jueves, 22 de diciembre de 2016

Escritor

Escritor, escritor, escritor

El editor había venido a visitarlo, aunque en realidad había venido para saber cuánto le faltaba para dejar acabada la novela y entregársela.
El escritor estaba sentado a la mesa de trabajo, el portatil abierto, y prestándole una atención a medias continuaba reescribiendo el párrafo que tras haberlo releído una vez más había notado que fallaba en algo, era confuso o dejaba las cosas poco determinadas.
–Necesitaré otro año –respondió sin levantar la vista.
El otro se despidió entonces, asegurándole redundantemente que regresaría.
Al año siguiente sucedió algo parecido, aunque esta vez la página en la que el escritor se entretenía era una que se encontraba curiosamente unas treinta antes de la del año pasado en las mismas circunstancias.
–Otro año..., necesito otro año... –murmuró con un deje de cansancio y febrilidad.
De este modo se sucedieron esos años iguales, hasta que un día, muchos años más tarde, el editor entró en la casa después de esperar inútilmente que le abrieran. La puerta estaba simplemente entornada, como esperándolo, porque esa era la fecha que se repetía. En la penumbra, el editor distinguió la figura del escritor encorvado sobre la máquina, los brazos en flexión, los dedos sobre las teclas... La página era esta vez la número trescientas cincuenta y cuatro, el párrafo el segundo de la misma. El editor se acercó, mientras comprobaba lo delgado del cuerpo del viejo amigo, sin duda, pensó, de tanto empeñar la vida en el intento. Pero no se trataba de eso: el escritor estaba clara y materialmente en los huesos. Y esta vez no necesitó preguntarle. El esqueleto, tres de cuyas falanges no dejaban de moverse, rozando apenas las teclas como trasmitiéndoles los impulsos adecuados de ese modo, sin glopearlas, musitó entre los descarnados dientes que colgaban del maxilar:
–Necesito otra eternidad, deme más tiempo.

martes, 18 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, la sucesión (2)

Dédalus va en busca de su padre en los dos casos (Homero y Joyce). En la Odisea, para comprobar si vive, es decir, si ya puede sucederlo: eran tiempos en que se cuidaba muy abiertamente la continuidad cíclica (en el sentido que indicara Eliade con Frazer), y tiempos en los que predominaba un explícito sentido moral y de consolidación de la identidad grupal, que impregnaría notablemente la Odisea y la distingue de la novela que vendrá mucho después. En el Ulises de Joyce, lo que ese seguimiento callejero viene a reconocer es que ya queda poco menos que la mezquindad cotidiana... de la que Joyce hace una enorme farsa... llena, además, de trampas para los "especialistas" en desentrañar "mensajes racionales".

El Dédalus de Joyce es el huérfano que quiere ser adoptado, la juventud que muere y de la que tanto León como Molly quieren apropiarse.

En la leyenda de Edipo, el rey quiere acabar con ese peligro para durar, en lo imaginario, eternamente. Joyce quiere durar, en lo imaginario y en el imaginario de dos siglos, eternamente. Por eso..., para eso..., escribe y hace trampas, miente, engaña, enreda, teje de manera alambicada, para que lo tengan que descifrar..., para garantizarse que lo tengan que descifrar (lo reconoce él mismo, o en todo caso insiste en ello por si acaso...).

La sucesión que expone (más o menos, como no pudo ser de otro modo) Homero, responde al mismo dolor por la existencia y su perentoriedad, pero ahora hay un descubrimiento: después de tantos viajes de ida y vuelta, el ser humano ha visto la insignificancia de la significación, algo así como la proximidad de su agotamiento. Como si el escritor colectivo que es la humanidad se encontrase de repente ante la hoja en blanco. Y esta "certeza" parece cada vez más difícil de negar, olvidar, diluir o encubrir. Por eso queda huir, ya hacia el autismo, ya hacia la fe ciega, en la que nos reduciríamos a instrumentos de esta, tenga la forma "religiosa" o la "ideológica", la de "la tradición" o la de "la revolución", la del "hombre eterno" o la del "hombre nuevo".

Por eso, la inmortalidad ansiada (o, más bien, la sistemática voluntad de retrasar la llegada de uno al borde de la muerte, llegada que esa voluntad pretende ver invertida, como "llegada de la muerte", como "su visita inexorable"...) es ahogada en vino. Y vino, es decir, embriaguez, es tanto la escritura de unos como la temeridad de otros, el pensar tanto como el comerciar...

Así, tal parece que lo único que ha cambiado al respecto de la transmisión es el volumen de simbolización acumulado. O el volumen de lo que se ha dicho y repetido de mil modos...: en definitiva, la acumulaciñon de lo que Borges diera en llamar –consciente justamente, como pocos, de lo señalado–, "enunciados de metáforas", los cuales conformarían ese entretejido que seguimos deniominando Historia como si de un proceso "objetivo" en marcha, paralelo o derivado del que seguiría "el universo", se tratara. Fieles aún a los mitos de los que al mismo tiempo desconfiamos... hasta irnos deshaciendo en la orfandad sin referencias.

Una acumulación, en fin, que parece estar agotando la inteligencia y la capacidad de imaginación humana, acosada por esa conciencia que produce, debilitándola para resistirse a reconocer su peso hasta que, próximos al  límite, comience a darse relativamente por vencida, en muchos casos hasta llevar a los más débiles a tirar definitivamente la toalla... y resignarse, resignarse a vivir de grandezas cada vez más mezquinas.

domingo, 16 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, ayer, hoy y mañana


Se me ha "revelado" (obviamente, "de repente", ¡y seguramente... por que no deja de ser... una obviedad!), que lo que perdura de lo trasmitido a través de los años y los siglos es lo que todos volvemos a vivir... Dicho de otro modo, lo que reencontramos en nosotros y que no es, en resumidas cuentas, otra cosa que la misma angustia humana (lo que se llamó igualmente "su tragedia") y las mismas acciones a que esas dan lugar, esas acciones desesperadas, temerarias, infructuosas a las que el ser humano se inclina impulsado por aquella, por, en fin, eso que Lacan denominó "la falta": lo que no se puede alcanzar y no se puede dejar de alcanzar. Y lo que, incluso, no puede tener más que inocencia y mezquindad infantiles. (1)

En esta situación se inscribe a mi criterio el Ulises de Homero o, mucho mejor y más rigurosamente dicho, La Odisea, es decir, su viaje (2).

Han pasado varios siglos desde entonces, y los paradigmas humanos, sociales e históricos, se han sustituido unos a otros. Hace tiempo que los que más contribuimos a la visión global del mundo no nos miramos en el espejo del "honor" y de la "gloria", que no creemos en el más allá y menos aún que esta pueda ser ganada en el fragor de las batallas contra los bárbaros o extranjeros, trayendo a la patria el laurel de la victoria o contribuyendo con la máxima entrega a conseguirlo. Ya no perseguimos la lápida laudatoria con la que se nos recordará por ello. Incluso nos reímos, a veces con una "risa áurea", de la posteridad y nuestros propios sueños, desnudos ante el espejo que no deja de devolvernos mezquindad y la conciencia de casi cualquier autoengaño. Y sin embargo, sabemos, ¡lo sentimos!, al enano ahí, dentro, laborando, urdiendo un "nuevo" camino que nos reivindique, que nos dignifique.

Despreciamos el "honor guerrero" y aún más el "patrio" como "ciudadanos del mundo" o "humanistas" a los que les repugnan las guerras y las sangres y los predominios... ¡Y se juega incluso a preferir ser esclavos antes que amos! Inclusive, se lleva años enseñando a ocultar deseos tan "abyectos" tras la máscara siempre lista a caer en cuanto se le suelten las cadenas ya no por algo "digno" como la "grandeza de la Patria" o de "la propia Cultura" y ni siquiera "la Liberación" (la que sea, también de la "nación oprimida" o de "la clase explotada") sino en atención a lo contenida que estaba la propia atrocidad, la vocación asesina hacia el prójimo como diría a fin de cuentas Kean de Sartre. Y ahí está, en las últimas capas del recuerdo (sin que por ello la recuerde ni la quiera recordar nadie) la masacre de Ruanda o la de Sudán o las "depuraciones" de los "guardias rojos" o de los "jemeres", y más cerca, tanto que está en este instante ocurriendo, lo que una camarilla burocrático-militar en torno al sirio Asad y a sus socios rusos están perpetrando en su país, contra sus opositores próximos en extremo, con tal de reducir a la nada toda oposición en general... Allí me atrevo a afirmar que no haya nadie que luche por el honor y la gloria sino, de una parte, por el más elemental deseo de poder absoluto (sea o no algo más que una referencia utópica) y las ansias de aplicar la "fuerza por la fuerza" (como habría señalado Castoriadis distintivamente), y, de la otra, por la más elemental supervivencia... poniéndose a su vez en las filas de una camarilla que antes o después también se dedicará a usufructuar su propio poder..., es decir, en las que vuelve a estar atrapada una población que nunca podrá hacer otra cosa que ir tras unos y bajo unos en lugar de bajo otros... (3) ¡Y de esto estamos –los que podemos soportar más la lucidez y la mirada "invertida" (Rilke dixit) o "radical" (Nietzsche dixit) y los que... aleluya... contamos con "la seguridad" del denostado y ciertamente repugnante Leviatan Occidental!– lo suficientemente convencidos que... hasta somos capaces de refugiarnos en la risa, y con ella... de seguir hablando! (Y que conste que no pido ni sugiero a nadie que rechace o se avergüence de la "salida" que escoja sea contra la simbología instituida o incorporada que lleve dentro y lo agobie) (4)

Así, James Joyce, de la mano de la mejor Literatura, se sintió empujado a reiterar el verdadero trasfondo de La Odisea. Lo que él rescató de la narración antigua pero viva fue algo que estaba más allá de una serie de aventuras... en todo caso dándoles nuevos ropajes y paisajes: la vida cotidiana de principios de su propio siglo, donde, entre otros pequeños detalles destinados a apenarse o a mover a la nostalgia de los tiempos perdidos, sólo queda la heroicidad del hombre de la calle que ya no aspira a nada sublime sino al mero placer fútil que produce un orgasmo dentro de los pantalones o un platito de riñones, y donde la paternidad se diluye, se arruina, se degrada, es traicionada, y en todo caso es impuesta... en los papeles y registros, burocráticamente, legalmente...

Así, mientras que en Homero, el viaje de "alto riesgo" alejará al protagonista y a sus seguidores del origen y la seguridad del hogar en pos de una meta ambiciosa que resume aún, entonces, las ansias oscuras de ir más allá de la mezquina humanidad con la que se debe vivir, símbolo o referencia de una ansiedad desesperada, León Blum, igualmente sufriente por las mismas razones, por la misma pertenencia a la misma humanidad que a continuado desolada y huérfana de destino, deambulará de isla en isla, por los mares sumergidos en la gran ciudad y en la tecnología, el papeleo, la insubstancialidad grandiosamente revestida no ya de grandes batallas vindicativas y llamadas al deber sino de ladrillo, pavimento, aceite de motor, publicidad, y puro desgaste mediocre... cuya única "salida" es la consumación de los más simples apetitos efímeros...

Y esto, es decir, ese mismo "quid" humano será el que reflotará en toda la Literatura Perdurable (quiero decir, la que tiene esa característica que precisamente es la que la haría perdurable y reiterable): en Kafka, en Musil, en Gombrovitz, en Kundera... 

¡Una Literatura y una "intencionalidad" que hoy parecería haber escogido suicidarse, y sobre todo, por no encontrar quien quiera ya mirar en ese pozo sin fondo en exceso... porque sabe muy bien que nada hallará allí sino un alter ego que sufre, que nunca alcanza nada del mismo modo que no lo alcanzará él mismo!

En Homero, las ansias del hombre que ha tenido y lo han impulsado terminan reduciéndose al final y en definitiva (o "sustancialmente" si cabe) a esa misma aceptación: se puede burlar a la muerte mil veces en busca de la vida intensa... pero por fin, la vida se acaba agotando por sí sola y sólo queda el refugio en los brazos de la curandera... que en Homero se guarda de claudicar hasta el fin (fiel a esa otra "gloria", femenina en este caso, que los griegos le reservaban a la mujer: echarse a las brazas de la hoguera funeraria donde se quemaba el hombre con el que se había desposado como primer estadio de las inevitables nupcias con la muerte –5–). En el Ulises de Joyce, la mujer ya ha adoptado las salidas del hombre... y ella es, inevitablemente, lúbrica. En ambos casos, no obstante, más allá de los subterfugios escogidos y del grado en que "sepamos" que lo son... el final deja en el aire lo mismo, lo que se reitera a lo largo de los siglos … –y en realidad de los milenios–, y un día, en todo caso, se comenzó a escribir como una manera de dirigirse al otro en busca de simpatía y de complicidad: que estamos solos, desamparados, y que pasaremos penando y blasfemando para nada...

Bueno, saboreando lo que, hasta el fin, los sentidos nos permitan saborear...




NOTAS:

(1) Pascal Quignard, Morir por pensar (entre otros)

(2) Hago referencia al contenido de la obra al margen del grado de sofisticación o depuración y segura tergiversacióncon el que  haya llegado hasta nosotros; es decir, tomando tan sólo la anécdota que movió al poeta –Homero u otro, a su vez re-escrito o re-finado– a hacer de ello... "una historia para ser transmitida".

(3) De paso: es interesante ver cómo esa "fuerza" está consiguiendo, al menos por ahora, llevar a los "rebeldes" a capitular a instancias de la presión de una población que prefiere sobrevivir en las condiciones que la realidad se lo permita. Véase, por ejemplo, esta noticia.

(4) Sobre la "salida", pocas alegorías más reveladoraa que El informe para una academia de Kafka que, como suele suceder, vuelve a decirlo "todo".

(5) Nicole Loraux, Maneras trágicas de matar a una mujer

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Una historia para nuestro tiempo


Marco Antonio, autorizado por los verdugos de César, sale a la plaza pública con el cadáver del tirano apuñalado en brazos. Lo saca a la luz del día, a "la luz pública", debidamente cubierto por una túnica que acabará descorriendo a modo del telón siguiendo una cadencia que tal vez Shakespeare apenas si reprodujo con variaciones: dramática, proselitista, eficaz. Lo deposita a cerca, a un lado, como un prestidigitador su galera, sus guantes, su bastón sobre la mesa trucada. Procura, en cualquier caso, darle una postura digna, la de la víctima inocente... y vejada; la de quien no sólo no merecía morir sino no dejar jamás a su pueblo, jamás de guiarlo, de... beneficiarlo, como pronto conseguirá demostrar. Y da (shakespeareanamente) comienzo a un sutil y demagógico discurso cuyo primer tramo es una exégesis de su amado jefe, donde da cuenta del amor de César por el pueblo como consta en el supuesto testamento cuyo contenido consigue que se le demande con ansiedad medida: un parque público, el usufructo popular del botín conquistado por el líder... Se trata de una jugada nacida de la pasión creadora, de la intuición proselitista de un conductor de hombres que sabe emular al jefe caído. Por momentos, ha rozado sutilmente la rabia que lo impulsa a condenar a los "traidores" con sorna ("hombres honorables sin duda"), buscando la complicidad de las masas. Son los que, en nombre de la "libertad" causaron unas  heridas irreversibles que van tomando  nombres propios: "por aquí penetró el puñal de Bruto", etcétera... La demagogia alcanza una altura semidivina que abre las puertas a la guerra.

Lejos ya en el tiempo, Shakespeare sublima la jugada maestra...; la hace en realidad maestra, lo fuera o no en su época. En todo caso, no podemos asegurar el grado en que la realidad fuese "sublime"...

Lejos en el tiempo, en el nuestro, nosotros podemos, en cualquier caso, comprobar lo lejos que la vida cotidiana está del arte. Lejos, después de incontables jugadas rastreras y circenses bajo las reglas del "Circo de Oklahoma" (Franz Kafka, América) que hoy imperan, vemos lo fútil de una y otra y otra subidas y bajadas del telón de la historia.

Pero lo peor es que haya tanto "texto impreso" y tanta "representación" que se esfuerce por no ir más allá de "la (pobre) vida misma". 






martes, 20 de septiembre de 2016

Despotricar contra lo inevitable (o "blasfemar") es a lo que estamos condenados

Sé por anticipado a qué miseria me va a llevar esta reflexión. Lo sé hasta tal punto que estoy por desistir de remontarla y, más aún, de exponerla... Pero, ¡qué demonios!, yo tampoco puedo renunciar a embestir...


La clave del problema es que, pese a que la reflexividad nos confunda, no hemos elegido nada: ni haber nacido, ni haberlo hecho en este mundo, ni disponer de instintos que nos lleven a aferrarnos a la vida en él, ni de privilegiar unas herramientas de supervivencia relativas, con las que hemos sido munidos, sobre las demás que podríamos igualmente adquirir. Claro que sin la reflexividad... no lo sabríamos, como aún les sucede a esos seres que llamamos animales y en los que no obstante estoy seguro de que a veces algo chisporrotea aunque sólo sea de manera efímera, lastimosa, inasible... a instancias de su "rudimentario" (pero prometedor) sistema nervioso. Sí, la reflexividad es la que convierte el hecho en problema, lo que pone de relevancia la clave de sí...

En cualquier caso, la propia lucha básica a la que nos empujan nuestras dependencias tiende a alejarnos de la resignación, es decir, nos conduce a sublimarse hasta convertirse en una lucha infructuosa llena de idílicas conquistas y por fin a la blasfemia, a las demandas que dirigimos a un dios ultra supremo contra el dios que nos impuso la realidad. Por lo general, buscamos los puntos aparentemente menos sustanciales o máximos, aparentemente más posibles de "enmendar", las pequeñas reformas que harían más amable (para nosotros) este mundo y esta vida..., pero eso no es más que un subterfugio, una invención para ignorar lo que en el fondo sabemos (de no ser así no tendríamos por qué negarnos a la "locura" del "blasfemo integral" o "sublime"): que no nos podemos resignar... porque, sencillamente, no podemos aniquilarnos y dejar el mundo a su deriva. Y no podemos hacerlo porque así hemos sido constituidos en correspondencia con lo que nos precedió. Más aún, por si fuera poco, porque así hemos sido adicionalmente educados: para el reforzamiento complementario del instinto –garantía de la multiplicación–, del que no nos fiamos, contra el que mantenemos una cierta distancia porque lo consideramos culpable junto con toda "la realidad", una desconfianza necesaria que nos permite vernos "por encima" de ella, por encima del mundo y de la vida, amos potenciales del universo, esa promesa del dios que nos hemos inventado y cuyo cumplimiento precisamente demandamos. Cerrando el círculo de la locura que aparenta no serlo. 

Así, algunos entrevemos la imaginaria, igualmente idílica salida que Pascal Quignard (*) reivindica haciendo referencia al antiguo pensador chino Chuang-tsé que proponía –¡por escrito... o de lo contrario Quignard o yo lo tendríamos que haber inventado sin referencia alguna, sin "el ejemplo" no consumado!– "vivir invisible en el fondo del callejón"... pero con esa astucia que como a una considerable porción de pensadores equiparables (un puñado de ellos citados por Quignard): "supieron inventar una forma implicante" (ibíd.)

Así es, acariciamos el silencio, el anonimato, la rareza, la incomprensión, la marginación..., sin dejar de buscar revertirlo, sin dejar de... "blasfemar"..., sin lograr resignarnos de verdad y dejar de dar gritos de socorro y embestir como los jabalíes ("singliers") –la porción de pensadores equiparables que Quignard cita–, fieras indómitas y solitarias.



(*) "Ultimo reino", en particular: "Los desarzonados", véase el capítulo XCV que abre paso al siguiente, titulado "Hay que recazar la mirada de los otros", o "Morir por pensar", capítulos XXXI (donde enumera a los blasfemadores) y XXXIV (donde citta a Chuang-tsé).

viernes, 9 de septiembre de 2016

"La botella precintada"; «Once upon a time there was a story that began»...(*) again...


 
¿Qué "cuenta" mi novela...? Hay ciertamente una historia, unas anécdotas, unas angustias, unas alternativas, situaciones particulares, encuentros, acciones, una aventura, búsquedas y frustraciones... Es (con todo lo que esto significa) una historia "para ser contada" a la vez que efectivamente "es contada". Es (más allá de "errores" y "caprichos" que me gustaría subsanar) Literatura. Y una Literatura que va más allá de ser vehículo para convertirse en protagonista de la historia a la que pretende pertenecer... Es protagonista en un mundo que ha institucionalizado su ausencia... pero que, como "los cardos caucásicos" de Tolstoi, resiste acurrucada a las pisadas de los domadores de la tierra y al paso de las orugas de sus máquinas... El "cardo" brota así sin voluntad propia... de nuevo, en realidad, como el arma posible para aventar la muerte, al menos para distraerla, y, mientras, para permitir la simulación de la vida, la vida de y en "otra parte"...

La acción en el año 72 dH. ("dopo Hebel") del nuevo calendario, que, de no haber aparecido "el fenómeno" (de Hebel, que apareció repentinamente en el horizonte una mañana) corresponde al "año del señor" de 2120..., en un mundo reducido, limitado, cercado, sobre el que pende la espada de Damocles del completamiento de la desaparición o... permitiéndoles "una segunda oportunidad" –porque... ¿cómo negarlo viendo que el cerco no se siguió estrechando, que Hebel, La Niebla, ha dejado de avanzar..., por qué no... para hacer de ellos los nuevos "elegidos"?–. Así, casi 80 años después, Dédalus –de nuevo Dédalus... en atención a la costumbre que se ha instituido de darle a los hijos el nombre de algún personaje sacado de los digestos de libros (o "cortes") que se ponen en circulación como para el recuerdo sacro de lo que se ha perdido–, un joven que, convertido en "lector de libros" –"lector" del "Gran Libro" en el que todos los libros se encadenarían sin límites y en el que buscará su "destino" en ellos fragmentado en incontables "enunciados" parciales e incompletos–, se lo hace "responsable" de una nueva misión "absurda" que se superpondrá a la encomendada por su madre desde el nacimiento, y, de ese modo, se lo invitará a escapar igualmente de ella y de su visible "absurdidad", de la maraña de "absurdidades" en la que se siente inmerso, mediante... el propio "absurdo", mediante... una invocación que lo define y lo empujará a "fabrifabular"...

El mundo que ha encogido, que ha seguido adelante dándose una “nueva” sociedad (hija bastarda de la “sociedad perdida”), reinventará la esperanza y reinventará la autodestrucción, la resignación y la venganza, la comodidad y la rabia. En el  se volverá a nacer para ser soldado e hijo, y para obedecer; obedecer a los que se hicieron antes con él, a los que definieron las reglas, a los que han sido a su vez empujados a la desaparición y a la oscuridad...; un mundo donde, seamos algo más concretos, Dédalus va siendo llevado de la nariz por las circunstancias, víctima de un mundo que se le impone y del que sin embargo obtiene unas cuantas  ventajas; un muchacho, más precisamente aún, que se encontrará con la obligación de ser a la vez guerrero de las fuerzas en pugna y paladín de su vejada madre; a prepararse para sobrevivir y matar, para vencer y engañar, para buscar refugio en la imaginación y por fin para someterse a sus designios..., y esto en medio de intereses y dogmas, del misticismo en el que se han refugiado los demás..., un tirano (Sutpen), general victorioso, que se guía por señales repentinas; unos “iguales” que persiguen la inmolación final de la especie a la que acusan de todo, ellos en primer lugar, que conseguirán el día en que logren dar de sí al “Transhumano”; una madre (Eulalia) que ha encargado al hijo la cura de su mezquino pero justificado dolor; una víctima de la que nace otra víctima cuyos finales tal vez no fuesen ni significativos ni más terribles que la continuidad de sus vidas...; y otros individuos, perseguidos, temerosos, que se refugian en la rutina, la locura o la lealtad a lo que deben ser...

Entre un “Antes” que reitera sus imposiciones a través de lo tangible (la madre y el Jefe) y un “Después” abierto, impredecible, tanto esperanzador como funesto, se suceden las 36 horas que van poniendo en escena los hechos y trayendo al presente los antiguos, hechos todos decisivos, contundentes, orientadores, traducidos al presente y al pequeño ámbito de la escena..., granos de nuevo de la incierta e inconclusa arena del tiempo que, encerrada en la clepsidra (una botella) no deja de girar, de repetirse, de repetir. O que, como fichas de un dominó, caen las unas sobre las otras para volverse a levantar y repetir el juego.

Así, entre ese "Antes” re-ordenado y el "Después" que se desencadenará y engarzará con aquel en "la marcha ciega", unas vidas particulares buscarán orientarse hacia y por donde imaginan que habría una salida, tropezando los unos con los otros, intentando aprovecharse y apropiarse los unos de los otros, consiguiéndolo a medias o no consiguiéndolo.

Y en el fondo, la vida, la re-construcción, la re-institucionalización, de la sociedad, de la cultura, de lo pequeño y lo enorme, de la riqueza y la miseria que contienen los detalles, del arte y la crueldad, la mezquindad y el arrojo, la tristeza y la alegría, el placer y el fracaso..., ¡eso que tanto nos sorprende, eso que... “parece mentira”!

La literatura, perpleja ante algo tan maravilloso, plasmará una y otra vez lo mismo, entonará la misma plegaria, propondrá el mismo viaje... “La botella precintada” no podría hacer otra cosa. En todo caso, al saberlo, ya no puede sino hacerlo de manera explícita. En última instancia, sólo se ha vuelto a intentar lo que John Barth plasmó en su legendario microrrelato "Frame tale" (*): «Once upon a time there was a story that began»... 

sábado, 30 de enero de 2016

Espejito, espejito... (última versión a instancias de una traducción al francés bien trabajada y revisada de enero/2016 que se adjunta)


Se contempló seriamente unos minutos, observando sus facciones con detalle, para por fin ponerse a hacer morisquetas delante del espejo, añadiendo de vez en cuando un espontáneo sonido gutural. Así, se vio sucesivamente con cara de mono, de gnomo burlón, de viejo dolorido, de malo malísimo, de tonto, de mucho más tonto, y así más y más... Llevaba haciendo mil y una expresiones diferentes, sin que pareciera dispuesto a abandonar, evidentemente obsesionado por superarse en cada intento... Parecía disponer de un arcón sin fondo lleno de máscaras que iba reemplazando unas por otras en el reflejo produciendo mutaciones sin descanso. El espejo temblaba ya por el esfuerzo, deseando que aquella secuencia, que se veía forzado a copiar a pesar suyo con un creciente dolor de sus cristalinos músculos faciales, cesara de una vez por todas. Habría querido ser capaz de gritarle “¡Basta!” al otro, a ese idiota que se había plantado delante de él y que parecía ya no saber muy bien si seguía siendo el del principio. Habría ansiado devolverle, al menos, una expresión desesperada, de rechazo... o de súplica..., como le pedían las entrañas invisibles. Pero ni el otro le dejaba un resquicio ni disponía de gestos propios que se lo permitiesen. De repente, en el límite de la paciencia, y evitando que se le escapara la pose, ciertamente apropiada, que en ese instante el hombre lo obligaba a repetir, hizo suyo aquel rostro terrible y, extendiendo las fauces del reflejo, se lo tragó de un bocado.


Nota: publicado en italiano por Stefano Valente en Il sogno del minotauro.

Nota: publicado en la revista digital Al otro lado del espejo.

Nota: publicado en francés en el libro digital Lectures d'Argentine del grupo Tradabordo (p. 383)




Miroir, mon beau miroir...
(versión en francés a cargo de MD)


Pendant quelques minutes l'home s'observa dans le miroir, avec serieux, scrutant ses traits dans le moindres détails, jusque'a commencer à faire des grimances, agrémentant le tout régulièrement de sons gutturaux spntanés. Ainsi se vit-il, tour à tour, avec un visage de singe, de gnome moqueur, de vieux vieillard perclus de couleurs, de méchant très méchant, d'idiot, de très idiot, et beaucoup d'autres encore...
Il adoptait mille et une expressions différentes, manifestement pas disposé à arrêter, onsédé qu'il était de se surpasser à chaque nouvelle mise en scéne.
Il sablait avoir à sa disposition un coffre sans fond rempli de toutes sortes de masques qui se succédaient dans son reflet, les uns après les autres, lui permettant de se transformer encore et encore, sans relâche.
Le miroir tremblait sous l'effort, commençais à se fatiguer et à désirer que cette séquence qu'il était contraint de renvoyer, cesse enfin. Il aurait aimé pouvoir crier à l'autre "Ça suffit!"; l'autre, cet imbécile qui s'était planté devant lui et dont l'identité était de plus en plus douteuse. Mais l'autre ne lui laissait aucun répit ni lui-même n'avait de gestes propres qui lui permettent de s'exprimer.
Soudain, à la limite de la patience et, évitant de perdre la pose appropriée que l'home le forçait à reproduir à ces moment, le miroir étirantles mâchoires reflétées n'en fit qu'une bouchée.