martes, 31 de diciembre de 2013

Tres microrrelatos publicados en Lectures d'ailleur (en francés)

La casa

Retrocedía de espaldas mientras enmarcaba la fachada con precisión maniática, intuyendo que se avecinaba algo terrible... aunque sin saber (o no querer) preverlo con suficiente nitidez. Contemplándola a través del visor de la cámara, la angustia iba desplazando la furia con la que había reaccionado a los injustificados portazos y al intempestivo trepidar de las paredes y del techo, y la intención que me impulsaba a tomar la foto se desdibujó: la de conservarla conmigo para odiarla. Seguía sin comprender por qué se había comportado de ese modo, como si hubiese sido presa repentina de una borrachera, o de un ataque psicótico... Pero la propia incomprensión había comenzado a debilitar mi resquemor, y en ese mismo instante estuve por volver a insistir, por entrar de nuevo a la casa, aunque sólo fuese para retomar el intercambio de reproches, tal vez con la misma enloquecida rabia..., tal vez... para suplicarle un poco de piedad... En ese momento, estuve dispuesto, como habitualmente, a renunciar a mi decencia, a someterme, a ser admitido a su lado aún a costa de la esclavitud o la mendicidad, a prometerle lo... lo que acabaría, ¿por qué esta vez sería diferente?, por poner en riego mi derecho a las ya pobres migajas de cariño con las que me había contentado últimamente. Una ola súbita de resentimiento me forzó a apretar los dientes mientras presionaba involuntariamente el obturador, inmortalizando, como se dice, la fachada. Y allí permanecí, detenido del otro lado de la verja que había traspasado unos momentos antes casi sin darme cuenta, incapaz tanto de darle la espalda como de correr a su encuentro.
    Entonces sucedió, y por fin pude comprenderlo todo. Y me derrumbé por dentro, como precisamente podía ver que le pasaba en ese instante a ella, en su materia y en su forma. ¡Pretendí aún no creerlo, pero así era: la casa se estaba viniendo abajo, pieza a pieza, pared a pared, desde el techo hasta los cimientos, allí, atrás..., desde atrás, desde el fondo..., para enseguida comenzar a deshacerse piedra por piedra, a desaparecer tras una densa polvareda que en cualquier momento se llevaría el viento, dejando ahí un solar lleno de escombros! “¡Ay!”, me recriminé entonces por mi lento discurrir, por mi elemental egoísmo..., a punto de caer de rodillas en la acera. “¡Cómo pude ser tan rudimentario..., y ciego...!” Sí, ahora recién lo comprendía: ella había fraguado todo eso, esa espantosa pantomima, ese truco malsano, la trampa urdida con el fin de que yo saliera de allí dentro a tiempo... y la sobreviviera! Ella sabía que no la dejaría por las buenas. Me conocía lo bastante como para saber que no podría convencerme, que habría preferido perecer con ella, abrazado por sus paredes hasta la asfixia, cobijado bajo sus vigas y cascotes hasta que la exhalación final. Demasiado le había demostrado yo mi servidumbre... Por eso, en ese instante, quise poder odiarla de nuevo, pero esta vez no lo conseguí, mientras contemplaba cómo se desvanecía sin que pudiera hacer nada..., y la fachada..., el jardín... y la verja... intentaban aferrarse a la retina con creciente dificultad, pronosticando que la memoria también se apagaría. En mis manos, la cámara temblaba con la foto dentro, frágil y efímera, incapaz también de remontar el tiempo para traérmela de vuelta.




Espejito, espejito...

Se miró seriamente unos minutos, observando sus facciones con detalle, para por fin ponerse a hacer morisquetas delante del espejo, añadiendo de vez en cuando un espontáneo sonido gutural. Así, se vio sucesivamente con cara de mono, de gnomo burlón, de viejo dolorido, de malo malísimo, de tonto, de mucho más tonto, y así más y más... Llevaba haciendo mil y una expresiones diferentes, sin que pareciera dispuesto a abandonar, evidentemente obsesionado por superarse en cada prueba... Parecía disponer de un arcón sin fondo, presumiblemente lleno de máscaras, que se sustituían en el reflejo unas tras otras para volver a mutar y mutar sin descanso. El espejo temblaba por el esfuerzo y había comenzado a hastiarse, a desear que esa secuencia, que se veía forzado a reflejar a pesar suyo con un creciente dolor de las mandíbulas, cesara de una vez por todas. Le habría gustado poder gritarle “¡Basta!” al otro, a ese idiota que se había plantado delante de él y que ya no sabía si sería siempre el mismo. Habría querido, al menos, devolverle una expresión desesperada, de rechazo... o de súplica... Pero ni el otro le dejaba un resquicio ni disponía de gestos propios que se lo permitiese. De repente, en el límite de la paciencia, y evitando perder la pose, ciertamente apropiada, que en ese instante capturaba, tomó en préstamo aquel rostro terrible que el otro le obligaba a reproducir y, extendiendo las fauces del reflejo, se lo tragó de un bocado.





El espejo portentoso

Era un espejo portentoso. Lo alzaba entre la multitud, en sus paseos, en fiestas y celebraciones a las que concurría o que organizaba a propósito, mientras se paseaba por entre los bailarines y los conversadores, sin formar nunca pareja o haciéndolo por conveniencia, para disimular; cuando acudía a la firma de contratos o convenios, a conferencias, a visitar familiares y vecinos o cuando recibía en su casa... Entonces, cuando alguien le resultaba agraciado o sugestivo, lo que medía por la temperatura de su envidia, se situaba delante y alzaba el espejo para contemplarse al tiempo que anulaba al otro... Lo hacía ante los más hermosos rostros, o si sus pieles eran notablemente tersas y de subyugantes tonos tostados, si sus ojos eran bellos, o su nariz o frente delicadas, inteligentes, si expresaban una juventud brillante, una seguridad desbordante, una sólida autoestima, incluso si vestían con elegancia inusitada... En cambio, cuando se topaba con alguien que le desagradaba, le volvía la espalda de inmediato y nunca, nunca, levantaba ante él el espejo portentoso. Lo hacía si intuía que se vería inmediatamente joven y bello, o, también, con fines algo más nimios, como para conseguir un admirado peinado, superando de ese modo, en un instante, al mejor en su estilo, que desaparecía detrás de su portentoso espejito; un espejito con un marco ovalado, labrado en la más rica madera y con una empuñadura de marfil de lo más delicada, pero que por sobre todo funcionaba maravillosamente gracias a no contener allí en medio cristal alguno que pudiera empañarse; a ser, para el común de los mortales, un marco sencillamente hueco en las manos de un molesto mirón.



(Publicados en francés y traducidos del castella no por Transbordo, en Lectures d'Argentine, volumen I, pág. 383.)

domingo, 22 de diciembre de 2013

Un primer poema de gato escrito por el no gato que soy

El gato persa-malayo (primer gato)


Con suspicacia de sabio,
El gato persa-malayo
Indaga en mi mirada.

¿No recuerda lo que espera?¿No accede al archivo
        de las reencarnaciones posibles?
¿O, más bien, descarta
       que lo sepa entender?

(¡Después de todo...
Él es persa, y anciano!
¡Y podría pensar que soy el tonto!)

Los ojos que se miran
       se han seguido,
Eslabones con cola.

Los suyos me bosquejaron
Los míos lo quieren recrear.
¡Ay, nuestra esclavitud es eterna!



miércoles, 20 de noviembre de 2013

"Los inocentes", los débiles, la culpabilidad.


No creo que haya muchos lectores de "Los Inocentes" (de entre los no muchos que en estos tiempos la hayan leído, ni tampoco de los que la leyeron desde que se publicó, ni por tanto que sepan que la escribiera Broch) que compartan conmigo la conclusión de que el título apuntaba al conjunto de los individuos que formaron, forman y se añadirán a lo que biológicamente llamamos "humanidad": todos... "inocentes", todos en definitiva "débiles" (como he optado por caracterizarlos, aunque con idéntico sentido al del autor). Incluyendo a los "fuertes", es decir, "los poderosos", los que detentan el poder "político", "social", "psicológico", "ideológico", "físico", etc. Unos "inocentes" que, teniendo "conciencia" de ser, respectivamente, "víctimas" o "verdugos" (y siéndolo formal y concretamente estos últimos con relación a casi todos los primeros), son "débiles" en última instancia en tanto que la "elección" por ocupar uno u otro puesto disponible en una sociedad que sin duda se mantiene o conserva "fragmentada" no ha sido "libre" o "planificada" por anticipado (ni puede responder a ello) sino, en todo caso, reafirmada y justificada... hasta hacerse carne de la propia carne.

Incluso, no la compartiría, de entrada al menos, el propio Broch ("Origen de este libro").

No obstante, nos pone en bandeja esa descripción que sólo de ese modo puede ser completada; que, en todo caso, es la única que puede verse tras el suave velo que al autor le cuesta rasgar definitivamente... con el pensamiento abstracto (que expone en su autocrítica), sin ir lo suficientemente hondo, quirúrjicamente hablando. Porque, sin duda, ¡es humana (desde mi punto de vista, y desde la experiencia descarnada) "la abolición de la ley, hecha ley suprema", "la mentira fantasmagórica, hecha verdad superior", la "esclavitud universal y abstracta"! ¡Muy humana, demasiado humana, en absoluto "ajena a todo lo que sea humano", como dice también, prisionero de la propia nostalgia indudablemente mamada... que reconoce de todos modos perimida, en un tiempo en el que:
Las palabras se secaron...
O... 
Las barcas aguardan todas las noches, invisibles,
para llevar hacia el este de la noche
la flota de los humanos: ¡oh, incisión que atraviesa el tiempo!

Por  la novela sui generis de Broch desfilan sin embargo, desbordando los límites que el autor creyó haberles impuesto (de época, de origen, de situación), los suficientes especímenes humanos como para que todos los posibles, todos los imaginables, queden comprendidos; todos... "inocentes", y sin embargo todos "culpables" de lo que les pasa a ellos y a los que entran en su radio de acción...

La inmensa masa de los pocos lectores que en proporción pudo tener Broch hasta ahora no se sentirán parte de esa masa de "inocentes/culpables". Su mejor defensa será nuevamente la que da lugar precisamente a su culpabilidad, una culpabilidad del débil, del que sólo puede ser relativamente fuerte y sobrevivir mediante el ejercicio de esa debilidad/culpabilidad, en concreto: a la "ignorancia", al "autoengaño", a la "autodignificación".

Esa misma manera de ver las cosas me tocará ahora a mí recibirla. A causa de mi propia mirada coincidente con la intencionalidad que Broch reflejara en su novela, y que yo he alcanzado a ver bajo su trama, y su referencial título.

La novela incluye algo de poesía, una poesía que no edulcora líricamente sino que se pone al servicio de la denuncia o, para no dejar lugar a dudas en cuanto a lo que me refiero, al servicio de la descripción real, de la desnudez profunda que pudiera pretenderse escamotear, encubrir, de la que se intenta apartar la vista.
Máscara sobre máscara,
monstruosidad cubriendo mosntruosidades,
rostro que ignora las lágrimas.
En fin..., basta. Dejo para el final sólo la propia voz de Broch, aún contundente a pesar de su debilidad quirúrjica antes señalada, donde se aprecia su intento, vano al fin, vano siempre, intento infructuoso si así se quiere ver de "sacar frutos de flores marchitas"; lamento, grito, expresado tan sólo, de nuevo, porque una vez dentro, hecho consciente, a algunos nos sea imposible podérnoslo guardar y hasta dónde nos afecta la propia debilidad que nos ata a las urgencias, al dolor impotente, a la mirada de soslayo, al continuar andando...:

¡Maldita sea la ceguera! 
El prado y el bosque llegan a las alambradas,
y en los hogares de los verdugos cantan los canarios.
Un cielo de sangre cubre las cuatro estaciones del año
y el arco iris no tiene color de esperanza,
el cosmos se burla de las incompatibilidades
y pregunta al hombre:
¿soportarás todo esto aún mucho tiempo?,
¿qué ves?, ¿qué te parece falso?
El que va a morir lo ve;
ya nada le amarga
y el tiro en la nuca es auténtico.
Descúbrete y piensa en las víctimas.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La peste


Un día como hoy, la vida y la producción intelectual de Camus se vieron repentinamente interrumpidas, según muchos dicen... "prematuramente", por un accidente de coche. Esto bien puede ser atribuido al "absurdo" sobre el que Camus reflexionara hondamente y como el hombre que ha dejado de creer en el destino y los dioses siente y en todo caso piensa. No obstante, el accidente y la interrupción de su "carrera" de escritor y pensador sólo puede ser atribuidos a mi entender a la carretera, a la mecánica, a la imprudencia de quien fuese, etc., en diversas proporciones...; algo a lo que cualquiera está sujeto en estos tiempos del mismo modo que en la antigüedad lo estaban a las batallas y las riñas (que hoy perduran, claro, y también pueden ser causa de accidentes mortales), o la contracción de enfermedades, de, precisamente, "La peste"; o de la concurrencia entre las muchas posibles de tiempo, situación y presencia. El "absurdo" es en realidad otra de las tantas construcciones simbólicas de "última instancia", una "causa primera" que sustituyó y puede aún sustituir al "capricho divino" al que apelarían los creyentes; lo que, como "la peste", "se esfuerza en sorprender". En fin, uno más de los tantos absolutos erigidos por la orfandad del hombre para darse una explicación causal que le permita ocupar una posición de privilegio a sus ojos respecto de los demás componentes del universo, de los que tan distinto se siente..., en relación a los cuales se entiende tan especial... y necesita sentirse y entenderse. Y esto se hace especialmente notable cuando se trata de un intelectual, cuando la necesidad de diferenciarse de todo lo demás, desde las partículas elementales hasta los simios, toma la forma más excelsa de la "dignificación", en donde el cuerpo, arrebatado por la muerte y retirado como apoyo de la vida reflexiva (que es la que se siente perder), es despreciado, y los productos de la imaginación y de la reflexión son considerados manifestación del alma y de lo divino; como... "el conocimiento y el recuerdo", por nombrar los dos productos del hombre mencionados por Camus, lo que consideraba con dudas que fuese "Todo lo que el hombre pueda ganar..." y "Es posible que (...) Tarrou llamaba ganar la partida". Lo que, "vencido el plazo" del "terror", sirve para "negar" que seamos "aquel pueblo atontado del cual todos los días se evaporaba una parte e las fauces de un horno, mientras la otra, cargada con las cadenas de la impotencia, esperaba su turno".

Camus, haciendo equilibrio sobre la cuerda tendida sobre la nada, por la que había logrado hacerse un hecho hábil funambulista, habría tendido, o algo más, a atribuir al Absurdo su propia muerte estúpida (la más estúpida posible, según él mismo opinaría antes del accidente, antes de suponer que lo sufriría él mismo...), aunque por momentos acariciaría la nada y de haberse realmente separado en el instante de la muerte su alma de su cuerpo destrozado y entreverado con lo inerte y lo artificial del coche accidentado, esa alma habría podido reflexionar hasta el extremo de reconocerse... como nada "digno" de alguna "extrema distinción", como, más allá como siempre de las intenciones esperanzadoras y alentadoras que nos damos todos, dejó de este modo documentado mediante una frase puesta en boca de su personaje, Tarrou:

"... ¡qué importa!, la muerte no es nada para los hombres como yo. Es un acontecimiento que les da la razón."

Y para concluir que sólo nos queda un recurso disponible para alcanzar la paz: "la simpatía"... lo que, de todos modos, no le había "servido de nada", ya que encontraría la añorada paz "sólo (...) en la muerte, cuando ya no podía servirle de nada" (es decir, satisfacerlo a ratos).

Porque Camus, a fin de cuentas, "Siempre quiso salir", y en eso, yo, me siento unido a él y a tantos otros, "olvidados" o, de manera equivalente, tergiversados.



sábado, 2 de noviembre de 2013

¡Maldito seas, mamífero!


(¡A ver... si no sería esto más "verosímil"!)

Cuando desperté... el dinosaurio (que seguía ahí) bramó a la manera de cualquier Rex energúmeno: "¡Maldito seas, mamífero, por estar aquí en
nuestro lugar !" En ese momento,  él dejó de soñar.

domingo, 6 de octubre de 2013

Paralelos de la muerte (ante la igualación que escenifica la burocracia dominante con sus puestas en escena)


Hoy los muertos pueden ser igualados entre sí mediante la constitución de un espectáculo de feria. O pueden ser por el contrario bien diferenciados por decreto.
 
Un grupo de infelices apelotonados desborda una de las periódicas embarcaciones esperanzadas, frágiles hasta la temeridad, para huír de la penuria hacia adelante sin pensarlo dos veces, tratando de no tener demasiado miedo a la vista del casco semihundido por el peso excesivo. El mar no está ese día para cabalgatas arriesgadas, de modo que, tras hacerla corcovear hasta los vómitos y las magulladuras, agravando la debilidad de los ingenuos, hace naufragar a la barcaza. No todos sabían nadar, lo que hace aún más notable el grado en que contaban con la ayuda de los cielos, o el grado en que haber embarcado a la buena ventura era una apuesta inevitable, edulcorada con promesas que era preferible creer; la apuesta al todo o nada, ¡al todo... como si lo que habría de llegar después mereciera ese nombre! O, simplemente..., el grado en que sólo les quedaba la sombra de la esperanza en el atardecer de los tiempos...

Los imagino como meros arbustos arrancados de la tierra, a un instante de secarse por completo y exhalar por última vez, sometidos al empuje de un viento que calienta y salpica una peligrosa espuma a modo de advertencia. No sabían que el mar podía ser tan furioso, ponerseles tan en contra... Además, les habrían dicho: hoy está en calma, es como un lago... Habían conocido el viento del desierto, que disparando fina arena produce pequeñas y sistemáticas heridas en la piel cuarteada... Y de ese modo habíaní llegado hasta los muelles de salida, donde los espera una barcaza que realiza las esperanzas de la mafia que organiza esas travesías a voz de folletos de paraísos factibles y que da para vivir a los timoneles que no se quedan sino que vuelven para seguir trabajando, y que de todos modos... saben nadar (¡es una exigencia del trabajo que figura en sus “currículums”!). Y, last but not least, todos los burócratas vinculados a los diversos poderes de la tierra...

Y se suben a las barcas, y se apretujan en las barcas, que parecen aguantar...

Tal vez supongan un futuro, tal vez el sueño se resquebraje por momentos, pero ya no hay una elección, ya han entregado todo lo que habían reunido para cubrir el billete al paraíso, y lo decisivo es el destino que está delante hacia el que empuja la fuerza del viento y el derrumbe del pasado detrás, que cae a los abismos, a la nada...

Y cuando el mar los acoge, lo que despierta con el miedo que se ha ido fraguando al vaivén de las olas y las salpicaduras saladas es justamente lo que ya se ha quedado sin otra oportunidad: el instinto, incapaz de sobreponerse de nuevo. Y el sueño se ahoga.


sábado, 24 de agosto de 2013

Tienianish, escenario de aventuras inverosímiles (Miscelánea 5)



Mapa actualizado de Tietnianish para la segunda edición de "Una nueva conciencia"

Y recorrido "tietgráfico" que hacen los personajes principales de "Una nueva conciencia" en los marcos del presente considerado en la novela:

a) "Búsqueda": de la aldea de Farashgon en las Orillas hasta un punto cercano a la entrada al desfiladero de Freig-un'eg y de allí, deambulando, hasta el Santuario de Bluumer
b) Regreso a la aldea, larga espera en las dunas, encuentro con "la Doies" y vuelta a las Laderas, en dirección a Biel-an'gar 
c) de Biel-an'gar a la poblado leebai
e) regreso a Biel-an'gar 
f) de Biel-an'gar hacia la Cordillera Cerrada de Lioop, por la corniza del desfiladero
g) de la Cordillera Cerrada de Lioop al Delta de los ríos

Recorrido "tietgráfico" de Güian-dor:
a) de Farashgon a un lugar impreciso de las Laderas, no muy lejos de Biel-an'gar 
b) regreso a Farashgon
c) de Farashgon a la Orilla que flota
d) de la Orilla que flota al Delta de los ríos

Recorrido "tietgráfico" de Roueg-dor:
a) del refugio en la Cordillera Cerrada de Lioop a un lugar impreciso de las Laderas, no muy lejos de Biel-an'gar
b) de Biel-an'gar a la aldea leebai
c) de la aldea leebai a Biel-an'gar 
d) de Biel-an'gar hacia la Cordillera Cerrada de Lioop bordeando el desfiladero
e) del refugio en la Cordillera Cerrada de Lioop al Delta de los ríos.


viernes, 9 de agosto de 2013

¿Una playa de otro mundo? (Miscelánea UNC-1)




Estando en posesión de un vehículo apropiado (una "máquina espacial" la habría denominado mi amigo Christopher Priest) capaz de trasladarnos a la vez unos períodos hacia atrás como hasta las Orillas de Tietnianish (el mundo subterráneo donde se desarrolla "Una nueva conciencia")... se podría asistir a esta imagen impertinente de Güian antes de que fuera -dor (es decir, cuando aún no era adolescente) donde se lo habría podido ver de pie junto al castillo de arena que levantara en la playa junto a la que se asienta su aldea, inspirado por una voz que seguramente le llegó desde mi recóndita niñez... (Y es que levantar precisamente un castillito de arena no se le habría podido ocurrir a una criatura tietnita ni de lejos...).

(*) el boceto fue realizado por mi hijo Gabriel Suchowolski Morelli.

lunes, 1 de julio de 2013

En torno a los espejos... (refrescando una primera versión)

Fue por pura casualidad, en parte provocada por eso de llevar todos los días el cántaro a la fuente, en este caso tras sistemáticos intentos de dar con el rostro soñado. Pero, fuese como fuese, supo de inmediato que había dado con la solución perfecta. De inmediato corrió a la calle para comprobarlo y buscó al sabio más sabio y, colocándose frente a él, cara a cara, alzó el espejo entre ambos y se contempló unos instantes. Luego corrió hasta dar con el más joven y apuesto mozalbete, y repitió el experimento. Había aún muchos para elegir, incluso más allá de las murallas de la ciudad...; sí, por fin tenía todas las posibilidades a la mano. Una sonrisa iluminaba su rostro como hacía mucho no pasaba. Involuntariamente alzó el espejo para contemplarse, pero sólo consiguió ver a través un trozo de la ciudad circundada por un óvalo de madera. ¡Es verdad!, se dijo; había olvidado que lo que sostenía era el marco vacío del espejo del que el cristal se había desprendido. Pero no se trataba de una antigua fábula oriental sino de la realidad, y no podía suceder que perdiera para siempre la posibilidad de volver a contemplar el propio rostro. En el mundo real, en el que él seguía moviéndose, sólo sería necesario contar con dos espejos, uno para cada menester, uno para cada momento de la vida.

Madrid, 27-9-2012
 

lunes, 3 de junio de 2013

Tanya: pincelada de una amiga escritora


Apenas comienza a dormirse, su cuerpo comienza a menguar. O quizás sea la cama la que se expande y es el tejido, aparentemente compacto, del colchón y de las sábanas, el que se va abriendo hasta asemejarse a una gigantesca hamaca de red, cuyos nudos se separasen más y más y más... El proceso dura el lapso que tarda en dormirse, mientras su cuerpo, con peso suficiente todavía, provoca aún que la zona de la red en la que reposaba se mantenga abombada, aunque cubriendo cada vez menos alveolos. Por fin, en cuanto el sueño la abraza por entero, ya casi sin peso  y diminuida suficientemente, se escurre por alguno de los huecos abiertos (cada uno de ellos a una galería diferente pero sin paredes, conducente a un lugar aún inexistente) por donde entra a caer en el vacío, eso sí, lentamente, como una pluma minúscula, o como si el espacio tuviera allí, en esos imprecisos conductos que se forman, algunos con forma de toboganes alambicados otros de embudos retorcidos, otros como tubos y esferas, la densidad de un gel. O como si en ellos la gravedad fuera inapreciable.

Tanya entra de ese modo en el mundo de los sueños, muchas veces nuevos, en todo caso a renovar o a revisar, y allí, durante "una hora" (según "el conejo corredor del reloj de bolsillo" habría cronometrado por ella) entreteje una (o más) historia(s) que crecerán hasta convertirse en un mundo de fantástícos amigos dispuesto a ser plamado por ella en "negro sobre blanco", más iluminado y coloreado aún que al ser imaginado, en el sueño del sueño donde el personaje es ella misma y la soñada, en el que despertará para escrbirlo...

martes, 14 de mayo de 2013

Una foto de Maia y una pincelada gorda



Es todo un asomarse al misterio (de la vida, claro, y de la "autoconciencia", claro, si se me permite la "filosofada" o el "cientificismo"), observar con detenimiento la foto de mi nieta-sobrina recién nacida... La miro una y otra vez con esa deformación "profesional" (más bien idiosincrásica) que no pudo despegar de mí pero que por lo general no manifiesto de manera pública (como ahora) porque... ¿para qué cuando hoy por hoy se prefiera la danza simple de las "opiniones simples", "congratulaciones antireflexivas", "beneplácitos recurrentes", "me gusta"s, etc., etc.? La miro y me invento que Maia se esá asomando al mundo ante el que ha sido colocada para que se comience a armar y aprenda a convertirlo (infructuosamente, claro) en servidor de su pequeñez y su debilidad, haciendo lo que pueda, apelando a lo mismo que una y otra vez los demás hemos aprendido desde los individuos de los que provenimos (tanto los que quedaron anclados en la especialización como los que se extinguieron por no poder ser ni una cosa ni la otra..., y que tuvieron que hacer más o menos lo mismo que Maia... aunque con menos capacidad para verse conmovidos por la propia tragedia..., es decir, con escasa, menor o ninguna "autoconciencia"); apelando a un bagaje actoral que ira acumulando en su baúl de disfraces y guiones...

Eso hacemos los padres: una señal que se encarna en un niño, una llamada al actor de reemplazo con la esperanza profunda (¡demasiado profunda, casi por completo invisible!) de que por fin sus actos consigan la dignidad a la que siempre aspiramos...




domingo, 28 de abril de 2013

La usurpación de la literatura y unas alas muy y hasta demasiado grandes de ángeles en vías de extinción

Hace unos días le pedí a una "escritora" (de cuyo nombre no quiero ni debería seguir recordando) que conocí ocasionalmente su opinión acerca de un brevísimo texto mío al cual le tenía singular cariño. Se lo di a leer, ingenua e inútilmente (la utilidad tiene aquí el sentido de siempre: útil según mi mundo simbólico, mis deseos, mi magia...), por creerlo uno de mis mejores (de los cortísimos), movido por aquella antigua (medieval) manera de sentir que embargara en su día (siglo XI) a un poeta (y abad, esto es otro... "funcionario poeta" o, más propiamente, otro "poeta desdoblado" de su época) que se llamó Baudri de Bourgueil, a saber:
"Hoy te confío mi librito en su totalidad para que lo leas con atención, para que lo mires con cuidado. (...) Ojalá Ema, con sus labios de Sibila, pueda responder a mi demanda; ojalá pueda leer a fondo, alabar, corregir, completar."
O también:
"Entre amigos, los intercambios mutuos son de gran precio, es el reparto lo que anuda las amistades"
Y en esta línea hay más (las citas están tomadas de "Inscribir y borrar" de Roger Chartier) y, porque quede claro: cuando el poeta habla de "amigos" se refiere en sentido estricto, casi como sinónimo, a "escritores".

Ante mi insistencia (ya que de entrada lo había "soslayado" -sic-) me hizo una observación que habría podido ser tomada en consideración... siempre, claro, que compartiese la idea de que uno debe o aspira a llegar a todo tipo de lector... Pero tuvo la indelicadeza de añadir algo más, a saber, unas recomendaciones impertinentes y soberbias realizadas, en fin, desde las alturas de su genio y de su éxito... de que...  me dispusiera a "aprender" el (o sea, su) oficio..., la manera concreta o efectiva en la que realizaba su perfil socio-profesional (en realidad, en ciernes). Un atrevimiento que lógicamente contesté dándole a conocer la crítica a sus "redacciones" que a mi turno yo también había optado por no dar a conocer... acompañada de la correspondiente recomendación de que debía esmerarse en aprender a leer algo más que a sus amigas superficiales.

Sin duda tuvo cierta razón al contestarme luego textualmente:
"La diferencia es que yo no te pedí que leas nada mío, ni mucho menos que me des tu opinión."
Obligándome así a reconocer que el error había sido mío al atribuirle un valor que en el fondo no le daba. Claro que el que no hiciera desde mi punto de vista literatura propiamente dicha sino sólo descripciones de hechos como aquel del "señor muy viejo con unas alas enormes" del que ya hablé en otra ocasión, no me pareció que implicaba necesariamente una incapacidad lectora ni una incapacidad para apreciar textos que no fueran los de su estilo.

No obstante, en la respuesta hay algo más, y mucho más significativo que la anécdota y los nombres. Me refiero a lo que, como intentaré demostrar apelando al bisturí más incisivo que dispongo, es toda una muestra antropológica de nuestra actual realidad histórico-social.

Su respuesta final, era, como supongo que no se habría podido imaginar ni parece que pueda comprenderlo nunca, un verdadero microtexto de bastante más contenido en su apretada síntesis que los que yo había conocido de su mano y eran entendidos por ella y sus lectores los de más enjundia.

Y en él se encerraba una evidencia notable: sin duda había entre ella y yo una "diferencia" que se alzaba detrás del hecho de que yo le pidiera una lectura y una opinión y ella no lo hiciera en absoluto. Yo, sin duda, y más allá de mi ingenuidad y me error (repetido) de creerla una escritora, la necesitaba como público. Ella, por el contrario, el público que busca es otro, aunque también se confunde al considerarlo en parte tan escritor como lo sería ella. La "diferencia" es que un escritor busca ser leído por otros de su misma especie, que supone que lo apreciarán (más allá de las observaciones de detalle que pudieran hacerse), mientras que una escritorzuela (una "obrera de las palabras" habría dicho Nietzsche) busca el "público", el "público, que es el verdadero nivelador", como bien supo ver Kierkegard; algo propio de "la decadencia de una época desapasionada", donde "cada vez más individuos aspirarán a ser nada -aspirarán a ser público..." (ibíd.). Una época en la que "Para todo se tienen manuales" (ibíd.), donde "pareciera que no cabe más que sumarse" (ibíd.).

Sin duda, tendré que afinar el olfato y aguzar la vista, porque en la selva actual pasan sin cesar multitud de falsos individuos (más miembros de la masa que otra cosa) que en realidad se mueven sobre el escenario desempeñando un papel usurpado gracias, justamente,  al aprendizaje del manual o del guión instituido. En fin, ¿cómo extrañarse de que Nietzsche o Kierkegard acabasen prefiriendo el contacto con la gente simple (¡pero tan en proceso de extinción como los que somos de "buen gusto"!) a los filosofastros, escritorzuelos y demás profesionales de la alfabetización, dignos educandos para el desempeño de nuevos y desconcertantes papeles burocráticos y añorasen o tuviesen esperanzas de encontrar alguna vez, en algún futuro, infierno o paraíso, a sus iguales?


viernes, 26 de abril de 2013

En la espesura


Me encorvé lentamente, flexionando las piernas, hasta que el cuerpo bajó y las rodillas y las manos se posaron en tierra. Casi de inmediato comenzaron a brotarme nuevas extremidades a los lados mientras las originales se llenaban de pelos temibles... Ay, qué pena no haber alcanzado a desarrollar un aguijón o algún otro medio defensivo, y que, ni siquiera, los ojos llegaran a adaptarse lo suficiente en la medida en que se fragmentaban como para dejarme ver con precisión lo que junto a mí se delineaba, invitándome a huir como buenamente pudiese. De todos modos, pronto lo comprendería: a mi lado se había producido, y con una velocidad superior de desarrollo que en mi caso, o tal vez porque hubiese comenzado antes sin que lo advirtiera, una metamorfosis paralela cuyo producto, más grande, más pesado y más completo del que habría podido ser yo nunca, ya me estaba paralizando, preparándome para su cena.


 

domingo, 14 de abril de 2013

De cómo los marcianos encontraron el modo de darle utilidad a los humanos (microrrelato)


 Una especialización provechosa

-Encuentro a  los humanos muy graciosos- repitió el marciano por explicación única y pretendidamente taxativa.
El comité de representación que había sido designado para llevar la reclamación a los conquistadores, insistió:
-A los humanos nos gustan cosas diferentes según la idiosincrasia de cada cual.
-¿Idiosincrasia de cada cual…?- ceceó el marciano con marcado acento y marcada perplejidad mientras desde la base de datos le llegaba la definición de idiosincrasia-. Los humanos tienen a nuestros ojos una sola. Y nos gusta como son.
-Pero… si es así… no lo entendemos. ¿Cómo es posible que, si tanto os gustamos, hayáis cerrado todas las universidades, facultades e institutos y ahora sólo podemos prepararnos todos para ser…
-Los que no comprendemos somos nosotros, amigos míos…  ¿Cómo sois incapaces de observar en vosotros la única y común idiosincrasia que os permitirá ser felices y… además…?¡Bastaría que os veáis los unos a los otros con mucha más atención! ¡Parece mentira que tengáis conciencia! Esta comisión y este reclamo reafirma nuestro sabio punto de vista…, porque también resulta gracioso…
-Pero, ¿y los que no prefiramos otra cosa…?
-Nosotros no pensamos según vuestra limitada psicotemporalidad... No imponemos nada, nos bastará incentivar vuestro interés a "largo plazo". Por eso hemos decidido fijar los grados de bienestar y felicidad que recibirá cada uno en función a la calidad con la que "cada cual" desempeñe su papel, aumentando al mismo tiempo la marginalidad y desinterés que nos inspire el resto. Al final no habrá nada que veáis más prometedor ni nada que os parezca más atractivo que "ser"… Vuestras generaciones se irán decantando por sí solas y las nuestras, que se renuevan cuatro o cinco veces más..., diríamos, lentamente, tendrán cada vez más oportunidades de gozar de vuestras representaciones cotidianas gracias a las habilidades que adquieran y desarrollen movidos por la competencia, esa otra faceta notable de vuestra idiosincrasia. Así, todos contentos y felices, podremos tener cada vez más y mejores diversiones.

domingo, 17 de marzo de 2013

Cómo aprovecha el presente su pasado: un ejemplo impecable a cuento de Solzhenitsyn

En un pequeño prólogo a su Archipiélago Gulag, Alexandr Solzhenitsyn propone una doble alegoría a partir del descubrimiento ocasional de unos peces “milenarios” (“tritones”, los denomina para acentuar su primitivismo) hallados por reclusos (“zeks”) en una región que formó parte del Gulag (uno de los de mayor “crueldad” del atomizado pero íntegro "territorio"). Los reclusos del Gulag, que los descubren casualmente tras excavar en el hielo sin sentido racional alguno (sólo porque están condenados), actúan sin respeto alguno por la historia  (“los excelsos intereses” de los “ictiólogos”) y optan por cocinarlos y comérselos en cuanto comprueban que están en buen estado (los ha preservado el hielo); es decir, responden,  imperiosa y “épicamente”, al hambre que los acosa con urgencia y que incluso los lleva a pelearse por el botín con las fuerzas y recursos disponibles por cada uno de ellos.

Este es un primer punto que expresa la cara más visible de la alegoría, y se reiterará más adelante en el libro: la necesidad inmediatista propia de la "estirpe de los zeks” los lleva a no tomar en consideración las "necesidades culturales" o de la historia, las supuestas necesidades del futuro según las evalúa cada nuevo presente, que es donde se definen como "importantes" o significativas, "aleccionadoras" y represoras de las renovadas manifestaciones de la hybris que inevitablemente se renacen..., o... deban ser eterradas o ignoradas, silenciadas u olvidadas, reducidas, tergiversadas o "reconstruidas" (en el mejor de los estilos del "Ministerio de la verdad" de 1984). En gran medida, lo que Kenneth Burke (en su estudio de la forma literaria) manifiesta del siguiente modo: "Las obras críticas e imaginativas son respuestas a cuestiones planteadas por la situación en la que ellas surgieron. No son meramente respuestas, son respuestas estratégicas...". O, como resume Clifford Geertz en su La interpretación de las culturas: “Toda forma expresiva sólo vive en su propio presente, el presente que ella misma crea"De hecho otro aspecto de lo que ya señalaba Nietzsche cuando hablaba de la predisposición o no de "los oídos" del presente para comprender los discursos excéntricos.

Al presente, poco y nada le importa en realidad lo sucedido... salvo que ello para manipularlo en uno u otro grado (el grado en que se haga, reduzca o tergiverse, así como el grado de fidelidad con que se siga interpretando y traduciendo, dependen por entero de las urgencias y no de la verdad). Los sucesos se convertirán siempre en leit motiv de los nuevos mitos o las ideologías del nuevo presente. Y si no hay en él nadie cerca salvo unos hambrientos "zeks", sólo quedarán los restos, que desaparecerán definitivamente sepultados y desintegrados. Es decir, si no hay al menos "ictiólogos" y demás "especialistas" interesados (remarco: "interesados"; y por si caben dudas, aclaro: en cuya ocupación socio-profesional resida su supervivencia en una sociedad históricamente determinada). Otra cosa es lo que parece gracias a la presencia de estos individuos "interesados"... porque, precisamente, es lo que hace que muchas cosas no sean enteramente "del pasado" sino todavía del presente. Y hasta estas ya no son tomadas, si se las encuentra preservadas (es decir, si no han sido destruidas por los intereses "carroñeros" del presente al paso), como poco más que su "alimento" (y su avidez por no cederlo al "enemigo").

Y es obvio que de descubrirse algo "comestible" en los sedimentos de la historia, ellos podrían ser hallados, casualmente, por "zeks" (los reclusos, pero también los reos), como también, adrede, por "especialistas", que los estarían buscando en atención a sus perfiles, a las funciones que adoptaron en el mundo, "zeks" igualmente por tanto del propio deber ser, como, por ejemplo (y cada vez más en el presente nuestro), ese otro deber ser de los nuevos y cada vez más abundantes “funcionarios” (de la cultura), beneficiarios de uno u otro modo y uno u otro grado del "poder” de los otros (los más astutos, menos escrupulosos, especialmente organizados para la gestión del poder), a los que llegan incluso a encubrir y ayudar en su trabajo de tergiversación y enterramiento de los hechos (cuando hablan por sí solos en su contra) o de sus más "peligrosos" significados. Porque hay muchas maneras de "no dejar rastro"...

Además (debería ser evidente y dejarse muy de manifiesto siempre), más allá de las “razones de estado” y/o del proselitismo de las camarillas "encaramadas" (y "prolíficas") que actúan para preservar sus privilegios o incluso sólo su neurosis (aunque también para su perpetuación en sus "hijos de profesión"), será el desinterés (comparativamente hablando al menos) de "las masas" (o, si se prefiere decir, de la sociedad en su conjunto, que marcha apisonando excéntricidades inconsecuentes) quienes entierren, ignoren o consuman, convirtiéndolos en residuos inconfesables, todos esos sucesos "aleccionadores" (como él dice: "borrándose irreparablemente"). Es indiscutible e incluso irreprochable (salvo desde la trampa de la ilusión y la autodignificación) que los problemas del presente no sean ni serán nunca los que se han presentado "hace mucho" ni "muy lejos" (otra cosa es la "cercanía" que se vive a cuento de la "globalización" y los "avances tecnológicos"), y que, sobre todo, son las "urgencias" más o menos inmediatas las que determinan y definen, de nuevo incluso, las salidas concretas, las posibilidades efectivas, las que llevan a los individuos no a "sacar lecciones" del pasado ni de otras gentes sino más bien a “reinventar”, aún cuando se tomen en consideración esas "lecciones" siempre que sean inmediatamente útiles. Esta es en realidad la esencia del eterno retorno...

Así, cuando Solzhenitsyn concluye preguntándose si la historia será exhumada, recuperada, alguna vez, refiriéndose a la que yacerá preservada bajo el hielo (¿en los libros?), o sea, la parte que no haya sido alcanzada por la zarpa destructiva y tergiversadora del partidismo del presente..., lo que hace es combinar una lúcida visión pesimista con la pena que ella misma le produce, con su frustración latente. Y no es extraño de que se considere afortunado (¿quién no lo estaría de salir de "una pesadilla maldita" o un "munco monstruoso" como ese del gulag, y cambiarlo por una "feliz circunstancia"?) de haber logrado y seguir logrando "exhumar" algo de esos "tritones"; él, que sin duda fue "afortunado" al poder cambiar la necesidad de aplacar el hambre a base de tritones  a la necesidad de rescatar sus restos con el fin de preservarlos para la posteridad... Dos urgencias del mismo tenor, humanas, que, como dirá Solzhenitsyn en otro lugar de su libro: "Quien no ha tenido la experiencia de este cambio no puede imaginarlo"; ¡en ambos sentidos!

Es cierto modo parece contradictorio, sin duda por esa vergüenza que se prefiere ocultar cuando se cree haber llegado a ocupar una posición "digna"... Y es que los intelectuales no podemos dejar de esperar la llegada de un futuro que al menos persevere en favor de un mundo "justo" o especialmente "piadoso" con los nuevos dioses (la cultura, la ciencia, y demás iconos sacralizados y luego vaciados por dentro), y ello a pesar de reconocer que ese futuro, de sobrevivir "casualmente" a la depredación de los poderes e intereses del presente y las necesidades y urgencias de los débiles que no viven de esos "recuerdos" para nada, que no sólo no los pueden usar sino que a veces les estorban, acabará (como se ve en la anécdota) por ponerse a su servicio o por desaparecer (y así "no dejar rastro").

Al final, nada es más cierto que la conclusión a la que llega Solzhenitsyn: "ha servido para desentrañar algunas historias...". Sí, al final queda la máscara, la orfebrería, la cerámica arcaica y los huesos... que habla y hablará a los antropólogos, a los arqueólogos, a los intelectuales; en todo caso al servicio de los brujos que presencien el colapso y con todo ello puedan levantar un nuevo mito unificador y salvador. ¡La memoria, a diferencia de las tergiversaciones que la toman como materia prima del engaño siempre renovado con fines de dominación o de conquista, control o sumisión, desaparecerá de todas maneras obligándonos a empezar de nuevo ante un escenario cada vez más atosigado de artificialidades, es decir, de nuestras particulares "excrecencias"!



sábado, 16 de marzo de 2013

La casa (nueva versión del microrrelato)

 
Retrocedía de espaldas mientras enmarcaba la fachada con precisión maniática, intuyendo que se avecinaba algo terrible... aunque sin saber (o no querer) preverlo con suficiente nitidez. Contemplándola a través del visor de la cámara, la angustia iba desplazando la furia con la que había reaccionado a los injustificados portazos y al intempestivo trepidar de las paredes y del techo, y la intención que me impulsaba a tomar la foto se desdibujó: la de conservarla conmigo para odiarla. Seguía sin comprender por qué se había comportado de ese modo, como si hubiese sido presa repentina de una borrachera, o de un ataque psicótico... Pero la propia incomprensión había comenzado a debilitar mi resquemor, y en ese mismo instante estuve por volver a insistir, por entrar de nuevo a la casa, aunque sólo fuese para retomar el intercambio de reproches, tal vez con la misma enloquecida rabia..., tal vez... para suplicarle un poco de piedad... En ese momento, estuve dispuesto, como habitualmente, a renunciar a mi decencia, a someterme, a ser admitido a su lado aún a costa de la esclavitud o la mendicidad, a prometerle lo... lo que acabaría, ¿por qué esta vez sería diferente?, por poner en riego mi derecho a las ya pobres migajas de cariño con las que me había contentado últimamente. Una ola súbita de resentimiento me forzó a apretar los dientes mientras presionaba involuntariamente el obturador, inmortalizando, como se dice, la fachada. Y allí permanecí, detenido del otro lado de la verja que había traspasado unos momentos antes casi sin darme cuenta, incapaz tanto de darle la espalda como de correr a su encuentro.

Entonces sucedió, y por fin pude comprenderlo todo. Y me derrumbé por dentro, como precisamente podía ver que le pasaba en ese instante a ella, en su materia y en su forma. ¡Pretendí aún no creerlo, pero así era: la casa se estaba viniendo abajo, pieza a pieza, pared a pared, desde el techo hasta los cimientos, allí, atrás..., desde atrás, desde el fondo..., para enseguida comenzar a deshacerse piedra por piedra, a desaparecer tras una densa polvareda que en cualquier momento se llevaría el viento, dejando ahí un solar lleno de escombros! “¡Ay!”, me recriminé entonces por mi lento discurrir, por mi elemental egoísmo..., a punto de caer de rodillas en la acera. “¡Cómo pude ser tan rudimentario..., y ciego...!” Sí, ahora recién lo comprendía: ella había fraguado todo eso, esa espantosa pantomima, ese truco malsano, la trampa urdida con el fin de que yo saliera de allí dentro a tiempo... y la sobreviviera! Ella sabía que no la dejaría por las buenas. Me conocía lo bastante como para saber que no podría convencerme, que habría preferido perecer con ella, abrazado por sus paredes hasta la asfixia, cobijado bajo sus vigas y cascotes hasta que la exhalación final. Demasiado le había demostrado yo mi servidumbre... Por eso, en ese instante, quise poder odiarla de nuevo, pero esta vez no lo conseguí, mientras contemplaba cómo se desvanecía sin que pudiera hacer nada..., y la fachada..., el jardín... y la verja... intentaban aferrarse a la retina con creciente dificultad, pronosticando que la memoria también se apagaría. En mis manos, la cámara temblaba con la foto dentro, frágil y efímera, incapaz también de remontar el tiempo para traérmela de vuelta.


Madrid, junio-2012; revisado en agosto-2013.