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lunes, 11 de mayo de 2020

De los usurpadores mediocres de dios




   A cada rato me encuentro con situaciones que reavivan mi desazón, que me llevan a inclinarme hacia la tristeza (cuando podrían) en la que a la vez no acabo de caer gracías a la escapada (creo que vital) que me permito hacia la indignación; una indignación a veces furibunda, otras, las más, tan reflexiva ella (claro, otra manera de soslayar tanto la tristeza como los feroces impulsos combativos... "la conciencia"... en exceso o poco menos, la "certeza" que, anclada en una experiencia reiterada, insoslayable al parecer, una y otra vez alimentada por esas "situaciones" a las que he empezado a referirme aún en abstracto, en suspenso a cuenta de esta digresión a lo que siento ante ellas, muchas, demasiadas... sí, que encarnan y reencarnan, que saltan sobre mí, aumentando esa "certeza" en que cada vez serán más y peores porque no hacen mas que reproducirse, que inundar, que ahogarme a mí y creo que a varios, quizá bastantes, más...), tan de este modo reflexiva, que en el fondo no hace sino invitarme a callar, a huir, a dejar de saber más de lo que está pasando a mi alrededor, al mío y no en el fondo a la totalidad del mundo que globalmente no se entera de que esas situaciones se multiplican, cabalgando sobre todos e influyéndoles empero, creyendo así poder evitarlo. Volveré sobre este punto, quiero decir, al respecto del efecto que me producen esos hechos y por qué entiendo que me empujan a arrinconarme, a dejar caer "la pluma" como se decía cuando estas se usaban. Insisto: que me empujan y no, como algunos dirían sacralizando una supuesta "voluntad", "electividad" o "libre albedrío". Se trata para mí de una respuesta, tan mecánica, o instintiva, a esas situaciones, como todas las reacciones humanas en general, sean o no para muchos sublimes o despreciables, admisibles o repugnantes. En este caso, las que digo que me mantienen, a mí, a mitad de camino entre las varias reacciones posibles, todas inconducentes, dejándome en el aire, sin suelo sobre el que fijar el rumbo.
Esas situaciones (empecemos por develar de una vez el tipo en el que se resumen) vienen de la mano de ese para mí terrible y trágico poder de la Razón para lograr reunir en un discurso y ordenar mediante él, hipótesis contrapuestas entre sí, y así llevarlas a un estado falso, confuso pero efectivo (volveré también sobre esto) que no sólo es construido por convicción tanto como por vanidad del discursan o del escritor, sino que es buscado por "el público que lee" y por los gestores de los textos que ellos entienden que ese "público" busca, unos y otros en una complicidad que se realimenta y va produciendo su propia multiplicación ad Infinitum.

   Puedo reconocer que no haya posibilidad humana alguna que nos permita ofrecer "la última verdad", y que esto de lugar a esos discursos y a esos textos contradictorios y por fin desconcertantes que, pese a ser "buscados" como se buscaría "la última verdad", acaban siendo incomprendidos mediante una también falsa y distorsionada comprensión que los reduce a lo que ya le susurraba a cada cual su demonio. ¿Cómo pedirle a nadie, ¡cómo pedirme!, que se le pueda llegar a proponer a otros una claridad definitiva, capaz de resolver todas las grietas del camino de la vida? Todo lo que se aproxime a esas respuestas no podrá sino encontrar la nada, el vacío, la autoconmiseración; a reconocer ante los demás esa incapacidad que no ofrece guía maestra alguna porque no lo puede ser para el propio enunciador. Y aquí estamos pues ante el rechazo del que ya hablaba Sileno a Midas: el rechazo a comprender que lo mejor habría sido no nacer. Ah, lo que no significa "corregir el problema" mediante un acto suicida, ya que eso no evita precisamente el haber nacido y por ello tener que actuar incluso para darse muerte, para sufrir hasta el último aliento, para morir asustado, sino todo lo contrario. Se trata de aceptar que una vez vivos no nos quede otra cosa que vivir. Se trata, en un segundo paso, de aceptar que esa vida es por lo tanto un sinsentido en sí misma (incluso si se entendiera que nos fuera impuesta por un Dios... o por la casualidad). Se trata en un tercer paso de aceptar que cada una de los actos y quehaceres que asumimos o que nos vemos obligados a realizar a pesar nuestro, son actos gratuitos, exentos del "valor" sublime que no dejamos de buscar y encontrar, de tomar como ciertos para seguir viviendo con una cierta calma, es decir, con esperanzas en una salida, en una liberación, en, al fin, poco más que una nueva fase que nos ayude a continuar o que nos vuelva a frustrar... y así a volver a esperar (a volver, precisamente, como vuelven Estragón y Vladimir... a esperar a que nunca se presenta ni se presentará, ni junto al árbol que invita a ahorcarse ni en ninguna otra parte). Se trata de las mil y una maneras de cumplir con la condena a la que nos llevó un nacimiento no-autista, un nacimiento como seres que acabarán por alcanzar la edad de la razón. Y todo eso... es demasiado duro, demasiado pesado. Es mucho mejor seguir volviendo, seguir yendo a ver si esta vez se presentará Godot con la respuesta, porque, en realidad, al no haberlo hecho "aún", cómo asegurar que no se presentará nunca, que no vendrá al día siguiente, alguna vez? Hacerlo es sin duda propio de una vanidad estrepitosa, de una autosuficiencia exclusiva de Godot, de un usurpador. Porque, si sabes eso, si crees firmemente  que los hombres ya han sido frustrados las suficientes veces como para dar por inútil su búsqueda, que volverán para nada, "autoengañándose sin más" (como se diría autoproclamando la propia justeza y yo mismo podría llegar a decir al dar por fehaciente mis propias convicciones)... es que lo deberías saber todo, y podrías decirle a la humanidad, en cuanto quisieras hacerlo, algo mucho más efectivo que lo que dijo un simple fauno a un rey; justamente, lo que se busca y se pretende de la palabra de Godot.

   Pero, claro, la carga de la reflexividad tiene por lo visto su propia incontinencia. Si damos por válido (como hoy nos inclinamos a hacer a tenor de su mecánica misma) que el cerebro humano es un resultado impuesto por la vida como un arma innovadora que pueda garantizar ni más ni menos que su continuidad, debemos reconocer que se extralimita sin alternativa, a pesar precisamente de la vida que no piensa ni se lo habría podido por lo tanto esperar: la conciencia reflexiva, nacida en el curso de la evolución, se le ha escapado de las manos por así decirlo. Debía estar al servicio exclusivo de la supervivencia... pero no sólo lo está, sino que se lo cuestiona; quiere, como la planta de origen misterioso de la Tienda de los Horrores, "saber más", saberlo "todo".
Y aquí enlazo todo este circunloquio con lo que a mí, a mi desbordada reflexividad, a mi tendencia a la locura, me "desquicia", me "abruma" más precisamente, me mantiene entre la tristeza y la indignación, entre el silencio y la rebeldía... ¡Las situaciones o hechos en los que veo, en los que siento (yo, a saber por qué misterio), esos espectáculos de la incongruencia, para mí lacerantes, donde, en medio de la pista y ante gradas nunca muy abarrotadas, se ha situado por derecho propio, sobre un tonel a modo de pedestal, un sofista (ni siquiera un filósofo esforzado en dar coherencia a su discurso a base de un apriorismo cualquiera... que le servirá para sostenerse en pie), un sofista que llega a veces a dominar la retóricia (y a veces ni siquiera eso) y que, tomando piezas sueltas halladas a lo largo de su camino, sostiene "la verdad"! Piezas entre las cuales hay un cierto número de conclusiones derivadas de la propia experiencia (reforzada mediante el encuentro con la ajena merced a la lectura)... pero también otras que contradicen a las primeras y, ¡ese aquí lo que creo y por lo que me arisco a apostar!... no se derivan de experiencia alguna sino... de la asunción de que se debe conservar el engaño en nombre de la propia felicidad, propia y de sus feligreses carroñeros, esos que no pueden comprender lo que dice sino a trozos, a mordiscos, quedándose normalmente con lo peor, las vísceras  aún pestilentes. Queda así montado el espectáculo circense de la actual intelectualidad y sus lectores, la sofística contemporánea que, como la antigua, como decía Eutifrón (lo cito de memoria y mediante una malintencionada reinterpretación, y no textualmente o según una determinada traducción puesta a mi alcance del correspondiente diálogo platónico que llevara el nombre de ese personaje precursor): permite vivir del cuento, y tanto al futurólogo (y casi astrólogo) como a su público, tanto al usurpador mediocre de Godot como a Estragón y Vladimir.
La reiteración de este resultado que suele frustrar tanto a los idílicos “mejoradores del mundo” para acabar quedándose en la queja contra “la supina idiotez” del “pueblo llano” y la “increíble astucia” de los “listos” que lo engatusarían, muestra en realidad ser fruto de una confluencia momentáneamente cómplice y por fin siempre “traicionera” (igualmente derivada de la frustración).
Esta complicidad ha sido dada, en general, sobre la base de la impotencia inevitable (hasta ahora si se quiere conservar alguna suerte de esperanza utópica) de ese “pueblo” para autgibernarse o para encumbrar un “sabio” guía que los pudiera contentar, algo que más allá de la mascarada propagandística no se les ofrece desde tiempos inmemoriales.
La oferta pública y efectivable está de por sí restringida a las camarilllas largamente organizadas y estructuradas entre las cuales los electores pueden optar según sus intereses (a los que se han condenado en función de sus respectivas actividades dependientes).
Intereses a su vez aparentemente contrapuestos según la lectura sociológica que predomina, pero que una vez más reproduce la situación global en la esfera menor que la constituye: la empresa, el negocio, la institución, el gremio... En cada uno de estos ámbitos vuelve a darse la división complica que obliga a los débiles a ceder la dirección a los poseedores de recursos o a quienes se atrevan a hacerse con ellos.
Qué podríamos considerar sustancialmente que ofrecen los menos a los más en cada caso y que logran o creen lograr los más manteniéndose en la dirección de los negocios respectivos? Podemos pensar en que tanto unos como otros buscan conseguir a su manera cimentar hasta dónde les resulta posible en el tiempo y mediante las triquiñuelas que tengan al alcance, otra cosa que la supervivencia antediluviana?
No es precisamente sobre esta base que los menos chantajean a los más y los más consienten ser amparados a la sombra de los menos?
No es sobre esta base sobre la que se alza el dogma de cada época y cada estructura social se amalgama?
Si es la voluntad o instinto vital, multiplicador y transmisor de las características de cada individuo por todos los de la misma especie, la última motivación prevaleciente, y queremos ir más allá de una enunciación a fin de cuentas vacía, pura cobertura abstracta que si se la toma de manera operativa nos deja sin respuesta y nos lleva al mismo callejón sin salida que cualquiera de los dogmas posibles, démonos adentrarnos por debajo de una máscara tan simple, de darle forma concreta, lo más que sea posible. Esto en el marco de lo humano nos obliga a considerar la mediación a que da lugar la manera a la que apelan los individuos para realizarla de modo que consiga evitarla precisamente para que pueda cumplir su cometido último. Esto es así porque para el hombre es imposible el sencillo comportamiento animal que se contrapone con la propia experiencia, que lo muestra poseedor de una diferencia prácticamente inadmisible, de modo que opta por operar una serie de sustituciones y concatenaciones imaginarias.

Una lectura atenta y distante en todo lo posible de “lo que se admite globalmente hoy” muestra la carga determinante de los diversos puntos de vista previamente asumidos (especialmente esa “mirada global/presente).
Es como la admisión de la geometría de Euclides a partir de los previos axiomas o demostrables.
Nietzsche ya señaló respecto de la mecánica que sigue la ciencia (ella misma ya de por sí preadmitida como Referencia Absoluta): “se esconde primero algo entre los arbustos para luego ir a encontrarlo”.
Todos los puntos de vista se autoavalan de modo que hay que tenerlos en cuenta cuando se leen todas las “conclusiones lógicas”..

Bueno... no se trata tanto de un Sistema Estable sino de algo disponible que a mi modo de ver es un “resultado” o consecuencia” muy diferente con (por ejemplo) la instauración de los hornos crematorios y la industria de la muerte nazi. Aún cuando les sea conveniente “de paso”. Lo cierto es que no saben como manejar la complejidad social que tiende a desbordar haciendo añicos todos los planes... Es una máquina en marcha y no un “arma conducida” lo que significa que no la fabriquen por el camino.
El problema del discurso de Foucault por otra parte, tiene debilidades a mi entender al no haber acabado de deshacerse del lastre “econimisista” que fundó el marxismo como “base” del historicismo del que arrancó su doctrina (Hegel). Yo pienso que las causas están más atrás de “lo económico”. Creo que todas esas atribuciones a causas absolutas son dogmáticas y reduccionistas y que cada tanto acaban siendo sustituidas por otras según se van complicando y avejentando.

Lo leí diagonalmente y lo volveré a leer con más calma. Por lo que alcance a ver hay de hecho al menos referencias a los trabajos de Míchel Foucault que analizó el proceso de control del poder a través de un orden sobre la salud, la educación y el sistema penitenciario. Yo también creo que lleva a un totalitarismo que cada vez será más irreversible aunque no creo que el proceso llegue a concretarse por completo esta vez, aunque dará un paso de gigante sin duda.
Justamente llevo dándole vueltas a la trampa en la que fue inevitable caer al escoger “la ciudad” en vez de “la jungla”, es decir, a buscar la comodidad y la seguridad. Estoy además girando en torno a la idea de que tras la “muerte De Dios” y del más allá posmortem, se pasó de una esperanza en la inmortalidad a través de la muerte (paraíso/infierno) a una pura aspiración “más modesta” apoyada en la medicina (la tecnología de la salud) de prolongar al máximo la “vida del cuerpo”... pero tengo que seguir desarrollando algunos detalles.

El desvergonzado e irrespetuoso peso de la servidumbre política por encima del más mínimo “rigor” académico  se evidenció hace poco de manera flagrante hace unos meses en un evento supuestamente intelectual (por honesto). La anécdota me parece una vez más ejemplar:


La violencia es congénita a la vida (al “movimiento”, como decía Tucidides con la resignación sensata del que sabe que no puede ir más allá de la descripción de un mecanismo). Nace a la vez que la necesidad de la vida de abrirse paso a través de lo ya establecido antes de su aparición, debido a una violencia anterior que se volvería a aplicar al resistirse a ser alterada. Lo comprendo: esa es la mecánica; así funciona todo, que es inevitablemente ignorante de los sueños de la razón acomodada (la del mundo establecido a través de los ocupantes preexistentes que ha conseguido  un lugar que terminan viendo amenazado). Lo comprendo, pero rechazo la emergencia humana del placer morboso de los asesinos que matan por algo más que po r dinero o poder –en el fondo, seguramente todos–; de los violadores que buscan incluso causar dolor y dan lugar en todo caso a perturbaciones inolvidables; de los verdugos que se relamen con la sangre que gotea de la cabeza cortada, del rigor mortis del ahorcado, del suspiro del gaseado, de los temblores finales del electrocutado; de los guerreros de profesión o los soldados que se justifican en nombre de la patria –hasta sentirlo como una profesión–; de todos ellos, que eligen el trabajo que les permite prolongar la infancia en lo posible protegida, impune gracias a las necesidadres del poder al mantenerse o para ser conquistado. Y a los demagogos que sacan o tratan de sacar partido del caos sangriento y humeante que promueven escondiendo la mano o justificándolo. Y que, al hacerlo... je... me lleva a esperar  ayuda (idílica mente, porque sé que no responderán a mis sueños sino a sus pesadillas: difícil no apelar a lo que se tiene a mano estando dominado por la desesperanzada debilidad) de las fuerzas represoras, tanto mediante la educación coercitiva como de los palos patriarcales –familiares o estatales, es igual– y que a la vez rechazo,; aunque, sobre todo, de la igualmente idílica multiplicación paralela de la sensibilidad, que también es humana y... en el fondo, narcisista y miserable... pero que al menos dejaría a los demás en paz, ignorándolos u ofreciéndoseles en sacrificio hasta el límite particular de cada cual. Rechazo desde mi propio sentimiento de sensatez y perturbación los impulsos de destruir por destruir que no es sino un paso hacia la reconstrucción –y si no, vease en el límite el caso de las grandes guerras–. Rechazo la vergüenza que esconden los inescrupulosis (lo hizo incluso Hitler al ocultar todo lo que pudo las cámaras de gas y los hornos crematorios, lo hizo Stalin, etc.) tras justificaciones diversas, sobre todo de “la necesidad” de su función y del “deber”. Comprendo el resentimiento infantil basicamente inevitable, pero no que se enquiste en el adulto y salga con furia y crueldad descontrolada  de la larva en busca de una falsa satisfacción por el dolor ajeno, la impotencia, la degradación de los otros (como incendiar o barrer con ametralladoras un granero lleno de gente viva que no puede escapar; o gasearlos en unos supuestos baños colectivos; o cercarlos por el hambre hasta que mueran de inanición; o agotarlos por medio del trabajo sin descanso y los latigazos para "liberarlos" o "reeducarlos"; etc. Contra ello, pienso en otra posibilidad idílica que se tergiversaría a cargo de quienes la pusieran en práctica: el exterminio, la vaporización, la limpieza radical de todos ellos, la pena de muerte que frenaría sus impulsos a ir en busca del supuesto paraíso que de todos modos nunca  podrían llegar a conseguir y con el que nadie les podrá impedir ni disuadir de soñar si se lo permitieran, lo que no hacen para evitar la frustración que los paralizaría, que los haría verse como víctimas.


(Continuará)

martes, 28 de febrero de 2017

Del hambre y del tiempo

Un ansia irreprimible de retener lo que la corriente del tiempo arrastra hacia el olvido nos asalta. Y procedemos a realizar nuevas capturas futiles que presas de nosotros serán arrastradas igualmente por la corriente, con nosotros. Es lo que pasa cuando, con la pretensión de evitar la corriente el náufrago se aferra a un tronco o una madera o un cadáver que pasa a la deriva..., como si se tratara de una extensión de las orillas... que son inalcanzables, que pasan hacia atrás sin remedio, a la distancia, apenas dejando una visión, una marca, un arañazo...
Esas captura –realizadas en el fondo de las cavernas, en el barro cocido y la cerámica, en la piedra y el lienzo,la fotografía y el vídeo...–, que llevamos a cabo en nombre de la memoria, coleccionándolas en el museo de nuestra electroquímia, obedecen a aquellas, las ansias depredadoras. Capturas de las bellezas e intentos imposibles de no guardar a la vez el horror en la que fueron envueltas (convirtiéndolo en gloria y profesionalidad), el horror de la depredación, precisamente, ¡y el horror a la desaparición propia con la colección completa...!; pero un acto más del hambre con la que fuimos dejados a merced de la corriente, la corriente que lloraba desde el desprendimiento inicial. El hambre que nos signa, de la que salimos y a la que volvemos, de la que queremos huir. Donde la representación emerge imperativa. Del fondo de las tripas vacías, del fondo del cerebro insatisfecho.
Sí, simbolizamos por una sutileza del hambre, simbolizamos porque somos unos depredadores sofisticados que jamás podrán escapar de los rigores de la infancia; los rigores de la presencia en mitad de la corriente. De ahí el impulso creador que dignificamos para nuestro contento insuficiente –¡siempre insuficiente!–. Las ciudades, los templos,los palacios, las bibliotecas, los museos, los cuadros, las novelas, la ciencia, la tecnología, el cine..., de allí dentro –las tripas vacías– vienen sin poder cesar, sin agotarse. Gritan: ¡que no vuelva el hambre...!, y: ¡que nada se pierda!
Y... ¡es sólo otro deseo de devorarlo todo!

martes, 18 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, la sucesión (2)

Dédalus va en busca de su padre tanto en Homero como en Joyce. En la Odisea, para comprobar si vive, esperanzado ambivalentemente en ello y en que lo encontrará, es decir, si ya puede sucederlo: eran tiempos en que se cuidaba muy abiertamente la continuidad cíclica (en el sentido que indicara Eliade con Frazer), y tiempos en los que predominaba un explícito sentido moral y de consolidación de la identidad grupal, que impregnaría notablemente la Odisea y la distingue de la novela que vendrá mucho después. En el Ulises de Joyce, lo que ese seguimiento callejero viene a reconocer es que ya queda poco menos que la mezquindad cotidiana... de la que Joyce hace una enorme farsa... llena, además, de trampas para los "especialistas" en desentrañar "mensajes racionales".

El Dédalus de Joyce es el huérfano que quiere ser adoptado, la juventud que muere y de la que tanto Leopold como Molly quieren apropiarse.

En la leyenda de Edipo, el rey quiere acabar con ese peligro para durar, en lo imaginario, eternamente. Joyce quiere durar, en lo imaginario y en el imaginario de dos siglos, eternamente. Por eso..., para eso..., escribe y hace trampas, miente, engaña, enreda, teje de manera alambicada, para que lo tengan que descifrar..., para garantizarse que lo tengan que descifrar (lo reconoce él mismo, o en todo caso insiste en ello por si acaso...).

La sucesión que expone (más o menos, como no pudo ser de otro modo) Homero, responde al mismo dolor por la existencia y su perentoriedad, pero ahora hay un descubrimiento: después de tantos viajes de ida y vuelta, el ser humano ha visto la insignificancia de la significación, algo así como la proximidad de su agotamiento. Como si el escritor colectivo que es la humanidad se encontrase de repente ante la hoja en blanco. Y esta "certeza" parece cada vez más difícil de negar, olvidar, diluir o encubrir. Por eso queda huir, ya hacia el autismo, ya hacia la fe ciega, en la que nos reduciríamos a instrumentos de esta, tenga la forma "religiosa" o la "ideológica", la de "la tradición" o la de "la revolución", la del "hombre eterno" o la del "hombre nuevo".

Por eso, la inmortalidad ansiada (o, más bien, la sistemática voluntad de retrasar la llegada de uno al borde de la muerte, llegada que esa voluntad pretende ver invertida, como "llegada de la muerte", como "su visita inexorable"...) es ahogada en vino. Y vino, es decir, embriaguez, es tanto la escritura de unos como la temeridad de otros, el pensar tanto como el comerciar...

Así, tal parece que lo único que ha cambiado al respecto de la transmisión es el volumen de simbolización acumulado. O el volumen de lo que se ha dicho y repetido de mil modos...: en definitiva, la acumulaciñon de lo que Borges diera en llamar –consciente justamente, como pocos, de lo señalado–, "enunciados de metáforas", los cuales conformarían ese entretejido que seguimos deniominando Historia como si de un proceso "objetivo" en marcha, paralelo o derivado del que seguiría "el universo", se tratara. Fieles aún a los mitos de los que al mismo tiempo desconfiamos... hasta irnos deshaciendo en la orfandad sin referencias.

Una acumulación, en fin, que parece estar agotando la inteligencia y la capacidad de imaginación humana, acosada por esa conciencia que produce, debilitándola para resistirse a reconocer su peso hasta que, próximos al  límite, comience a darse relativamente por vencida, en muchos casos hasta llevar a los más débiles a tirar definitivamente la toalla... y resignarse, resignarse a vivir de grandezas cada vez más mezquinas.

domingo, 16 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, ayer, hoy y mañana


Se me ha "revelado" (obviamente, "de repente", ¡y seguramente... por que no deja de ser... una obviedad!), que lo que perdura de lo trasmitido a través de los años y los siglos es lo que todos volvemos a vivir... Dicho de otro modo, lo que reencontramos en nosotros y que no es, en resumidas cuentas, otra cosa que la misma angustia humana (lo que se llamó igualmente "su tragedia") y las mismas acciones a que esas dan lugar, esas acciones desesperadas, temerarias, infructuosas a las que el ser humano se inclina impulsado por aquella, por, en fin, eso que Lacan denominó "la falta": lo que no se puede alcanzar y no se puede dejar de alcanzar. Y lo que, incluso, no puede tener más que inocencia y mezquindad infantiles. (1)

En esta situación se inscribe a mi criterio el Ulises de Homero o, mucho mejor y más rigurosamente dicho, La Odisea, es decir, su viaje (2).

Han pasado varios siglos desde entonces, y los paradigmas humanos, sociales e históricos, se han sustituido unos a otros. Hace tiempo que los que más contribuimos a la visión global del mundo no nos miramos en el espejo del "honor" y de la "gloria", que no creemos en el más allá y menos aún que esta pueda ser ganada en el fragor de las batallas contra los bárbaros o extranjeros, trayendo a la patria el laurel de la victoria o contribuyendo con la máxima entrega a conseguirlo. Ya no perseguimos la lápida laudatoria con la que se nos recordará por ello. Incluso nos reímos, a veces con una "risa áurea", de la posteridad y nuestros propios sueños, desnudos ante el espejo que no deja de devolvernos mezquindad y la conciencia de casi cualquier autoengaño. Y sin embargo, sabemos, ¡lo sentimos!, al enano ahí, dentro, laborando, urdiendo un "nuevo" camino que nos reivindique, que nos dignifique.

Despreciamos el "honor guerrero" y aún más el "patrio" como "ciudadanos del mundo" o "humanistas" a los que les repugnan las guerras y las sangres y los predominios... ¡Y se juega incluso a preferir ser esclavos antes que amos! Inclusive, se lleva años enseñando a ocultar deseos tan "abyectos" tras la máscara siempre lista a caer en cuanto se le suelten las cadenas ya no por algo "digno" como la "grandeza de la Patria" o de "la propia Cultura" y ni siquiera "la Liberación" (la que sea, también de la "nación oprimida" o de "la clase explotada") sino en atención a lo contenida que estaba la propia atrocidad, la vocación asesina hacia el prójimo como diría a fin de cuentas Kean de Sartre. Y ahí está, en las últimas capas del recuerdo (sin que por ello la recuerde ni la quiera recordar nadie) la masacre de Ruanda o la de Sudán o las "depuraciones" de los "guardias rojos" o de los "jemeres", y más cerca, tanto que está en este instante ocurriendo, lo que una camarilla burocrático-militar en torno al sirio Asad y a sus socios rusos están perpetrando en su país, contra sus opositores próximos en extremo, con tal de reducir a la nada toda oposición en general... Allí me atrevo a afirmar que no haya nadie que luche por el honor y la gloria sino, de una parte, por el más elemental deseo de poder absoluto (sea o no algo más que una referencia utópica) y las ansias de aplicar la "fuerza por la fuerza" (como habría señalado Castoriadis distintivamente), y, de la otra, por la más elemental supervivencia... poniéndose a su vez en las filas de una camarilla que antes o después también se dedicará a usufructuar su propio poder..., es decir, en las que vuelve a estar atrapada una población que nunca podrá hacer otra cosa que ir tras unos y bajo unos en lugar de bajo otros... (3) ¡Y de esto estamos –los que podemos soportar más la lucidez y la mirada "invertida" (Rilke dixit) o "radical" (Nietzsche dixit) y los que... aleluya... contamos con "la seguridad" del denostado y ciertamente repugnante Leviatan Occidental!– lo suficientemente convencidos que... hasta somos capaces de refugiarnos en la risa, y con ella... de seguir hablando! (Y que conste que no pido ni sugiero a nadie que rechace o se avergüence de la "salida" que escoja sea contra la simbología instituida o incorporada que lleve dentro y lo agobie) (4)

Así, James Joyce, de la mano de la mejor Literatura, se sintió empujado a reiterar el verdadero trasfondo de La Odisea. Lo que él rescató de la narración antigua pero viva fue algo que estaba más allá de una serie de aventuras... en todo caso dándoles nuevos ropajes y paisajes: la vida cotidiana de principios de su propio siglo, donde, entre otros pequeños detalles destinados a apenarse o a mover a la nostalgia de los tiempos perdidos, sólo queda la heroicidad del hombre de la calle que ya no aspira a nada sublime sino al mero placer fútil que produce un orgasmo dentro de los pantalones o un platito de riñones, y donde la paternidad se diluye, se arruina, se degrada, es traicionada, y en todo caso es impuesta... en los papeles y registros, burocráticamente, legalmente...

Así, mientras que en Homero, el viaje de "alto riesgo" alejará al protagonista y a sus seguidores del origen y la seguridad del hogar en pos de una meta ambiciosa que resume aún, entonces, las ansias oscuras de ir más allá de la mezquina humanidad con la que se debe vivir, símbolo o referencia de una ansiedad desesperada, Leopold Bloom, igualmente sufriente por las mismas razones, por la misma pertenencia a la misma humanidad que a continuado desolada y huérfana de destino, deambulará de isla en isla, por los mares sumergidos en la gran ciudad y en la tecnología, el papeleo, la insubstancialidad grandiosamente revestida no ya de grandes batallas vindicativas y llamadas al deber sino de ladrillo, pavimento, aceite de motor, publicidad, y puro desgaste mediocre... cuya única "salida" es la consumación de los más simples apetitos efímeros...

Y esto, es decir, ese mismo "quid" humano será el que reflotará en toda la Literatura Perdurable (quiero decir, la que tiene esa característica que precisamente es la que la haría perdurable y reiterable): en Kafka, en Musil, en Gombrovitz, en Kundera... 

¡Una Literatura y una "intencionalidad" que hoy parecería haber escogido suicidarse, y sobre todo, por no encontrar quien quiera ya mirar en ese pozo sin fondo en exceso... porque sabe muy bien que nada hallará allí sino un alter ego que sufre, que nunca alcanza nada del mismo modo que no lo alcanzará él mismo!

En Homero, las ansias del hombre que ha tenido y lo han impulsado terminan reduciéndose al final y en definitiva (o "sustancialmente" si cabe) a esa misma aceptación: se puede burlar a la muerte mil veces en busca de la vida intensa... pero por fin, la vida se acaba agotando por sí sola y sólo queda el refugio en los brazos de la curandera... que en Homero se guarda de claudicar hasta el fin (fiel a esa otra "gloria", femenina en este caso, que los griegos le reservaban a la mujer: echarse a las brazas de la hoguera funeraria donde se quemaba el hombre con el que se había desposado como primer estadio de las inevitables nupcias con la muerte –5–). En el Ulises de Joyce, la mujer ya ha adoptado las salidas del hombre... y ella es, inevitablemente, lúbrica. En ambos casos, no obstante, más allá de los subterfugios escogidos y del grado en que "sepamos" que lo son... el final deja en el aire lo mismo, lo que se reitera a lo largo de los siglos … –y en realidad de los milenios–, y un día, en todo caso, se comenzó a escribir como una manera de dirigirse al otro en busca de simpatía y de complicidad: que estamos solos, desamparados, y que pasaremos penando y blasfemando para nada...

Bueno, saboreando lo que, hasta el fin, los sentidos nos permitan saborear...




NOTAS:

(1) Pascal Quignard, Morir por pensar (entre otros)

(2) Hago referencia al contenido de la obra al margen del grado de sofisticación o depuración y segura tergiversacióncon el que  haya llegado hasta nosotros; es decir, tomando tan sólo la anécdota que movió al poeta –Homero u otro, a su vez re-escrito o re-finado– a hacer de ello... "una historia para ser transmitida".

(3) De paso: es interesante ver cómo esa "fuerza" está consiguiendo, al menos por ahora, llevar a los "rebeldes" a capitular a instancias de la presión de una población que prefiere sobrevivir en las condiciones que la realidad se lo permita. Véase, por ejemplo, esta noticia.

(4) Sobre la "salida", pocas alegorías más reveladoraa que El informe para una academia de Kafka que, como suele suceder, vuelve a decirlo "todo".

(5) Nicole Loraux, Maneras trágicas de matar a una mujer

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Una historia para nuestro tiempo


Marco Antonio, autorizado por los verdugos de César, sale a la plaza pública con el cadáver del tirano apuñalado en brazos. Lo saca a la luz del día, a "la luz pública", debidamente cubierto por una túnica que acabará descorriendo a modo del telón siguiendo una cadencia que tal vez Shakespeare apenas si reprodujo con variaciones: dramática, proselitista, eficaz. Lo deposita a cerca, a un lado, como un prestidigitador su galera, sus guantes, su bastón sobre la mesa trucada. Procura, en cualquier caso, darle una postura digna, la de la víctima inocente... y vejada; la de quien no sólo no merecía morir sino no dejar jamás a su pueblo, jamás de guiarlo, de... beneficiarlo, como pronto conseguirá demostrar. Y da (shakespeareanamente) comienzo a un sutil y demagógico discurso cuyo primer tramo es una exégesis de su amado jefe, donde da cuenta del amor de César por el pueblo como consta en el supuesto testamento cuyo contenido consigue que se le demande con ansiedad medida: un parque público, el usufructo popular del botín conquistado por el líder... Se trata de una jugada nacida de la pasión creadora, de la intuición proselitista de un conductor de hombres que sabe emular al jefe caído. Por momentos, ha rozado sutilmente la rabia que lo impulsa a condenar a los "traidores" con sorna ("hombres honorables sin duda"), buscando la complicidad de las masas. Son los que, en nombre de la "libertad" causaron unas  heridas irreversibles que van tomando  nombres propios: "por aquí penetró el puñal de Bruto", etcétera... La demagogia alcanza una altura semidivina que abre las puertas a la guerra.

Lejos ya en el tiempo, Shakespeare sublima la jugada maestra...; la hace en realidad maestra, lo fuera o no en su época. En todo caso, no podemos asegurar el grado en que la realidad fuese "sublime"...

Lejos en el tiempo, en el nuestro, nosotros podemos, en cualquier caso, comprobar lo lejos que la vida cotidiana está del arte. Lejos, después de incontables jugadas rastreras y circenses bajo las reglas del "Circo de Oklahoma" (Franz Kafka, América) que hoy imperan, vemos lo fútil de una y otra y otra subidas y bajadas del telón de la historia.

Pero lo peor es que haya tanto "texto impreso" y tanta "representación" que se esfuerce por no ir más allá de "la (pobre) vida misma". 






martes, 20 de septiembre de 2016

Despotricar contra lo inevitable (o "blasfemar") es a lo que estamos condenados

Sé por anticipado a qué miseria me va a llevar esta reflexión. Lo sé hasta tal punto que estoy por desistir de remontarla y, más aún, de exponerla... Pero, ¡qué demonios!, yo tampoco puedo renunciar a embestir...


La clave del problema es que, pese a que la reflexividad nos confunda, no hemos elegido nada: ni haber nacido, ni haberlo hecho en este mundo, ni disponer de instintos que nos lleven a aferrarnos a la vida en él, ni de privilegiar unas herramientas de supervivencia relativas, con las que hemos sido munidos, sobre las demás que podríamos igualmente adquirir. Claro que sin la reflexividad... no lo sabríamos, como aún les sucede a esos seres que llamamos animales y en los que no obstante estoy seguro de que a veces algo chisporrotea aunque sólo sea de manera efímera, lastimosa, inasible... a instancias de su "rudimentario" (pero prometedor) sistema nervioso. Sí, la reflexividad es la que convierte el hecho en problema, lo que pone de relevancia la clave de sí...

En cualquier caso, la propia lucha básica a la que nos empujan nuestras dependencias tiende a alejarnos de la resignación, es decir, nos conduce a sublimarse hasta convertirse en una lucha infructuosa llena de idílicas conquistas y por fin a la blasfemia, a las demandas que dirigimos a un dios ultra supremo contra el dios que nos impuso la realidad. Por lo general, buscamos los puntos aparentemente menos sustanciales o máximos, aparentemente más posibles de "enmendar", las pequeñas reformas que harían más amable (para nosotros) este mundo y esta vida..., pero eso no es más que un subterfugio, una invención para ignorar lo que en el fondo sabemos (de no ser así no tendríamos por qué negarnos a la "locura" del "blasfemo integral" o "sublime"): que no nos podemos resignar... porque, sencillamente, no podemos aniquilarnos y dejar el mundo a su deriva. Y no podemos hacerlo porque así hemos sido constituidos en correspondencia con lo que nos precedió. Más aún, por si fuera poco, porque así hemos sido adicionalmente educados: para el reforzamiento complementario del instinto –garantía de la multiplicación–, del que no nos fiamos, contra el que mantenemos una cierta distancia porque lo consideramos culpable junto con toda "la realidad", una desconfianza necesaria que nos permite vernos "por encima" de ella, por encima del mundo y de la vida, amos potenciales del universo, esa promesa del dios que nos hemos inventado y cuyo cumplimiento precisamente demandamos. Cerrando el círculo de la locura que aparenta no serlo. 

Así, algunos entrevemos la imaginaria, igualmente idílica salida que Pascal Quignard (*) reivindica haciendo referencia al antiguo pensador chino Chuang-tsé que proponía –¡por escrito... o de lo contrario Quignard o yo lo tendríamos que haber inventado sin referencia alguna, sin "el ejemplo" no consumado!– "vivir invisible en el fondo del callejón"... pero con esa astucia que como a una considerable porción de pensadores equiparables (un puñado de ellos citados por Quignard): "supieron inventar una forma implicante" (ibíd.)

Así es, acariciamos el silencio, el anonimato, la rareza, la incomprensión, la marginación..., sin dejar de buscar revertirlo, sin dejar de... "blasfemar"..., sin lograr resignarnos de verdad y dejar de dar gritos de socorro y embestir como los jabalíes ("singliers") –la porción de pensadores equiparables que Quignard cita–, fieras indómitas y solitarias.



(*) "Ultimo reino", en particular: "Los desarzonados", véase el capítulo XCV que abre paso al siguiente, titulado "Hay que recazar la mirada de los otros", o "Morir por pensar", capítulos XXXI (donde enumera a los blasfemadores) y XXXIV (donde citta a Chuang-tsé).

viernes, 9 de septiembre de 2016

"La botella precintada"; «Once upon a time there was a story that began»...(*) again...


 
¿Qué "cuenta" mi novela...? Hay ciertamente una historia, unas anécdotas, unas angustias, unas alternativas, situaciones particulares, encuentros, acciones, una aventura, búsquedas y frustraciones... Es (con todo lo que esto significa) una historia "para ser contada" a la vez que efectivamente "es contada". Es (más allá de "errores" y "caprichos" que me gustaría subsanar) Literatura. Y una Literatura que va más allá de ser vehículo para convertirse en protagonista de la historia a la que pretende pertenecer... Es protagonista en un mundo que ha institucionalizado su ausencia... pero que, como "los cardos caucásicos" de Tolstoi, resiste acurrucada a las pisadas de los domadores de la tierra y al paso de las orugas de sus máquinas... El "cardo" brota así sin voluntad propia... de nuevo, en realidad, como el arma posible para aventar la muerte, al menos para distraerla, y, mientras, para permitir la simulación de la vida, la vida de y en "otra parte"...

La acción en el año 72 dH. ("dopo Hebel") del nuevo calendario, que, de no haber aparecido "el fenómeno" (de Hebel, que apareció repentinamente en el horizonte una mañana) corresponde al "año del señor" de 2120..., en un mundo reducido, limitado, cercado, sobre el que pende la espada de Damocles del completamiento de la desaparición o... permitiéndoles "una segunda oportunidad" –porque... ¿cómo negarlo viendo que el cerco no se siguió estrechando, que Hebel, La Niebla, ha dejado de avanzar..., por qué no... para hacer de ellos los nuevos "elegidos"?–. Así, casi 80 años después, Dédalus –de nuevo Dédalus... en atención a la costumbre que se ha instituido de darle a los hijos el nombre de algún personaje sacado de los digestos de libros (o "cortes") que se ponen en circulación como para el recuerdo sacro de lo que se ha perdido–, un joven que, convertido en "lector de libros" –"lector" del "Gran Libro" en el que todos los libros se encadenarían sin límites y en el que buscará su "destino" en ellos fragmentado en incontables "enunciados" parciales e incompletos–, se lo hace "responsable" de una nueva misión "absurda" que se superpondrá a la encomendada por su madre desde el nacimiento, y, de ese modo, se lo invitará a escapar igualmente de ella y de su visible "absurdidad", de la maraña de "absurdidades" en la que se siente inmerso, mediante... el propio "absurdo", mediante... una invocación que lo define y lo empujará a "fabrifabular"...

El mundo que ha encogido, que ha seguido adelante dándose una “nueva” sociedad (hija bastarda de la “sociedad perdida”), reinventará la esperanza y reinventará la autodestrucción, la resignación y la venganza, la comodidad y la rabia. En el  se volverá a nacer para ser soldado e hijo, y para obedecer; obedecer a los que se hicieron antes con él, a los que definieron las reglas, a los que han sido a su vez empujados a la desaparición y a la oscuridad...; un mundo donde, seamos algo más concretos, Dédalus va siendo llevado de la nariz por las circunstancias, víctima de un mundo que se le impone y del que sin embargo obtiene unas cuantas  ventajas; un muchacho, más precisamente aún, que se encontrará con la obligación de ser a la vez guerrero de las fuerzas en pugna y paladín de su vejada madre; a prepararse para sobrevivir y matar, para vencer y engañar, para buscar refugio en la imaginación y por fin para someterse a sus designios..., y esto en medio de intereses y dogmas, del misticismo en el que se han refugiado los demás..., un tirano (Sutpen), general victorioso, que se guía por señales repentinas; unos “iguales” que persiguen la inmolación final de la especie a la que acusan de todo, ellos en primer lugar, que conseguirán el día en que logren dar de sí al “Transhumano”; una madre (Eulalia) que ha encargado al hijo la cura de su mezquino pero justificado dolor; una víctima de la que nace otra víctima cuyos finales tal vez no fuesen ni significativos ni más terribles que la continuidad de sus vidas...; y otros individuos, perseguidos, temerosos, que se refugian en la rutina, la locura o la lealtad a lo que deben ser...

Entre un “Antes” que reitera sus imposiciones a través de lo tangible (la madre y el Jefe) y un “Después” abierto, impredecible, tanto esperanzador como funesto, se suceden las 36 horas que van poniendo en escena los hechos y trayendo al presente los antiguos, hechos todos decisivos, contundentes, orientadores, traducidos al presente y al pequeño ámbito de la escena..., granos de nuevo de la incierta e inconclusa arena del tiempo que, encerrada en la clepsidra (una botella) no deja de girar, de repetirse, de repetir. O que, como fichas de un dominó, caen las unas sobre las otras para volverse a levantar y repetir el juego.

Así, entre ese "Antes” re-ordenado y el "Después" que se desencadenará y engarzará con aquel en "la marcha ciega", unas vidas particulares buscarán orientarse hacia y por donde imaginan que habría una salida, tropezando los unos con los otros, intentando aprovecharse y apropiarse los unos de los otros, consiguiéndolo a medias o no consiguiéndolo.

Y en el fondo, la vida, la re-construcción, la re-institucionalización, de la sociedad, de la cultura, de lo pequeño y lo enorme, de la riqueza y la miseria que contienen los detalles, del arte y la crueldad, la mezquindad y el arrojo, la tristeza y la alegría, el placer y el fracaso..., ¡eso que tanto nos sorprende, eso que... “parece mentira”!

La literatura, perpleja ante algo tan maravilloso, plasmará una y otra vez lo mismo, entonará la misma plegaria, propondrá el mismo viaje... “La botella precintada” no podría hacer otra cosa. En todo caso, al saberlo, ya no puede sino hacerlo de manera explícita. En última instancia, sólo se ha vuelto a intentar lo que John Barth plasmó en su legendario microrrelato "Frame tale" (*): «Once upon a time there was a story that began»... 

jueves, 13 de febrero de 2014

La muerte comienza en vida


Morir no es un hecho que acontece repentinamente, sino un proceso que da nombre a su propia conclusión. La búsqueda de la inmortalidad que, más explícita e identificablemente que en otros casos realizan los escritores y los artistas en general mediante la producción de sus obras y su consecuente difusión (una especie de sembrado, sin duda; muy de agricultor), no es en realidad más que una manera de ir anticipándose a esa conclusión irreversible, de reconocer esta irreversibilidad, de responder a la certeza de que nada nos desviará de esa expulsión que, en cualquier caso y paradójicamente, no nos impedirá otra cosa que continuar muriendo. La muerte, así, acaba con el esfuerzo de morir.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

"Los inocentes", los débiles, la culpabilidad y la impotencia


No creo que haya muchos lectores de "Los Inocentes" (de entre los no muchos que en estos tiempos la hayan leído, ni tampoco de los que la leyeron desde que se publicó, ni por tanto que sepan que la escribiera Broch) que compartan conmigo la conclusión de que el título apuntaba al conjunto de los individuos que formaron, forman y se añadirán a lo que biológicamente llamamos "humanidad": todos... "inocentes", todos en definitiva "débiles" (como he optado por caracterizarlos, aunque con idéntico sentido al del autor). Incluyendo a los "fuertes", es decir, "los poderosos", los que detentan el poder "político", "social", "psicológico", "ideológico", "físico", etc. Unos "inocentes" que, teniendo "conciencia" de ser, respectivamente, "víctimas" o "verdugos" (y siéndolo formal y concretamente estos últimos con relación a casi todos los primeros), son "débiles" en última instancia en tanto que la "elección" por ocupar uno u otro puesto disponible en una sociedad que sin duda se mantiene o conserva "fragmentada" no ha sido "libre" o "planificada" por anticipado (ni puede responder a ello) sino, en todo caso, reafirmada y justificada... hasta hacerse carne de la propia carne.

Incluso, no la compartiría, de entrada al menos, el propio Broch ("Origen de este libro").

No obstante, nos pone en bandeja esa descripción que sólo de ese modo puede ser completada; que, en todo caso, es la única que puede verse tras el suave velo que al autor le cuesta rasgar definitivamente... con el pensamiento abstracto (que expone en su autocrítica), sin ir lo suficientemente hondo, quirúrjicamente hablando. Porque, sin duda, ¡es humana (desde mi punto de vista, y desde la experiencia descarnada) "la abolición de la ley, hecha ley suprema", "la mentira fantasmagórica, hecha verdad superior", la "esclavitud universal y abstracta"! ¡Muy humana, demasiado humana, en absoluto "ajena a todo lo que sea humano", como dice también, prisionero de la propia nostalgia indudablemente mamada... que reconoce de todos modos perimida, en un tiempo en el que:
Las palabras se secaron...
O... 
Las barcas aguardan todas las noches, invisibles,
para llevar hacia el este de la noche
la flota de los humanos: ¡oh, incisión que atraviesa el tiempo!

Por  la novela sui generis de Broch desfilan sin embargo, desbordando los límites que el autor creyó haberles impuesto (de época, de origen, de situación), los suficientes especímenes humanos como para que todos los posibles, todos los imaginables, queden comprendidos; todos... "inocentes", y sin embargo todos "culpables" de lo que les pasa a ellos y a los que entran en su radio de acción...

La inmensa masa de los pocos lectores que en proporción pudo tener Broch hasta ahora no se sentirán parte de esa masa de "inocentes/culpables". Su mejor defensa será nuevamente la que da lugar precisamente a su culpabilidad, una culpabilidad del débil, del que sólo puede ser relativamente fuerte y sobrevivir mediante el ejercicio de esa debilidad/culpabilidad, en concreto: a la "ignorancia", al "autoengaño", a la "autodignificación".

Esa misma manera de ver las cosas me tocará ahora a mí recibirla. A causa de mi propia mirada coincidente con la intencionalidad que Broch reflejara en su novela, y que yo he alcanzado a ver bajo su trama, y su referencial título.

La novela incluye algo de poesía, una poesía que no edulcora líricamente sino que se pone al servicio de la denuncia o, para no dejar lugar a dudas en cuanto a lo que me refiero, al servicio de la descripción real, de la desnudez profunda que pudiera pretenderse escamotear, encubrir, de la que se intenta apartar la vista.
Máscara sobre máscara,
monstruosidad cubriendo mosntruosidades,
rostro que ignora las lágrimas.
En fin..., basta. Dejo para el final sólo la propia voz de Broch, aún contundente a pesar de su debilidad quirúrjica antes señalada, donde se aprecia su intento, vano al fin, vano siempre, intento infructuoso si así se quiere ver de "sacar frutos de flores marchitas"; lamento, grito, expresado tan sólo, de nuevo, porque una vez dentro, hecho consciente, a algunos nos sea imposible podérnoslo guardar y hasta dónde nos afecta la propia debilidad que nos ata a las urgencias, al dolor impotente, a la mirada de soslayo, al continuar andando...:
¡Maldita sea la ceguera! 
El prado y el bosque llegan a las alambradas,
y en los hogares de los verdugos cantan los canarios.
Un cielo de sangre cubre las cuatro estaciones del año
y el arco iris no tiene color de esperanza,
el cosmos se burla de las incompatibilidades
y pregunta al hombre:
¿soportarás todo esto aún mucho tiempo?,
¿qué ves?, ¿qué te parece falso?
El que va a morir lo ve;
ya nada le amarga
y el tiro en la nuca es auténtico.
Descúbrete y piensa en las víctimas.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La peste


Un día como hoy, la vida y la producción intelectual de Camus se vieron repentinamente interrumpidas, según muchos dicen... "prematuramente", por un accidente de coche. Esto bien puede ser atribuido al "absurdo" sobre el que Camus reflexionara hondamente y como el hombre que ha dejado de creer en el destino y los dioses siente y en todo caso piensa. No obstante, el accidente y la interrupción de su "carrera" de escritor y pensador sólo puede ser atribuidos a mi entender a la carretera, a la mecánica, a la imprudencia de quien fuese, etc., en diversas proporciones...; algo a lo que cualquiera está sujeto en estos tiempos del mismo modo que en la antigüedad lo estaban a las batallas y las riñas (que hoy perduran, claro, y también pueden ser causa de accidentes mortales), o la contracción de enfermedades, de, precisamente, "La peste"; o de la concurrencia entre las muchas posibles de tiempo, situación y presencia. El "absurdo" es en realidad otra de las tantas construcciones simbólicas de "última instancia", una "causa primera" que sustituyó y puede aún sustituir al "capricho divino" al que apelarían los creyentes; lo que, como "la peste", "se esfuerza en sorprender". En fin, uno más de los tantos absolutos erigidos por la orfandad del hombre para darse una explicación causal que le permita ocupar una posición de privilegio a sus ojos respecto de los demás componentes del universo, de los que tan distinto se siente..., en relación a los cuales se entiende tan especial... y necesita sentirse y entenderse. Y esto se hace especialmente notable cuando se trata de un intelectual, cuando la necesidad de diferenciarse de todo lo demás, desde las partículas elementales hasta los simios, toma la forma más excelsa de la "dignificación", en donde el cuerpo, arrebatado por la muerte y retirado como apoyo de la vida reflexiva (que es la que se siente perder), es despreciado, y los productos de la imaginación y de la reflexión son considerados manifestación del alma y de lo divino; como... "el conocimiento y el recuerdo", por nombrar los dos productos del hombre mencionados por Camus, lo que consideraba con dudas que fuese "Todo lo que el hombre pueda ganar..." y "Es posible que (...) Tarrou llamaba ganar la partida". Lo que, "vencido el plazo" del "terror", sirve para "negar" que seamos "aquel pueblo atontado del cual todos los días se evaporaba una parte e las fauces de un horno, mientras la otra, cargada con las cadenas de la impotencia, esperaba su turno".

Camus, haciendo equilibrio sobre la cuerda tendida sobre la nada, por la que había logrado hacerse un hecho hábil funambulista, habría tendido, o algo más, a atribuir al Absurdo su propia muerte estúpida (la más estúpida posible, según él mismo opinaría antes del accidente, antes de suponer que lo sufriría él mismo...), aunque por momentos acariciaría la nada y de haberse realmente separado en el instante de la muerte su alma de su cuerpo destrozado y entreverado con lo inerte y lo artificial del coche accidentado, esa alma habría podido reflexionar hasta el extremo de reconocerse... como nada "digno" de alguna "extrema distinción", como, más allá como siempre de las intenciones esperanzadoras y alentadoras que nos damos todos, dejó de este modo documentado mediante una frase puesta en boca de su personaje, Tarrou:

"... ¡qué importa!, la muerte no es nada para los hombres como yo. Es un acontecimiento que les da la razón."

Y para concluir que sólo nos queda un recurso disponible para alcanzar la paz: "la simpatía"... lo que, de todos modos, no le había "servido de nada", ya que encontraría la añorada paz "sólo (...) en la muerte, cuando ya no podía servirle de nada" (es decir, satisfacerlo a ratos).

Porque Camus, a fin de cuentas, "Siempre quiso salir", y en eso, yo, me siento unido a él y a tantos otros, "olvidados" o, de manera equivalente, tergiversados.



domingo, 6 de octubre de 2013

Paralelos de la muerte (ante la igualación que escenifica la burocracia dominante con sus puestas en escena)


Hoy los muertos pueden ser igualados entre sí mediante la constitución de un espectáculo de feria. O pueden ser por el contrario bien diferenciados por decreto.
 
Un grupo de infelices apelotonados desborda una de las periódicas embarcaciones esperanzadas, frágiles hasta la temeridad, para huír de la penuria hacia adelante sin pensarlo dos veces, tratando de no tener demasiado miedo a la vista del casco semihundido por el peso excesivo. El mar no está ese día para cabalgatas arriesgadas, de modo que, tras hacerla corcovear hasta los vómitos y las magulladuras, agravando la debilidad de los ingenuos, hace naufragar a la barcaza. No todos sabían nadar, lo que hace aún más notable el grado en que contaban con la ayuda de los cielos, o el grado en que haber embarcado a la buena ventura era una apuesta inevitable, edulcorada con promesas que era preferible creer; la apuesta al todo o nada, ¡al todo... como si lo que habría de llegar después mereciera ese nombre! O, simplemente..., el grado en que sólo les quedaba la sombra de la esperanza en el atardecer de los tiempos...

Los imagino como meros arbustos arrancados de la tierra, a un instante de secarse por completo y exhalar por última vez, sometidos al empuje de un viento que calienta y salpica una peligrosa espuma a modo de advertencia. No sabían que el mar podía ser tan furioso, ponerseles tan en contra... Además, les habrían dicho: hoy está en calma, es como un lago... Habían conocido el viento del desierto, que disparando fina arena produce pequeñas y sistemáticas heridas en la piel cuarteada... Y de ese modo habíaní llegado hasta los muelles de salida, donde los espera una barcaza que realiza las esperanzas de la mafia que organiza esas travesías a voz de folletos de paraísos factibles y que da para vivir a los timoneles que no se quedan sino que vuelven para seguir trabajando, y que de todos modos... saben nadar (¡es una exigencia del trabajo que figura en sus “currículums”!). Y, last but not least, todos los burócratas vinculados a los diversos poderes de la tierra...

Y se suben a las barcas, y se apretujan en las barcas, que parecen aguantar...

Tal vez supongan un futuro, tal vez el sueño se resquebraje por momentos, pero ya no hay una elección, ya han entregado todo lo que habían reunido para cubrir el billete al paraíso, y lo decisivo es el destino que está delante hacia el que empuja la fuerza del viento y el derrumbe del pasado detrás, que cae a los abismos, a la nada...

Y cuando el mar los acoge, lo que despierta con el miedo que se ha ido fraguando al vaivén de las olas y las salpicaduras saladas es justamente lo que ya se ha quedado sin otra oportunidad: el instinto, incapaz de sobreponerse de nuevo. Y el sueño se ahoga.


domingo, 17 de marzo de 2013

Cómo aprovecha el presente su pasado: un ejemplo impecable a cuento de Solzhenitsyn

En un pequeño prólogo a su Archipiélago Gulag, Alexandr Solzhenitsyn propone una doble alegoría a partir del descubrimiento ocasional de unos peces “milenarios” (“tritones”, los denomina para acentuar su primitivismo) hallados por reclusos (“zeks”) en una región que formó parte del Gulag (uno de los de mayor “crueldad” del atomizado pero íntegro "territorio"). Los reclusos del Gulag, que los descubren casualmente tras excavar en el hielo sin sentido racional alguno (sólo porque están condenados), actúan sin respeto alguno por la historia  (“los excelsos intereses” de los “ictiólogos”) y optan por cocinarlos y comérselos en cuanto comprueban que están en buen estado (los ha preservado el hielo); es decir, responden,  imperiosa y “épicamente”, al hambre que los acosa con urgencia y que incluso los lleva a pelearse por el botín con las fuerzas y recursos disponibles por cada uno de ellos.

Este es un primer punto que expresa la cara más visible de la alegoría, y se reiterará más adelante en el libro: la necesidad inmediatista propia de la "estirpe de los zeks” los lleva a no tomar en consideración las "necesidades culturales" o de la historia, las supuestas necesidades del futuro según las evalúa cada nuevo presente, que es donde se definen como "importantes" o significativas, "aleccionadoras" y represoras de las renovadas manifestaciones de la hybris que inevitablemente se renacen..., o... deban ser eterradas o ignoradas, silenciadas u olvidadas, reducidas, tergiversadas o "reconstruidas" (en el mejor de los estilos del "Ministerio de la verdad" de 1984). En gran medida, lo que Kenneth Burke (en su estudio de la forma literaria) manifiesta del siguiente modo: "Las obras críticas e imaginativas son respuestas a cuestiones planteadas por la situación en la que ellas surgieron. No son meramente respuestas, son respuestas estratégicas...". O, como resume Clifford Geertz en su La interpretación de las culturas: “Toda forma expresiva sólo vive en su propio presente, el presente que ella misma crea"De hecho otro aspecto de lo que ya señalaba Nietzsche cuando hablaba de la predisposición o no de "los oídos" del presente para comprender los discursos excéntricos.

Al presente, poco y nada le importa en realidad lo sucedido... salvo que ello para manipularlo en uno u otro grado (el grado en que se haga, reduzca o tergiverse, así como el grado de fidelidad con que se siga interpretando y traduciendo, dependen por entero de las urgencias y no de la verdad). Los sucesos se convertirán siempre en leit motiv de los nuevos mitos o las ideologías del nuevo presente. Y si no hay en él nadie cerca salvo unos hambrientos "zeks", sólo quedarán los restos, que desaparecerán definitivamente sepultados y desintegrados. Es decir, si no hay al menos "ictiólogos" y demás "especialistas" interesados (remarco: "interesados"; y por si caben dudas, aclaro: en cuya ocupación socio-profesional resida su supervivencia en una sociedad históricamente determinada). Otra cosa es lo que parece gracias a la presencia de estos individuos "interesados"... porque, precisamente, es lo que hace que muchas cosas no sean enteramente "del pasado" sino todavía del presente. Y hasta estas ya no son tomadas, si se las encuentra preservadas (es decir, si no han sido destruidas por los intereses "carroñeros" del presente al paso), como poco más que su "alimento" (y su avidez por no cederlo al "enemigo").

Y es obvio que de descubrirse algo "comestible" en los sedimentos de la historia, ellos podrían ser hallados, casualmente, por "zeks" (los reclusos, pero también los reos), como también, adrede, por "especialistas", que los estarían buscando en atención a sus perfiles, a las funciones que adoptaron en el mundo, "zeks" igualmente por tanto del propio deber ser, como, por ejemplo (y cada vez más en el presente nuestro), ese otro deber ser de los nuevos y cada vez más abundantes “funcionarios” (de la cultura), beneficiarios de uno u otro modo y uno u otro grado del "poder” de los otros (los más astutos, menos escrupulosos, especialmente organizados para la gestión del poder), a los que llegan incluso a encubrir y ayudar en su trabajo de tergiversación y enterramiento de los hechos (cuando hablan por sí solos en su contra) o de sus más "peligrosos" significados. Porque hay muchas maneras de "no dejar rastro"...

Además (debería ser evidente y dejarse muy de manifiesto siempre), más allá de las “razones de estado” y/o del proselitismo de las camarillas "encaramadas" (y "prolíficas") que actúan para preservar sus privilegios o incluso sólo su neurosis (aunque también para su perpetuación en sus "hijos de profesión"), será el desinterés (comparativamente hablando al menos) de "las masas" (o, si se prefiere decir, de la sociedad en su conjunto, que marcha apisonando excéntricidades inconsecuentes) quienes entierren, ignoren o consuman, convirtiéndolos en residuos inconfesables, todos esos sucesos "aleccionadores" (como él dice: "borrándose irreparablemente"). Es indiscutible e incluso irreprochable (salvo desde la trampa de la ilusión y la autodignificación) que los problemas del presente no sean ni serán nunca los que se han presentado "hace mucho" ni "muy lejos" (otra cosa es la "cercanía" que se vive a cuento de la "globalización" y los "avances tecnológicos"), y que, sobre todo, son las "urgencias" más o menos inmediatas las que determinan y definen, de nuevo incluso, las salidas concretas, las posibilidades efectivas, las que llevan a los individuos no a "sacar lecciones" del pasado ni de otras gentes sino más bien a “reinventar”, aún cuando se tomen en consideración esas "lecciones" siempre que sean inmediatamente útiles. Esta es en realidad la esencia del eterno retorno...

Así, cuando Solzhenitsyn concluye preguntándose si la historia será exhumada, recuperada, alguna vez, refiriéndose a la que yacerá preservada bajo el hielo (¿en los libros?), o sea, la parte que no haya sido alcanzada por la zarpa destructiva y tergiversadora del partidismo del presente..., lo que hace es combinar una lúcida visión pesimista con la pena que ella misma le produce, con su frustración latente. Y no es extraño de que se considere afortunado (¿quién no lo estaría de salir de "una pesadilla maldita" o un "munco monstruoso" como ese del gulag, y cambiarlo por una "feliz circunstancia"?) de haber logrado y seguir logrando "exhumar" algo de esos "tritones"; él, que sin duda fue "afortunado" al poder cambiar la necesidad de aplacar el hambre a base de tritones  a la necesidad de rescatar sus restos con el fin de preservarlos para la posteridad... Dos urgencias del mismo tenor, humanas, que, como dirá Solzhenitsyn en otro lugar de su libro: "Quien no ha tenido la experiencia de este cambio no puede imaginarlo"; ¡en ambos sentidos!

Es cierto modo parece contradictorio, sin duda por esa vergüenza que se prefiere ocultar cuando se cree haber llegado a ocupar una posición "digna"... Y es que los intelectuales no podemos dejar de esperar la llegada de un futuro que al menos persevere en favor de un mundo "justo" o especialmente "piadoso" con los nuevos dioses (la cultura, la ciencia, y demás iconos sacralizados y luego vaciados por dentro), y ello a pesar de reconocer que ese futuro, de sobrevivir "casualmente" a la depredación de los poderes e intereses del presente y las necesidades y urgencias de los débiles que no viven de esos "recuerdos" para nada, que no sólo no los pueden usar sino que a veces les estorban, acabará (como se ve en la anécdota) por ponerse a su servicio o por desaparecer (y así "no dejar rastro").

Al final, nada es más cierto que la conclusión a la que llega Solzhenitsyn: "ha servido para desentrañar algunas historias...". Sí, al final queda la máscara, la orfebrería, la cerámica arcaica y los huesos... que habla y hablará a los antropólogos, a los arqueólogos, a los intelectuales; en todo caso al servicio de los brujos que presencien el colapso y con todo ello puedan levantar un nuevo mito unificador y salvador. ¡La memoria, a diferencia de las tergiversaciones que la toman como materia prima del engaño siempre renovado con fines de dominación o de conquista, control o sumisión, desaparecerá de todas maneras obligándonos a empezar de nuevo ante un escenario cada vez más atosigado de artificialidades, es decir, de nuestras particulares "excrecencias"!



domingo, 1 de abril de 2012

¿Y por qué poetas ("desolados") en tiempos de penuria? ¿Por qué tanto "sediento de sangre"?

La democracia representativa occidental (que incluso vive -¿o ha vivido?- su "primavera" oriental y meridional) agoniza... (Y aclaremos: puede hacerlo durante mucho tiempo, tanto como los que lleva haciéndolo, y con vaya a saberse cuántas recaídas circunstanciales, encubiertas o desnudas).

Agoniza en el fondo, en la raíz, en la médula.

Y esa agonía medular es cada vez más grave en la medida en que va siendo cada vez con más dificultad y menos vergüenza: embozada, mentirosa y desconcertante... aparentando buena salud tan sólo para seguir ocultando sus designios: cumplir su verdadera misión, a saber, la de establecer un escenario seguro para las luchas de las camarillas burocráticas por el poder, un escenario que garantice un resultado que no acabe con las esperanzas de conquista por quienes entran en el juego, sea por el camino de la herencia (¡muy importante!) como por el de la "ascensión social" (¡tan esperanzadora y tan domesticadora!). Por ejemplo: hoy no hay prácticamente nadie que se atreva a declarar en público el objetivo marxista de principios de acabar con la propiedad privada de los medios de producción... principio que se ha vuelto... anti-marxista poco más o menos, por obra y arte de su evolución. Sin embargo, sigue siendo la conclusión a la que deberían llegar (y tal vez lleguen en la intimidad... siempre y cuando sus intereses sociales se lo permitan) los defensores de las "realidades" justas ("democracia real", en concreto) si no quieren reconocer publicamente (tampoco) que lo que pretenden no son sino las migajas que recibían hasta ayer.

La estructura socio-política actual se nos presenta así como un inmenso bosque de pirámides (que ya me esforcé en describir hace un tiempo) y el proceso de su institucionalización subterránea, pero también -bajo disfraz- formal, ha dado lugar a dos fenómenos:

(a) prácticamente nadie que forme parte del sistema productivo (de la artificialidad legitimada como producto útil) no pertenece a alguna de las pirámides en pugna, sea en la base o más arriba, en algún punto de su estructura;

(b) cada vez son más las pirámides que adoptan métodos mafiosos de consolidación interna y de cohesión identitaria (para lo cual es básico el fortalecimiento de la lealtad), como obligar (desde la iniciación, o admisión en filas) a ejecutar una acción criminal inculpatoria capaz de hacer remar a todos los que quieran subirse al barco en "la misma dirección" autodefensiva, una dirección, por cierto, que no apunta a ninguna meta sustancial sino a la conservación del poder de la camarilla bajo cualquier forma y con cualquier argumento coyunturalmente eficaz.

Esta situación, explica (y es la única manera de hacerlo) todas las cosas que suceden en el plano político. Ello mal que les pese a los inocentes encubridores de la realidad. Y sin duda explica, como parte del cuadro, la existencia y conducta inevitable de estos últimos.

Entre estos, abundan los neo-intelectuales en estado permanente de debate, todos caracterizados por ser a la vez:

(a) asalariados en el marco de una cierta producción de cultural o educativa, productos a su vez de la formación alfabetizadora/domesticadora dadora de dignidad diferenciadora en el seno del pueblo y de esperanzas de ascenso social o, cada vez más, de una capacitación técnica diferenciadora respecto de la máquina y del esclavo.

(b) conformados en la sensibilidad (en tanto siga habiendo literatura auténtica y libros de anteriores tiempos de penuria), que en unos lleva a la repugnancia por la violencia (¡y la sangre!) -diría que cada vez son menos-, y en otros a elevarla en sí a la categoría de la vía regia de la depuración -me atrevo a suponer que cada vez son más y lo serán en masa: algo que el creciente atractivo por el moralismo como salvación hace prever-, sea ello con unos u otros signos identitarios (formalmente) "ideológicos", tomados de "los libros" de los que se sabe algo. Y pongo aquí el caso de los que piden nuevas "tomas de la Bastilla" y nuevos "asaltos al Palacio de Invierno" (esta vez, repito, sin la famosa meta final "ya superada") o a los que utilizan el subterfugio de minimizar la importancia de "roturas" e "incendios" en nombre de los verdaderos "objetivos", los "verdaderamente sublimes", mientras los más sensibles a la sangre hacen lisa y llanamente caso omiso.

Esto explica precisamente, me reitero, que haya tanta gente "desolada" y muchos más consideren que la coacción en las calles por parte de unas minorías deba considerarse un ingrediente "nimio" de un proceso que expresaría la voluntad de una "democracia real".

Esto explica, insisto, que esas acciones "de vanguardia" ("vanguardia" de la fuerza bruta sin más y, a lo sumo, futuros locutores/agitadores de radio, a la manera, ¡ay!, de la de las Mil Colinas) puedan servir apenas para mejorar la relación de fuerzas de una camarilla respecto de las demás en la escalada  ciega e inescrupulosa hacia el poder.

¡Tomad nota... y no volvais la cara ni os cubrais las orejas con las manos!




lunes, 5 de septiembre de 2011

Notas sobre autoridad e innovación

La autoridad se conquista, pero siempre que se opte por un sometimiento previo a lo instituido. La autoridad es tal en la medida en que existan quienes la reconozcan. Todo sucede en la sociedad como si un guión asignara los roles. Además la autoridad sólo tiene sentido cuando asume una función conservadora, cuando reconoce lo instituido de donde ella emana, a lo que le ha rendido tributo, de lo que es creación aparente, en lo que ha fermentado, crecido, tomado forma definitiva. Aquellos que son conscientes del carácter absurdo de la pantomima no pueden pretender ser autoridades so pena de volverse clínicamente locos. Para alcanzar el poder hay que lograr su reconocimiento, no hay poder sin que la sociedad lo considere tal poder. Un loco sólo provoca la risa de las masas, un tirano el miedo, un sabio respeto, un profeta la atenta escucha y el seguimiento... y si alguno no realiza el papel a la medida de las necesidades imaginarias del pueblo, simplemente es excluido, ignorado, rechazado. El juego debe comenzar desde el principio y ser continuado hasta el fin. Se trata de eficacia.

La autoridad instituida, no obstante, repugna al joven (y al joven que continúa siéndolo bajo la madurez, la vejez o sus atisbos).

Nietzsche apostaba todas sus esperanzas en esa juventud (que era la propia) para la caída de los ídolos. Pero en esto se equivocaba: los sucesores del tirano no podían ser los excéntricos (como él) sino los que llevaban transitando las laderas del poder y de sus ritos instituidos: las novedades que se alzan en los discursos posibilistas sólo son banderas diferenciadoras.

Sin embargo, hay inflexiones, cuando se acaban alzando los nuevos poderes siempre se acaba construyendo algo novedoso de una manera oscura que es luego reinterpretada hasta constituir un nuevo dogma, un nuevo culto...

Foucault, propenso a descubrir la pequeñas inflexiones en el camino de la historia humana (y en particular en la de Occidente) decía en "El orden del discurso":
"Entre Hesíodo y Platón se establece cierta separación, disociando el discurso verdadero y el discurso falso (... que) ya no será el discurso ligado al ejercicio del poder" (pág. 20 en la edición de Fábula de Tusquets, 2008)
Pero, como todo en Foucault, esta "inflexión" se presenta a la vista (a su vista) en el plano mismo del discurso y de la historicidad de los discursos, dejando de lado el contexto sociológico en ebullición, la problemática de los espacios de poder y de las estrategias de los grupos. Y así, de nuevo, roza el velo que hace de frontera, tras el entra en cuestión la sacrosanta y santificada singularidad de la conciencia humana que la preserva del instinto y de la vida y el mundo de quienes emerge, el dedo aún en contacto con el dios inventado para darle valor y sentido a lo que de otro modo parecerá absurdo; lo roza sin atravesarlo, percibiendo detrás formas difusas y peligrosas que negarían validez a la necesidad (¡en ello estriba justamente la peligrosidad!).

Es mucho más jugoso y aprovechable cuando pone de manifiesto, inocentemente si cabe, la propia realidad social que se le impone, como cuando escenifica, unas páginas antes, el diálogo entre su deseo idílico, que cree capaz de atentar contra el poder, y las instituciones de ese poder, entre la hybris del héroe que se cree subversivo, que supone (eso es lo idílico) que atenta de entrada, potencialmente, contra un destino que en realidad lo incluye, y el poder (lo verdadero) que entra en escena como entraba el coro griego en respuesta a la señalada hybris:
"El deseo dice: (...) yo no tendría más que dejarme arrastrar (...) flotante y dichoso. Y la institución responde: (...) si consigue algún poder, es de nosotros y únicamente de nosotros de quien lo obtiene". (pág. 13; la negrita es mía)
Se trata pues de una trampa perfecta: quienes se proponen una transformación del mundo (quienes se alzan diciendo que ya es hora de hacerlo o, lo que es lo mismo, que ello es signo de obligado compromiso con el futuro idílico del hombre liberado) acaban desarmados... sujetos a las cadenas que impone el curso de las cosas que, de todos modos, no está escrito a priori sino que será resultado de todos y de todo. Pero, además, marchan por la senda del engaño y del autoengaño porque ya de por sí sus discursos no son excéntricos sino pragmáticos; lo son en connivencia con sus propios deseos, que no son subversivos ni siquiera en sustancia (o no serían posibilistas ni podrían ser eficaces).

Así, entre Hesíodo y Platón tan sólo media la distancia derivada del hecho de que el espacio de los reyes sabios ("quien tenía el derecho y según el ritual requerido", ibíd., pág. 19) se ha estrechado tanto que ya no permite la simultaneidad arcaica y el sabio, en su búsqueda de comodidad social, sólo pueda aspirar al rol de un asesor o consejero más o menos a un lado (siempre que no se extralimite, como queda tan en evidencia en el Hierón de Jenofonte). Y sin duda, si hay una inflexión en el entorno de ese punto, ella signará esta época nuestra que va desde el nacimiento de la filosofía hasta su agonía (no casualmente ni mucho menos de la mano de la justificación democrática), la nuestra, que lleva experimentando la prolongadísima inflexión abismal en la que ya no queda lugar alguno para el ejercicio político de la filosofía, ni siquiera en lo idílico, sino la servidumbre de los obreros cada vez peor remunerados de las disciplinadas fábricas de slogans, cada vez menos articulados y más perecederos, ya ni siquiera doctrinales, y por cierto, cada vez menos democráticos. Es lo que se puede ver ya en la superficie y por lo que se la puede llamar decadencia, aunque sea bastante más.

viernes, 15 de julio de 2011

Riñas de gallos; el "aro" por el que (aún) se debe pasar para acariciar honores

Lo que sigue más abajo pertenece al fructífero estudio de Mario Biagioli "Galileo cortesano. La práctica de la ciencia en tiempos de la corte absolutista", una de las principales apoyaturas usadas por mí para el artículo "Una lanza rota por el pensamiento occidental" que publiqué entre diciembre de 2009 y enero de 2010 en mi primer blog (un total de 8 entradas sucesivas, un par de apéndices y unas Conclusiones). Lo reproduje al final de la serie publicada en mi blog entre dicienbre de 2009 y enero del siguiente año (gracias a una molesta covalecencia, sonda mediante), y que desarrollé con tono de polémica. Fue un largo, arduo y denso trabajo en torno al pensamiento científico, en particular en torno a la ideología que nace de él y de la práctica científica y que se inscribe como señalé en la Hostoria del pensamiento humano y en concreto occidental (reuniendo una bibliografía extensa cuya consulta fue poco menos que de locura). Escrito al correr de la pluma y confiriendo demasiado peso a un caso particular que tomé como especimen de lo que consideraba un grupo característico (algo que hago hasta conmigo mismo siendo yo el único que comprende y acepta ser utilizado de esa forma), es lógico que adolezca de escaso valor didáctico o divulgativo, que abunde en densidad alambicada y que tal como se publicó no fuese casi ni leído y menos asimilado o rebatido. Tal vez lo revise, lo corrija allí donde la intuición pudo más que la erudición, y lo republique; tal vez sólo tome algunas cosas para nuevos textos. Para el final incluí dos "apéndices", uno de los cuales se titulaba: Una "riña de gallos" (Galileo contra "Los metafísicos") o los laberintos de "El Método".

Se trata de un trabajo, el de Biagioli, que considero de lo más serio y riguroso (además de ameno e interesante) que se haya publicado sobre el desenvolvimiento de la ciencia, de sus productores iniciales y de sus intencionalidades en los tiempos y en el medio sociohistórico concreto del Renacimiento, una época dominada por la proliferación y competencia entre las poderosas y locales Cortes Ilustradas, generalmente vinculadas a ciudades sin duda imperialistas (en lo que también se aprecia el complejo y multifacético carácter del "renacimiento de Atenas" que se manifestaba en un plano ahora más complejo). Tiempos, en relación a la emergencia de los nuevos "filósofos" (Galileo se consideraba así y así fue "legitimado" en la Corte Medicea) en los que se jugaba la imparable obtención de honores... o la muerte en la hoguera o de alguna otra manera un tanto horrible para los actuales gustos establecidos; una apuesta a cara o cruz como renuncia al ostracismo.


No puedo dejar de añadir que considero su lectura fundamental para todo el que quiera reafirmar sus sospechas y a todo aquel que esté dispuesto a tenerlas. No me cansaré de insistir en ello.

Lo que sigue está extraído en particular de las págs. 245 a 247 tal como las editó en castellano la Editorial Katz (Bs. As., 2007), del lo cual he eliminado algunos fragmentos menores y aquellas notas que no consideré significativas para mi propio objeto o que eran puramente bibliográficas -he omitido incluso la señal numérica de esas notas en el texto para evitar confundir. Por el contrario, he reproducido de igual modo aquellas que he considerado sustanciales, por lo que incluso aparecen aquí con su numeración original. Asimismo, me he permitido añadir una aclaración allí donde pareció conveniente para situar al lector respecto de un texto acotado. Todas esas intervenciones aparecerán indicadas en color rojo mediante los paréntesis de rigor.

Y como primera entrega (de dos sólo en esta ocasión) la reproduzco aquí con algunos cortes y retoques como contribución a reflexiones relativas a la conducta de los intelectuales y a lo que como tales nos espera como fracción excéntrica en paralelo con lo que les espera a los hijos del vigente sistema educativo superior y la divulgación electrónica masiva que hoy tiene lugar y que viste y reviste un disfraz desconcertante que se pretende salvador de la barbarie, cuando en realidad, es, a mi criterio claro, uno de los ingredientes clave del caldo de cultivo en el que se nutre el huevo de la serpiente. .


En cualquier caso, aquí Biagioli, sin más preámbulos:

"Dada la relación que establece Galileo entre el movimiento y la estructura de la materia, no puede aceptar la hipótesis aristotélica de que los fluidos presentan una resistencia finita al movimiento. por lo tanto, la conducta de la superficie acuática se convierte en un problema mayúsculo para la teoría galileana de la flotabilidad y su concepción atomista de la materia. En efecto, dicha conducta se puede tomar como prueba de que la resistencia que el agua ofrece a los cuerpos flotantes no es para nada infinitesimal. Asimismo, esto demostraría que, al menos en la superficie, el agua no responde como una entidad compuesta de partículas contiguas sino más bien como una entidad de composición continua. Resulta interesante que el único postulado de Arquímides en su tratado Del equilibrio de los cuerpos en los fluidos presente una concepción de los fluidos en tanto "continuos" (probablemente utilizado como sinónimo de "isótropos"). En efecto, lo que le interesa al griego es la hidrostática más que la causa del movimiento de los cuerpos en el agua y, por ende, no necesita supuestos adicionales sobre la estructura de la materia, a diferencia de Galileo.

"El vínculo inseparable entre el debate sobre la teoría de la flotabilidad y la polémica sobre la estructura de la materia queda expuesto con total claridad cuando se observa que la teoría aristotélica de la flotabilidad también da por supuesta una noción específica de la estructura de la materia, opuesta a la de la Galileo. Los filósofos de la Liga critican la concepción atomista de Galileo sobre la estructura del agua con firmeza y con cierta repetición un tanto histérica. No sólo comprenden la simbiosis entre la teoría de la flotabilidad de Galileo y su atomismo, sino que también se sienten obligados a detener la amenaza atomista (y el correspondiente valor del vacío) que pone en peligro su propia concepción del mundo. En simetría, la idea de continuidad de la materia se adapta muy bien a la explicación aristotélica de la flotabilidad. En primer lugar, la noción de un medio contiinuo se combina con la necesidad de que el medio oponga una resistencia finita para mantener el pie la teoría general del movimiento postulada por Aristóteles. En segundo lugar, la idea de una especie de "piel" continua que envuelve el agua sirve para explicar la conducta de la planchuela de ébano, que flota sobre el agua pero no asciende si se la sumerge directamente en el fondo del recipiente.

"El sistema aristotélico es mucho más apto que el atomismo galileano para dar cuenta de la tensión superficial. Este fenómeno puede presentarse dentro de ese marco como resultado de una necesidad del elemento acuático, que, para conservar la cohesión y su lugar natural, necesita evitar que otros cuerpos lo dividan y lo desplacen (124). Dado el carácter teleológico del sistema aristotélico, no resulta difícil entender que tal resistencia al movimiento se refuerce justamente en el punto donde el agua linda con otro elemento, como el aire. La tensión superficial puede relacionarse en términos conceptuales con el "lugar" natural del agua como elemento y con sus límites, de manera tal que el fenómeno resulte ser un efecto "natural" de las propiedades de dicho elemento.

"La teoría aristotélica del movimiento adquiere entonces mayor coherencia conceptual gracias a la noción de la materia como un todo continuo, que además ofrece según sus adeptos una explicación razonable para la incapacidad de la planchuela de volver a la superficie tras haber sido sumergida a la fuerza. Para los aristotélicos, la solicitud de colocar el objeto en el fondo del recipiente no tiene sentido. Mientras que para Galileo el peso específico (y, por lo tanto, la flotabilidad) no de pende de la posición del cuerpo en el medio, para los aristotélicos, la flotabilidad depende de la resistencia del medio, y estos pueden argumentar razonablemente que la superficie del agua tiene propiedades diferentes a las del resto del líquido (125). Por lo tanto, lo suyo no es una mera estratagema para evitar el marco experimental propuesto por Galileo. En efecto, pueden justificar su negativa con argumentos que, juzgados dentro de su propio sistema no son ad hoc. Si se lo concibe en este marco conceptual, el experimento de Delle Colombe no sólo se adecua al caso particular de la disputa, sino que también sirve para fusionar una serie de componentes fundamentales del sistema aristotélico en su totalidad. Es más, el concepto de tensión superficial les permite al mismo tiempo confirmar sus argumentos y poner en crisis el atomismo de Galileo, que a su vez constituye un elemento esencial de las teorías galileanas sobre el movimiento y la flotabilidad. En síntesis, tanto Galileo como los aristotélicos tienen sus propios "sistemas", con puntos fuertes y débiles. Así, el experimento de Delle Colombe resulta particularmente eficaz porque al mismo tiempo destaca la rigurosidad del sistema aristotélico y pone en evidencia a única debilidad, limitada pero devastadora, del sistema galileano.

"No es sino hasta la mitad del Discorso que Galileo retoma la cuestión del debate, aún sin nombrar a sus adversarios, y propone una interpretación arquimediana del experimento de Delle Colombe, que según él es "el punto principal de la presente cuestión". Para ello, prepara el terreno refutando el ataque de Bonamico contra Arquímedes. De acuerdo con Bonamico, el hecho de que un jarrón de arcilla pudiera flotar sobre el agua daba por tierra con el principio de Arquímedes ya que ofrecía el caso de un objeto con peso específico mayor al del agua que aún así podía flotar en ella, pero se hundía se lo llenaba de agua. Esto último se contradecía con el principio arquimediano, puesto que el agua no tenía peso alguno sobre el agua y, por lo tanto, no podía cambiar la flotabilidad del jarrón.

"Para refutar a Bonamico, Galileo afirma que aquello que flota no es el jarrón en sí mismo, sino el conjunto de la arcilla y el aire. Dado que el peso específico de esta suma de elementos resulta menor al del agua, la flotabilidad del jarrón no se opone al principio de Arquímedes. Más adelante, Galileo aplica el mismo tipo de razonamiento para analizar el experimento de Delle Colombe: (...) "por razón de un accidente tal vez hasta ahora no observado se viene a unir (el aire) con la misma planchuela, que ya no queda más pesada que el agua..." (...).

"El "accidente hasta ahora no observado" es, según Galileo, otro "descubrimiento" que torna la situación más ventajosa para él: si uno observa de cerca la planchela de ébano que flota, puede advertir que ésta no se encuentra exactamente al mismo nivel del agua, sino un poco más abajo. Es como si se formaran unos diques diminutos (arginetti) para evitar que el agua cubra al objeto. Como en el caso del jarrón de arcilla, entonces, lo que flota no es el ébano sino un compuesto de aire y ébano. De esta manera, el principio de Arquímedes sobre la flotabilidad queda intacto. Los aristotélicos deben dejar de sostener que el experimento de Delle Colombe refuta la teoría de Arquímedes. Muy por el contrario, la confirma.

"Sin embargo, Galileo parece sufrir un olvido importante en materia estratégica. Como señala el Académico Anónimo, en el caso del jarrón, la superficie exterior de arcilla es la que actúa como una especie de muro de contención y evita el ingreso del agua, pero en la planchuela de ébano no hay ningún elemento comparable a éste (129). La repetida omisión de la causa de formación de esos "diques diminutos" expone la gravedad de las dificultades que le presenta el experimento de Delle Colombe a Galileo. Cuando se ve conminado a hablar sobre el asunto, adopta una postura que podría definirse como positivista: sea cual sea la causa de la formación de esos "diques" ellos están ahí, se los puede observar y se puede comprender así que posibilitan la flotación según el principio básico de Arquímedes (130)."


(Notas seleccionadas de entre las apuntadas por Biagioli en el texto reproducido:)

(124) De acuerdo con Di Grazia, la conducta de la superficie del agua refleja "deseo de conservarse". Asimismo, este autor invoca una cita de Aristóteles según la cual los cuerpos continuos tienen a propiedad de resistirse a la división. En el mismo sentido, Delle Colombe sostiene que el carácter continuo del agua es lo que explica la formación de "diques diminutos" en torno a la planchuela de ébano. Además, le pregunta a G por qué se pueden formar burbujas en los medios continuos como el agua y no así en los contiguos, como la arena, ya que éste había tomado la arena como modelo para las sustancias contiguas como el agua.

(125) Si la tensión superficial tenía como causa la tendencia natural del agua a volverse sobre sí misma, es decir, a evitar que su lugar se viera ocupado por objetos compuestos de elementos ajenos (cuyo lugar natural era otro) entonces los aristotélicos tenían motivos suficientes para rechazar la regla de Galileo que pretendía empapar los cuerpos o sumergirlos en el fondo del recipiente. Para Delle Colombe, la reacción del agua contra la sequedad del objeto (una propiedad perteneciente a otro elemento) era evitar que este se hundiera. Por lo tanto, la pretensión de Galileo de que se lo mojara era inaceptable. Si el cuerpo estaba mojado, entonces el agua ya no lo percibiría como ajeno y permitiría que se sumergiera: "puesto que es más pesada que el agua, si se la hundiera, ¿qué otra cosa podría hacerla volver a flote?". (...) Di Grazia también deja claro que, para él, el interior del agua no se comporta de la misma manera que la superficie: "la planchuela de nogal del Signor Galileo no reposa en el fondo porque no encuentra allí la resistencia que si se halla en la superficie, es decir, aquella que depende del deseo de conservación del agua".

(129) "Dado que los muros del jarrón prohiben que el agua fluya con naturalidad, esta conserva su unidad muy fácilmente...", etc. (de los argumentos esgrimidos por el Académico Anónimo)

(130) En su respuesta a la crítica del Académico Anónimo sobre la explicación de los "diques diminutos", Galileo no logra encontrar ningún contraargumento válido y escribe que "las cosas son así". Etc.


(hasta aquí el texto de referencia)


Por otra parte, he crreído igualmente provechoso añadir algunas de las observaciones que Biagioli hace unas páginas más adelante (ibid., págs. 255-256), sacando y provocando conclusiones que imponen una ruptura con los enfoques dominantes:


"Desde una perspectiva actual, podría pensarse que Galileo, como Copérnico, tenía la razón, en tanto sus teorías están conectadas genealógicamente con las que se sostienen como ciertas hoy en día. Sin embargo, esas teorías, se publicaron cuando aún no habían alcanzado un grado de articulación libre de anomalías e interrogantes que pudieran problematizar su aceptación. El experimento de Delle Colombe, por ejemplo, podía concebirse como una refutación de la teoría galileana aún después de que Galileo hubiese intentado, sin demasiado éxito, agregar la hipótesis de la virtud magnética y otras hipótesis auxiliares para superar esa falla. Se podría afirmar que el peligro de la mortalidad prematura, muy común entre los paradigmas nuevos e inarticulados, no se contrarresta dialogando con los opositores sino aplicando una serie de tácticas destinadas a ganar tiempo para poder articularlos mejor.

"De hecho, no es para nada evidente que Galileo haya querido dialogar con los aristotélicos, y mucho menos en los términos de ellos. En realidad, lo que pretendía era doblar la apuesta agregando toda suerte de elementos filosóficos, metodológicos y cosmológicos a su teoría inicial de la flotabilidad. Al hacerlo, no tenía la expectativa de convencer a sus adversarios sino de presentar y consolidar su propia alternativa filosófica.

"Los aristotélicos, por su parte, adoptan una táctica parecida. Para confrontar la alternativa galileana, vinculan de todas las maneras posibles el experimento de Delle Colombe con la cosmovisión de Aristóteles. Y cada vez que pueden, tratan de desestimar la cosmovisión de Galileo, ya sea aformando que no es un sistema coherente en lo más mínimo o acusándolo de ser ilegítimo. En particular, sus tácticas toman la forma de críticas contra las definiciones de Galileo, cuestionamientos de la legitimidad cognitiva del método matemático y acusaciones de petitio principii y elaboración de argumentos ad hoc.

"El Académico Anónimo, por ejemplo, responde lo siguiente al ataque de Galileo contra la teoría aristotélica del movimiento basada en la composición elemental de los cuerpos:

...se posa al menos sobre fundamentos mucho más seguros y sensatos que las opiniones de Galilei, las cuales, tras un magnífico dispositivo de objeciones a Aristóteles, diversas experiencias y nuevas demostraciones, se dejan ver a primera vista como pomposas y elegantes; mas, si se las analiza en detalle y se las estudia bien, las objeciones se derriten, las experiencias vacilan o se descubren más los efectos particulares que las razones de las cosas, y las proposiciones y pruebas matemáticas no llegan a demostrar la fuerza y las verdaderas razones de los fenómenos naturales.

"Di Grazia es aún más categórico que el Académico Anónimo cuando se refiere a la brecha cognitiva entre la filosofía y las ciencias matemáticas:

Antes de considerar las demostraciones del Signor Galileo, nos pareció necesario demostrar cuán lejos de lo verdadero se encuentran aquellos que con razones matemáticas quieren demostrar las cosas naturales. [...] En efecto, yo digo que todas las ciencias y todas las artes tienen sus propios principios y sus propias razones, por las cuales demuestran los accidentes específicos del propio objeto. Por lo tanto, no es adecuado con los principios de una ciencia tratar de demostrar los efectos de otra, de modo tal que delira aquel que se persuade de querer demostar los accidentes naturales con razones matemáticas, dado que estas dos ciencias son diferentes entre sí. De hecho, el filósofo de la naturaleza [scientífico naturale] considera las cosas naturales que tienen movimiento por su esencia propia, mientras que el objeto de las matemáticas se abstrae de todo movimiento.

"Unas páginas más adeante, Di Grazia aplica esta distinción metodológica para desestimar una demostración de Galileo, precisamente porque "quiere demostrar las cosas naturales con razones matemáticas". Al final, pasa de criticar la invasión de una disciplina ajena que implica la teoría galileana de la flotabilidad a cuestionar con insidia las calificaciones de Galileo como filósofo: "Desearía que el Signor Galileo adoptara un poco más de modestia filosófica, ya que se adorna con tal título y después no actúa conforme a él".

"Delle Colombe también subraya la brecha cognitiva entre la filosofía y las ciencias matemáticas como ya lo había hecho en su obra Contro il motto della terra. Cuando escribe Discorso apologetico, vuelve sobre el mismo punto al afirmar que si uno tuviera que elegir entre Aristóteles y Arquímedes, no debería tener ninguna duda."


* * *

Nota final mía (modificada):

He mencionado el concepto "riña de gallos" aplicado al debate sobre temas científicos y filosóficos tal como tenía lugar durante el absolutismo ilustrado, tiempo en que imperó el régimen del mecenazgo al que se tenían que ceñir los intelectuales del Renacimiento si querían alcanzar su legitimación social, en definitiva: sobrevevir sin renunciar a su propia idiosincrasia y apetitos.

Indudablemente: la delimitación de lo que es y no es ciencia y por extensión lo que es y no es el método más excelente para obtener conocimientos, es algo que tiene más que ver con los títulos de legitimidad que se extienden o se pretenden extender desde el propio dominio de cada disciplina que con un supuesto e imposible punto de vista estricto; es decir, que responden a los intereses de la logia de la que se trate en cada caso (lo que no significa que sus prácticas, metódicas o no, no produzcan, también, conocimientos y orientaciones a través de la selva de la sociedad instituida, que tiene sus realidades y sus leyes).

Y la Historia aún sigue por los mismos carriles de entonces... llevando al descarrilamiento de muchos vagones cuando no al del tren entero.