viernes, 23 de septiembre de 2011

El insoportable peso de la incoherencia intelectual (2): al César lo que es del César...




Como nos cuenta Tólstoi en su Confesión, la ansiedad que se apodera de él en su marha tras la pureza absoluta (o auténtica sabiduría) se originaba en su incapacidad para autolimitarse a ser un simple sirviente incondicional de Dios (en principio en los términos definidos por sus interpretes institucionales). Y esto sólo puede entenderse como un deseo inconfesable e incongruente de suplantar al Dios que se aspira a servir. Se reproduce aquí el ritual del antropófago que pretende hacerse con el poder de su enemigo comiéndose su corazón o su cerebro, e incluso el acto del depredador primitivo cuando daba muerte a los animales más poderosos con los que se medía, no necesariamente para alimentarse, y de cuya fuerza pretendía de ese modo apropiarse. Dios es la imagen sublimada del hombre, y por ello se intercambia al creador y al creado conjeturando que fue el hombre el que habría sido creado a Su imagen y semejanza.

Lo que se da a Dios (sea por parte del César, sea por sus súbditos piadosos) es la carga de la omnipotencia, algunas veces sentida firme y real y muchísimas más (sobre todo cuando se deja uno llevar por los deseos y los sueños de dominación) frustrada luego, hasta tornarse insoportable y de ese modo algo que se desearía castrar; vislumbrándose entonces desde las asunción de una sumisión absoluta (a la manera de Abraham, el personaje del Antiguo Testamento) hasta la de quitarse la vida o en todo caso arriesgarla o desgastarla in extremis (por ejemplo, a la manera del personaje Kressler de Papini en Una muerte mental -El piloto ciego-, aunque maneras de hacerlo hay y se hallarán incontables).

Lo que más insoportable le resultaba en realidad a Tólstoi, como él mismo confiesa es la conciencia del absurdo de la que nos hablará Camus un siglo después recuperando y extendiendo las preocupaciones de los herederos frustrados de la modernidad. Y ello más allá de los estereotipos y lugares comunes en los que cae al intentar hallar refugio en la religión; siguiendo el camino de la adopción formal y visible. Esa molestia esconde igualmente una "rebeldía" (explícita en Camus) que reafirma el hecho de que lo que se pretendía era alcanzar una conciencia del absoluto a la que se atribuiría el don de la tranquilidad, de la paz, de la satisfacción plenas. Y ello sólo revela un espíritu ávido de poseerlo todo como corresponde al más obsesivo de los tiranos, siempre dispuesto a caer en manos del diablo para conseguir para sí las "veinticuatro patas" que Fausto (Goethe) valorara sin tapujos como expresión de un poder siempre insuficiente, siempre deseoso de alcanzar una cota mayor, es decir, el poder representado por el propio Dios. Sin duda, una curiosa alianza, a primera vista contradictoria, obviamente hipócrita, pero demasiado humana para negarla. (1)

No obstante, Tólstoi se detiene al borde de la locura. La racionalidad en la que se ha conformado se lo impide. Ella lo lleva a reconocer que nunca podrá llegar a ser algo semejante a un dios y al fragor de la frustración se encamina en la dirección opuesta: intenta por fin renunciar a la omnipotencia propia y a someterse... y busca a Dios mediante la ritualización que se lo permita.

¡Y sin embargo, Tólstoi descubrirá que ese camino lleva a la pérdida de aquello que más valora y a lo que otorgaba signo de divinidad, de superioridad. Como sucede desde Sócrates y la fundación del espacio filosófico, la pureza del alma parece asociada indisolublemente a liberación de toda incongruencia, a una moral sin contradicciones, sin preguntas ambiguas o ausentes de respuesta, o con respuestas simplemente asumidas ad hoc; a eso que se llama lucidez, como Camus reitera bajo la denominación de "una conciencia atenta"! En definitiva: la renuncia a la omnipotencia humana y el consiguiente reconocimiento de la divina en un más allá inaccesible y oscuro, obliga al hombre a animalizarse, a perder su superioridad, incluso a perder su salvajismo, a volverse, en fin, un animal doméstico, a ser las patas adicionales de Otro. (2)

Una combinación que a priori parece aceptable es la solución cristiana: la asunción racional del dogma da más juego al pensamiento humano que la simple y utópica obediencia a La Ley sin discusión, como pretende la propuesta mosaica. El dogma (que convive con la filosofía y nace en oposición a la Tradición, esto es, contra la legitimación levítica de Isra-el) permite, contempla, abriga compasivamente, la realización de una cierta práctica reflexiva (una filosofía... la escolástica... a cuyo tribunal se somete en apariencia para que le dé una validez absoluta). En ese sentido, el dogma reconoce La Razón como la facultad más elevada del hombre y más distintiva... siempre y cuando sea una razón para justificar a Dios, a su servicio proselitista. El dogma puede incluso convivir con la duda siempre que esta se limite a las incongruencias que contengan las fantasías religiosas, que se dedique a limarlas, como hizo la escolástica y en especial Tomás de Aquino para conciliar la razón con la iconografía simbólica tomada como realidad misteriosa e inexplicable (Agamben hace un interesante relato de las discusiones escolásticas que surgen en torno al Día del Juicio Final y las contradicciones que provocan los intentos racionalistas al querer conciliar el realismo con la promesa de retorno a la vida para los justos que debe ser entendida como Real -véase Agamben, Lo abierto-). (3)

El drama de Tólstoi lo que sintió igualmente en carne propia Kierkegard al descubrirse incapaz de "simplemente obedecer a La Ley" a la manera del ejemplarísimo Abraham... (el mito bíblico narra la aceptación sumisa por parte de Abraham del encaprichamiento divino o juego cruel al que Dios lo somete como su siervo para probar el alcance de su fe, lo que se manifiesta en la orden irracional -y aceptada como inescrutable- de sacrificar al hijo que Él mismo le regalara tras una espera agotadora); algo que, por otra parte, ninguno de los sacerdotes judíos que pergeñaran ese pasaje bíblico, se le habría ocurrido pedirle a nadie en términos efectivos. El lenguaje del Antiguo Testamento es alegórico (véase Mary Douglas, El Levítico como literatura) que no deja lugar a la discusión, que se remite sólo a La Tradición y no a La Razón (Mary Douglas da el ejemplo del padre que prohibe al hijo tocar algo "porque sí" y "sin más" y que sigue reproduciéndose y multiplicándose hasta nuestros días en la educación cotidiana de nuestros niños). Lo que se se habría pretendido con la alegoría, en realidad, debió ser construir precisamente un caso inimitable, el caso de un santo que por definición no podía ser imitado sino tan sólo venerado por los mortales corrientes, un ejemplo al que en todo caso habría que aproximarse, con el que se identificara el ideal y en todo caso la autoridad del guía, estandarte de carne y hueso, encarnación vislumbrable del invisible Dios en el que se debía creer justamente por haber sido reconocido de esa forma y hasta ese punto por un hombre dignificado que de otro modo no habría podido llegar tan lejos de no ser santo y creyente. Una referencia mítica. Y, como tal, un típico enredo educativo y proveedor de identidad judía propia del lenguaje levítico (se trata en buena medida esta cuestión para Mary Douglas, ibíd.) y en todo caso del de la Antigüedad. "Ejemplo" del que, sin embargo, Kierkegard hará una lectura racionalista y moralista, es decir, una lectura cristiana (Kierkegard, Temor y temblor), algo que nos brinda otra faceta del conflicto del hombre reflexivo en la que nos detendremos. (4)

En efecto, la figura de Abraham tiene una faceta paralela de la que podemos sacar partido para comprender a los intelectuales, filósofos y hombre reflexivos en general. Abraham es un ejemplo de un individuo que logra dejar de pensar por sí mismo para someterse, pura, explícita y absolutamente a una colectividad (mediante la adopción de sus mitos, dogmas o reglas de conducta) por muy absurda o poco fundamentada racionalmente que se encuentre instituida, se conserve y justifique su supervivencia; la colectividad que se funde con su identificación con un Dios y unos preceptos morales o de conducta inscritos en su culto, un Dios como el que define los marcos de lo bueno y lo malo, de la continuidad o no en ella (La Alianza en el caso que nos ocupa). Una comunidad, a fin de cuentas, del estilo del Gran Hormiguero Humano descrita en 1984 en otros términos igualmente alegóricos, como en buena medida es fácil equiparar a la Unión Soviética o a la Kampuchea Democrática. Es decir, una maquinaria (social) donde globalmente impera el absurdo, la insensatez y el capricho inexplicable (e inescrutable so penalización extrema) conducente al caos, mientras sin embargo se crean y mantienen unas islas interiores aisladas, de racionalidad extrema, bastante autorregulados y autónomos respecto del resto (el Partido, el complejo militar secreto, los sistemas educativos, la policía, los correos, el ejército en guerra...), que se reviste a sí misma, mediante la ocultación y la acomodación pragmática a las circunstancias inmediatas, de imbatible, eterna, absoluta, inconmovible e inconmensurable... La colectividad definida como tal por la propia Ley (autolegitimada so pena de caer fuera del mundo) y la propia narrativa simbólica (lo que se consigue por oposición a los demás grupos sobre la base de un proceso de adopción de "lo contrario" y "lo notable", lo que puede ser "exclusivo" y "visible", lo que aparezca como "vacante" o "sin dueño"). Se trata de un fenómeno antropológico que ha sido mostrado acertadamente por Mary Douglas como identificación "contra todo lo demás" o realizada por medio de la negación o la oposición (Estilos de pensar), y a cuya panacea los opresores de todos los tiempos (y fundadores de mitos y regímenes) han apelado (entre los inventos de tal índole más próximos a nosotros y más ampulosos debemos incluir inventos tacticistas, de inmejorable factura burocrática, como la Alianza de civilizaciones y la Ley de la Memoria Histórica). (5)

Al intentar interpretarlo con un criterio racionalista, tanto Kierkegard como Tóstoi recaen en la desesperación, comprobándose que un ser humano cuanto más reflexivo es más en las antípodas está de lo que pretende: ser divino, dar pasos en esa dirección donde el poder se hace absoluto y donde, de ese modo, se comprendería el sentido de la autoconciencia y cesaría la angustia y la vivencia del absurdo. Como señala Camus: "La impotencia nunca ha inspirado acordes tan conmovedores como los de Kierkegard" (El mito de Sísifo). Se trata de la impotencia que se desearía asumir por entero (y es de igual índole que el deseo expresado de Tóstoi)... pero que no se consigue asumir, por lo que se sufre sin escapar de la angustia, sin dar "el salto", incluso retrocediendo espantado y huérfano, vedado el acceso por obra de lo que se supone más divino y más diabólico, "la conciencia atenta", a fin de cuentas... un castigo que una y otra vez expulsa a los hombres reflexivos del Paraíso... por no poder dejar de pensar (de tributar a "la nostalgia" que "es más fuerte que la ciencia" -Camus, ibíd.-... ya que en realidad esta ha sido igualmente determinada por aquella), por no poder dejar de ansiar hacerse con el árbol del conocimiento refundado de la greicidad y de nuevo de la modernidad. "Curarse es su deseo frenético", como dice también Camus en referencia a Kierkegard, pudiendo aplicársele igualmente a Tólstoi y a toda la intelectualidad occidental, creyente en La Razón.

No estamos ante un descubrimiento nunca visto hasta ahora. Aunque sí sucesivamente dejado de lado, no afrontado e incluso olvidado. El problema específico del hombre reflexivo, del pensador o si se quiere del intelectual había sido bien enmarcado muchas veces. Kant señala al respecto:
"El hombre reflexivo siente una desazón (desconocida por el que no lo es) que puede dar lugar a la desmoralización. Se trata del descontento con la Providencia que rige la marcha del mundo en su conjunto, cuando se pone a calcular los males que afligen al género humano con tanta frecuencia y -a lo que parece- sin esperanza de una mejora." (Probable inicio de la historia humana, en "Qué es la Ilustración", Alianza Editorial, Libro de bolsillo, Madrid, 2007, pág. 174)
Pero hasta ahora no se ha explicado el por qué de todos esos fenómenos: el por qué y la historia o genealogía de esa diferencia idiosincrásica señalada (entre intelectualidad y los demás, pueblo llano pero también sus dirigentes viscerales); causas de unas y otros o de su conformación, motivaciones reales de esa supuesta empatía y sensibilidad así como de su ausencia aparente; etc.
autopunición.

Para llegar a la raíz, debemos tomar en cuenta algo que está más allá de lo meramente psicológico (admisible hoy incluso desde una óptica socrático-cristiana que impulsa la "superación").

Que se abrace el Dogma y la Fe en la Verdad Revelada (fe que expresa una previa necesidad reflejada en la imagen que se construye de la propia experiencia como trascendental -como, por ejemplo, Voegelin dice en sus intercambios epistolares con Strauss-) en contraste y oposición al materialismo marxista o relativista, tiene razones de ser identitarias más que de fondo (ese fondo no pasa de ser "construido", como diría Goodman -Maneras de hacer mundos- sin que nos llegue a explicar empero la dinámica real que subyace tras esa construcción... de algún modo dada en un sentido que se contradiría con su propia tesis). Cuando se alza la Moral Cristiana contra el Cálculo Frío de los Comunistas se reproduce la alternativa de Dios en lucha con Diablo y poco más (lo que da lugar a la construcción de nuevos edificios racionalistas a cual más rocambolesco en sus intentos de conciliar la función nueva con el dogma antiguo). Sin embargo, la elección encierra algo aún más sustancial: en realidad, el Dogma Teista combate la supuesta pretensión que le atribuye al oponente de reemplazar a Dios por la divinidad humana, de apropiarse de la omnipotencia que le correspondería a Dios. En la lucha entre izquierdas laicas y derechas religiosas, lo que vuelve a tomar cuerpo es la imposibilidad humana para encontrar un lugar satisfactorio desde el punto de vista del sentido de su existencia como seres autoconscientes. La autoconciencia impone un estado de inestabilidad existencial que se mueve entre la certeza del propio poder (omnipotencia) hasta la entrega tendencial a las fuerzas de lo incomprensible (Dios, como animal doméstico; el instinto, como animal salvaje). Y como bien supo ver Kant, no es algo que afecte a todos los hombres por igual.

Estamos nuevamente ante el problema de la reflexión como problema específicamente intelectual, donde el problema humano de la conciencia es particular o fundamentalmente vivido por aquellos individuos que engarzan en el mundo en calidad de pensadores, de seres cuya reflexividad se convierte o más bien se conforma como el arma decisiva de su supervivencia. Sea esto por las causas combinadas que sea (genéticas, sociales, históricas... y hasta coyunturales), a quienes el rol adoptado, nunca del todo voluntariamente, les impone una actividad (o la elección y la conservación de una actividad) determinada, la cual, a su vez, los obliga a respetar y/o intentar modificar ciertas reglas más o menos ineludibles, como la de reproducir los rituales adoptados y construir discursos y narrativas coherentes, la de adivinar o la de calcular, cosas que a su vez retroalimentan las idiosincrasias específicas y consolidan los roles respectivos.

Toda la historia humana puede leerse desde este enfoque, en particular la inflexión que indudablemente aconteció el "día" (en el entorno de un tiempo) en que se legitimó la Filosofía como espacio separado del de los Reyes, hasta ese tiempo, sabios y decisivos, portadores de la Ley, la Verdad y la Justicia en una unidad (véase Michel Foucault, El orden del discurso)

Este problema, específica y demarcatoriamente occidental, da lugar a la formación de un estamento socio-profesional y a una práctica, la filosófica (que no la científica que se separará de ella luego mediante un proceso de inflexión menor -por estar incluso- pero igualmente significativo) que, desde su institucionalización en sentido estricto en el marco de la greicidad donde se constituye como espacio capaz de justificar el rol y su práctica, va adentrándose en su propia decadencia y ruina posmoderna hasta negarse cada vez más por ausencia de lugar para el ejercicio de un rol perimido (en un sentido objetivo y no como valoración). Decadencia y ruina con las que en germen nace en tanto pretende ocultarse a todos y a sí mismos sus pretensiones tiránicas y defender un método a la postre utópico: la recepción del poder absoluto en nombre de una semidivinidad imaginaria (la que se basa en que

Un fenómeno que en su dimensión humana global y en última instancia, nace y evoluciona (no siempre hasta sus últimas consecuencias) a lo largo de un proceso de lenta maduración a partir de la entrada del hombre en la era de su fragmentación social, donde se instituyen las primeras formas de domesticación de unos hombres por otros. Proceso en el que se cae necesariamente gracias a dos cosas: la omnipotencia innata e instintiva y la creatividad que se deriva de su aplicación, proceso que puesto en marcha sólo podrá realimentarse, reproducirse, consolidarse siguiendo las leyes de la evolución y adaptación tal y como hoy deben comprenderse.

Así, la autovaloración que hacen los intelectuales de su carácter y rol semidivinos es equivalente a la autodivinización en la que caían los tiranos clásicos desde los reyes más "sabios" -allí donde y cuando el rey y el sabio se reunían en una única persona- hasta las expresiones más extremas de la simple fuerza bruta. Estar "por encima" de los demás hombres, un fenómeno que no puede producirse ni se produjo jamás sin un cierto grado de concenso generalizado, al menos el mínimo necesario para consolidar una conquista y un sometimiento de unos sobre otros (camarilla, liderazgo consentido...), parecía confirmar que se trataba de unos hombres muy cercanos a los dioses. Los débiles eran los primeros en reconocerlo y en contribuir así a cimentar esa autoestima perturbadora para todos. Y de ahí a sentir que ello les daba derecho a unos honores o a entender que ello era la contrapartida justa que tal rol les confería, sólo había un paso: soportarlo lo hacía creíble, como apuntaría Kant.

Está más que visto y admitido que el punto de vista socrático-cristiano atribuye a la carne (y por extensión a la mundaneidad) un enorme e irresistible poder corruptor del alma o el espíritu, es decir, lo propiamente divino sustancialmente hablando. Sin embargo no podemos quedarnos sin intentar comprender algo más que un galimatías invitando a la penitencia, a la autocondena sin remedio, a la muerte en vida que a fin de cuentas significaría la consagración absoluta a Dios... por la vía de la autoestigmatización tolstoiana o la resignación kiergegardiana que se recrean sobre la base psicológica de quien sufre y lamenta la impotencia de no ser más que un hombre, y ello sin atreverse a comprenderlo o a asumirlo hasta las últimas consecuencias. Pero no se trata de una condena que se remontaría al pecado original. Se trata sólo de un fenómeno derivado directamente de la autoconciencia, un fenómeno por tanto... "demasiado humano" (y "natural") que por tanto no puede ser entendido sino como una emergencia surgida de resultas de la larga historia precedente y de las dependencias naturales sucesivas que la fueron definiendo. Y esto, a su vez, pone unos límites que no sólo derrumban las alusiones idealistas, platónicas, metafísicas (¡o filosóficas!), sino la propia idea subyacente de que la divinización es de uno u otro modo alcanzable por "el hombre" y que ella está vinculada a esa facultad en particular que exhiben los más reflexivos a costa de todas las demás (la astucia, por ejemplo, y la intuición...) menos pretensiosas en cuanto a los alcances de la capacidad imperfecta de cálculo y siempre entrelazadas las unas con las otras en un ser que crea o inventa para conservarse y nada más... aunque a veces se extralimite con todo tipo de consecuencias imprevisibles y hasta nefastas.

Se trata de algo que ha sido producido de esa forma y ha dado de sí todo lo demás, todo eso que llamamos mundo que tras cada instancia pesa más. ¿Reclamo así una especie de "realismo"? (6)

Tal vez... Uno, a fin de cuentas, es lo que es.


* * *


Notas:

(1) El paralelo entre intelectuales y tiranos repugna instintivamente al intelectual medio y es lisa y llanamente negada a priori sobre la base de su mediocridad e hipocresía. He tratado este tema varias veces con referencia a Nietzsche, que dejara buen registro del fenómeno, aunque sin completar la descripción de su dinámica, la cual no es sino una expresión más de la conducta "demasiado humana" que se repudia por "demasiado animal".

Esta cuestión ha sido objeto de estudio y de debate (aún no del todo radicales), como se aprecia en torno al Hierón de Jenofonte, en el estudio del mismo por Leo Strauss (Sobre la tiranía) y en los debates que suscitó este texto con Kojeve y Voegelin, donde el discípulo de Sócrates pone en escena un diálogo que enfrenta a un tirano visceral con un filósofo al que le pide consejo para sobrevellar el rol asumido. En su comentario, Kojeve reconoce el común deseo de obtener honores que asiste a ambos y que sin duda es un punto en común que sin embargo será resuelto de un modo diferente por cada cual.

(2) Este punto es una de las piezas clave de mis tesis: los no-intelectuales a diferencia de los intelectuales pueden seguir fácilmente esas sendas de adopción de rituales y de mitos sin preocupación por la existencia de contradicciones discursivas/narrativas. Esta preocupación se manifiesta como casi obsesiva en el intelectual que filosofa, en el filósofo, en el individuo que se siente obligado por una u otra causa a dar cuenta del mundo para conservarlo y curar sus supuestas enfermedades o para revolucionarlo y extirparlas.

(3) Agamben señala que el "reconocerse hombre" que sería distintivo de la autoadjudicación instituyente según Lineo, impondría... Sin duda, el símbolo etiqueta con fines identitarios y en este sentido sin duda hay un artificio ("máquina") cultural
instituyente: ¡justamente por eso es inextirpable y ni siquiera autoreprimible... salvo en el marco de la dominación u opresión en el cual impera la hipocresía y el angaño, es decir, la apariencia oportunista, o en todo caso la represión. El problema que representa la emergencia de la omnipotencia humana como resultado de la actividad consciente (que necesita creerse capaz de todo y avanzar en la consecución de su pulsión aún a costa de frustrarse y reponerse de la frustración) es que no es ni extirpable ni reprimible a la vez que es irrealizable, la condena es trágica, el resultado ruinoso, caótico, colapsante... Las esperanzas se pueden poner en la educación o en la represión o en una combinación de ambas... y todo intento esconderá siempre el dejar en manos de algunos el ejercicio de la hipocresía, en otros el autoengaño, en la mayoría el silencio y la práctica solapada del subterfugio (el echa la ley, echo el engaño). Lo que sucede no es que se sea semidivino ni semianimal, sino que se es superanimal.

(4) Kierkegard (con un claro carácter herético desde el enfoque de la institución establecida, a la que se acusará otra vez de mentirosa y desconcertante -en esto se puede ver un significativo paralelismo con relación a los marxistas consecuentes y las experiencias comunistas institucionales), dando por real la figura de Abraham que da la Biblia, se reconoce incapaz de imitar a quien sólo puede ser un personaje de ficción de una moraleja, inventado con fines identitarios (para la fundación del pueblo que rompe con El, o Isra-el; véase más al respecto en mi nota 5): "no soy capaz", dice, "de...." (Temor y temblor). Su conducta débil o de segundo orden ante la fe que no osa poner en duda y en cierto modo, parece desear haberlo podido evitar, es decir, haber sido capaz de la conducta que indiscutiblemente admira en Abraham (un personaje sin duda simbólico e identirario al que, por fe, da por un ser humano vivo en su época... pero ¡ya hoy irreproducible!). El ejemplo de Abraham, que considera imposible de seguir por sí mismo (y de hecho no ve reproducible en el presente), sólo puede ser considerado "un caso particular" de "santidad" que sin embargo soporta el acompañamiento inconsecuente de fieles de segundo orden, pecaminosos, débiles, inseguros, inestables, confusos... La propia jerarquía es expresión de más inconsecuencia que muchos "caballeros de la fe". Sin embargo, el ideal de conducta sigue siendo referencial, y lo que propone en el límite no es ni más ni menos que un abandono de la omnipotencia humana, un reconocimiento de la impotencia propia, de la subordinación de toda acción a los designios divinos. No se trata pues sólo de rellenar los huecos que deja "la descripción humana de la realidad" mediante referencias metafísicas de diverso orden, sino de anular idealmente (o en todo lo posible) esa "falsa" convicción que despierta en el hombre debido a su conciencia y a su capacidad creativa. Sin duda, siendo esta última limitada, siendo frustrante no poder ser igual al Dios que por fin se construye como proyección del deseo, cabe cedérselo todo, incluyendo la facultad más o menos aparente, más o menos cierta (en tanto artículo de fe colateral), del libre albedrío cuya aplicación sólo será finalmente juzgada (se deja para que no se ejerza, se deja con la misma crueldad paternalista con la que se deja a Abraham sufrir durante todo el camino hasta el monte).

(5) El carácter de personaje construido en función del mensaje bíblico es racionalmente evidente. Abraham no puede existir ni pudo existir como persona de carne y hueso y del mismo modo que el Dios de Isra-el componen la conjetura identitaria de un "pueblo" que se funda en la idea de un tipo particular de Dios y un tipo particular de conducta humana legítima y sagrada. Son ambos elementos de esa fundación identitaria de la que Mary Douglas dio tan buenas pautas en relación al Levítico. Esa conducta ejemplar propone un abandono absoluto de la propia omnipotencia que es enteramente cedida a Dios, al que hay que obedecer ciegamente, sin comprender, y al que (a la vez) se lo inviste de Instructor Principal o Máximo: con la conducta por fin puramente educativa, paternalista-patriarcal, benevolente y cariñosa para con sus siervos obedientes, Dios acaba por ser digno de confianza y de amor; lo que constituye el final de la lección o del mensaje capaz de reforzar la identidad de un pueblo. ¡Estareis siempre a prueba so pena de ser expulsados del grupo y de los objetivos que este promete alcanzar para todos!: este es el mensaje proselitista.


(6) ...en todo caso a la manera en que Nietzsche pidiera que fuese reconocida "la realidad" (Ecce homo y/o Más allá...), negando sin embargo (ideológicamente) el movimiento real que sin embargo ella seguía, es decir, conservando las esperanzas "a pesar de...", como auténticos alcoyanos y... como auténticos prisioneros de la propia "obra" (la "jaula", la autoestima, la omnipotencia, que Heidegger llega a señalar como "peligrosa" aunque inevitable ¿salvo vía aislarse?).

La posibilidad de un pensamiento no ideológico, y no mítico, podría referirse a aquel que pudiera ser no socio-profesional (que entre otras cosas no puede atribuirse estar basado en algo así como una "ciencia en sentido estricto" que vuelve a reinstalar en pie la esperanza de una conciencia capaz de realizar su esencia o destino de divinidad (lo que Husserl y Heidegger proponían como factible de hecho). cabe sin duda la defensa de la crítica que reconoce su impotencia práctica o dominadora y que sabe que toda propuesta tiene tal intención y llevaría a su propia tergiversación, como ha sucedido hasta ahora con toas las utopías bienintencionadas.

Rescato en cualquier caso el coraje reflexivo que se afirma en la premisa del "cuanto más hay que dudar" de Nietzsche y reconoce la dependencia de la época y del mundo que a pesar de lo deseado contribuye a conservar. Rescato pues estar preparado, con la "conciencia atenta" que reivindicaba Camus para apreciar las "vivencias necesarias para ver y oír". A fin de cuentas, se trata del ejercicio de la facultad de cálculo que le permite rehuir del riesgo a los intelectuales... facilitándoles la marginación y haciendo que la sufran.

martes, 13 de septiembre de 2011

Un cuento que integra la antología "Once tiempos de futuro" (Amazon)

El hombre que aprendió a alterar la armonía del Universo

Durante mucho tiempo, Grecia fue el lugar más armonioso del Universo. Era difícil encontrar un griego que no lo viera así. Yo sin duda, no la habría cambiado por nada del mundo, ni siquiera por aquellos paraísos que vaticinaban los oráculos o que tomaban forma en el agua de las fuentes sagradas. Por mí el futuro podía guardarse para sí todos esos puertos deportivos y yates de diseño que prometía, y todas esas mujeres semidesnudas que tomarían el sol en las playas de nuestras encantadoras islas, y los hoteles de lujo y los casinos, y los coches de motor descapotables, y millones de electrodomésticos que, año tras año, serían más y más sofisticados a la vez que sistemáticamente rebajados (¡eso, al menos, era lo que se veía en la superficie de las aguas mágicas). Pronósticos todos que, de cualquier modo, dudo mucho que podrán cumplirse. Podemos admitir que cualquier futuro sea posible, y a la vez que ninguno se podrá garantizar jamás por mucho que lo parezca, como bien decía mi esclava persa, que prefería ver el porvenir en el fondo de las tazas de té que me servía. Pero lo que nadie habría podido imaginar, ni nosotros, los griegos reflexivos, ni la esclava más clarividente, es que un día dejara de haber sitio para todo futuro; insisto: para todo futuro, para el futuro en general. Ay, tras negarme a ver la potencia que encerraba el huevo de Pandora, ya no puedo sino confirmarlo. Así es, digo para nada y para nadie mientras todavía me interrogo, débil y confusamente ya, mientras siento en la psiquis que la mismísima sensatez se desintegra, por lo que pudo llevarnos hasta esa perspectiva que no puedo negar porque la estoy viendo mientras se desarrolla con estos ojos míos que en breve se habrán de cerrar..., qué digo, de descomponerse, definitivamente. Lo admito con la vehemencia que me infunde ver cómo pronto sólo seré unos ridículos átomos dispersos en el seno de vaya a saber qué monstruo, si es que no acabe por ser meramente un poco de… vacío. Ay, eso no podré ni elegirlo ni saberlo, porque mi final, como el de Grecia, sólo están, nunca mejor dicho, en las manos del fabuloso Hipaso, que en los buenos tiempos fue un hombre corriente y un amigo.

Todo comenzó aquella tarde en que Hipaso perdió a los dados por enésima vez y tuvo que entregar hasta la túnica. No fue ni mucho menos el único en el mundo que lo perdiera todo, pero la mayoría que yo supiese consiguió reponerse y comenzar de nuevo. Y pensé que ese iba ser el camino que seguiría Hipaso al emplearse en casa de Demócrito, el tendero, con la misión de cuidar de sus telas y tapices, una necesidad del comerciante ya que debía ausentarse cada tanto para realizar sus suculentos resultados (un negocio ciertamente arriesgado para ser tan poco honroso). Pero pronto comprendí que Hipaso no había aprendido nada del error que había cometido y que seguía empeñado en sentirse el mismo aristócrata de antes. Como él contaba a quien quisiera oírlo, se despertaba tarde día tras día, después de continuas noches en vela, y se dormía en el trabajo sobre los tapices de su empleador cuando no soñaba despierto sin atender a lo que lo rodeaba y pretendía interrumpirlo, la psiquis ocupada todo el tiempo (no diría que en razón a la nostalgia sino más bien a la ansiedad que lo debía consumir por dentro) en un supuesto dilema: según él, había en la casa del tendero una misteriosa habitación tapiada, justo detrás de una pared que lindaba con el monte, donde sostenía que el comerciante guardaba sus más preciadas riquezas. Hipaso hablaba de ello toda vez que podía y donde se encontrase con alguno, como buscando una respuesta que lo liberara del delirio en el que por lo visto se iba hundiendo, aunque él decía que lo que él buscaba era la verdad del Universo. Su desesperación nacía de la certeza de que el cuarto o la caverna en cuestión no tenían puerta alguna... Yo era quien más seriamente lo escuchaba, ay, como el amigo más dilecto que tenía por entonces; el único que no se reía de él, como sus demás oyentes, cuando contaba que Demócrito debía tener una clave secreta o poderes mágicos para entrar allí y depositar el oro y las joyas que traía consigo a su regreso y salir con lo que necesitaba para las compras de ese día; algo que hasta el momento no había conseguido ver con sus propios ojos, como es obvio, pero que daba por seguro.

Yo no estaba dispuesto a festejar sus estupideces ni podía considerar loables sus locuras. E inevitablemente, se me hizo presente la historia que me contó Zaida, mi esclava persa, la de los posos de té; historia de la época en que ella le había pertenecido hasta que Hipaso me la vendió a un precio de remate, una de las tantas veces en que optó por continuar jugando pese a que la suerte le estaba siendo adversa. ¿Es cierto eso?, recuerdo que exclamé. ¡Sí, mi amo!, afirmó ella, Yo comprendí lo que decía porque en mi vida anterior fui una princesa… y no sería yo la que instigara una rebelión antiesclavista… ¡ni mucho menos! O sea que mi amig… ¡ese tarado!, había reunido una vez a sus mismísimos utensilios parlantes (a los que, recordé también, llamaba hombres y mujeres en un ostensible insulto a sus propios compatriotas) había llegado a la temeraria insensatez de incitarlos a que se rebelaran de una buena vez contra su propia idiosincrasia?! Eso no se puede hacer... ni borracho, como se suele decir. Tuvo suerte que ni nuestros comunes amigos esclavistas ni tampoco sus esclavos, hubiesen sido capaces de comprender lo que dijera y en cualquier caso tomarse aquello en serio. Una suerte que, ahora sin embargo lamento… siempre y cuando no se hubiese propagado como reguero de pólvora.

En fin, sirva o no para algo a estas alturas, quiero dejar constancia en mi descargo de que yo, desde un principio, puse en duda la cordura de Hipaso. Me lo dictó mi natural prevención antes incluso de que me refiriera aquello Zaida. Por eso no me resultó nada sorprendente que un día me abordara con aquella pregunta críptica cuyo propósito no parecía descifrable: "¿Sabes cuántas riquezas se guardan en el mundo de mil costosas maneras?" Ni que añadiera muy ufano, cambiando a todas luces de tema aunque como si no fuese así: "¡Oh, amigo mío, no te puedes hacer una idea de la satisfacción que me produce ver cómo cada noche que pasa comprendo mejor a mi maestro de filosofía!" Ni, tampoco, que, al preguntarle a mi turno a quién se refería... me diese el nombre del tendero, de su empleador, el de las telas, el comerciante.

Ante aquellas incongruencias evidentes, ¿cómo no concluir que estaba loco? Sin duda la bancarrota lo había desquiciado, lo que no contradecía sino reafirmaba mi tesis de que la demencia que sufría no era repentina sino que había estado mucho tiempo latente, aletargada, hasta que había despertado. ¿Quién que no predispuesto a la locura se pondría a estudiar filosofía cuando lo principal era la supervivencia básica? ¡Si todavía fuese enseñarla…! Se lo decía, claro que se lo decía, pero fue completamente inútil. Peor aún, cuando lo hacía, él comenzaba a hablarme de... de monedas de oro y de piedras preciosas, rojas y azules y de muchos más colores y de que muchas habían pertenecido a un tal Alibabá o algo parecido, un amigo oriental del tendero, dije yo. E interrumpiéndose cuando intentaba obtener alguna precisión al respecto, me miraba fijamente, me sacudía asiéndome por las ropas y exclamaba: "¡No lo entiendes: eso no es lo más importante; lo que importa es que sólo haya átomos y vacío!" Estaba loco fuese como fuese, no cabía duda alguna.
Y lo largo de los días que siguieron lo hallé cada vez peor, cada vez menos digno de todo tipo de crédito, insistiendo una y otra vez que sería el saber (¡y no el trabajo!) lo que le devolvería las riquezas perdidas.

Ahora lamento mi egoísmo y mi desdén; lamento, sí, haber optado por tomar distancias ante el temor, incuestionablemente lógico y razonablemente fundado de que, cuando al cabo de la línea perdiera su trabajo, cuando por fin fuese incapaz de obtener siquiera unas monedas con las que poder invitar a los amigos, a esos que le festejaban sus penosas ocurrencias, acudiría a mí para pedirme cobijo, techo, comida, tiempo y atención… Esa perspectiva, lógica y razonablemente, me aterraba. ¡Oh, debí pensar en consecuencias más peligrosas y actuar de un modo bastante más drástico!

Recuerdo todavía aquella tarde en que yo salía satisfecho del teatro, donde me había entretenido con una buena comedia, para encontrármelo allí de sopetón, aunque por suerte de espaldas, de pie junto al muro exterior, hurgando entre las piedras y escarbando en la argamasa. Mi reacción inmediata fue la de cambiar de rumbo y alejarme antes de que me descubriese, pero, al verlo tan absorto, volví sobre mis pasos para pasar junto a él y observar por encima de su hombro qué lo podía estar entreteniendo tanto. Así pude comprobar que jugueteaba con la piedra pasando con delicadeza las yemas de los dedos sobre los enormes bloques, quizá imaginando, qué si no, que aquella era una gigantesca gema o parte del fantástico muro de oro de Alibabá; creyendo, vaya uno a saber, que el muro entero era un tesoro o dibujando una puerta imaginaria por la que pensaría pasar del otro lado. ¡Yo mismo estuve a punto de dejarme contagiar por esas ilusiones demoníacas! Pero supe reaccionar y acabé por alejarme corriendo.

Vino a verme al cabo de unos días, temprano por la mañana aunque con cara de no haber dormido nada. ¡Zas, me dije, lo que me estaba temiendo! Y ya estaba yo elaborando mi discurso; ese de que yo no puedo hacer nada, de que si no has sabido ayudarte a tí mismo cómo piensas que... y de que era evidente que lo tuyo era un caso perdido... cuando, sin que yo llegara a decir nada, comenzó a abrir ante mis ojos unas manos temblorosas mientras no dejaba de jadear. El sol me daba en la cara y no supe inicialmente determinar qué producía esos brillos hipnóticos que salían de sus palmas extendidas, por lo que me acerqué más aún sin resistencia. ¿Monedas de oro? “¡Es increíble!”, exclamé, "¡De modo que el hombre ha sido bueno contigo a pesar de tu comportamiento y te ha dado esas monedas para que lo dejaras tranquilo!" "¿Qué…?", repuso él como quien no pudiese entenderlo, "¡Estas monedas son el primer resultado de los poderes que adquirí estudiando! ¡He superado a mi maestro y he sido yo quien lo ha dejado! Deja que te lo explique todo…"

Nuevamente intenté evadirme, olvidarme de él, ignorarlo. Me daba igual que le hubiera robado al pobre comerciante, que fuera rico incluso y que huyera hacia las tierras bárbaras con su ridículo tesoro. Lo que no podía admitir es que me involucrara. Me volví hacia mi casa con un ademán más que explícito. Pero él dio un salto y se interpuso. Pero eso no fue lo peor ni lo que me obligó a escucharlo. Lo peor fue que pudiese demostrarme que no estaba loco, al menos en el sentido que yo había considerado, y que tampoco mentía, que no fabulaba ni engañaba. Lo grave fue que pudiera enseñarme en un pis pas que había aprendido a hacer cosas que habrían dejado maravillados a muchos… menos a mí, porque a mí sólo me produjeron repugnancia. Pero lo verdaderamente improcedente fue mi propia conducta y rendición momentánea, la parálisis, la curiosidad paralizante que permitió que se fuese sin más en lugar de detenerlo de inmediato, de cualquier modo que fuera. Porque poco después sería demasiado tarde.

Hipaso comenzó por el principio, por el día de la última apuesta fallida, un día clave para él porque fue en el que conoció a Demócrito, el de las telas. Resultó que él también era un tipo raro, pero Hipaso, como él mismo reconoció, ya no tenía nada que perder. Sí, dijo, el comerciante le propuso que cuidara de sus mercancías, pero no era eso lo que más le interesaba sino contar con un buen discípulo, a quien poder educar, dado que nadie le hacía mucho caso. El tal Demócrito, continuó Hipaso, postulaba que el mundo era muy simple a pesar de las apariencias, de las múltiples formas, y de los muchos puntos de vista. Según él, continuó contando Hipaso, el mundo se componía sólo de átomos y de vacío. "Recuerdo el día en que me lo dijiste", lo interrumpí demostrándole un interés del que yo mismo me estaba sorprendiendo a lo que replicó: "Pero yo no me quedé en el postulado y decidí seguir investigando, prestando atención práctica… espiando…"

Mientras él detallaba los pormenores de sus pasos, yo me senté a observarlo y por momentos no pude evitar dejarme llevar por mis propias reflexiones. En nada me parecía extraño que un comerciante pensara de aquel modo. Era muy propio de alguien acostumbrado a traficar con cualquier cosa de igual modo, a cambiar un objeto por otro fueran los que fuesen sus respectivos aspectos, sus pesos o sus estados, mientras una de ellas le resultara útil o atractiva a alguno y la otra fuese objeto de futuro cambio. ¡Incluso siendo alguna de ellas o las dos etéreas o efímeras, reales o imaginarias…! Sofismas, me dije, que sólo pueden conducir al igualitarismo y a la confusión; ay, entonces no llegué a imaginar hasta qué punto.

"Lo dulce es dulce, lo amargo es amargo...", escuché de repente. No, en aquel momento no creí que mis juicios anticipasen los hechos que tendrían lugar al poco tiempo y que nadie habría podido adivinar. Entonces la narración volvió a captar mi atención porque en ese instante Hipaso concluía: "...pero en definitiva sólo hay átomos y vacío. Y eso sólo podía significar una cosa, que ese vacío se puede desplazar, quitar de un sitio y añadir a otro. ¿No te parece, amigo mío? Y eso es lo que por fin he aprendido a hacer."

Lo miré desconcertado. Y no pude evitar preguntarle cómo.

"¿No es el propio cuerpo lo más próximo al deseo y a la voluntad? ¿No obedece a nuestra mente cuando ésta quiere llegar a alguna parte y así se pone en pie, se pone en marcha, inventa un carro, pone delante uno o más caballos, los fustiga con un látigo...? Pues, funciona, te lo puedo asegurar." Y expuso su sistema que, gráficamente, consistía en apoyar los dedos de una mano (¿por qué no los de un pie, por qué no la nariz con igual eficacia?) formando un haz sobre, por ejemplo, la pared de un habitáculo hermético, aplicar a continuación la voluntad sobre los átomos de los propios dedos e irlos separando luego, mientras comenzaban a hincharse, esto es, a llenarse con el vacío que constituía, armoniosamente hasta ese instante, el material del muro. La hinchazón, a medida que aumentaba, me explicó con esmero, aceleraba poco a poco el proceso. Hasta que por fin, en la pared se terminaba produciendo una abertura todo lo grande que su voluntad quisiera. Un agujero por el cual podía introducirse un hombre entero para volver a salir con todo lo que uno pudiera cargar consigo, como las monedas de oro con las que momentos antes había llamado mi atención. Atomos y vacío, repitió sin lugar para el remordimiento.

Tuve que rendirme a la evidencia, porque lo vieron mis ojos. Eligió el tronco de uno de mis árboles, obviamente de madera como el arca de Demócrito, y pidió mi autorización, que obtuvo: ¿qué otra cosa pude hacer, negarme, volver la cabeza, continuar ignorando lo peligroso que era? ¡Oh, fue tan desagradable ver cómo los dedos que apoyaba en el árbol se le hincharon hasta tomar la forma de cinco enormes berenjenas mientras el tronco se arrugaba como una pasa o como un extraño envoltorio de papel en cuyo interior actuaran invisibles fuerzas centrípetas! Pero no todo acabó allí, porque enseguida, interrumpiéndose en un punto cualquiera, separó los dedos del pobre y retorcido vegetal para posarlos en uno de mis hermosos bancos de piedra, el cual comenzó a inflarse de repente mientras sus dedos volvían paulatinamente a la normalidad, a inflarse hasta tal punto que al cabo de un momento comenzó a elevarse. ¡Había descargado en el interior de la piedra el vacío que había tomado del tronco! ¡Había convertido mi banco de piedra en una especie de pájaro o de cometa, e hizo... hizo que se perdiera en el cielo! Por un instante creí que las piernas no me podrían seguir sosteniendo, y hasta imaginé que parte de su vacío interior era succionado por mi diabólico ex amigo. La idea me sublevó y sin poder evitarlo le grité desaforado, sintiendo por momentos que me faltaba el aliento: "¡Vete, desaparece de mi vista! ¡La... ladrón, ladrón miserable!" Pero por lo visto mis palabras no sirvieron para amedrentarlo y esbozando la sonrisa más burlona que yo haya visto nunca, retrocedió unos pasos. "¡Maldito!", pensé mordiéndome los labios, "¡Ya tendrás noticias de Zeus cuando El vea mi banco atravesar sus nubes!" "¡Sólo hay átomos y vacío!", dijo nuevamente, como si me estuviese replicando, para darme luego la espalda y abandonar mi casa con brincos de sileno, primero sobre un pie y luego sobre el otro, a veces apoyando las manos en las paredes como si fueran simples patas delanteras, soltando carcajadas que a cualquiera habrían inspirado lástima, menos a mí, que ya había comenzado a odiarlo.



¿Sólo átomos y vacío? El vacío lo tenía yo instalado dentro. Porque aquello bien pudo quedar en una demostración graciosa, en un acto que habría que repetir en público, bajo la carpa de un circo (ambulante incluso, que es algo que aún no se ha intentado en estas tierras y que podría ser bienvenido y provechoso). Pero no fue así, y yo fui el primero en ver que aquello escondía una amenaza.
Por eso no me quedé allí, viendo cómo se alejaba, escuchando su risa hasta que se apagó a lo lejos, intentando olvidarme nuevamente de él y de su locura. No, esta vez no; y sin pensármelo otra vez me lancé a seguirlo como un tonto, trotando tras sus brincos. Y subí y bajé, bajé y subí con él mientras perdía la noción del tiempo y de la distancia recorrida hasta que de pronto me encontré en las afueras, en pleno monte, donde de repente lo perdí de vista. El sol caía a pico desde lo alto y me dirigí hacia un bosque cercano guiado por la intuición. Allí la luz del sol, que se filtraba por entre las ramas, aumentó el carácter mágico de las circunstancias y comencé a tener miedo.

Al rato me topé con pistas de Hipaso, señales inequívocas de que por allí había pasado. Las primeras fueron de por sí dudosas, tal vez meros nidos en los troncos, guaridas de pequeños animalejos del bosque, madrigueras en la tierra, agujeros en donde los árboles habían lúcido esos nudos que los embellecían, como si estos se hubiesen desprendido o se hubieran licuado. Pero Pero más allá, del otro lado del bosque, pude confirmar que había seguido la dirección correcta. Se abría ante mí un prado y a lo lejos venía hacia mí una curiosa manada de ovejas. No venían corriendo, moviendo con celeridad sus cortas patas, sino más bien rodando, algunas incluso rebotando contra el suelo, gordas a más no poder y sin embargo ligeras como plumas, obviamente semivacías por dentro, fácilmente empujadas por el viento. Entonces también vi que se acercaba un hombre. Caminaba con lentitud, tambaleándose, débil como si hubiese sufrido hasta ese mismo momento un largo ayuno. No era Hipaso, a quien deseaba y no deseaba encontrarme de nuevo; ya no estaba seguro. El hombre tenía la mirada perdida y un agujero lo atravesaba de lado a lado.

-¿Buscas a tu rebaño, verdad?- dije adivinando que sería el pastor.

Sus ojos parecieron buscar el origen de mi voz en algún lugar distinto de aquel en el que me hallaba, justo delante de él por cierto. Dirigía la vista sin ton ni son hacia arriba y abajo, a uno y otro lado, mientras la cabeza se inclinaba como si pesase más de la cuenta y él ya no la pudiese sostener. No entendí si negaba o afirmaba, pero yo, gentilmente, le señalé el bosque y las copas de los árboles donde sus animales se habían internado, perdido o atascado. Ahora tendrá que recolectarlas, tendrá que aprender el oficio de fruticultor, pensé ciertamente dolido. Ay, he ahí el peligro: con sus jueguecitos, Hipaso amenazaba no sólo la forma de nuestro mundo sino la supervivencia de todos. ¿Cómo se podía acabar de ese modo y de un plumazo con la vida de ese apacible anciano a quien la edad no le permitiría comenzar de nuevo, olvidar lo aprendido y disponerse a ejercer una nueva profesión? ¿Qué podía sucederme a mí si Hipaso convertía a todos mis esclavos (y no digamos a todas mis esclavas) en fofos flotadores incapaces de servir las comidas (y de proveerme de satisfacciones en la cama)? El ulular que el viento producía al pasar por el agujero abierto en el cuerpo del ex pastor me trajo de regreso a la realidad inmediata. Dejando atrás al pobre hombre, me lancé campo a través tras Hipaso. Poco después divisaba una pequeña aldea donde pensé que encontraría algo de hospitalidad. Debía reponer fuerzas y, sobre todo, pensar. En la medida en que me acercaba, el ímpetu volvía a amainar. Sí, lo peor que podía hacer era precipitarme. El recuerdo del ulular del viento volvía a mí traducido de tanto repetirlo en la cabeza y pude comprender lo que decía: "miiiiiiiiiiiiiiiiiiiialmmm mmmaaaa mmmmiiiiiiallllmmm...", claro, el alma, que evidentemente había perdido.

Los agujeros en muros y calles ya no llamaron mi atención. Y no me parecieron suficiente razón para que allí no hubiese ni una sola persona. Sinceramente, temí por las vidas de los pobladores ya que no podía imaginar que los trucos de Hipaso pudieran hacer huir a la gente que hubiese vivido siempre allí y menos a sus animales. Entré en las casas abandonadas, encontré muebles inflados pegados a los techos, animales domésticos reducidos de tamaño por delante, en el medio o por detrás, sin el menor sentido de la estética, que se arrastraban pesadamente como mejor podían o emitían extraños silbidos por donde les era posible. Especial pena me dio un caballo blanco cuya cabeza agigantada apenas si se sostenía en el extremo de un cuerpo escuálido de delgadísimas patas. En una bocacalle me faltó el aire. Inspiré con fuerza, pero no logré introducir nada en mis pulmones. Presa del pánico retrocedí unos pasos y comprobé que allí todo volvía a la normalidad. Volví a intentarlo dos o tres de veces porque no me lo podía creer. ¡Asombroso!; Hipaso había dejado un agujero en el aire, ¡un agujero lleno de vacío! En ese momento, una nueva bocanada de coraje me llenó los pulmones. Alcé la vista al cielo con la intención de formular una plegaria, pero una nueva visión se superpuso volviéndome a dejar boquiabierto: allí, por encima de la aldea, planeando como una monstruosa ave de rapiña, estaba Hipaso rodeado por los aldeanos y aldeanas que muertos de miedo danzaban entrelazados más por temor que por exigencias de la coreografía.. "¡Hipaso!", le grité al reconocerlo, "¡Baja inmediatamente y deja que esa pobre gente que no te ha hecho nada vuelva a tierra!"

El muy bruto había vuelto a jugar vilmente con su propio cuerpo y con el de los habitantes del lugar. Parte del mismo estaba inflado del vacío de los animales y las cosas y lo mismo había hecho con las barrigas, las cabezas o los pechos de los otros, eso era lo que los mantenía en el aire. Él dirigía el baile de los cielos. Cuando alguno, incluso él mismo, subían demasiado, descargaba un poco de su vacío en una nube o en el propio aire, llenándolo de agujeros, maldita sea, invisibles e irrespirables, que quedaban diseminados por el cielo, perjudicando a los propios bailarines, a los pájaros que pasaban y hasta a los dioses sin ninguna duda. Si descendían más de lo deseado, pues hacía lo contrario: les inyectaba vacío que obtenía de las nubes sin preocuparse de que así provocaba peligrosas bolas de granizo que caían a tierra, grises o blancas, perforando lo que encontraran a su paso.

-¡Ay, Hipaso!- le grité- ¡Deja ya de hacer el loco y baja! ¡Vuelve a tu estado natural! ¡Deja en paz a todo el mundo!

-¡Oh!- me respondió sin hacer lo que le pedía, por supuesto- Esto es tan divertido... Aquí se puede bailar mucho mejor que en tierra firme. Y pasear, y pensar con más frescura. ¿Sabes?, creo que voy a alterar la armonía del mundo. Quizá sea más divertido con todo del revés. Quizá...
Se me escapó un gritito, tan débil que no sé si él lo alcanzó a oír. El coraje y la rabia pudieron más que mi prudencia.

-¡Me obligarás a declararte la guerra!

-¡La guerra, qué buena idea! ¡Eso sí que resultará divertido!- respondió-. ¡Será una guerra atómica!



Recurrir a Demócrito fue inútil. Era más científico que comerciante y me decepcionó. A él no le preocupaba lo más mínimo cómo se distribuirían los átomos y el vacío en el futuro: "En todo caso, será cuestión de adaptarse; de estudiar un mundo diferente." Ni siquiera se molestó por el robo de sus monedas. Al respecto, sólo dijo "¡Bah!"

En los años que siguieron, la situación se fue agravando. Hipaso se rodeó de discípulos, algunos de los cuales acabaron por desperdigarse por el mundo, vaciando unas cosas  e insuflando otras, consiguiendo que muchas (algún que otro continente incluso) se hundieran para siempre en las profundidades del mar o de la tierra, mezclados sus átomos con los de los mismísimos infiernos, y permitiendo que otras desaparecieran en el infinito.

Al mismo tiempo mis huestes también se multiplicaron. Sí, nos costó aceptar a los bárbaros, a las gentes oscuras del sur y a los demasiado blancos del norte, con sus hoscos modales y su incapacidad para la lógica, pero eran buenos jinetes o buenos caminadores y no temían a la muerte ni a los agujeros. Tuvimos que admitirlos porque cada vez éramos menos. Incluso debimos liberar en cierto modo a los esclavos o al menos prometerles la libertad como premio a su arrojo, obviamente, todo hay que decirlo, cuando su acentuada surperchería y sus temores a perder el alma no fueron motivaciones suficientes para combatir a los diablos. Yo comprendí que el riesgo que corríamos era enorme, que de una forma o de otra podríamos perderlo todo, pero nada me parecía comparable al mundo que Hipaso nos auguraba; nada de nada o sólo la nada se podía comparar con el vacío.

De ese modo, conseguimos que muchas ciudades resistieran con heroísmo y que algunos adeptos a Hipaso pudieran ser apaleados hasta la muerte mientras dormían agotados, aunque a veces a costa de perder vacío, a ganar unos agujeros de más o simplemente a coger escandalosos vientres o jorobas. Pero aquellos fueron casos excepcionales. Lo más frecuente fue, por el contrario, que tras capturarlos y encerrarlos, escaparan sin dificultad, abriendo brechas en los muros más gruesos o ensanchando los grilletes. Intentar lapidarlos, sepultarlos bajo una lluvia de piedras (práctica habitual en algunas tierras del sur y que pronto asimilamos) o colgarlos por el cuello eran objetivos vanos. A su contacto, las piedras se hinchaban y emprendían vuelo, las cuerdas se deshilachaban o se convertían en holgados collares de esparto. Alguna vez, uno de los discípulos de Hipaso emergió gigantesco de la montaña de piedras mientras ésta se transformaba en un montículo de arena. Por el contrario, muchos de los nuestros no pudieron escapar de las esferas de vacío en las que acaban envueltos a la primera manifestación belicosa.

Cada vez fue más frecuente oír leyendas que sembraban el miedo y la desmoralización. Se llegó a hablar de semidioses que montaban nubes con extrañas formas y que sobre ellas pasaban rasantes sobre ejércitos enteros obligándolos a hincarse (aunque creo que quien tuvo esta visión se confundió al ver rezando a los moros.) Caballos voladores, lluvia de vapor sólido en bloques capaces de demoler casas enteras, hundimientos imprevistos de ciudades, mares que nacían de repente en valles en los que apenas si había ríos. Exiliados, cobardes y espías, locos que se habían perdido tras montañas y desfiladeros, náufragos afiebrados, esclavos arteros huidos de sus amos y de sus trágicos destinos, fueron extendiendo la leyenda de una supuesta subespecie griega capaz de desarmonizar el mundo. Y desde tierras que ni siquiera imaginábamos comenzaron a llegar embajadores de reyes fantásticos y aventureros capaces de ensombrecer a nuestro Ulises, conquistadores todos sin escrúpulos y mil matices idiosincrásicos, dispuestos a usar los medios que cada uno creía saber usar mejor. Los hubo incluso que intentaron ganarse para sus diversas causas y objetivos el apoyo de Hipaso y de sus discípulos. Les ofrecieron puestos de privilegio, poderes y dominios capaces de reproducir y multiplicar riquezas hasta más allá de todo límite, algo que creí que tentaría a Hipaso, puesto que su técnica sólo servía para apropiarse de lo ya existente. Se supo que uno de los enviados, un príncipe que se rodeaba de los fabulosos y temibles animales de su tierra, tuvo que atravesar diez reinos situados más allá de los mares para llegar hasta él, reinos que tuvo que someter o pulverizar a su paso y todo para recibir una tajante negativa. Ofendido, el príncipe enfureció y el evento acabó a la extemporánea manera de Hipaso, con una carcajada suya que resonó, nadie supo jamás cómo, en  los mismísimos vientres de los tigres y los elefantes del séquito.  Otros intentaron el uso de la fuerza y de mil diversas trampas para capturarlo… y acabaron siendo las primeras víctimas mortales, perforados indiscriminadamente o hinchados hasta la explosión.

En fin, una pena, pensé cuando lo supe, porque no habría estado nada mal que todos ellos, con Hipaso a la cabeza, se hubiesen convertido en soldados de alguna causa lejana que, si acaso nos hubiese afectado, habríamos podido manejar mejor. Un imperio, una tiranía universal incluso, con la burocracia de rigor, nos habrían dado más juego; nos habrían permitido hallar algún sitio, algún lugarcito acomodado, algo de futuro para nosotros y para nuestros hijos. Pero cuando los menos consecuentes aceptaron militar en unos u otros ejércitos y las guerras tomaron un inevitable carácter diabólico, comprendí que ya nada evitaría que todo nuestro mundo antiguo, Grecia y el Peloponeso comprendidos, pasaran a la historia. Sinceramente, yo no podía entender cómo Zeus y los demás dioses del mundo no tomaban medidas para evitar el desastre. No comprendía cómo El no había reaccionado como el dios que era con aquella primera demostración de Hipaso en mi jardín, cuando mi entrañable banco de piedra se elevó por el aire insuflado de vacío. Siempre había creído que por menos que eso, Zeus había fulminado a Asclepio. Ahora, ante tanta desgracia incontenible, empezaba a considerar que todo lo referente a ello era un atajo de leyendas o, en todo caso, que a los dioses no le importábamos ni un átomo de esos que alguna vez decidieron unir y poner a rodar.

Sin duda, con tanto vacío en derredor, era normal que perdiéramos la fe y, por decirlo de algún modo, que nos fuéramos haciendo cada vez más vaciístas. ¿Cómo, me decía de todos modos, con tantas cosas como las que han sucedido en nuestra Historia, no hubo ni siquiera un buen tirano que, justificándose en la causa más buena que le hubiesen sugerido sus filósofos, hubiese desterrado de por vida a Hipaso o, mejor por más seguro para todos, lo hubiese ahogado durante alguna travesía antes de que todo esto comenzara…?

Estaba en el rincón más devastado y triste de mi viejo jardín, sumido precisamente en estas reflexiones, cuando Hipaso se presentó de nuevo ante mí, después de tanto tiempo.
Estaba como siempre, el rostro iluminado, sonriente, los dedos normales, la túnica blanca impoluta como recién lavada. Parecía un ángel y su aspecto me llevó a pensar que la bondad había renacido o que por fin había incubado en él, hastiado de tanta destrucción improductiva. Pensé que había reflexionado. Pensé que venía dispuesto a acabar con sus insensatos juegos. Pero volví a equivocarme.

-Se va todo a la mierda, Hipaso- le dije suplicante.

-Habría sido mejor si hubiese dado con los átomos del tiempo…

Temblé.

-¿También está hecho de átomos y vacío?- balbucí sin poder de todos modos imaginar algo peor que lo que ya estaba ocurriendo en el presente.

-No lo sé, no los he encontrado, eso es todo… Pero no quiero perder más tiempo, he venido a despedirme- repuso él como si nada.

-¿Has hallado otro planeta? ¿Le devolverás al nuestro la armonía perdida antes de irte...?

No me dejó acabar. Posó un dedo sobre mis labios, lo que me horrorizó al imaginarme cómo me iba a dejar la cara, por lo que di un paso atrás, ofreciéndole mi brazo, sobre el que prefería una y mil veces que experimentara… y de repente descubrí que había perdido por completo el habla. Entonces, mientras negaba no sé qué con la cabeza, preso de una profunda apatía, musitó:

-Sólo hay átomos y vacío y cuando acabe mi obra, desde la A hasta la Z del mundo estarán en mi saliva y en mis heces y de una vez por todas se romperá el techo del cielo. Un día, quién sabe, puede que decida hacer algo nuevo con mis elementos, algún otro mundo, algún otro intento de imperio... pero por el momento, no pienso dejar ni siquiera una de mis sandalias al borde del abismo. Sin embargo, por haber sido alguna vez mi amigo, permitiré que los átomos y el vacío de tus ojos sean los últimos en hacerse míos...

Y tras esas palabras comenzó sin más a hincharse, guardando, hasta donde lo pude apreciar, las proporciones de su propio cuerpo; es decir, agigantándose sin cesar. Como dijo, me permitió contemplar aquel proceso terrible con todo detalle gracias a que comenzó por absorber  el Universo a partir de un pequeño círculo a nuestro alrededor. Campos, ríos, islas, mares, montañas, desiertos, ejércitos enteros en plena batalla, y hombres dando comienzo a su jornada, y mujeres de mil razas alumbrando, y niños jugando, y animales, y monstruos que jamás habíamos imaginado que podían existir, y luego las nubes, y después el cielo, con la luna y el sol y las estrellas... comenzaron a aproximarse a nosotros, mientras el terreno a nuestro alrededor encogía contrahecho. Por fin, llegó el turno de nuestra ciudad, las casas de mis vecinos, el templo, el teatro, el monte, el bosque, los árboles de mi finca, mis ánforas, mis columnas... El terreno y las cosas que se hallaban encima y abajo  a pocos pasos comenzaban también a cercarme, convertido todo en polvo casi sin vacío , para conformar un pedestal bajo los pies de Hipaso y, aún, bajo los míos, que acabó por coincidir con nuestras propias sombras; un montículo negro como el más profundo de los agujeros.

Todo fue desapareciendo, el dolor, la alegría, las lágrimas, las risas, el frío, el calor y lo agridulce... y, unos instantes antes que yo, la pobre Zaida a la que ni siquiera atiné a sostener cuando comenzó a desaparecer horrorizada. Todo, mientras Hipaso crecía y crecía hasta superar la dimensión del mismísimo Atlas.

De repente, cesó todo bullicio y lo que sin duda sería la psique aferrada a mis ojos fue incapaz de cerrarlos por sí misma a pesar del horror.

Hipaso cumplía. Mis ojos eran dos o tal vez un sólo átomo rodeados de un vacío que ya no pertenecía a mi cuerpo; un vacío sin sustentación, como tal vez habría dicho Demócrito. Quise imaginar lo que sucedería luego, cuando de mí no quedase nada, y pretendí hacerme una idea de lo que podría ser un… Imperio..., como el que Hipaso tal vez decidiera levantar alguna vez, donde quizás todos mis átomos y mi vacío pudiera volver a encontrar su orden y armonía originarios, y no en el desorden propio de un esclavo... Pero no tuve el tiempo suficiente. Mis últimos átomos estaba pasando a formar parte del gigantesco cuerpo de Hipaso, el vacío no me pertenecía: estaba llegando irremediablemente…



                                                      EL FIN



Nota: escrito en 2003)y publicado por primera vez en Visiones 2004 gracias a la selección realizada por Eduardo Vaquerizo, fue traducido al ruso y así presentado al certamen Kahn de Oro 2011 que se celebró en Sofía, donde resultó finalista. Fue traducida al ruso para el concurso Kan de Oro de Sofía de 2011, donde resultó finalista.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Notas sobre autoridad e innovación

La autoridad se conquista, pero siempre que se opte por un sometimiento previo a lo instituido. La autoridad es tal en la medida en que existan quienes la reconozcan. Todo sucede en la sociedad como si un guión asignara los roles. Además la autoridad sólo tiene sentido cuando asume una función conservadora, cuando reconoce lo instituido de donde ella emana, a lo que le ha rendido tributo, de lo que es creación aparente, en lo que ha fermentado, crecido, tomado forma definitiva. Aquellos que son conscientes del carácter absurdo de la pantomima no pueden pretender ser autoridades so pena de volverse clínicamente locos. Para alcanzar el poder hay que lograr su reconocimiento, no hay poder sin que la sociedad lo considere tal poder. Un loco sólo provoca la risa de las masas, un tirano el miedo, un sabio respeto, un profeta la atenta escucha y el seguimiento... y si alguno no realiza el papel a la medida de las necesidades imaginarias del pueblo, simplemente es excluido, ignorado, rechazado. El juego debe comenzar desde el principio y ser continuado hasta el fin. Se trata de eficacia.

La autoridad instituida, no obstante, repugna al joven (y al joven que continúa siéndolo bajo la madurez, la vejez o sus atisbos).

Nietzsche apostaba todas sus esperanzas en esa juventud (que era la propia) para la caída de los ídolos. Pero en esto se equivocaba: los sucesores del tirano no podían ser los excéntricos (como él) sino los que llevaban transitando las laderas del poder y de sus ritos instituidos: las novedades que se alzan en los discursos posibilistas sólo son banderas diferenciadoras.

Sin embargo, hay inflexiones, cuando se acaban alzando los nuevos poderes siempre se acaba construyendo algo novedoso de una manera oscura que es luego reinterpretada hasta constituir un nuevo dogma, un nuevo culto...

Foucault, propenso a descubrir la pequeñas inflexiones en el camino de la historia humana (y en particular en la de Occidente) decía en "El orden del discurso":
"Entre Hesíodo y Platón se establece cierta separación, disociando el discurso verdadero y el discurso falso (... que) ya no será el discurso ligado al ejercicio del poder" (pág. 20 en la edición de Fábula de Tusquets, 2008)
Pero, como todo en Foucault, esta "inflexión" se presenta a la vista (a su vista) en el plano mismo del discurso y de la historicidad de los discursos, dejando de lado el contexto sociológico en ebullición, la problemática de los espacios de poder y de las estrategias de los grupos. Y así, de nuevo, roza el velo que hace de frontera, tras el entra en cuestión la sacrosanta y santificada singularidad de la conciencia humana que la preserva del instinto y de la vida y el mundo de quienes emerge, el dedo aún en contacto con el dios inventado para darle valor y sentido a lo que de otro modo parecerá absurdo; lo roza sin atravesarlo, percibiendo detrás formas difusas y peligrosas que negarían validez a la necesidad (¡en ello estriba justamente la peligrosidad!).

Es mucho más jugoso y aprovechable cuando pone de manifiesto, inocentemente si cabe, la propia realidad social que se le impone, como cuando escenifica, unas páginas antes, el diálogo entre su deseo idílico, que cree capaz de atentar contra el poder, y las instituciones de ese poder, entre la hybris del héroe que se cree subversivo, que supone (eso es lo idílico) que atenta de entrada, potencialmente, contra un destino que en realidad lo incluye, y el poder (lo verdadero) que entra en escena como entraba el coro griego en respuesta a la señalada hybris:
"El deseo dice: (...) yo no tendría más que dejarme arrastrar (...) flotante y dichoso. Y la institución responde: (...) si consigue algún poder, es de nosotros y únicamente de nosotros de quien lo obtiene". (pág. 13; la negrita es mía)
Se trata pues de una trampa perfecta: quienes se proponen una transformación del mundo (quienes se alzan diciendo que ya es hora de hacerlo o, lo que es lo mismo, que ello es signo de obligado compromiso con el futuro idílico del hombre liberado) acaban desarmados... sujetos a las cadenas que impone el curso de las cosas que, de todos modos, no está escrito a priori sino que será resultado de todos y de todo. Pero, además, marchan por la senda del engaño y del autoengaño porque ya de por sí sus discursos no son excéntricos sino pragmáticos; lo son en connivencia con sus propios deseos, que no son subversivos ni siquiera en sustancia (o no serían posibilistas ni podrían ser eficaces).

Así, entre Hesíodo y Platón tan sólo media la distancia derivada del hecho de que el espacio de los reyes sabios ("quien tenía el derecho y según el ritual requerido", ibíd., pág. 19) se ha estrechado tanto que ya no permite la simultaneidad arcaica y el sabio, en su búsqueda de comodidad social, sólo pueda aspirar al rol de un asesor o consejero más o menos a un lado (siempre que no se extralimite, como queda tan en evidencia en el Hierón de Jenofonte). Y sin duda, si hay una inflexión en el entorno de ese punto, ella signará esta época nuestra que va desde el nacimiento de la filosofía hasta su agonía (no casualmente ni mucho menos de la mano de la justificación democrática), la nuestra, que lleva experimentando la prolongadísima inflexión abismal en la que ya no queda lugar alguno para el ejercicio político de la filosofía, ni siquiera en lo idílico, sino la servidumbre de los obreros cada vez peor remunerados de las disciplinadas fábricas de slogans, cada vez menos articulados y más perecederos, ya ni siquiera doctrinales, y por cierto, cada vez menos democráticos. Es lo que se puede ver ya en la superficie y por lo que se la puede llamar decadencia, aunque sea bastante más.