Reseña autocrítica de la novela "Una nueva conciencia" seguida de las primeras páginas

Entrar en una novela es pasar a un espacio imprevisible, misterioso, lleno en todo caso de expectativas y posiblemente de aprensiones y temores; un mundo del que sólo se vislumbra su portal y unas pocas inscripciones en su dintel (a la manera del Infierno dantesco), una casa habitada por fantasmas que cantan como sirenas o que rechazan al intruso, un cementerio tenebroso en el que se esperan tener emociones fuertes… desde el que tiran espíritus malintencionados, burlones, tramposos...

En ese sentido, la ilustración de la portada, el título, el diseño, la reseña de la solapa, a veces algunas referencias, prometen ciertas pistas que, para bien o para mal, sabemos engañosas... aceptando sin embargo su poder seductor (incluso lamentándolo cuando nos parecen pobres). Sabemos, además, que, desde el momento en que se trata de literatura... lo que nos ofrece no pretende sino convertirnos en creyentes: hacernos vivir una fantasía como si fuera no sólo una realidad sino la Única. De pie ante la estantería o la mesa de la librería, de donde la hemos cogido, ojeamos el interior del libro que la soporta con sigilo y cierta veneración, cuidando no destapar indicios que delaten el desenlace y ni siquiera los momentos cruciales de la trama, y buscamos, con más o menos inocencia, más engaños, guiños y señales que nos empujen dentro y nos atrapen, que despierten en nosotros la idea de que hallaremos un tesoro.

Porque una novela tiene que ser como la isla del tesoro para merecer llamarse de ese modo.

¿Lo merecerá “Una nueva conciencia”?

Intentaré animar al lector, mediante la siguiente autocrítica y la entrega de las primeras páginas, a que se anime a comprobarlo; espero no defraudarlo ni antes de tiempo ni al final. Espero, en fin, que entre en ella, la recorra, hurgue en sus recovecos y salga llevándose consigo su sabor y su mensaje...

Nabokov dijo en su "Curso de literatura europea" (traducido y editado por Bruguera): 

"Debemos tener siempre presente que la obra de arte es, invariablemente, la creación de un mundo nuevo, de manera que la primera tarea consiste en estudiar ese mundo nuevo con la mayor atención, abordándolo como algo absolutamente desconocido, sin conexión evidente con los mundos que ya conocemos. Una vez estudiado con atención este nuevo mundo, entonces y sólo entonces estaremos en condiciones de examinar sus relaciones con otros mundos, con otras ramas del saber."    
"Una nueva conciencia" se apoya para ello en una clara escenografía ignota: la de un lugar fantástico situado en nuestro mismo Universo, pero en ninguna parte, y poniendo allí en juego criaturas apenas imaginables.

No obstante, los auténticos secretos están más allá de las anécdotas y del utillaje, de las características biológicas y fisonómicas de los habitantes de ese mundo subterráneo que gira en un supuesto lugar indefinido del Universo (un mundo subterráneo con un gran mar interior, lo que obviamente es un guiño y  un homenaje a mis primeras y más añoradas lecturas fantásticas, las novelas de Julio Verne). Incluso más allá de la misteriosa fuente de luz, inexplicablemente recurrente de manera periódica -lo que también pone de manifiesto que obedece a leyes que deben ser formalizadas-, un supuesto ser sobrenatural, hijo proscrito de los dioses, que provee las referencias temporales y signa los principales ritos de unos individuos capaces de comprender las reglas, de prever conductas y de reglarlas mediante mitos y tradiciones definidas. Sin duda, el resto de la escenografía, sus volcanes, sus ríos de lava, sus laderas empinadas que se convierten en un techo peligroso del que caen tormentas de diversa naturaleza, sus pozos de lodo ardiente... también son meros acompañantes de la aventura, que así busca una distanciamiento que debería forzar al lector a perseguir las respuestas. Y el mismo fin tienen las extrañas características biológicas, con su particular manera de conformarse y de actuar los sexos y la reproducción de los individuos... sin embargo, eso sí, capaces de reflexionar, de experimentar conciencia, y de sustituir sus convicciones a la luz de nuevas experiencias.

Los secretos giran en torno a eso que ha merecido y que ha dado lugar a lo particular, lo específico, lo individual, lo anómalo... 








Sinopsis:

Una anomalía ha afectado repentinamente a una adolescente poco tiempo  después de haber adquirido los atributos propios de su sexo,  que en su especie se definen y desarrollan en un momento dado de su vida a instancias de un ritual arcaico inscrito en la tradición de su civilización. El ritual permite a los pre-adolescentes de la aldea conocerse entre sí sexualmente y definir sus sexos incluso físicamente, conformando parejas capaces de realizar la primera de las dos fases mediante las que se efectivizará su compleja reproducción, para lo cual hará falta el concurso de una “segunda madre”.

La afectada (hembra tal y como se definió durante el mencionado ritual) experimenta una regresión (consistente en que sus flamantes órganos sexuales receptivos se atrofien devolviéndola al estado neutro de la pre-adolescencia), y ello la hará sentir el miedo de perder a aquel del que se ha enamorado además de sentir el peso de la diferencia y el temor a la marginación consecuente de una rareza o enfermedad predestinada. La excepcional la colocan ante unas perspectivas ciertamente angustiosas. Las preguntas se multiplican: ¿volverán a desarrollarse en breve, se manifestarán en cambio los atributos masculinos en su lugar...?,  ¿cómo podrá superar esa situación para recuperar la simpleza de la vida perdida y... lo que es más importante, volver con su amado al que le debe la reciente aparición de su -agra? El suceso nefasto dará así un sentido aparentemente trágico a la regresión producida, pero será también lo que la conduzca a vivir una aventura que paso a paso y de manera un tanto traumática, le irá desvelando el mundo en toda su dimensión, el mundo que la elemental visión mítica de las aldeas pretendía mantener sepultado e ignorado y al que califican de resultado demoníaco nacido de una incontinente voluntad de innovación.

Para colmo y en el curso de un aparente juego místicamente justificado a la vez que sospechoso para muchos de la tan denostada innovación (que parece haber regresado a pesar de los esfuerzos por erradicarla), ella resultará “infectada” a causa de lo que sentirá como una trasgresión que se suma a su condena. Una “infección” que la envolverá en extrañas pesadillas en las cuales experimenta vidas y acontecimientos extraños cuyo origen le parece diabólico y que sin embargo le resultarán cada vez más comprensibles dentro del propio contexto, como si esas experiencias le dieran al mismo tiempo los conocimientos que necesita para asimilarlas e incluso ir más allá. Pero aún le resultará más extraño que la “nueva” sacerdotisa de la aldea (cuyo origen y situación en ella son en sí mismos oscuros) aquello no sólo no le resulte sorprendente y extraño sino tampoco pecaminoso o punitivo; más aún: ¡aplaudirá y se vanagloriará de la ocurrencia del fenómeno sentenciando que es un signo positivo de bienaventuranza!

El hecho, en cualquier caso, se impondrá para ella como un castigo que la obliga a perder, como temía, a su amado, viendo así cómo se cumplen sus peores vaticinios.

Así, en un mundo que resultará conflictivo y tramposo contra todo lo que mostraban las apariencias, nuestra heroína, cuyo nombre es Mouil (Mouil-agra si completamos el nombre en atención al sexo, que ha adquirido y que reivindicará con ahínco), comenzará una aventura signada por el sentido del deber, el desarrollo de pensamientos propios apoyados no sólo en su propia experiencia sino en la de otros que se hacen suya, y la voluntad incólume de volver a reunirse con el amado.

Al igual que nosotros, los humanos, al parecer debido a la dinámica de esas facultades dadas, han procreado dos civilizaciones no estancas. Una de ellas es inquieta, innovadora, creadora de mundos en constante cambio y creciente artificialidad, donde la curiosidad y las ansias de dominar todo lo que los rodea los llevará por el camino de la creación de ritos, cosmogonías y mundos que acabarán al fin de despertar a los demonios y provocar el colapso de su propia sociedad. La otra se ha resignado a parapetarse en la repetición y la mayor fidelidad posible a lo que estaba establecido de manera ancestral... aunque no podrán evitar que en su propio seno surja la innovación y las ansias de poder que conducen a la rebeldía y a la perturbación, en este caso, de índole igualmente conservadora... Ambas reivindican un origen ancestral, lo que mucho tiempo atrás dio lugar a un cisma decisivo y en la primera origen a una sucesión de nuevas fases sociales y nuevas concepciones de la realidad.

La protagonista ha nacido en una de las catorce aldeas primitivas que se asentaron y permanecieron junto a Las Orillas (del único Mar “abierto” de ese mundo subterráneo). La especie de contagio terrible a la que se verá expuesta la obligará al exilio y a trasladarse a la zona donde se edificó la otra civilización y que quedó devastada a cuento de una invasión alienígena y la guerra que en sucesivas etapas se libró centralmente en defensa del mundo y, de paso, en atención a los propios conflictos político-sociales de origen local...

Todo esto, hasta ese momento desconocido y tabú para todos los habitantes de Las Orillas, comenzará a pasar a ser extraña y conflictivamente conocido por ella hasta permitirle el acceso a una nueva conciencia que acabará compartiendo con otros, igualmente afectados por un contagio equivalente.

En la aventura, se verá principalmente involucrado su amado Güian-dor, un adolescente que como ella ha nacido y crecido en la misma aldea y con quien, en el curso del mismo ritual, se conformara -dor ( lo que denota el sexo inseminador).

Una historia de proporciones inimaginables, de luchas de poder, guerras, pestes, degeneración y regresiones repugnantes, mitos que intentan ganar un lugar de privilegio a cuento de mezquinas ansias y desequilibrios... los envolverá e involucrará hasta conducirlos a las antípodas de la sencillez, la ignorancia y las prohibiciones propias de la vida en la aldea. Una historia con raíces en el pasado del mundo real y hasta del Universo prometido, de la cual acabarán convertidos en actores significativos aunque igualmente minúsculos sobre la base de la conciencia de lo construido, lo destruido y lo deseado.








inicio del Capítulo I


Capítulo I
MOUIL-AGRA. La Gran Buscadora

Rumiando una desesperación que comienza a revolver mis boltestinos, sigo a la distancia y al amparo de las dunas la impasible inmersión de Borooish, absolutamente indiferente por mi suerte; ay, que el Rector sea benevolente con esta impaciencia mía… Pero, aunque no pueda asegurar si para bien o para mal, ya queda menos. Todas las perspectivas que contemplo me confunden y por momentos me refrenan. Sí, ay, ya queda menos para que me decida… o… o huya y me pierda para siempre...
Arrastrada lentamente hacia el Osimash Profundo, la larga cola de lush de Borooish sobre la superficie del Mar se va afinando. Otro elimash concluye y pronto darán comienzo los tres cuartos del osimash. Nunca, sin embargo había notado que lo hiciese con tanta indolencia como ahora; mermando, ay, demasiado lentamente para mi gusto, y como si no fuera a volver jamás a Las Orillas, al menos para mí... Con ese temor en las entrañas, no sé en verdad por qué tengo tanta prisa. La rojuridad del osimash que pronto extenderá su manto sobre el mundo, puede que para mí no acabe nunca, puede que el remedio consista precisamente en eso, en la desaparición y el olvido. Y dado que para castigarme a mí misma tuve tan poco coraje, ¿qué sino volver y continuar, qué sino dejarme arrastrar hasta el final por el curso de las cosas? En fin, cuando la rojura se extienda, ya no me quedará ninguna excusa para continuar parapetada en este sitio, abandonándome al deseo de morir. En el fondo, con la misma cobardía, optaré una vez más por la esperanza… Me aferraré a la más mínima lush que sea capaz de entrever… es decir, de imaginar… Después de todo, la Encomendada a la que habré de rendir cuentas en breve fue Grondparieéns en las Orillas, y tal vez sea benevolente, aunque si tiene que castigarme, que lo haga; siempre es mejor que lo haga alguien, que me lo imponga cuando ya no me quede escapatoria.
Sí, pienso, calculo como jamás habría tendido a hacer, no sé por qué misterioso mecanismo, gracias a qué recónditos impulsos, y me repongo, me animo: protegida por la rojura, tendré más posibilidades de circundar la aldea sin ser vista. El plan, si así puede llamarse a mi escueto acopio de expectativas, es alcanzar la orilla, al otro lado de la aldea, donde se alza el templo que la Encomendada ocupa. Por momentos lo vislumbro al final del terraplén, con esa singular e inconfundible silueta de forma escalonada que oscila al ritmo de las ondas lushminosas que se forman con los corcoveos convulsivos del Rector al sumergirse. Allí destaca, roja y nítida contra el Mar que se va haciendo gris, plano, uniforme como un inmenso e inconmensurable disco que rompe el horizonte al agrandarse cada vez más ante mi vista. Ay, hasta allí debo llegar sin contratiempos, aunque no será nada sencillo ya que para alcanzar la construcción tendré que exponerme durante un largo trecho.
Bueno, mi idea es ir de famuro en famuro, parapetándome contra sus gruesos lomos de lava aprovechando que, con el fin de protejernos de las lluvias, se orientan hacia los fuegos eternos. Ellos al menos me ocultarán del interior y en buena medida de la playa. ¡Menudo riesgo doble sin embargo ahora que, para colmo, las erupciones se han reinciado con unos arrebatos intermitentes que dibujan mil formas terribles sobre los lomos convexos de los famuros mientras sobre ellos caen dispersas miles de chispas y rocas candentes!
Por fin, con la acentuada convicción de que no tengo otra salida -lo que alimenta mi coraje-, abandono la protección de las dunas y me arrastro hacia los famuros periféricos, rogando nuevamente que todos se hallen ya en sus lechos, adormeciéndose o mejor soñando. No obstante, prefiero reducir al máximo los riesgos: no sería la primera vez que algunos jóvenes virginales, aprovechando el sopor de los parieénsy –que muchas veces creo que disimulan a pesar de las reglas-, regresen a la playa, urgidos por la incertidumbre que por experiencia propia sé hasta qué punto se puede volver insoportable; ay, cuando se demora demasiado la definición del sexo, ay, normalmente irreversible, con el que nos hacemos adultos y estamos en condiciones de contribuir al mantenimiento del Constante. Por eso no me fío y, a pesar de la relativa protección que me proporcionan el osimash y los guantes con los que he cubierto mis manos, me muevo con cuidado, avanzando a tramos cortos mientras me lo permiten los famuros contra los que me pego y apresurándome cuando se trata de salvar las travesías, justo cuando mi halo de calor más fácilmente se pueda confundir con los centelleos de las erupciones. Y poco a poco me voy sintiendo más segura sin por ello perder del todo, ay, como seguramente haría Güian-dor, la desconfianza. Y es que nada sería más desastroso que ser descubierta, especialmente por él, mi enamorado. En cuanto a la Encomendada Doies, a quien acudo sin alternativa para pedirle ayuda, espero no tener que despertarla; conozco su mal genio y sé lo adverso que podría resultarme su enfado. Pero no puedo continuar con titubeos y dejar que esto acabe, ay, con todo... Kaueg-dor, el parieéns de mi famuro, al igual que cualquier otro de los parieénsy de la aldea, no me inspira garantía alguna de más condescendencia ni eficacia que las que espero de la Miístre, sino todo lo contrario. Una extraña certidumbre, que comenzó a hacerse mayor en la medida en que desandaba el camino de la Búsqueda, me dice que ella, la Miístre Doies, sabe cosas que los demás ignoramos, lo que me sugiere la existencia de unos objetivos que ella vendría persiguiendo en secreto y en los que inexplicablemente me intuyo involucrada. Pero me consta que no tengo otra alternativa, y tendré que correr el riesgo de someterme a su arbitrio… La Miístre, sí, la que atribuye al propio Borooish esa Encomienda que nunca ha querido revelar en detalle, ni siquiera a al Grondparieéns, que yo sepa, para cuyo cumplimiento aseguró que El Rector la hizo volver a La Rutina. Lo me lleva a pensar que también tiene, porque las tuvo que recibir de Él, las facultades necesarias para librarme de las malditas fibras de lush que han anclado en mis palmas. ¡Sí, debo acallar esas absurdas sospechas: tiene que ser… ella debe poder devolverme a la cordura; hacer que se separen de mí esas fibras titilantes que tuve la desgracia de Hallar en Las Laderas a donde ella misma me envió de Búsqueda… ay, hipnotizada; debo rechazar esas visiones y esos murmullos que me han invadido desde entonces! ¡Sí, sí, así debe ser, y no puedo creer, como intentan convencerme esas extrañas y blasfemas convicciones que me asaltan, de que eso, todo, algo, constituye una mentira; de que ella y su misión son falsas, de que nos ha engañado desde su llegada...! ¡Ay, Borooish, Borooish, no lo sé, yo no sé nada, pero de algún modo tengo que volver a ser la simple orillera que era antes de que la Encomendada me enviara de Búsqueda en Tu nombre!
Pero las sospechas vuelven a manifestarse en cuanto la tengo delante, en el vano de la entrada, donde, ay, tengo la certeza de que me estaba esperando. Tiemblo ante el falso rostro de la máscara con la que oculta el verdadero y de cuyo perímetro cuelga esa vestimenta integral de la que jamás prescinde con el objeto, como declaró al presentarse aquel osimash increíble ya vestida de ese modo, de cubrir los signos de una ancianidad extrema que no deben ser contemplados sino por quienes hubiesen sido ungidos por Borooish, esto es, por ella misma y sus hermanas elegidas. Y el recelo se acentúa cuando me invita a pasar a la primera estancia del templete, sin más preámbulos, como si no necesitase explicación alguna, como si fuese cierto que lo sabe todo y que me hubiese estado esperando. Enseguida vuelvo a sentir en mi mente voces que cuentan ficciones contrapuestas e inverosímiles en donde reconozco aquellas siniestras señales de alerta. Pero ya no me caben dudas de que provienen de las fibras y logro reponerme de nuevo, dispuesta a que la Encomendada me las quite, ay… como sea.
Pobres, después de todo… debe ser que perciben que estoy ante la Miístre para acabar con ellas y hacen lo que sea para no perder la vida que consiguieron recuperar a mi costa. Pero no lograrán inducirme la suficiente desconfianza como para que me vuelva atrás. Por fin, aunque confusa, cruzo el umbral dispuesta a ser redimida mediante la penitencia y el castigo. ¡Ya está, ya no hay retorno! Una vez dentro, bajo la mirada de la Miístre, cuyo frío siento a través de la ranura de su máscara, me quito, de una vez por todas, los guantes de recolección que me había calzado para evitar el rechazo de los míos, y dejo al descubierto las fibras.
«Fui una incauta, de acuerdo, sin duda una codiciosa», confieso avergonzada al ver que sigue sin decirme nada, «Pero cuando las encontré no presentaban el menor aspecto ofensivo; estaban al acecho, entreveradas con la carne deshecha y maloliente y los quebradizos huesesillos de un par de manos muertas. ¡Malditas tramposas, no brillaban ni palpitaban como ahora y no las pude ver, camufladas como estaban en la rojura de esos restos, créame, Miístre, si no, no se me habría ocurrido tocarlas y correr el riesgo de acabar accidentada! Lo que ya no tengo tan claro es cuándo comenzaron a dar lush y se extendieron de este modo sobre mis palmas; si fue inmediatamente, en cuanto las cogí o mientras las asía, o en el curso de la pesadilla que me atrapó en el acto. En todo caso, me encontré de repente de rodillas, los brazos extendidos sobre una chablada, viéndolas brillar en mis manos, al tiempo en que me daba cuenta de que ya no era la misma. ¡Sí, sin duda un rapto de locura! Pero lo cierto es que me descubrí cambiada, dentro del cuerpo de un –dor enfermizo y repugnante cuyos escuálidos brazos extendidos sobre la chablada mostraban las horribles llagas que sólo pueden exhibir los guardianes... Lo cierto es que allí estaban, relumbrando en las palmas de ese cuerpo en el que había sido atrapada. Y lo más sorprendente fue que no grité escandalizada, ni todo aquello me pareció completamente extraño: una parte de mí sentía que así debía permanecer mi cuerpo y que esas fibras que palpitaban ante mí, clavadas en mi carne, no me eran por completo extrañas; al menos, que no era la primera vez que las veía relumbrar en mis palmas… y que en parte lo deseaba. Pero esto no era lo único que recordaba; el sitio que estaba contemplando, donde era imposible que hubiera estado nunca, también me resultaba familiar. Y los dos Guardianes de Las Laderas (sin duda, se trataba de esos innovadores legendarios) que estaban justo detrás de mí, me resultaron también insólitamente fraternales. De inmediato, uno de ellos, que no sé cómo sentía conocer (¡algo me decía que se trataba de un tal Lebai-dor… o… algo así como Il Vecceo… o Ül Vegcheo…!), lo que era del todo imposible, alzó sobre mi cabeza el filo de una hoja afilada (una… espada o algo así) y, mientras insistía que debía aplicarme lo que llamaba, creo que era… medceine, ya no lo recuerdo con precisión, descargó sin más el golpe sobre mis muñecas… Oh, no pudo ser más que un desvarío, y sé además que eran las muñecas de ese –dor onírico y no las mías, pero ya no dejo de sentir ese dolor como si hubiese sido mío, ya no dejo de recordarlo como si me hubiese sucedido realmente. Un dolor tan desgarrador que me arrojó a la incosciencia (siento cómo me desvanezco de inmediato; siento paso a paso todo eso…), en la que permancí un tiempo, estoy segura. ¡Hasta ese punto me encontraba yo en el cuerpo de ese –dor, al menos hasta aquel terrible instante….!  ¡Hasta el punto de sentirme morir o, más bien, hasta el punto de sentir que aquel fantasma moría como si fuera yo… y como si yo misma hubiese desaparecido; accidentándome definitivamente en ese acto, después de transformarme! ¿Increíble, verdad? Sí, debió ser una alucinación, y fue lo primero que pensé cuando volví en mí y comprobaba que volvía a ser yo misma. Hasta que descubrí que esto estaba brillando en mis palmas, como si me lo hubiese traído de… de allí... Yo seguía en el mismo sitio en el que había hallado la carne putrefacta, y no era el azqueroso –dor que había perdido las manos ni la vida. Yo era de nuevo o seguía siendo Mouil-ag... gra, y sólo me había desmayado. Había vuelto a ser yo misma, aunque, al descubrir lo que palpitaba entre mis ventosas palmares, lamenté haber superado el accidente, me arrepentí de haber vuelto...
«Sí, Miístre, las fibras estaban exactamente donde las puede ver ahora, ahí, ancladas en mi propia carne, brillando y palpitando sin poderlo evitar de ningún modo… bueno… con esta lush impía, tal y como había presagiado la alucinación, o como si desde aquel sitio que debió ser el mismísimo reino de la muerte, donde las hallara, las hubiese traído conmigo, dándoles la vida que por lo visto habrían perdido... Que… creo… deberían perder… ay, ¿de nuevo?
«Pero aún hay más... tiene que saberlo todo antes de… todo lo que he tenido que soportar. ¡Si no las tuviera delante, si ninguna de las dos las viéramos, volvería a creer que se trató de una alucinación, pero no puede ser ése el nombre de lo que me ha sucedido y me sucede...! En cuanto regresé de aquella pesadilla, me encontré con que no sólo me acordaba con precisión de lo ocurrido, sino incluso de cosas que no llegaron a pasar, al menos que yo sepa, durante aquel ensueño. ¡Sí, digo bien: me acordaba! Y es que de improviso, con diabólica insistencia se lo puedo asegurar, otros recuerdos imposibles, cada uno más absurdo y perturbador que el anterior, comenzaron a salir a flote, como si de los restos de un fatídico naufragio se tratase, para transportarme a tiempos y lugares que yo jamás pude haber conocido. Y de nuevo me vi, ¡no entiendo cómo!, transformada en -dor, mientras mis ojos, es decir, los suyos, me hacían contemplar las calles y fachadas de una ciudad innovadora... donde supuestamente habría jugado de niñ... ay, debo decir, de niño. Y que me permitían ver, y recordar, una máquina enorme que reconocía como Taladro con la misma familiaridad con la que observo una ahumadora… y la llamo por su nombre. ¡Una máquina, sí, a la que le atribuía sin que me sintiera obscena la sacrílega función de perforar La Roca!
«¡Ay, Miístre!, ¿cómo pudo todo eso ser posible? —exclamo sin conseguir que se le mueva un pelo— ¿Cómo he podido yo tener esos recuerdos y cómo he podido yo, aunque sólo fuese en sueños, sentirme y reconocerme -dor e incluso recordarlo? ¿Cómo puede sucederme algo así a mí, con los profundos deseos de ser -agra que han marcado el despertar de mi sexo, con las irreprimibles ansias de revertir la regresión que se abatió sobre mí poco después? ¡A mí, a quien usted misma, desde el mismo viajesh en que mis órganos prematuros se retrajeron y muchas veces desde entonces cada vez que la consultaba, aseguró que acabaría pasando, que no fuera impaciente, que a veces esas cosas acontecen pero que suelen remitir! ¿Qué hice yo para que todas mis pretensiones de recuperación se hicieran trizas, todos mis deseos de ser digna de Borooish y de mi buena aldea de Bgashlgon, de contribuir a mantener el Constante, de merecer el amor de Güian-dor? ¡Por lo que más quiera, Miístre, tiene que hacer algo para remediarlo! —le suplico mientras hago un esfuerzo para no estornudar sobre mis propias palmas (maldita sea, ya estoy de nuevo con mis inoportunos estornudos), palmas que sigo exponiendo a su curiosa mirada con expectativa y ansiedad. »
Debió escucharme, no puedo tener dudas, y sin embargo allí sigue impertérrita, en cuclillas frente a mí, con las óculas enfocando claramente mis fibras, como a la vista de un tesoro, presa de una especie de sopor que me lleva a imaginar que se está diluyendo dentro de la ropa que en cualquier momento caerá, vacía. Diluyéndose con el horrible estettor de una queda letanía que no consigo captar con precisión y que alimenta mi sensación de que estoy asistiendo a su inexplicable muerte.
Permanecemos así un tiempo que se me hace eterno. ¿Qué espera, me pregunto; qué hace? ¿Acaso no le basta con lo que le he contado, no tiene suficiente con observar la evidencia? ¡Vamos, Miístre, tiene que ayudarme, insisto, tiene que extirpar estas fibras de mis palmas y borrar de mi cabeza todas esas pesadillas!
¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué es eso que dijo de repente? La Miístre Doies da fin a sus murmullos y me observa desde el fondo de la máscara. Sin enojarse, sin manifestar perturbación alguna. Estudia, un poco más todavía, las fibras que brillan en mis palmas. Suplico, una vez más; le exijo de nuevo que me ayude, que debería… Ella hace un gesto imperativo y me obliga a acuclillarme mientras ella se yergue. Luego se retira hacia la habitación contigua donde, al cabo de unos pulsares, alcanzo a ver unos extraños reflejos de lush que comienzan a bailotear en la pared visible. Como si proviniesen de una superficie acuosa, de pronto ilushminada, que hubiese sido perturbada repentinamente; lush y agua, apenas una idea vaga que me invade… Nunca antes había entrado en ese viejo templo reservado (hasta antes de que ella regresara del Osimash Profundo) a la meditación de los Grondparieénsy que ya podían Partir, pero había oído hablar de sus rituales y de las inmersiones preparatorias para la Última Travesía, y supongo que en esa estancia debía seguir la alberca en la que solían entrenarse. Por eso se me ocurrió pensar, quizá con una lógica que no muy habitual en mí, que esos reflejos se parecían mucho a los que reverberarían entre mis ventosas si las sumergiera... Recuerdo, creo recordar, que la curiosidad me llevó a hacerlo, que me asomé para ver... ¿Lo hice? ¿Cuándo? ¿Con qué coraje, con qué desverguenza?
Entonces, en ese mismo y verdadero instante, lo que me rodeaba se deshace en la rojura, donde enseguida se alzan trémulos halos dispersos de objetos evidentemente inertes y donde el frío y la humedad despiertan para morder mi piel allí donde está menos protegida. Lejos, a la distancia, cambiando de posición en la medida en que me muevo, observo las palpitantes formas de esos halos, apenas más calientes que el entorno, impropios en todo caso de famuros y de templos y ni siquiera propios de barcas alineadas en la playa o de andamios donde se deja ahumar el iglush. Vaya, pero si parecen rocas aisladas que se situaran a uno y a otro lado del sendero por el que... por el que marcho sin pausa... por el que sin duda marcho desde que… Oh, sí, sí, ya lo recuerdo, por fin recuerdo todo, esos sí que eran mis recuerdos verdaderos, realmente recuerdos míos, hechos que me sucedieron aunque, en fin, no me alegro en absoluto de recuperar. Claro, hace... quizá no demasiado –porque no encuentro un registro fidedigno del tiempo transcurrido-, que me deslicé con sigilo por entre los famuros de la aldea para llegar hasta la morada presuntamente protectora de la Miístre Doies. Luego, efectivamente, le narré los hechos tal y como habían pasado y, por último, acepté beber de la botella que había llenado con agua de la alberca y con la que regresó junto a mí. No fui capaz de resistirme y de manifestar mi desconfianza y mi asco. Luego... ya no recuerdo muy bien lo que hubo luego... Ni estoy segura de que ciertas cosas un tanto desdibujadas me pasaran todas a mí... ¡Sin embargo, lo que tengo ante mis óculas es evidente; así es, son las rocas típicas que pueblan Las Laderas Bajas, donde por lo que sea me he vuelto a internar...! ¡Oh, ya creo comprenderlo, ya creo saber lo que ha pasado! ¡Estoy saliendo del trance, del dulce y engañoso trance hipnótico al que la Miístre me sometió después... aunque prefiero no recordar por qué ni para qué! ¡Maldita sea!

(...)