sociedad, de la cultura, de lo pequeño y lo enorme, de la riqueza y la miseria que contienen los detalles, del arte y la crueldad, la mezquindad y el arrojo, la tristeza y la alegría, el placer y el fracaso..., ¡eso que tanto nos sorprende, eso que... “parece mentira”!

La literatura, perpleja ante algo tan maravilloso, plasmará una y otra vez lo mismo, entonará la misma plegaria, propondrá el mismo viaje... “La botella precintada” no podría hacer otra cosa. En todo caso, al saberlo, ya no puede sino hacerlo de manera explícita. En última instancia, sólo se ha vuelto a intentar lo que John Barth plasmó en su legendario microrrelato "Frame tale" (*): «Once upon a time there was a story that began»... 

viernes, 31 de julio de 2015

Maldito espejo (microrrelato a partir de "Al espejo" de Jorge Luis Borges)


“¡Monstruo!”, le gritó Borges al espejo, “que osas multiplicar la cifra de las cosas”, y se abalanzó sobre la sombra que creía ver destellar delante suyo, el mazo alzado, la furia doblemente ciega. El otro no rechistó, porque Borges callaba y él en eso no sabía copiarlo, pero cumplió por última vez con su mandato, y él también alzó la maza, abalanzándose más allá de donde había sido colgado; alzó la mazo y acabó con Borges, y también con el otro.


(basado en “Al espejo”, poema irrepetible de Jorge Luis Borges)







miércoles, 4 de marzo de 2015

Perla (de Roberto Videla) o la impotencia de lo que se nos escapa



Perla es una despedida poliédrica cuyas caras se muestran susperponiéndose e intercambiándose,  asomándose por encima del hombro la una de la otra. Es la despedida de lo que se despide de uno irremediablemente. Es la despedida respecto de todo lo que siempre nos ha expulsado, de los que nunca pudimos ocupar... Es el reconocimiento de esa expulsión. Es la aceptación de nuestro desencaje y de nuestra consiguiente huída.  Es la despedida puesta en escena en lugar de la desaparición, del mundo del que se escapó y que escapa por última vez por entre los dedos, irretenible, inencontrable, inaceptable.

Todas las despedidas han venido así a repetirse a través de una que se anticipa por última vez... a la despedida real y última que se avisora y que se rechaza, después de la cual ya no habrá otras sino todo lo contrario: el retorno nostálgico, que también esta despedida muestra.

La despedida comienza así con una visita (la llegada), pasa por calles y rincones del pueblo natal, se impone encuentros, los imagina, trata de realizarlos, de poner más nombres y figuras en la despedida, vicie en ello la inutilidad del conjunto, busca situarse en diversos lugares de la casa donde se ha nacido y crecido y de la que se ha huído... porque ya entonces, cuando los tenía que ocupar bajo el imperio de las circunstancias y la debilidad, no se encajaba... El cuerpo no entra, ni consigue vivir en cada uno de esos rincones. Es un fantasma que ve fantasmas. Que querría ser capaz de ser lo que ya no sólo no es sino lo que nunca pudo ser. Por fin, se queda en el suspenso del anticipo, donde tiene su verdadera y única entidad. Por eso realiza esa visita última realizando su ultimicidad.

En ese sentido, es un balance final, un repaso que parece haber nacido para ser guardado y revisado alguna vez... cuando comience el duelo, cuando la visita ya no puede serlo y todo se reduzca a la pantomima en la que no se puede creer. O para que los demás, el mundo, reciba la queja, el dolor de no seguir sin poder ser..., de que pronto se acabará toda fantasía del haber sido.

Es así una despedida más que la última visita a la madre y a la infancia. Es más la confirmación de la distancia que siempre existió y a la cual se dejará  ir definitivamente antes que un viaje a la memoria. 

De la "toma trucada de película" la cámara, de la que sólo se tiene control por la palabra, irá retrocediendo y subiendo, empequeñeciéndolo todo hasta dejar la tierra entera al fondo, reducida a un "punto de luz", sin detalles, en la que nunca se ha podido estar en ninguna parte, en la que nunca se pudo encajar..., salvo, en todo caso, haciendo algunas trampas, jugando (por representando). La madre empequeñece con todo lo demás, justificada en todo caso por... las circunstancias que no la dejaron volar de allí, como hizo Rob, como lo vuelve a hacer, por última vez. No le queda otra cosa que hacer. La pena acabó siendo también poliédrica o al menos con dos caras: la pena por no poder haber sido, la pena por no poder ya ser. Y también se hace de una máscara –máscara pero no por ello insensible– y vive la pena en esa imposibilidad de otra cosa que la despedido, el alejamiento, el abandono. Lo siente, pero nada puede hacer, como nunca pudo hacer. La zambullida desde las alturas es posible después de que la subida haya transformado la realidad en un sueño donde el narrador puede convertirse en héroe, en buceador, donde puede ir en busca de otra cosa esta sí asile: las palabras, el reordenamiento de las palabras, capaz en su fantasía de separar la perla de la concha. Pero el momento pasa y la realidad vuelve, es decir, se esconde detrás de la cotidianidad... La visita parece un error, pero postergarla habría sido igualmente otro. Más bien, era el mismo que siempre existió y que se debe repetir eternamente. Y del que se escapa mediante el deseo de vivir recobrado en la nostalgia, en la marcha inexorable hacia el final del tiempo.

Hay una imagen que me interesa destacar y que me estaba quedando en el tintero: es la de la mano que se cierra para no dejarse ver.... Es una imagen poderosísima que anticipa el final (nuevamente un pensamiento "feliz", "nostálgico", que quiere ocultar la desesperanza que viven los dos personajes –ambos observados por el narrador–, donde cada uno muere y siente la muerte ajena del otro... a su manera). La verdad es que Roberto Videla ha logrado decir un montón de cosas mediante imágenes muy literarias que despiertan a partir de descripciones breves, sencillas, emotivas y fuertes...

En cuanto a los restantes detalles de la artesanía, dejo constancia de que me gustó mucho, mucho. Por su lenguaje, por su frescura, por su franqueza...




viernes, 19 de diciembre de 2014

Discurso fúnebre por los grandes monstruos modernos (ponencia)

Fragmento de La pesadilla de Füssli


En el cuadro “La pesadilla” de Füssli, pintado en los albores de la modernidad, vemos a un monstruo sentado sobre una durmiente en una postura y con una mirada entre dubitativas y traviesas que nos lleva a preguntarnos muchas cosas: ¿quién es ese monstruo y de dónde ha salido?, ¿es una alegoría del deseo que la doncella que duerme se permite soñar; es el padre que un siglo después descubrirá Sigmund Freud?, ¿por qué, también, es varón –como a todas luces parece– siendo una mujer la que sueña; es, acaso, porque el varón representa la figura más posesiva del deseo, de la voluntad de dominio, de la fuerza animal que pretendería recuperarnos para la perdida animalidad, de hecho la perdida inconsciencia, la paz en ausencia de las imperiosas necesidades simbólicas humanas que nacerían a causa de la conciencia de la angustia, de saber de algún modo quiénes somos y quiénes deberíamos ser...? ¿Una reiteración del mitológico carácter oracular atribuido a los sueños, en los cuales es por ello que los monstruos se “muestran”?
Surge también la pregunta del por qué remiten a lo masculino, lo que una autora como Shelley, mujer como sabemos, creadora del monstruo por antonomasia, reitera, creo que no sólo por trazar un paralelo con la creación de Adán antes que de Eva. ¿Se trataría, como parece, de la figura prototípica de la monstruosidad que nos amenaza como humanos de uno u otro sexo, al menos en nuestra sociedad...? No obstante, en general, vemos que las mujeres son situadas en segundo plano, incluso en esta obra , donde la novia del monstruo es reclamada por el este a su creador para una específica satisfacción del protagonista... en “cariño dador” y no “mutuo”, lo que remite al sexo y a la sangre, lo que en Drácula es explícito. Son, haciendo uso de un término que Kafka emplea para lo que ustedes podrían decir que es para una aplicación distinta, “sociológica”, “ayudantes”. Y tanto como desde la óptica del hijo, ¡nuestra óptica básica y constante!, es la propia madre...: “ayudante” clave del padre despótico...
Volveré sobre el particular más adelante.
En fin, las preguntas no terminan ahí, y las respuestas suelen ser insuficientes, signadas sin remedio por los imperativos de la mitología y las ideologías imperantes; y hoy en día por una u otra necesidad táctica y como tal, cínica, que nos empobrece a todos. En fin, queden estos apuntes para un tratamiento más exhaustivo, imposible aquí en los ya menos de veinte minutos restantes.
En cualquier caso, los monstruos modernos siguen siendo lo que siempre hemos temido y, a la vez, hemos deseado, y lo que aún los reclama.
Por lo demás, es bastante obvio que el monstruo moderno remitió siempre a un origen humano, como manifiesta Shelley al presentarlo como resultado de una reunión de las pretendidamente mejores partes posibles de ser halladas en diversos cuerpos, cada cual en sus respectivas especializaciones, físicas y mentales; una reunión en la que se produce “un error fatal”. Pero algo que el propio engendro echa en cara a su creador Frankenstein, alter ego esta vez de su propia conciencia, cuando le reprocha: (cito) “...mi forma es una miserable deformación de la tuya” (pág. 131).
Drácula, por otra parte, remite tanto a la aspiración humana de eternidad... al tiempo que comparte con Adán el peso eterno del pecado que parece imponérsele en el mismo sentido purificador, obligado a trabajar y a reproducirse. El hecho nos parece tan obvio que no nos resulta relevante, pero lo cierto las prácticas malignas de Drácula configuran una auténtica actividad profesional, rutinaria, mecánica y compulsiva, en todo caso, casi perfecta por lo maquinal. También para él, será la actividad profesional la que lo define e identifique, y la que, como tal, lo encadene a vivir como lo que es... Algo que diría representa lo específicamente humano... que se extiende al monstruo. Y esto merece a mi entender ser resaltado: la profesionalidad, entiendo, es todo un paradigma del presente que ya se comienza a manifestar a partir de la curva descendente de la modernidad, allá por 1830... Se trataría de un rasgo nacido en el curso de la marcha humana y que resulta ya todo un rasgo inseparable de la humanidad... que también pasa al mosntruo junto con el dolor por la soledad o el desamor, o la lubricidad, la furia, la agresividad, etc., que alcanzan grados extremos en el monstruo: monstrándose.
El monstruo que fabrica Frankenstein con deshechos humanos, pretendidamente perfectos para dar de por sí algo mejor o superior... resulta fallido debido a un error humano, subproducto de una racionalidad insuficiente que la modernidad lamenta e insiste en tener como meta. Meta que de todos modos parecería posible de alcanzar... con más empeño, más cuidado, más lógica: esperanzas modernas y también piadosas, cuyas consecuencias quedan nuevamente advertidas, pero a las que no se renuncia. O que invitaría a su sustitución por la resignación y la contemplación, es decir, la obediencia... Ese otro polo de atracción para el humano sin salida.
Hyde, por su parte, es el resultado de un desdoblamiento operado en carne propia por un hombre sabio (derivado, sin embargo, de: “el lado perverso de mi naturaleza”, “menos robusto” y “menos desarrollado que el lado bueno”; que “llevaba mucho tiempo enjaulado”, como él mismo, el consciente Dr. Jecquill, se describe), lo que pone un tanto en entredicho luego, cuando lo asalta la impotencia. Aquí también, tanto el creador como su producto, se dejarán arrastrar (“vendido como esclavo a mi pecado original”, como dirá Jecquill) por seductores cantos de sirenas o, nuevamente, por la seductora manzana del conocimiento (otra vez ofrecidas por mujeres). En todo caso, permitiendo que el mal que reclamaba su liberación... salga, como dice Jecquill, “rugiendo”.
Una vez liberado, es, sin embargo, el monstruo “el lado” que se mostrará más poderoso y tiránico (o tanto como el previo espíritu científico, quizá como su otra cara), y como tal se apropiará cada vez más de la vida del hombre, hasta poner a este a su servicio... Esta sujeción y sin duda la idiosincrasia de la que deriva llevará al anfitrión a ser incapaz de sacrificarse para acabar con el monstruo dignamente o por razones altruistas. Su cobardía, o tal vez su vanidad, lo llevará así a responsabilizar al propio monstruo, invitándolo a esa decisión final que la conciencia del protagonista reconocería “valerosa”, o, de no ser eso posible, a dejar la solución en la justicia de todos, en la sociedad instituida, en “el patíbulo” despersonalizado en el que se procederá a ajusticiar al criminal en el que se ha convertido. Aquí también, la frustración y la tragedia vendrían de la imperfectibilidad humana que intentaría dejar de ser, y que, como en el caso anterior, lleva a cometer errores banales que podrían por lo que parece haber sido evitados, mencionándose como decisivo el uso de una “provisión impura (de sal)” o un contraproducente “exceso de trabajo”, también debido a la vanidad humana o la impaciencia típica de todo mortal. Creación, derrota y defección; monstruosidad y tragedia; mal y bien; derivados todos de la misma condición humana.
Samsa, por fin, en el final de la época (aún hoy permanente), democratiza definitivamente al monstruo, esta vez nacido de un hombrecillo simple y voluntarioso, que traía dinero a casa, hasta que, una mañana al despertar (es decir, no al entrar en los sueños o las alucinaciones, sino al salir de ellos), se descubre transmutado en “un monstruoso insecto”; lo cual, de entrada, atribuirá también, curiosamente, al “exceso de trabajo” (aunque esta vez no al del científico, sino a la fatigosa y desalmada profesión de viajante de comercio que considera una “plaga (...) en que el corazón nunca puede tener parte”, esto es, una de las ocupaciones que la realidad industrial ofrecerá en adelante a los hijos de la modernidad... incluyendo a los científicos..., todos reducidos a la similitud y a la chatura propia de ese “pueblo de ratones” sin “salida” de lo que nos hablará Kafka en otros textos suyos).
El mal necesita por lo visto liberarse o en todo caso se impone, a diferencia del bien, que es lo que la sociedad bendice en la forma de las ocupaciones profesiones responsables seriamente y bien realizadas. Y en esto va de la mano de la belleza. El mal es así el excentricismo, lo rebelde y lo creativo capaz de amenazar lo instituido, y por ello es merecedor de “proceso” y represión... Porque, como deja al descubierto Kafka, son “todos” y nosotros con todos, los que miran y miramos vigilantes, los que se preocupan por el cumplimiento de las reglas, juzgan y acusan al díscolo o contribuyen a su procesamiento y su condena con la colaboración de “los ayudantes”, “los ayudantes” de “todos”, que permiten que nadie en particular necesite mancharse las manos de sangre... ni siquiera con las de la propia. Porque para eso están el carnicero, al que se le paga un salario, el torturador, el verdugo, el sicario, el mercenario, los jueces llevando una parte y los demás la otra... Y, precisamente, es esa mirada hecha propia la que hará de Samsa, de Hyde, del monstruo de Frankenstein, de Drácula,..., los monstruos que a la vez queremos y no queremos ser, que nos imponen ser y nos exigen que no lo seamos. Y que equiparamos a la fealdad.
Porque el monstruo acaba viéndose monstruoso... para verse como lo ven los otros. Porque el cisne no puede escapar a la ley punitiva de los patos, y asumirá ser un “patito feo” y no “otra cosa” que no es capaz siquiera de imaginar.
Por fin, en coincidencia con “todos” y para seguir gozando de su compañía, tendrá que vencer el “frenesí de ese amor a la vida” que el monstruo experimenta, en apariencia de la manera más libre por ser ciega, para  terminar aceptando, yendo a buscar e inclusive eligiendo la muerte, a fin de cuentas: por el bien de todos, dejándole la tarea a sus enemigos, a la naturaleza o a los ejecutores profesionales, con los que también él cuenta inclusive para esto.
Al “final, apareció, en el rostro del conde, una expresión de paz”, observan los verdugos de Drácula. “... la amargura del remordimiento no cesará de quemar mis heridas sino cuando la muerte las cierre para siempre”, dice el monstruo de Frankenstein antes de internarse en el hielo. Hyde es liberado tras el ardid traicionero de su conciencia que lo abandona al arrepentimiento o al castigo de los otros. En el colmo de la autoconciencia culposa, Samsa, nos instruye Kafka: “Hallábase, a ser posible, aún más firmemente convencido que su hermana, de que tenía que desaparecer”.
El monstruo es perseguido por los miedos ajenos que lo cercan, antorchas en alto, palos o manzanas arrojadas al lomo, tras serle negado el afecto que buscaba tal cual era..., una búsqueda obviamente “patológica” por imposible, cuya ausencia lo ha conformado o deformado. Lo explicita el monstruo de Shelley (quizás con un exceso de racionalidad cedido por la autora para el buen fin del mensaje): “... tuve la esperanza de encontrar a seres que, perdonándome mi fealdad, me quisieran por las excelentes cualidades que era capaz de demostrar” (pág.219), lo que dará como consecuencia que “el ángel caído se conviert[a] en un demonio” (ídem)
O también:
“... Soy miserable y abandonado, soy un aborto de la naturaleza, a mi sólo se me debe despreciar y rechazar” (pág. 219), por lo que “ansío que llegue el momento en que (...) ese espíritu no piense más”, para no ser “presa de ansias insatisfechas y eternas”: “la amargura del remordimiento no cesará de quemar mis heridas sino cuando la muerte las cierre para siempre.” (pág. 220).
Unas confesiones estas, así como las que hace Jecquill y las que este espera también de su doble Hyde, que Kafka (para no citar a otros de sus herederos literarios) convierte en componente de la vida cotidiana; confesiones del monstruo fabricado a quien se le exige que las haga, que participe así, en su contra, en su propio juicio, antes de ser ejecutado. Una situación que pone otro aspecto para mí relevante de la literatura: su alcance revelador que hace que los autores parezcan adivinos del futuro y no podamos evitar asociar sus textos con realidades que con el tiempo alcanzarán dimensiones más inverosímiles en cierto sentido que las relatadas pero lamentablemente reales. Me refiero a la burocratización social generalizada o, ¿cómo no ver el paralelo?, los ya un tanto olvidados “juicios de Moscú”..., expresión como pocas de una actividad sistemática, industrial en toda la expresión, destinada a crear monstruos que operarán como enemigos del Estado para la consolidación de una identidad que se unge a sí misma como verdaderamente humana o la más humana..., la más... consciente y/o moralmente pura...
Ahora bien: es evidente que los monstruos modernos, conflictuados, perturbadores de la conciencia individual, abandonaron la escena literaria. No parece que sea ajeno a esto el grado en el que la monstruosidad se hizo ostensible y cotidiana, pública. Y el que, por otra parte, fuera reducida, en el mejor de los casos, a un asunto psicoanalítico y en un extremo al psiquiátrico incluso a escala global, o, en su defecto, requerir para su cura una apropiada reeducación, por ejemplo, “en el campo”. Ni que hoy la monstruosidad haya llegado a ser comprendida como natural (y reparada o reorientada) o convertida en un juego que no por ser mortal deja de tomar forma teatral sino todo lo contrario.
En cualquier caso, la monstruosidad ya no angustia, como antes; y si perturba lo hace entre dos telediarios, una vez que otra noticia entierra la anterior. Hoy nadie es un monstruo o lo somos todos y la liquidación masiva de monstruos corre a cargo de las costumbres de cada lugar. Incluso se hace posible una o otra monstruosidad al servicio del Estado, como demuestran posible los seudo monstruos que conocemos como superhéroes (esta vez, mujeres y hombres... aunque todos tocados por los atributos estereotipados “propios” de cada sexo) que salen disfrazados y enmascarados de sus escondrijos para defender la sociedad, guardianes de las buenas costumbres o pregoneros de una impoluta moral futura lo que les granjea reconocimiento y cariño  masivos, lo que los monstruos precedentes no consiguieron nunca, como vimos.
¿Pero qué hicieron para ello? Diría que claudicando como monstruos, es decir, haciéndose útiles, provechosos, necesarios para conservar la sociedad definitivamente gatopardista, que prefiere las redistribuciones al peligro de los cambios..., lo que en realidad no es nuevo. Una sociedad que, sin embargo, ha encontrado el truco: la profesionalización que santifica, que hace de guardianes, verdugos y sicarios... necesidades sociales que justifican su monstruosidad. Que da dignidad a la monstruosidad humana. Parece que todos aceptamos que... si no quieres parecer monstruoso... profesionalízate... inclusive como monstruo; sea “bueno” (Batman, Superman, etc., y entre los que, ahora sí, vemos a superheroínas con poderes ad hoc...), sea “malo”, como Gotzila, el Alien o la masa-zombie... que ya ni siquiera persiguen llevarnos, como el viejo Lucifer, a los infiernos y esclavizarnos..., sino... como puro ejercicio de un mal sin intereses, sin sentido, “perfecto”, “profesional”: determinado por la idiosincrasia misma y su “deber ser”.
(Por cierto, dejo apuntado aquí también, de paso, que ese paradigma de la “profesionalización” es el que daría también “una salida” a las mujeres: profesionalizarse, que es una manera de masculinizarse... ahora que ello no tiene que ver con la mera “fuerza bruta” –¡y esto por dejar de lado lo que los gimnacios pueden llegar a hacer hoy!–. Lo dejo también apuntado... con claras intensiones provocativas, es decir, monstruosas, es decir... las que podrían hacerme merecer la denostación, ¿la hoguera?, por parte de los defensores de una u otra de las subsociedades profesionales que componen la pirámide de pirámides cristalizadas que confoman nuestra sociedad actual).
Pero no hace falta bajar hasta los comics para encontrar esa metamorfosis... que exhibe sólo la piel del monstruo, el disfraz, y no su significación conflictiva. Podemos verlo en la más galardonada expresión de la literatura, como en el “viejo de las alas enormes” de García Márquez, un monstruo inocuo, que llega y se va dejando el pueblo incólume e incluso impertérrito, cuyos miembros no vieron más que posibles funciones utilitarias para él, discutiendo acerca de las diversas maneras de poderle sacar algún partido, ya fuese ideológico (el del cura) ya el mercantil de los que pensaron exhibirlo en ferias. Una metamorfosis, en fin, que creo inseparable del proceso de industrialización cada vez más extremo de la cultura que, como señalé, comienza a verse de manera acuciada a partir de mediados del XIX y del que la intelectualidad pasa cada vez más a quejarse... para por fin encontrar su lugar... “en los equipos” y “empresas” que comienza a valorar (remito al respecto a Veblen y a Heidegger y de ahí al “pragmatismo” que los sucedió).
En fin, los monstruos estaban ahí para encarnar nuestras dudas, perplejidades y temores existenciales. Y fueron despedidos por ponernos demasiado ante la nada.
Vaya por ellos, en su recuerdo, este breve discursillo fúnebre. 



(Esta fue la ponencia que presenté en el II Congreso Internacional de Literatura Fantástica celebrado en Barcelona entre el 10 y el 12 de noviembre, organizado por el Grupo de Estudios de lo Fantástico, y dedicado a "Las mil caras del monstruo".)


martes, 7 de octubre de 2014

De qué y de quiénes se burla esta vez Kundera



La primera novela que escribió y publicó Kundera fue "La broma” y la que según todo indica será la última (incluso eso parecen esperar al menos los que redactaron el texto de la contratapa en la versión de Tusquets… tal vez copiándola de la francesa…, tal vez según el dato aportado al respecto por el propio Kundera en alguna parte (*)), lo es de manera descarada, aunque no en el sentido en que lo describe la crítica (que, imagino, quizás equivocándome, habrá hundido aún más en la desolación a Kundera... o, quien sabe, habrá vuelto a ver en su indignificancia, o, peor aún, en su des-significación, cierta "belleza").

Kundera sostiene en ella que vivimos en la era de la seriedad, una era en la cual la burla y la risa le están reservadas a quien tiene el poder omnímodo y plenipotenciario: el Gran Único representado en la novela por el espectro de Stalin, de quien aún hoy, habiendo muerto, todos seguirían siendo súbditos; algo que por otra parte se demostraría y manifestaría, precisamente, en el hecho de que nadie es capaz ya de reír y de burlarse. Un mundo en el que la comedia pone en escena la seriedad, una seriedad impostada, de lo que yo llamaría "las pequeñas cosas", donde sólo la seriedad, esa seriedad, puede representarse.

En realidad, no me queda claro que Kundera piense esto último (soy yo quien lo pienso, yo quien lo señala y  registra justamente en mi novela).  Y, ya puestos, del mismo modo, no comparto la idea que deja caer un tanto "seriamente" al final de que hoy predomine la "ilusión de individualidad" sino más bien una manera en todo caso servil de realizarla. Pero esto es de las cosas "triviales" y "serias" que a fin y al cabo... no puede Kundera dejar de deslizar como novelista que no puede del todo dejar de ser.

En cualquier caso, Kundera ha decidido burlarse (quizás en lugar de escribir, quizás antes de dejar de hacerlo de aquí en adelante como he anotado que parecería). Burlarse del mundo que ve eternamente en fiesta, la de la insignificancia, en la que observa cómo se disuelve mientras asisten todos a ella con máscaras diversas: un falso lenguaje, una falsa enfermedad mortal, una falsa amante, una falsa filosofía de la pérdida de la individualidad… Claro que Kundera no es la reencarnación propiamente dicha de Stalin, ni por tanto tiene la suficiencia como para actuar como un cazador que arremete contra la estupidez. Kundera sólo dispone para burlarse de la palabra escrita, del pedestal de poder menor que se ha ganado escribiendo, de la facilidad con que le publicarán lo que escriba, aunque sea la palabra pedo deletreada durante un número no excesivo de páginas, es decir, como para que no asuste ni comprar ni leer lo que se presentará editorialmente como “una novela”. Y Kundera, por ello, con esa única forma que puede darle a la burla… no puede sino burlarse del mundo a través de los lectores snobs que, en nombre de “la novedad”, de un texto “demorado” y “esperado”, se lanzarán a comprarlo para saber “qué dice el gran Kundera”, acicateados adicional por el texto de la contratapa que concluye: “Nada. ¡Lean!”.

Después de todo, hay que reconocer que se lo merecen, que Kundera tiene razones para despreciarlos, que está justificada su desolación… tanto como su tristeza ponzoñosa.

Después de todo, no deja de ser una manera de escribir sin seriedad, intento por lo que se ve inconducente, infructuoso e infantil, que demuestra con su fracaso que no podemos escapar de la trampa del presente ni de la trampa de lo que hemos llegado a ser… después de haber sido “arrojado al mundo sin haberlo pedido” (recomponiendo en beneficio de la lectura de mi texto “la más trivial de todas las verdades” (sic) que Kundera menciona entre otras “insignificancias” de barniz existencial).

Sin embargo, acaba añadiendo algo más a la Gran Obra de lo lamentable… y ahí se queda todo.

Porque, a fin de cuentas, presiento que aún quedan lectores (me gustaría que se manifestaran y espero que este artículo ayude a que afloren…, y espero que no sean de los falsos  es decir, meros actores de la seriedad) que se  habrán tomado al pie de la letra una anterior declaración suya que rezaba: “¡Y cada novelista, empezando por sí mismo, debería eliminar todo lo secundario, clamar para sí y para los demás la moral de lo esencial!” [Kundera, El telón]. Y que en nombre de todo lo que se decía en ese ensayo (por lo visto desdicho desde el contenido hasta el propio título), acudieron a esta última novela a ver qué levantaba "el maestro" después de sostener todo aquello que pudiera ser al mismo tiempo "una novela" respetuosa de su raison d'être (¿decir algo nuevo, decir algo contundente que nos desnude un poco más, y no “la más trivial de todas las verdades” o alguna otra trivialidad?, en fin, ¿producir un libro según los sueños de Kafka: que sea "un hacha para el mar congelado dentro de nosotros", que responda a esa idea que sin duda nos une -"a nosotros", "los mandarines de pincel chino" (Nietzsche dixit)-, de que "La literatura sólo es digna cuando descongela la sangre de quien lee."?), en definitiva: que siguiera respondiendo a esa idiosincrasia y a esa ocupación, consiguiendo llegar más allá…, como para llevarnos lejos del marasmo de "la insignificancia" que nos ahoga o nos domestica, según de quienes se trate.

En fin, puede que no tuviera otro recurso y que no hallara otro modo más creativo de gritarlo. Puede también que decidiese de este modo acompañar al "suicidio de la literatura" al que se refiere en la frase previa a la citada antes de su El telón; el suicidio de la claudicación que de lo lleva a ver la belleza en la insignificancia..., en el mundo vigente, en la ciega marcha del hombre que ha llegado hasta aquí sin remedio y así sigue y sigue y sigue..., a saber hasta dónde. Tal vez no le quedaba más alternativa, de ese modo, que burlarse indiscriminadamente, de unos y de los otros, del mundo y de sí mismo, aparentando una jugada de bufón de primer orden: no siendo dueño del destino de su arma (en manos de las editoriales, como ya señalara Heidegger que seguiría sucediendo), no le quedaba sino apuntar al meón para darle a la nariz de la estatua (como el espectro de Stalin que Kundera pone a deambular por el parque con su escopeta de caza, logrando que todos, confusos, rían con simpatía... cosa que harán sus lectores), pero podríamos muchos habérnoslo ahorrado.
Cierto que al reírse al mismo tiempo de sí mismo, logra alcanzar de algún modo la dignidad que sin duda ha salido a buscar, con lo que ya le quedará tan poco y presumo que para aumentar su tristeza a la vista de lo que se escriba, que un día puede que nos enteremos que en efecto ha cumplido con la única conclusión posible, tantas veces descubierta por otros tantos escritores: la inutilidad de ser lo que con tanto esfuerzo se ha intentado: Vanitas vanitatum est omnia varitas. Y, para tan poco, la Razón enfurece como el niño que nunca dejará de ser, y dice: ¡para tan poco… mejor nada, mejor BASTA...! Porque también es cierto (¿no lo demostraron los autores más vitales, más vivos, más entregados a... dar forma a la propia vanidad de todos los tiempos, al menos desde el inefable Aristófanes, uno de los grandes burladores... insatisfechos? (**)) que no ya las intenciones ejemplarizantes (¡aj, vade retro!) sino también la burla, la ironía, la "risa áurea" nietzscheana... no sirven para nada, y, por lo que se ve, cada vez menos.


(*) En la contratapa se lee: “un sorprendente resumen de toda su obra. Menudo resumen. Menudo epílogo.” Es, creo entender, tanto un anuncio de despedida como un deseo de "alguien" o de "algunos" de que por fin se despida (y si es de "algunos" quizás sea de los que no soporten ni siquiera su inocua e inconducente burla).

(**) Véase en "Las nubes" como trata de "maricones" a los espectadores desde el interior mismo de la representación..., algo que no consiguiría seguramente llenarlo de satisfacción ni mucho menos...


 

lunes, 23 de junio de 2014

Kafka (I): la literatura de la visibilidad de los signos o "de la Revelación"



En su "Sobre Kafka", Walter Benjamin expone la producción literaria kafkiana desde un ángulo revelador en un doble sentido.

En el ensayo, de cuya escritura tenemos como apéndices una correspondencia que nos habla de las discusiones en busca de precisión y de oportunidades políticas de publicación por parte de Benjamin  con diversos interlocutores y una serie de apuntes preparatorios o de revisión según se trate, hay a mi criterio dos puntos relevantes en la vivisección que lleva a cabo Benjamin: el tema del pesimismo/optimismo kafkiano, que sin duda está vinculado a su vitalidad (o deseo de vivir), y que está inevitablemente detrás de toda actividad literaria, y el tema de la agudeza de Kafka para percibir la marcha del mundo y exponerla mediante "parábolas" (y no símbolos ni alegorías), como él mismo las calificaba, más precisamente diría yo: mediante la creación de un mundo, o de un orden, en el cual los elementos y la marcha "real" ocupan posiciones un tanto ladeadas pero quizá, precisamente de ese modo, más al descubierto; adquiriendo el peso que se les niega (voluntaria e involuntariamente en un sentido laxo y según sea el caso en uno u otro grado) en el mundo cotidiano que los hombres habitan, que sin duda el propio Kafka habitó, que yo habito, y en el que las propias cosas y las propias urgencias sirven de capa encubridora de su inexplicable, absurda y hasta ridícula "razón de ser" (es decir, mostrándosenos como difícil de colocar en algún lugar de la cadena de acontecimientos).

Benjamin compara la literatura de Kafka con una de las dos partes del libro "revelado" por excelencia (al menos en Occidente: el considerado como tal por la religión judía): la versión "cómica". Una lectura "rápida", realizada desde la óptica ideológica vigente y sin detenerse ni un instante a escuchar sino lo que se da por sentado, llevaría (sin duda, lleva) a quien lo haga a no sacar ninguna conclusión, a no ver nada... que no haya visto antes, que ya no estuvera viendo, que... se le repite y en lo que se siente cómodo, o, mejor dicho, acomodado. Benjamin lo pone en evidencia precismente porque estuvo abierto a la escucha, a tratar de comprender el lenguaje de Kafka, su trasfondo y su mensaje. En síntesis, Benjamin hace equivalentes lo que Kafka, autocríticamente, llamaba Gleichnis” (o sea, parábola) y la teología considera "una revelación". Lo que aflora del estudio del fenómeno en sí, es uno de los asuntos que me interesan tanto como el paralelo conceptual presente en el discurso de Benjamin. Entiendo que ambas son partes inseparables de la misma pieza.

En este sentido, debo puntualizar que, al margen -¡y, si cabe, más allá!- de que prefiramos utilizar otro lenguaje que el de Benjamin, quizá uno que nos parezca más "radical", más diseccionador, más "lúcido", más "capaz de exponer los hechos" o de "concatenar más detalladamente los fenómenos en juego", o, sí, claro, "más científico" y "positivo" o "menos… 'metafísico'", etc., etc., -¡eso que pretende apresar la palabra y suele pretender con ello que sea... "La Realidad"!-, al margen en fin de que me sienta más cómodo y crea llegar más lejos en atención a… "mis certezas", es decir, ¡precisamente!, a lo que ha llegado a mi conciencia, je…, "como si se me hubiera 'revelado'", o como si me lo hubiese dicho cada vez mejor y más audiblemente al oído un daimon como el que Sócrates decía que lo asistía, u otro alter ego cualquiera; al margen pues de todo esto y de lo que se pueda y prefiera querer entender: Benjamin, más o menos como todos los pensadores de todos los tiempos (incluido Sócrates, incluido Platón…), nos están descubriendo, mediante un ocultamiento o embozamiento, los entresijos de "la realidad" que sitúa a Kafka en el foco de algo más amplio y general en el que nos encontramos todos. Algo, ¿qué si no "el mundo"?, que nos hace pensar que, como la planta, debe tener una raíz. "El mundo" de los individuos que viven y de los que en ellos aún viven, y que se encuentra viniendo y yendo a través de una era que los abarca, que aún nos abarca…

Benjamin desnuda a la vez a Kafka y lo que Kafka pudo "mostrar" o "manifestar" una vez que "Como en los cuentos maravillosos; cuando se ha pronunciado la palabra, se abre el candado encantado, cerrado desde hace cien años, y todo se vuelve vida" (Kierkegard dixit según carta de Kafka a Brod, citado a su vez por Benjamin a partir de la biografía de ese último -Sobre Kafka, pág. 116, nota 83-). 

Claro que, cuando yo leo (cuando yo "contemplo" esa "vida" desplegada), me parece, "creo", no puedo evitar, "ver" los comienzos de la marcha a la penuria del mundo… que sin duda (no me queda duda) Kafka también sufría en cada instante, a cada vuelta de la esquina, en cada refugio en los que se metía, asustado, frustrado, desapacible…, angustiado…, arrinconado...: la marcha devastadora del mundo burocrático que, por cierto, significa, ahora, para mí, mucho más que una organización socio-histórica y/o política. Un mundo que se convierte cada vez más, por extensión, reproducción, consolidación, cristalización…, en la propia mancha que lo define… hasta, o más bien hacia, su dilución en ella.

Sin duda, es fácil suponer que Kafka llegara a experimentar una "revelación" del mundo y, consecuentemente, a plasmarla como texto, es decir, destinándola a la comunicación. No sería ni mucho menos el primero en sentir que vería el mundo como a través de una pantalla de la que sería propietario, capaz de mostrarles lo que con considerarían que los demás no serían capaces de ver; el mundo bacteriano que vivía bajo la caparazón (disfraz del "teatro de Oklahoma" en su conjunto), las venas por las que circulaban los "ayudantes" yendo y viniendo con su carga de oxígeno, sales, encimas, minerales, y los guardianes defensores cuyo papel en la escena es fagocitar a los agentes malignos venidos del exterior y en todo caso aún no admitidos como huéspedes; todos en definitiva en el papel asumido; y los admamiajes alzados para que el cuerpo se sostenga… y, también, las torres de asalto de los conspiradores que estuviesen abocados a desalojar a los actuales y quizás residuales ocupantes, pretendientes a ocuparlo; en fin, las redes y los trapecios, los payasos y los domadores, la inmensa potencialidad del ingenio manifiesta en exquisitas trampas, máquinas de tortura y enseñanza, entretenimiento, desgaste, producción incesante y mecánica, marcha hacia la siguiente estación definida como tal en refrenda del sentido de la marcha… Tampoco que el propia Kafka se sintiera propietario (inestable, vacilante, sujeto a los embates de la incertidumbre sobre la que se realiza el equilibrio, sobre el que se haya tendida la cuerda del equilibrista) de una cierta certeza, y que en su nombre nos hablara en sus "Cuadernos" de su "asalto a las últimas fronteras terrenales".

Y, a unos u otros, le parecería a tal punto coincidente con la propia (la que muchos verían a través de su propia pantalla auscultadora y "reveladora") esa "visión del mundo interno" hecha por Kafka que habría sido "un anticipo" y, por ello, un "legado", que acabaría convertido, ya en un poderoso adivino, ya en un profeta, ya en un sagaz visionario… ¡Cada cual… de las visiones propias que de ese modo saldrán reforzadas! (Como el el caso del "mapa de la mente" para Bloom o la "sociedad burocrática" para mí mismo).

Benjamin, no obstante, acierta a mi modo de ver, utilizando sus (con mis) propias herramientas de visión nocturna e introspectiva, definidas por cierto grado de agudeza, cierta inclinación astigmática y cierto poder de penetración en profundidad, cuando afirma que "Kafka vive en un mundo complementario" (Sobre Kafka, pág. 114), otro, quizá similar en alguna medida y algún sesgo, al propio (o al mío). Y, como "nosotros", sin duda cabe sostener, con Benjamin, que "Kafka percibió el complemento sin percibir aquello que lo rodeaba", y que lo hizo "como el único individuo afectado por él" (ibíd.), "sin ningún tipo de previsión, tampoco un 'don de vidente'. Kafka (concluye Benjamin, y esta es su definitiva conclusión) estaba a la escucha de la tradición (*), y quien está a las escucha esforzadamente, no ve" (ibíd.).

Lo que no quiere decir que cada ser humano no quiera ver lo que más le interesa o…, no interesándole verlo con el fin de no perder las esperanzas de las que ha logrado armarse, ver lo que más teme, incluyendo lo que vea abalanzársele para devorarlo. Quizás un resabio que viene de muy lejos, de la selva, de la idiosincrasia de la debilidad ante la hostilidad relativa del mundo, de los pequeños mamíferos subterráneos.

Parecería que quedara decir algo del otro punto que al principio, al hablar de "optimismo/pesimismo", situé como "importante" para mis reflexiones: la cuestión de la esperanza. Tal vez trate esta cuestión en otras circunstancias, quizás más ampliamente, es decir, más de lo que se puede entresacar del tema de lo dicho hasta aquí… porque sin duda el tema está entre líneas. Sólo diré que veo la clave del problema en la sentencia con la que Kafka le intentaba explicar a Brod su propia postura ente el "problema": "hay un sinfín de esperanza disponible", decía por lo visto Kafka, "solo que no para nosotros" (Sobre Kafka, pág. 116). Y, de nuevo, podemos tener la sensación de que ha vuelto a hacérsenos otra "auténtica revelación".



(*) Me atrevo aquí a garantizar el rechazo que se producirá y reproducirá en un sinnúmero de lectores de este artículo tanto al llegar a esta palabra como antes donde se mencionaba "revelación"… Quienes optan por detenerse ante estos muros, ay…, qué poco, ellos sí, podrán ver, es decir, cuánto se estarán perdiendo.

jueves, 19 de junio de 2014

Fantasmas detrás de la fachada o Ráfagas puestas en pie.


Beltrán 372 (puede verse la placa en la pared: la misma). La fachada... apenas protegida por una reja que no había. En la ventana, donde se ve bajada la persiana, sigue mi mirada de entonces a la calle, mis oídos de entonces al bullicio. En los lados simétricos salientes que dan forma de T gorda a la entrada, la reja, hoy, impediría que, como ayer, me siente encima, y, por ejemplo, recite unos versos "gauchescos" que aún hoy recuerdo y que puedo volver a recitar todas las veces que quiera. Me cuesta, por culpa de la reja, verme allí, haciéndolo todavía. Sin embargo, sigo notándome detrás de la puerta blanca que da paso al interior: protesto porque mi padre sale de viaje de nuevo... aunque sé que a la vuelta me traerá un montón de cosas de regalo, y que, a la vuelta, lo podré abrazar. Y sigo notando, detrás, a mi madre que, aún, se maravilla de la pasión que pongo en la protesta; maravillándose de que mi padre se haya hecho querer de esa manera... hasta, según mi madre, que lo consiguieron intoxicar con lo que hoy yo podría definir como la pertenencia al clan, lo que en parte pude haber percibido... salvo que a mi vez yo fuera igualmente intoxicado por otras pertenencias y otros compromisos. Más allá, siguiendo el recorrido, siguen los mismos espacios y los mismos muebles, los mismos platos de porcelana y los mismos utensilios plateados, no sé si de plata ni de cuántos dineros, las dos camas, el hermano compinche, el hermanito incierto, el receptor de radio de partidos de fútbol y novelas de miedo, el cuarto de baño del incendio de hormigas rociadas con alcohol, el misterioso cuarto sin ventanas, la galería y sus enormes toldos donde mil moscas encontraron sus últimos descansos y no pudieron retomar el vuelo y seguir molestando, el patio de la carrera de la carretilla verde y la hamaca de madera de dos asientos en la que la carretilla se engastó lanzándome a un buen golpe contra la pared del fondo del que salí duchado por el chorro desesperado de un sifón..., ay, esos desmayos que no debieron ser más de dos...; y la cocina de las botellas de calcio, la polenta, el sifón; y el cuartito del misterio en el que unas sombras de tetas y figuras que se tienden en un colchón delgado sobre el suelo, en medio de una baraúnda de objetos que poco a poco se acumulan hasta que las sombras dejan de caber y se van, expulsadas... Todo, distribuido tal cual, sigue del otro lado, donde, ignorantes de los fantasmas, se parapetan los intrusos de hoy.


sábado, 15 de febrero de 2014

Cielos e infiernos alternos (a cuento de "Resurrección")



"Resurrección" podría considerarse una novela inconclusa. A lo largo de la misma vemos transitar al príncipe Nejludov por una serie de estaciones conflictivas. Todo en él tiene un paralelo en el mundo exterior, de modo que atraviesa estaciones emocionales a la vez que estaciones hambientales, lugares en los que se manifiestan sus contradicciones y preguntas insatisfechas, lugares en los que los hechos ahondan su malestar y su desubicación. Sus decisiones modifican la realidad desde el principio, pero no a su gusto. La culpabilidad por sus actos lo persigue y lo condena a buscar una solución. Más de una vez sentirá que la ha alcanzado y fugazmente se siente bien consigo mismo, incluso iluminado. No obstante, en la estación siguiente el mundo lo estará esperando con una nueva muestra de contumacia, y debe reconocer que aún no ha alcanzado la perfección que lo liberaría. La novela, por eso, "acaba" formalmente dejando la situación abierta: la vida y el mundo continúan su marcha y por eso la novela se pierde en la bruma, sin que se pueda vislumbrar nada que no se haya producido antes, entre estación y estación. Lo que no se alcanza, por mucho que el personaje se aferre, de nuevo, a la certeza que acaba de descubrir, esa piedra filosofal a la que atribuye la solución final del mismo modo que ya había hecho antes con las anteriores, es una garantía, un absoluto, aunque, de nuevo, toma lo descubierto como tal. La vida, el mundo, a fin de cuentas, son una sucesión de situaciones en las cuales los elementos que las determinan son todos consecuencias los unos de los otros, y la conciencia humana, las construcciones simbólicas que esa produce, el dolor, la alegría, la angustia, la certeza, los cielos y los infiernos, son resultados que escapan a los fines a los que sirven gracias, precisamente, a sus excesos; igual que la comida alimenta gracias a estar compuesta de un sinfín de sobrantes que acaban siendo residuales. Sólo de ese modo pueden cumplir con su propósito (un término en realidad impropio, ya que una y otra de las dos partes se han formado juntas aprovechándose en "lo fundamental" de un modo por tanto "imperfecto"). Los efectos sobrantes, al igual que todo tipo de residuos de la digestión, acaban produciendo enfermedad, sea la de la ceguera de la autoconfianza o la infección dolorosa de la incertidumbre. Y como la vida debe volver a responder sin alternativas, aquellas situaciones de desborde, de exceso, de material sobrante, tienen que volver a alternarse. Por eso, la novela no puede tener un fin y se queda en una última estación de tránsito. En tanto quede vida.


domingo, 5 de enero de 2014

Capicúa


Los asientos del tranvía del lado de la acera estaban libres y pude sentarme solo, junto a la ventanilla. Como de costumbre, eché un vistazo al billete que me había tocado: ¡era capicúa! Y esa no sería la única extrañeza. De las cinco cifras del billete, las dos primeras señalaban la edad con la que subí al tranvía por primera vez (un día de furia en el que decidí irme de casa... para pasar unas horas con mi abuela) y las dos últimas el mismo número, invertido, y, deduje, sumados debía ser la edad en la que el tranvía alcanzaría su último destino, ay, en el que me tendría que apear. Claro que también estaba ese 8 en la mitad. ¿Qué podría quererme decir? Entonces, al jugar con el billete, lo tuve, por un instante, vertical ante la vista, los números de lado, separados por el símbolo del infinito (¿la muerte haciéndose la viva, Lázaro fuera de la cama o de la tumba?) Miré por la ventanilla como en busca de respuestas. Las imágenes se sucedían para perderse mientras avanzamos. Entonces comprendí que el trayecto era una de las infinitas idas y vueltas mías a través de la memoria, simplemente... anticipándose.


domingo, 22 de diciembre de 2013

Un primer poema de gato escrito por el no gato que soy

El gato persa-malayo (primer gato)


Con suspicacia de sabio,
El gato persa-malayo
Indaga en mi mirada.

¿No recuerda lo que espera?¿No accede al archivo
        de las reencarnaciones posibles?
¿O, más bien, descarta
       que lo sepa entender?

(¡Después de todo...
Él es persa, y anciano!
¡Y podría pensar que soy el tonto!)

Los ojos que se miran
       se han seguido,
Eslabones con cola.

Los suyos me bosquejaron
Los míos lo quieren recrear.
¡Ay, nuestra esclavitud es eterna!



miércoles, 20 de noviembre de 2013

"Los inocentes", los débiles, la culpabilidad y la impotencia


No creo que haya muchos lectores de "Los Inocentes" (de entre los no muchos que en estos tiempos la hayan leído, ni tampoco de los que la leyeron desde que se publicó, ni por tanto que sepan que la escribiera Broch) que compartan conmigo la conclusión de que el título apuntaba al conjunto de los individuos que formaron, forman y se añadirán a lo que biológicamente llamamos "humanidad": todos... "inocentes", todos en definitiva "débiles" (como he optado por caracterizarlos, aunque con idéntico sentido al del autor). Incluyendo a los "fuertes", es decir, "los poderosos", los que detentan el poder "político", "social", "psicológico", "ideológico", "físico", etc. Unos "inocentes" que, teniendo "conciencia" de ser, respectivamente, "víctimas" o "verdugos" (y siéndolo formal y concretamente estos últimos con relación a casi todos los primeros), son "débiles" en última instancia en tanto que la "elección" por ocupar uno u otro puesto disponible en una sociedad que sin duda se mantiene o conserva "fragmentada" no ha sido "libre" o "planificada" por anticipado (ni puede responder a ello) sino, en todo caso, reafirmada y justificada... hasta hacerse carne de la propia carne.

Incluso, no la compartiría, de entrada al menos, el propio Broch ("Origen de este libro").

No obstante, nos pone en bandeja esa descripción que sólo de ese modo puede ser completada; que, en todo caso, es la única que puede verse tras el suave velo que al autor le cuesta rasgar definitivamente... con el pensamiento abstracto (que expone en su autocrítica), sin ir lo suficientemente hondo, quirúrjicamente hablando. Porque, sin duda, ¡es humana (desde mi punto de vista, y desde la experiencia descarnada) "la abolición de la ley, hecha ley suprema", "la mentira fantasmagórica, hecha verdad superior", la "esclavitud universal y abstracta"! ¡Muy humana, demasiado humana, en absoluto "ajena a todo lo que sea humano", como dice también, prisionero de la propia nostalgia indudablemente mamada... que reconoce de todos modos perimida, en un tiempo en el que:
Las palabras se secaron...
O... 
Las barcas aguardan todas las noches, invisibles,
para llevar hacia el este de la noche
la flota de los humanos: ¡oh, incisión que atraviesa el tiempo!

Por  la novela sui generis de Broch desfilan sin embargo, desbordando los límites que el autor creyó haberles impuesto (de época, de origen, de situación), los suficientes especímenes humanos como para que todos los posibles, todos los imaginables, queden comprendidos; todos... "inocentes", y sin embargo todos "culpables" de lo que les pasa a ellos y a los que entran en su radio de acción...

La inmensa masa de los pocos lectores que en proporción pudo tener Broch hasta ahora no se sentirán parte de esa masa de "inocentes/culpables". Su mejor defensa será nuevamente la que da lugar precisamente a su culpabilidad, una culpabilidad del débil, del que sólo puede ser relativamente fuerte y sobrevivir mediante el ejercicio de esa debilidad/culpabilidad, en concreto: a la "ignorancia", al "autoengaño", a la "autodignificación".

Esa misma manera de ver las cosas me tocará ahora a mí recibirla. A causa de mi propia mirada coincidente con la intencionalidad que Broch reflejara en su novela, y que yo he alcanzado a ver bajo su trama, y su referencial título.

La novela incluye algo de poesía, una poesía que no edulcora líricamente sino que se pone al servicio de la denuncia o, para no dejar lugar a dudas en cuanto a lo que me refiero, al servicio de la descripción real, de la desnudez profunda que pudiera pretenderse escamotear, encubrir, de la que se intenta apartar la vista.
Máscara sobre máscara,
monstruosidad cubriendo mosntruosidades,
rostro que ignora las lágrimas.
En fin..., basta. Dejo para el final sólo la propia voz de Broch, aún contundente a pesar de su debilidad quirúrjica antes señalada, donde se aprecia su intento, vano al fin, vano siempre, intento infructuoso si así se quiere ver de "sacar frutos de flores marchitas"; lamento, grito, expresado tan sólo, de nuevo, porque una vez dentro, hecho consciente, a algunos nos sea imposible podérnoslo guardar y hasta dónde nos afecta la propia debilidad que nos ata a las urgencias, al dolor impotente, a la mirada de soslayo, al continuar andando...:
¡Maldita sea la ceguera! 
El prado y el bosque llegan a las alambradas,
y en los hogares de los verdugos cantan los canarios.
Un cielo de sangre cubre las cuatro estaciones del año
y el arco iris no tiene color de esperanza,
el cosmos se burla de las incompatibilidades
y pregunta al hombre:
¿soportarás todo esto aún mucho tiempo?,
¿qué ves?, ¿qué te parece falso?
El que va a morir lo ve;
ya nada le amarga
y el tiro en la nuca es auténtico.
Descúbrete y piensa en las víctimas.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La peste


Un día como hoy, la vida y la producción intelectual de Camus se vieron repentinamente interrumpidas, según muchos dicen... "prematuramente", por un accidente de coche. Esto bien puede ser atribuido al "absurdo" sobre el que Camus reflexionara hondamente y como el hombre que ha dejado de creer en el destino y los dioses siente y en todo caso piensa. No obstante, el accidente y la interrupción de su "carrera" de escritor y pensador sólo puede ser atribuidos a mi entender a la carretera, a la mecánica, a la imprudencia de quien fuese, etc., en diversas proporciones...; algo a lo que cualquiera está sujeto en estos tiempos del mismo modo que en la antigüedad lo estaban a las batallas y las riñas (que hoy perduran, claro, y también pueden ser causa de accidentes mortales), o la contracción de enfermedades, de, precisamente, "La peste"; o de la concurrencia entre las muchas posibles de tiempo, situación y presencia. El "absurdo" es en realidad otra de las tantas construcciones simbólicas de "última instancia", una "causa primera" que sustituyó y puede aún sustituir al "capricho divino" al que apelarían los creyentes; lo que, como "la peste", "se esfuerza en sorprender". En fin, uno más de los tantos absolutos erigidos por la orfandad del hombre para darse una explicación causal que le permita ocupar una posición de privilegio a sus ojos respecto de los demás componentes del universo, de los que tan distinto se siente..., en relación a los cuales se entiende tan especial... y necesita sentirse y entenderse. Y esto se hace especialmente notable cuando se trata de un intelectual, cuando la necesidad de diferenciarse de todo lo demás, desde las partículas elementales hasta los simios, toma la forma más excelsa de la "dignificación", en donde el cuerpo, arrebatado por la muerte y retirado como apoyo de la vida reflexiva (que es la que se siente perder), es despreciado, y los productos de la imaginación y de la reflexión son considerados manifestación del alma y de lo divino; como... "el conocimiento y el recuerdo", por nombrar los dos productos del hombre mencionados por Camus, lo que consideraba con dudas que fuese "Todo lo que el hombre pueda ganar..." y "Es posible que (...) Tarrou llamaba ganar la partida". Lo que, "vencido el plazo" del "terror", sirve para "negar" que seamos "aquel pueblo atontado del cual todos los días se evaporaba una parte e las fauces de un horno, mientras la otra, cargada con las cadenas de la impotencia, esperaba su turno".

Camus, haciendo equilibrio sobre la cuerda tendida sobre la nada, por la que había logrado hacerse un hecho hábil funambulista, habría tendido, o algo más, a atribuir al Absurdo su propia muerte estúpida (la más estúpida posible, según él mismo opinaría antes del accidente, antes de suponer que lo sufriría él mismo...), aunque por momentos acariciaría la nada y de haberse realmente separado en el instante de la muerte su alma de su cuerpo destrozado y entreverado con lo inerte y lo artificial del coche accidentado, esa alma habría podido reflexionar hasta el extremo de reconocerse... como nada "digno" de alguna "extrema distinción", como, más allá como siempre de las intenciones esperanzadoras y alentadoras que nos damos todos, dejó de este modo documentado mediante una frase puesta en boca de su personaje, Tarrou:

"... ¡qué importa!, la muerte no es nada para los hombres como yo. Es un acontecimiento que les da la razón."

Y para concluir que sólo nos queda un recurso disponible para alcanzar la paz: "la simpatía"... lo que, de todos modos, no le había "servido de nada", ya que encontraría la añorada paz "sólo (...) en la muerte, cuando ya no podía servirle de nada" (es decir, satisfacerlo a ratos).

Porque Camus, a fin de cuentas, "Siempre quiso salir", y en eso, yo, me siento unido a él y a tantos otros, "olvidados" o, de manera equivalente, tergiversados.