miércoles, 20 de noviembre de 2013

"Los inocentes", los débiles, la culpabilidad.


No creo que haya muchos lectores de "Los Inocentes" (de entre los no muchos que en estos tiempos la hayan leído, ni tampoco de los que la leyeron desde que se publicó, ni por tanto que sepan que la escribiera Broch) que compartan conmigo la conclusión de que el título apuntaba al conjunto de los individuos que formaron, forman y se añadirán a lo que biológicamente llamamos "humanidad": todos... "inocentes", todos en definitiva "débiles" (como he optado por caracterizarlos, aunque con idéntico sentido al del autor). Incluyendo a los "fuertes", es decir, "los poderosos", los que detentan el poder "político", "social", "psicológico", "ideológico", "físico", etc. Unos "inocentes" que, teniendo "conciencia" de ser, respectivamente, "víctimas" o "verdugos" (y siéndolo formal y concretamente estos últimos con relación a casi todos los primeros), son "débiles" en última instancia en tanto que la "elección" por ocupar uno u otro puesto disponible en una sociedad que sin duda se mantiene o conserva "fragmentada" no ha sido "libre" o "planificada" por anticipado (ni puede responder a ello) sino, en todo caso, reafirmada y justificada... hasta hacerse carne de la propia carne.

Incluso, no la compartiría, de entrada al menos, el propio Broch ("Origen de este libro").

No obstante, nos pone en bandeja esa descripción que sólo de ese modo puede ser completada; que, en todo caso, es la única que puede verse tras el suave velo que al autor le cuesta rasgar definitivamente... con el pensamiento abstracto (que expone en su autocrítica), sin ir lo suficientemente hondo, quirúrjicamente hablando. Porque, sin duda, ¡es humana (desde mi punto de vista, y desde la experiencia descarnada) "la abolición de la ley, hecha ley suprema", "la mentira fantasmagórica, hecha verdad superior", la "esclavitud universal y abstracta"! ¡Muy humana, demasiado humana, en absoluto "ajena a todo lo que sea humano", como dice también, prisionero de la propia nostalgia indudablemente mamada... que reconoce de todos modos perimida, en un tiempo en el que:
Las palabras se secaron...
O... 
Las barcas aguardan todas las noches, invisibles,
para llevar hacia el este de la noche
la flota de los humanos: ¡oh, incisión que atraviesa el tiempo!

Por  la novela sui generis de Broch desfilan sin embargo, desbordando los límites que el autor creyó haberles impuesto (de época, de origen, de situación), los suficientes especímenes humanos como para que todos los posibles, todos los imaginables, queden comprendidos; todos... "inocentes", y sin embargo todos "culpables" de lo que les pasa a ellos y a los que entran en su radio de acción...

La inmensa masa de los pocos lectores que en proporción pudo tener Broch hasta ahora no se sentirán parte de esa masa de "inocentes/culpables". Su mejor defensa será nuevamente la que da lugar precisamente a su culpabilidad, una culpabilidad del débil, del que sólo puede ser relativamente fuerte y sobrevivir mediante el ejercicio de esa debilidad/culpabilidad, en concreto: a la "ignorancia", al "autoengaño", a la "autodignificación".

Esa misma manera de ver las cosas me tocará ahora a mí recibirla. A causa de mi propia mirada coincidente con la intencionalidad que Broch reflejara en su novela, y que yo he alcanzado a ver bajo su trama, y su referencial título.

La novela incluye algo de poesía, una poesía que no edulcora líricamente sino que se pone al servicio de la denuncia o, para no dejar lugar a dudas en cuanto a lo que me refiero, al servicio de la descripción real, de la desnudez profunda que pudiera pretenderse escamotear, encubrir, de la que se intenta apartar la vista.
Máscara sobre máscara,
monstruosidad cubriendo mosntruosidades,
rostro que ignora las lágrimas.
En fin..., basta. Dejo para el final sólo la propia voz de Broch, aún contundente a pesar de su debilidad quirúrjica antes señalada, donde se aprecia su intento, vano al fin, vano siempre, intento infructuoso si así se quiere ver de "sacar frutos de flores marchitas"; lamento, grito, expresado tan sólo, de nuevo, porque una vez dentro, hecho consciente, a algunos nos sea imposible podérnoslo guardar y hasta dónde nos afecta la propia debilidad que nos ata a las urgencias, al dolor impotente, a la mirada de soslayo, al continuar andando...:

¡Maldita sea la ceguera! 
El prado y el bosque llegan a las alambradas,
y en los hogares de los verdugos cantan los canarios.
Un cielo de sangre cubre las cuatro estaciones del año
y el arco iris no tiene color de esperanza,
el cosmos se burla de las incompatibilidades
y pregunta al hombre:
¿soportarás todo esto aún mucho tiempo?,
¿qué ves?, ¿qué te parece falso?
El que va a morir lo ve;
ya nada le amarga
y el tiro en la nuca es auténtico.
Descúbrete y piensa en las víctimas.

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