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lunes, 11 de mayo de 2020

De los usurpadores mediocres de dios




   A cada rato me encuentro con situaciones que reavivan mi desazón, que me llevan a inclinarme hacia la tristeza (cuando podrían) en la que a la vez no acabo de caer gracías a la escapada (creo que vital) que me permito hacia la indignación; una indignación a veces furibunda, otras, las más, tan reflexiva ella (claro, otra manera de soslayar tanto la tristeza como los feroces impulsos combativos... "la conciencia"... en exceso o poco menos, la "certeza" que, anclada en una experiencia reiterada, insoslayable al parecer, una y otra vez alimentada por esas "situaciones" a las que he empezado a referirme aún en abstracto, en suspenso a cuenta de esta digresión a lo que siento ante ellas, muchas, demasiadas... sí, que encarnan y reencarnan, que saltan sobre mí, aumentando esa "certeza" en que cada vez serán más y peores porque no hacen mas que reproducirse, que inundar, que ahogarme a mí y creo que a varios, quizá bastantes, más...), tan de este modo reflexiva, que en el fondo no hace sino invitarme a callar, a huir, a dejar de saber más de lo que está pasando a mi alrededor, al mío y no en el fondo a la totalidad del mundo que globalmente no se entera de que esas situaciones se multiplican, cabalgando sobre todos e influyéndoles empero, creyendo así poder evitarlo. Volveré sobre este punto, quiero decir, al respecto del efecto que me producen esos hechos y por qué entiendo que me empujan a arrinconarme, a dejar caer "la pluma" como se decía cuando estas se usaban. Insisto: que me empujan y no, como algunos dirían sacralizando una supuesta "voluntad", "electividad" o "libre albedrío". Se trata para mí de una respuesta, tan mecánica, o instintiva, a esas situaciones, como todas las reacciones humanas en general, sean o no para muchos sublimes o despreciables, admisibles o repugnantes. En este caso, las que digo que me mantienen, a mí, a mitad de camino entre las varias reacciones posibles, todas inconducentes, dejándome en el aire, sin suelo sobre el que fijar el rumbo.
Esas situaciones (empecemos por develar de una vez el tipo en el que se resumen) vienen de la mano de ese para mí terrible y trágico poder de la Razón para lograr reunir en un discurso y ordenar mediante él, hipótesis contrapuestas entre sí, y así llevarlas a un estado falso, confuso pero efectivo (volveré también sobre esto) que no sólo es construido por convicción tanto como por vanidad del discursan o del escritor, sino que es buscado por "el público que lee" y por los gestores de los textos que ellos entienden que ese "público" busca, unos y otros en una complicidad que se realimenta y va produciendo su propia multiplicación ad Infinitum.

   Puedo reconocer que no haya posibilidad humana alguna que nos permita ofrecer "la última verdad", y que esto de lugar a esos discursos y a esos textos contradictorios y por fin desconcertantes que, pese a ser "buscados" como se buscaría "la última verdad", acaban siendo incomprendidos mediante una también falsa y distorsionada comprensión que los reduce a lo que ya le susurraba a cada cual su demonio. ¿Cómo pedirle a nadie, ¡cómo pedirme!, que se le pueda llegar a proponer a otros una claridad definitiva, capaz de resolver todas las grietas del camino de la vida? Todo lo que se aproxime a esas respuestas no podrá sino encontrar la nada, el vacío, la autoconmiseración; a reconocer ante los demás esa incapacidad que no ofrece guía maestra alguna porque no lo puede ser para el propio enunciador. Y aquí estamos pues ante el rechazo del que ya hablaba Sileno a Midas: el rechazo a comprender que lo mejor habría sido no nacer. Ah, lo que no significa "corregir el problema" mediante un acto suicida, ya que eso no evita precisamente el haber nacido y por ello tener que actuar incluso para darse muerte, para sufrir hasta el último aliento, para morir asustado, sino todo lo contrario. Se trata de aceptar que una vez vivos no nos quede otra cosa que vivir. Se trata, en un segundo paso, de aceptar que esa vida es por lo tanto un sinsentido en sí misma (incluso si se entendiera que nos fuera impuesta por un Dios... o por la casualidad). Se trata en un tercer paso de aceptar que cada una de los actos y quehaceres que asumimos o que nos vemos obligados a realizar a pesar nuestro, son actos gratuitos, exentos del "valor" sublime que no dejamos de buscar y encontrar, de tomar como ciertos para seguir viviendo con una cierta calma, es decir, con esperanzas en una salida, en una liberación, en, al fin, poco más que una nueva fase que nos ayude a continuar o que nos vuelva a frustrar... y así a volver a esperar (a volver, precisamente, como vuelven Estragón y Vladimir... a esperar a que nunca se presenta ni se presentará, ni junto al árbol que invita a ahorcarse ni en ninguna otra parte). Se trata de las mil y una maneras de cumplir con la condena a la que nos llevó un nacimiento no-autista, un nacimiento como seres que acabarán por alcanzar la edad de la razón. Y todo eso... es demasiado duro, demasiado pesado. Es mucho mejor seguir volviendo, seguir yendo a ver si esta vez se presentará Godot con la respuesta, porque, en realidad, al no haberlo hecho "aún", cómo asegurar que no se presentará nunca, que no vendrá al día siguiente, alguna vez? Hacerlo es sin duda propio de una vanidad estrepitosa, de una autosuficiencia exclusiva de Godot, de un usurpador. Porque, si sabes eso, si crees firmemente  que los hombres ya han sido frustrados las suficientes veces como para dar por inútil su búsqueda, que volverán para nada, "autoengañándose sin más" (como se diría autoproclamando la propia justeza y yo mismo podría llegar a decir al dar por fehaciente mis propias convicciones)... es que lo deberías saber todo, y podrías decirle a la humanidad, en cuanto quisieras hacerlo, algo mucho más efectivo que lo que dijo un simple fauno a un rey; justamente, lo que se busca y se pretende de la palabra de Godot.

   Pero, claro, la carga de la reflexividad tiene por lo visto su propia incontinencia. Si damos por válido (como hoy nos inclinamos a hacer a tenor de su mecánica misma) que el cerebro humano es un resultado impuesto por la vida como un arma innovadora que pueda garantizar ni más ni menos que su continuidad, debemos reconocer que se extralimita sin alternativa, a pesar precisamente de la vida que no piensa ni se lo habría podido por lo tanto esperar: la conciencia reflexiva, nacida en el curso de la evolución, se le ha escapado de las manos por así decirlo. Debía estar al servicio exclusivo de la supervivencia... pero no sólo lo está, sino que se lo cuestiona; quiere, como la planta de origen misterioso de la Tienda de los Horrores, "saber más", saberlo "todo".
Y aquí enlazo todo este circunloquio con lo que a mí, a mi desbordada reflexividad, a mi tendencia a la locura, me "desquicia", me "abruma" más precisamente, me mantiene entre la tristeza y la indignación, entre el silencio y la rebeldía... ¡Las situaciones o hechos en los que veo, en los que siento (yo, a saber por qué misterio), esos espectáculos de la incongruencia, para mí lacerantes, donde, en medio de la pista y ante gradas nunca muy abarrotadas, se ha situado por derecho propio, sobre un tonel a modo de pedestal, un sofista (ni siquiera un filósofo esforzado en dar coherencia a su discurso a base de un apriorismo cualquiera... que le servirá para sostenerse en pie), un sofista que llega a veces a dominar la retóricia (y a veces ni siquiera eso) y que, tomando piezas sueltas halladas a lo largo de su camino, sostiene "la verdad"! Piezas entre las cuales hay un cierto número de conclusiones derivadas de la propia experiencia (reforzada mediante el encuentro con la ajena merced a la lectura)... pero también otras que contradicen a las primeras y, ¡ese aquí lo que creo y por lo que me arisco a apostar!... no se derivan de experiencia alguna sino... de la asunción de que se debe conservar el engaño en nombre de la propia felicidad, propia y de sus feligreses carroñeros, esos que no pueden comprender lo que dice sino a trozos, a mordiscos, quedándose normalmente con lo peor, las vísceras  aún pestilentes. Queda así montado el espectáculo circense de la actual intelectualidad y sus lectores, la sofística contemporánea que, como la antigua, como decía Eutifrón (lo cito de memoria y mediante una malintencionada reinterpretación, y no textualmente o según una determinada traducción puesta a mi alcance del correspondiente diálogo platónico que llevara el nombre de ese personaje precursor): permite vivir del cuento, y tanto al futurólogo (y casi astrólogo) como a su público, tanto al usurpador mediocre de Godot como a Estragón y Vladimir.
La reiteración de este resultado que suele frustrar tanto a los idílicos “mejoradores del mundo” para acabar quedándose en la queja contra “la supina idiotez” del “pueblo llano” y la “increíble astucia” de los “listos” que lo engatusarían, muestra en realidad ser fruto de una confluencia momentáneamente cómplice y por fin siempre “traicionera” (igualmente derivada de la frustración).
Esta complicidad ha sido dada, en general, sobre la base de la impotencia inevitable (hasta ahora si se quiere conservar alguna suerte de esperanza utópica) de ese “pueblo” para autgibernarse o para encumbrar un “sabio” guía que los pudiera contentar, algo que más allá de la mascarada propagandística no se les ofrece desde tiempos inmemoriales.
La oferta pública y efectivable está de por sí restringida a las camarilllas largamente organizadas y estructuradas entre las cuales los electores pueden optar según sus intereses (a los que se han condenado en función de sus respectivas actividades dependientes).
Intereses a su vez aparentemente contrapuestos según la lectura sociológica que predomina, pero que una vez más reproduce la situación global en la esfera menor que la constituye: la empresa, el negocio, la institución, el gremio... En cada uno de estos ámbitos vuelve a darse la división complica que obliga a los débiles a ceder la dirección a los poseedores de recursos o a quienes se atrevan a hacerse con ellos.
Qué podríamos considerar sustancialmente que ofrecen los menos a los más en cada caso y que logran o creen lograr los más manteniéndose en la dirección de los negocios respectivos? Podemos pensar en que tanto unos como otros buscan conseguir a su manera cimentar hasta dónde les resulta posible en el tiempo y mediante las triquiñuelas que tengan al alcance, otra cosa que la supervivencia antediluviana?
No es precisamente sobre esta base que los menos chantajean a los más y los más consienten ser amparados a la sombra de los menos?
No es sobre esta base sobre la que se alza el dogma de cada época y cada estructura social se amalgama?
Si es la voluntad o instinto vital, multiplicador y transmisor de las características de cada individuo por todos los de la misma especie, la última motivación prevaleciente, y queremos ir más allá de una enunciación a fin de cuentas vacía, pura cobertura abstracta que si se la toma de manera operativa nos deja sin respuesta y nos lleva al mismo callejón sin salida que cualquiera de los dogmas posibles, démonos adentrarnos por debajo de una máscara tan simple, de darle forma concreta, lo más que sea posible. Esto en el marco de lo humano nos obliga a considerar la mediación a que da lugar la manera a la que apelan los individuos para realizarla de modo que consiga evitarla precisamente para que pueda cumplir su cometido último. Esto es así porque para el hombre es imposible el sencillo comportamiento animal que se contrapone con la propia experiencia, que lo muestra poseedor de una diferencia prácticamente inadmisible, de modo que opta por operar una serie de sustituciones y concatenaciones imaginarias.

Una lectura atenta y distante en todo lo posible de “lo que se admite globalmente hoy” muestra la carga determinante de los diversos puntos de vista previamente asumidos (especialmente esa “mirada global/presente).
Es como la admisión de la geometría de Euclides a partir de los previos axiomas o demostrables.
Nietzsche ya señaló respecto de la mecánica que sigue la ciencia (ella misma ya de por sí preadmitida como Referencia Absoluta): “se esconde primero algo entre los arbustos para luego ir a encontrarlo”.
Todos los puntos de vista se autoavalan de modo que hay que tenerlos en cuenta cuando se leen todas las “conclusiones lógicas”..

Bueno... no se trata tanto de un Sistema Estable sino de algo disponible que a mi modo de ver es un “resultado” o consecuencia” muy diferente con (por ejemplo) la instauración de los hornos crematorios y la industria de la muerte nazi. Aún cuando les sea conveniente “de paso”. Lo cierto es que no saben como manejar la complejidad social que tiende a desbordar haciendo añicos todos los planes... Es una máquina en marcha y no un “arma conducida” lo que significa que no la fabriquen por el camino.
El problema del discurso de Foucault por otra parte, tiene debilidades a mi entender al no haber acabado de deshacerse del lastre “econimisista” que fundó el marxismo como “base” del historicismo del que arrancó su doctrina (Hegel). Yo pienso que las causas están más atrás de “lo económico”. Creo que todas esas atribuciones a causas absolutas son dogmáticas y reduccionistas y que cada tanto acaban siendo sustituidas por otras según se van complicando y avejentando.

Lo leí diagonalmente y lo volveré a leer con más calma. Por lo que alcance a ver hay de hecho al menos referencias a los trabajos de Míchel Foucault que analizó el proceso de control del poder a través de un orden sobre la salud, la educación y el sistema penitenciario. Yo también creo que lleva a un totalitarismo que cada vez será más irreversible aunque no creo que el proceso llegue a concretarse por completo esta vez, aunque dará un paso de gigante sin duda.
Justamente llevo dándole vueltas a la trampa en la que fue inevitable caer al escoger “la ciudad” en vez de “la jungla”, es decir, a buscar la comodidad y la seguridad. Estoy además girando en torno a la idea de que tras la “muerte De Dios” y del más allá posmortem, se pasó de una esperanza en la inmortalidad a través de la muerte (paraíso/infierno) a una pura aspiración “más modesta” apoyada en la medicina (la tecnología de la salud) de prolongar al máximo la “vida del cuerpo”... pero tengo que seguir desarrollando algunos detalles.

El desvergonzado e irrespetuoso peso de la servidumbre política por encima del más mínimo “rigor” académico  se evidenció hace poco de manera flagrante hace unos meses en un evento supuestamente intelectual (por honesto). La anécdota me parece una vez más ejemplar:


La violencia es congénita a la vida (al “movimiento”, como decía Tucidides con la resignación sensata del que sabe que no puede ir más allá de la descripción de un mecanismo). Nace a la vez que la necesidad de la vida de abrirse paso a través de lo ya establecido antes de su aparición, debido a una violencia anterior que se volvería a aplicar al resistirse a ser alterada. Lo comprendo: esa es la mecánica; así funciona todo, que es inevitablemente ignorante de los sueños de la razón acomodada (la del mundo establecido a través de los ocupantes preexistentes que ha conseguido  un lugar que terminan viendo amenazado). Lo comprendo, pero rechazo la emergencia humana del placer morboso de los asesinos que matan por algo más que po r dinero o poder –en el fondo, seguramente todos–; de los violadores que buscan incluso causar dolor y dan lugar en todo caso a perturbaciones inolvidables; de los verdugos que se relamen con la sangre que gotea de la cabeza cortada, del rigor mortis del ahorcado, del suspiro del gaseado, de los temblores finales del electrocutado; de los guerreros de profesión o los soldados que se justifican en nombre de la patria –hasta sentirlo como una profesión–; de todos ellos, que eligen el trabajo que les permite prolongar la infancia en lo posible protegida, impune gracias a las necesidadres del poder al mantenerse o para ser conquistado. Y a los demagogos que sacan o tratan de sacar partido del caos sangriento y humeante que promueven escondiendo la mano o justificándolo. Y que, al hacerlo... je... me lleva a esperar  ayuda (idílica mente, porque sé que no responderán a mis sueños sino a sus pesadillas: difícil no apelar a lo que se tiene a mano estando dominado por la desesperanzada debilidad) de las fuerzas represoras, tanto mediante la educación coercitiva como de los palos patriarcales –familiares o estatales, es igual– y que a la vez rechazo,; aunque, sobre todo, de la igualmente idílica multiplicación paralela de la sensibilidad, que también es humana y... en el fondo, narcisista y miserable... pero que al menos dejaría a los demás en paz, ignorándolos u ofreciéndoseles en sacrificio hasta el límite particular de cada cual. Rechazo desde mi propio sentimiento de sensatez y perturbación los impulsos de destruir por destruir que no es sino un paso hacia la reconstrucción –y si no, vease en el límite el caso de las grandes guerras–. Rechazo la vergüenza que esconden los inescrupulosis (lo hizo incluso Hitler al ocultar todo lo que pudo las cámaras de gas y los hornos crematorios, lo hizo Stalin, etc.) tras justificaciones diversas, sobre todo de “la necesidad” de su función y del “deber”. Comprendo el resentimiento infantil basicamente inevitable, pero no que se enquiste en el adulto y salga con furia y crueldad descontrolada  de la larva en busca de una falsa satisfacción por el dolor ajeno, la impotencia, la degradación de los otros (como incendiar o barrer con ametralladoras un granero lleno de gente viva que no puede escapar; o gasearlos en unos supuestos baños colectivos; o cercarlos por el hambre hasta que mueran de inanición; o agotarlos por medio del trabajo sin descanso y los latigazos para "liberarlos" o "reeducarlos"; etc. Contra ello, pienso en otra posibilidad idílica que se tergiversaría a cargo de quienes la pusieran en práctica: el exterminio, la vaporización, la limpieza radical de todos ellos, la pena de muerte que frenaría sus impulsos a ir en busca del supuesto paraíso que de todos modos nunca  podrían llegar a conseguir y con el que nadie les podrá impedir ni disuadir de soñar si se lo permitieran, lo que no hacen para evitar la frustración que los paralizaría, que los haría verse como víctimas.


(Continuará)

martes, 28 de febrero de 2017

Del hambre y del tiempo

Un ansia irreprimible de retener lo que la corriente del tiempo arrastra hacia el olvido nos asalta. Y procedemos a realizar nuevas capturas futiles que presas de nosotros serán arrastradas igualmente por la corriente, con nosotros. Es lo que pasa cuando, con la pretensión de evitar la corriente el náufrago se aferra a un tronco o una madera o un cadáver que pasa a la deriva..., como si se tratara de una extensión de las orillas... que son inalcanzables, que pasan hacia atrás sin remedio, a la distancia, apenas dejando una visión, una marca, un arañazo...
Esas captura –realizadas en el fondo de las cavernas, en el barro cocido y la cerámica, en la piedra y el lienzo,la fotografía y el vídeo...–, que llevamos a cabo en nombre de la memoria, coleccionándolas en el museo de nuestra electroquímia, obedecen a aquellas, las ansias depredadoras. Capturas de las bellezas e intentos imposibles de no guardar a la vez el horror en la que fueron envueltas (convirtiéndolo en gloria y profesionalidad), el horror de la depredación, precisamente, ¡y el horror a la desaparición propia con la colección completa...!; pero un acto más del hambre con la que fuimos dejados a merced de la corriente, la corriente que lloraba desde el desprendimiento inicial. El hambre que nos signa, de la que salimos y a la que volvemos, de la que queremos huir. Donde la representación emerge imperativa. Del fondo de las tripas vacías, del fondo del cerebro insatisfecho.
Sí, simbolizamos por una sutileza del hambre, simbolizamos porque somos unos depredadores sofisticados que jamás podrán escapar de los rigores de la infancia; los rigores de la presencia en mitad de la corriente. De ahí el impulso creador que dignificamos para nuestro contento insuficiente –¡siempre insuficiente!–. Las ciudades, los templos,los palacios, las bibliotecas, los museos, los cuadros, las novelas, la ciencia, la tecnología, el cine..., de allí dentro –las tripas vacías– vienen sin poder cesar, sin agotarse. Gritan: ¡que no vuelva el hambre...!, y: ¡que nada se pierda!
Y... ¡es sólo otro deseo de devorarlo todo!

martes, 7 de octubre de 2014

De qué y de quiénes se burla esta vez Kundera



La primera novela que escribió y publicó Kundera fue "La broma” y la que según todo indica será la última (incluso eso parecen esperar al menos los que redactaron el texto de la contratapa en la versión de Tusquets… tal vez copiándola de la francesa…, tal vez según el dato aportado al respecto por el propio Kundera en alguna parte (*)), lo es de manera descarada, aunque no en el sentido en que lo describe la crítica (que, imagino, quizás equivocándome, habrá hundido aún más en la desolación a Kundera... o, quien sabe, habrá vuelto a ver en su indignificancia, o, peor aún, en su des-significación, cierta "belleza").

Kundera sostiene en ella que vivimos en la era de la seriedad, una era en la cual la burla y la risa le están reservadas a quien tiene el poder omnímodo y plenipotenciario: el Gran Único representado en la novela por el espectro de Stalin, de quien aún hoy, habiendo muerto, todos seguirían siendo súbditos; algo que por otra parte se demostraría y manifestaría, precisamente, en el hecho de que nadie es capaz ya de reír y de burlarse. Un mundo en el que la comedia pone en escena la seriedad, una seriedad impostada, de lo que yo llamaría "las pequeñas cosas", donde sólo la seriedad, esa seriedad, puede representarse.

En realidad, no me queda claro que Kundera piense esto último (soy yo quien lo pienso, yo quien lo señala y  registra justamente en mi novela).  Y, ya puestos, del mismo modo, no comparto la idea que deja caer un tanto "seriamente" al final de que hoy predomine la "ilusión de individualidad" sino más bien una manera en todo caso servil de realizarla. Pero esto es de las cosas "triviales" y "serias" que a fin y al cabo... no puede Kundera dejar de deslizar como novelista que no puede del todo dejar de ser.

En cualquier caso, Kundera ha decidido burlarse (quizás en lugar de escribir, quizás antes de dejar de hacerlo de aquí en adelante como he anotado que parecería). Burlarse del mundo que ve eternamente en fiesta, la de la insignificancia, en la que observa cómo se disuelve mientras asisten todos a ella con máscaras diversas: un falso lenguaje, una falsa enfermedad mortal, una falsa amante, una falsa filosofía de la pérdida de la individualidad… Claro que Kundera no es la reencarnación propiamente dicha de Stalin, ni por tanto tiene la suficiencia como para actuar como un cazador que arremete contra la estupidez. Kundera sólo dispone para burlarse de la palabra escrita, del pedestal de poder menor que se ha ganado escribiendo, de la facilidad con que le publicarán lo que escriba, aunque sea la palabra pedo deletreada durante un número no excesivo de páginas, es decir, como para que no asuste ni comprar ni leer lo que se presentará editorialmente como “una novela”. Y Kundera, por ello, con esa única forma que puede darle a la burla… no puede sino burlarse del mundo a través de los lectores snobs que, en nombre de “la novedad”, de un texto “demorado” y “esperado”, se lanzarán a comprarlo para saber “qué dice el gran Kundera”, acicateados adicional por el texto de la contratapa que concluye: “Nada. ¡Lean!”.

Después de todo, hay que reconocer que se lo merecen, que Kundera tiene razones para despreciarlos, que está justificada su desolación… tanto como su tristeza ponzoñosa.

Después de todo, no deja de ser una manera de escribir sin seriedad, intento por lo que se ve inconducente, infructuoso e infantil, que demuestra con su fracaso que no podemos escapar de la trampa del presente ni de la trampa de lo que hemos llegado a ser… después de haber sido “arrojado al mundo sin haberlo pedido” (recomponiendo en beneficio de la lectura de mi texto “la más trivial de todas las verdades” (sic) que Kundera menciona entre otras “insignificancias” de barniz existencial).

Sin embargo, acaba añadiendo algo más a la Gran Obra de lo lamentable… y ahí se queda todo.

Porque, a fin de cuentas, presiento que aún quedan lectores (me gustaría que se manifestaran y espero que este artículo ayude a que afloren…, y espero que no sean de los falsos  es decir, meros actores de la seriedad) que se  habrán tomado al pie de la letra una anterior declaración suya que rezaba: “¡Y cada novelista, empezando por sí mismo, debería eliminar todo lo secundario, clamar para sí y para los demás la moral de lo esencial!” [Kundera, El telón]. Y que en nombre de todo lo que se decía en ese ensayo (por lo visto desdicho desde el contenido hasta el propio título), acudieron a esta última novela a ver qué levantaba "el maestro" después de sostener todo aquello que pudiera ser al mismo tiempo "una novela" respetuosa de su raison d'être (¿decir algo nuevo, decir algo contundente que nos desnude un poco más, y no “la más trivial de todas las verdades” o alguna otra trivialidad?, en fin, ¿producir un libro según los sueños de Kafka: que sea "un hacha para el mar congelado dentro de nosotros", que responda a esa idea que sin duda nos une -"a nosotros", "los mandarines de pincel chino" (Nietzsche dixit)-, de que "La literatura sólo es digna cuando descongela la sangre de quien lee."?), en definitiva: que siguiera respondiendo a esa idiosincrasia y a esa ocupación, consiguiendo llegar más allá…, como para llevarnos lejos del marasmo de "la insignificancia" que nos ahoga o nos domestica, según de quienes se trate.

En fin, puede que no tuviera otro recurso y que no hallara otro modo más creativo de gritarlo. Puede también que decidiese de este modo acompañar al "suicidio de la literatura" al que se refiere en la frase previa a la citada antes de su El telón; el suicidio de la claudicación que de lo lleva a ver la belleza en la insignificancia..., en el mundo vigente, en la ciega marcha del hombre que ha llegado hasta aquí sin remedio y así sigue y sigue y sigue..., a saber hasta dónde. Tal vez no le quedaba más alternativa, de ese modo, que burlarse indiscriminadamente, de unos y de los otros, del mundo y de sí mismo, aparentando una jugada de bufón de primer orden: no siendo dueño del destino de su arma (en manos de las editoriales, como ya señalara Heidegger que seguiría sucediendo), no le quedaba sino apuntar al meón para darle a la nariz de la estatua (como el espectro de Stalin que Kundera pone a deambular por el parque con su escopeta de caza, logrando que todos, confusos, rían con simpatía... cosa que harán sus lectores), pero podríamos muchos habérnoslo ahorrado.
Cierto que al reírse al mismo tiempo de sí mismo, logra alcanzar de algún modo la dignidad que sin duda ha salido a buscar, con lo que ya le quedará tan poco y presumo que para aumentar su tristeza a la vista de lo que se escriba, que un día puede que nos enteremos que en efecto ha cumplido con la única conclusión posible, tantas veces descubierta por otros tantos escritores: la inutilidad de ser lo que con tanto esfuerzo se ha intentado: Vanitas vanitatum est omnia varitas. Y, para tan poco, la Razón enfurece como el niño que nunca dejará de ser, y dice: ¡para tan poco… mejor nada, mejor BASTA...! Porque también es cierto (¿no lo demostraron los autores más vitales, más vivos, más entregados a... dar forma a la propia vanidad de todos los tiempos, al menos desde el inefable Aristófanes, uno de los grandes burladores... insatisfechos? (**)) que no ya las intenciones ejemplarizantes (¡aj, vade retro!) sino también la burla, la ironía, la "risa áurea" nietzscheana... no sirven para nada, y, por lo que se ve, cada vez menos.


(*) En la contratapa se lee: “un sorprendente resumen de toda su obra. Menudo resumen. Menudo epílogo.” Es, creo entender, tanto un anuncio de despedida como un deseo de "alguien" o de "algunos" de que por fin se despida (y si es de "algunos" quizás sea de los que no soporten ni siquiera su inocua e inconducente burla).

(**) Véase en "Las nubes" como trata de "maricones" a los espectadores desde el interior mismo de la representación..., algo que no consiguiría seguramente llenarlo de satisfacción ni mucho menos...


 

sábado, 16 de agosto de 2014

Los "libritos rojos" de la posmodernidad (una minitragicomedia)


En su día y a la vista de esta foto, se me ocurrió que se producía el siguiente brevísimo y sustancial diálogo:











Hessel: -¡Amigo mío: he recuperado el optimismo! La indignación juvenil que hemos provocado me infunde una alegría y un optimismo notable. ¡Y lo he logrado con sólo 32 escasas páginas! ¡Todavía no me lo puedo creer!

Sampedro: -¡Hemos actuado a tiempo, sin duda! Quién sabe, ay, si veremos el fin del neoliberalismo, la dictadura financiera y la injusticia social en el mundo, pero la pica en Flandes fue clavada... ¡Estoy contentísimo, ya puedo morir pletórico! Lo único que me preocupa es dejar sin rumbo a estos niños...


Creo que cupo publicarlo entonces, pero que no viene mal acabar de publicarlo ahora tanto como en cualquier otro momento, sin florituras (como preví hacer) y casi como si se tratara de un mcrorrelato o, quizá más exactamente, una minitragicomedia.

lunes, 23 de junio de 2014

Kafka (I): la literatura de la visibilidad de los signos o "de la Revelación"



En su "Sobre Kafka", Walter Benjamin expone la producción literaria kafkiana desde un ángulo revelador en un doble sentido.

En el ensayo, de cuya escritura tenemos como apéndices una correspondencia que nos habla de las discusiones en busca de precisión y de oportunidades políticas de publicación por parte de Benjamin  con diversos interlocutores y una serie de apuntes preparatorios o de revisión según se trate, hay a mi criterio dos puntos relevantes en la vivisección que lleva a cabo Benjamin: el tema del pesimismo/optimismo kafkiano, que sin duda está vinculado a su vitalidad (o deseo de vivir), y que está inevitablemente detrás de toda actividad literaria, y el tema de la agudeza de Kafka para percibir la marcha del mundo y exponerla mediante "parábolas" (y no símbolos ni alegorías), como él mismo las calificaba, más precisamente diría yo: mediante la creación de un mundo, o de un orden, en el cual los elementos y la marcha "real" ocupan posiciones un tanto ladeadas pero quizá, precisamente de ese modo, más al descubierto; adquiriendo el peso que se les niega (voluntaria e involuntariamente en un sentido laxo y según sea el caso en uno u otro grado) en el mundo cotidiano que los hombres habitan, que sin duda el propio Kafka habitó, que yo habito, y en el que las propias cosas y las propias urgencias sirven de capa encubridora de su inexplicable, absurda y hasta ridícula "razón de ser" (es decir, mostrándosenos como difícil de colocar en algún lugar de la cadena de acontecimientos).

Benjamin compara la literatura de Kafka con una de las dos partes del libro "revelado" por excelencia (al menos en Occidente: el considerado como tal por la religión judía): la versión "cómica". Una lectura "rápida", realizada desde la óptica ideológica vigente y sin detenerse ni un instante a escuchar sino lo que se da por sentado, llevaría (sin duda, lleva) a quien lo haga a no sacar ninguna conclusión, a no ver nada... que no haya visto antes, que ya no estuvera viendo, que... se le repite y en lo que se siente cómodo, o, mejor dicho, acomodado. Benjamin lo pone en evidencia precismente porque estuvo abierto a la escucha, a tratar de comprender el lenguaje de Kafka, su trasfondo y su mensaje. En síntesis, Benjamin hace equivalentes lo que Kafka, autocríticamente, llamaba Gleichnis” (o sea, parábola) y la teología considera "una revelación". Lo que aflora del estudio del fenómeno en sí, es uno de los asuntos que me interesan tanto como el paralelo conceptual presente en el discurso de Benjamin. Entiendo que ambas son partes inseparables de la misma pieza.

En este sentido, debo puntualizar que, al margen -¡y, si cabe, más allá!- de que prefiramos utilizar otro lenguaje que el de Benjamin, quizá uno que nos parezca más "radical", más diseccionador, más "lúcido", más "capaz de exponer los hechos" o de "concatenar más detalladamente los fenómenos en juego", o, sí, claro, "más científico" y "positivo" o "menos… 'metafísico'", etc., etc., -¡eso que pretende apresar la palabra y suele pretender con ello que sea... "La Realidad"!-, al margen en fin de que me sienta más cómodo y crea llegar más lejos en atención a… "mis certezas", es decir, ¡precisamente!, a lo que ha llegado a mi conciencia, je…, "como si se me hubiera 'revelado'", o como si me lo hubiese dicho cada vez mejor y más audiblemente al oído un daimon como el que Sócrates decía que lo asistía, u otro alter ego cualquiera; al margen pues de todo esto y de lo que se pueda y prefiera querer entender: Benjamin, más o menos como todos los pensadores de todos los tiempos (incluido Sócrates, incluido Platón…), nos están descubriendo, mediante un ocultamiento o embozamiento, los entresijos de "la realidad" que sitúa a Kafka en el foco de algo más amplio y general en el que nos encontramos todos. Algo, ¿qué si no "el mundo"?, que nos hace pensar que, como la planta, debe tener una raíz. "El mundo" de los individuos que viven y de los que en ellos aún viven, y que se encuentra viniendo y yendo a través de una era que los abarca, que aún nos abarca…

Benjamin desnuda a la vez a Kafka y lo que Kafka pudo "mostrar" o "manifestar" una vez que "Como en los cuentos maravillosos; cuando se ha pronunciado la palabra, se abre el candado encantado, cerrado desde hace cien años, y todo se vuelve vida" (Kierkegard dixit según carta de Kafka a Brod, citado a su vez por Benjamin a partir de la biografía de ese último -Sobre Kafka, pág. 116, nota 83-). 

Claro que, cuando yo leo (cuando yo "contemplo" esa "vida" desplegada), me parece, "creo", no puedo evitar, "ver" los comienzos de la marcha a la penuria del mundo… que sin duda (no me queda duda) Kafka también sufría en cada instante, a cada vuelta de la esquina, en cada refugio en los que se metía, asustado, frustrado, desapacible…, angustiado…, arrinconado...: la marcha devastadora del mundo burocrático que, por cierto, significa, ahora, para mí, mucho más que una organización socio-histórica y/o política. Un mundo que se convierte cada vez más, por extensión, reproducción, consolidación, cristalización…, en la propia mancha que lo define… hasta, o más bien hacia, su dilución en ella.

Sin duda, es fácil suponer que Kafka llegara a experimentar una "revelación" del mundo y, consecuentemente, a plasmarla como texto, es decir, destinándola a la comunicación. No sería ni mucho menos el primero en sentir que vería el mundo como a través de una pantalla de la que sería propietario, capaz de mostrarles lo que con considerarían que los demás no serían capaces de ver; el mundo bacteriano que vivía bajo la caparazón (disfraz del "teatro de Oklahoma" en su conjunto), las venas por las que circulaban los "ayudantes" yendo y viniendo con su carga de oxígeno, sales, encimas, minerales, y los guardianes defensores cuyo papel en la escena es fagocitar a los agentes malignos venidos del exterior y en todo caso aún no admitidos como huéspedes; todos en definitiva en el papel asumido; y los admamiajes alzados para que el cuerpo se sostenga… y, también, las torres de asalto de los conspiradores que estuviesen abocados a desalojar a los actuales y quizás residuales ocupantes, pretendientes a ocuparlo; en fin, las redes y los trapecios, los payasos y los domadores, la inmensa potencialidad del ingenio manifiesta en exquisitas trampas, máquinas de tortura y enseñanza, entretenimiento, desgaste, producción incesante y mecánica, marcha hacia la siguiente estación definida como tal en refrenda del sentido de la marcha… Tampoco que el propia Kafka se sintiera propietario (inestable, vacilante, sujeto a los embates de la incertidumbre sobre la que se realiza el equilibrio, sobre el que se haya tendida la cuerda del equilibrista) de una cierta certeza, y que en su nombre nos hablara en sus "Cuadernos" de su "asalto a las últimas fronteras terrenales".

Y, a unos u otros, le parecería a tal punto coincidente con la propia (la que muchos verían a través de su propia pantalla auscultadora y "reveladora") esa "visión del mundo interno" hecha por Kafka que habría sido "un anticipo" y, por ello, un "legado", que acabaría convertido, ya en un poderoso adivino, ya en un profeta, ya en un sagaz visionario… ¡Cada cual… de las visiones propias que de ese modo saldrán reforzadas! (Como el el caso del "mapa de la mente" para Bloom o la "sociedad burocrática" para mí mismo).

Benjamin, no obstante, acierta a mi modo de ver, utilizando sus (con mis) propias herramientas de visión nocturna e introspectiva, definidas por cierto grado de agudeza, cierta inclinación astigmática y cierto poder de penetración en profundidad, cuando afirma que "Kafka vive en un mundo complementario" (Sobre Kafka, pág. 114), otro, quizá similar en alguna medida y algún sesgo, al propio (o al mío). Y, como "nosotros", sin duda cabe sostener, con Benjamin, que "Kafka percibió el complemento sin percibir aquello que lo rodeaba", y que lo hizo "como el único individuo afectado por él" (ibíd.), "sin ningún tipo de previsión, tampoco un 'don de vidente'. Kafka (concluye Benjamin, y esta es su definitiva conclusión) estaba a la escucha de la tradición (*), y quien está a las escucha esforzadamente, no ve" (ibíd.).

Lo que no quiere decir que cada ser humano no quiera ver lo que más le interesa o…, no interesándole verlo con el fin de no perder las esperanzas de las que ha logrado armarse, ver lo que más teme, incluyendo lo que vea abalanzársele para devorarlo. Quizás un resabio que viene de muy lejos, de la selva, de la idiosincrasia de la debilidad ante la hostilidad relativa del mundo, de los pequeños mamíferos subterráneos.

Parecería que quedara decir algo del otro punto que al principio, al hablar de "optimismo/pesimismo", situé como "importante" para mis reflexiones: la cuestión de la esperanza. Tal vez trate esta cuestión en otras circunstancias, quizás más ampliamente, es decir, más de lo que se puede entresacar del tema de lo dicho hasta aquí… porque sin duda el tema está entre líneas. Sólo diré que veo la clave del problema en la sentencia con la que Kafka le intentaba explicar a Brod su propia postura ente el "problema": "hay un sinfín de esperanza disponible", decía por lo visto Kafka, "solo que no para nosotros" (Sobre Kafka, pág. 116). Y, de nuevo, podemos tener la sensación de que ha vuelto a hacérsenos otra "auténtica revelación".



(*) Me atrevo aquí a garantizar el rechazo que se producirá y reproducirá en un sinnúmero de lectores de este artículo tanto al llegar a esta palabra como antes donde se mencionaba "revelación"… Quienes optan por detenerse ante estos muros, ay…, qué poco, ellos sí, podrán ver, es decir, cuánto se estarán perdiendo.

sábado, 15 de febrero de 2014

Cielos e infiernos alternos (a cuento de "Resurrección")



"Resurrección" podría considerarse una novela inconclusa. A lo largo de la misma vemos transitar al príncipe Nejludov por una serie de estaciones conflictivas. Todo en él tiene un paralelo en el mundo exterior, de modo que atraviesa estaciones emocionales a la vez que estaciones hambientales, lugares en los que se manifiestan sus contradicciones y preguntas insatisfechas, lugares en los que los hechos ahondan su malestar y su desubicación. Sus decisiones modifican la realidad desde el principio, pero no a su gusto. La culpabilidad por sus actos lo persigue y lo condena a buscar una solución. Más de una vez sentirá que la ha alcanzado y fugazmente se siente bien consigo mismo, incluso iluminado. No obstante, en la estación siguiente el mundo lo estará esperando con una nueva muestra de contumacia, y debe reconocer que aún no ha alcanzado la perfección que lo liberaría. La novela, por eso, "acaba" formalmente dejando la situación abierta: la vida y el mundo continúan su marcha y por eso la novela se pierde en la bruma, sin que se pueda vislumbrar nada que no se haya producido antes, entre estación y estación. Lo que no se alcanza, por mucho que el personaje se aferre, de nuevo, a la certeza que acaba de descubrir, esa piedra filosofal a la que atribuye la solución final del mismo modo que ya había hecho antes con las anteriores, es una garantía, un absoluto, aunque, de nuevo, toma lo descubierto como tal. La vida, el mundo, a fin de cuentas, son una sucesión de situaciones en las cuales los elementos que las determinan son todos consecuencias los unos de los otros, y la conciencia humana, las construcciones simbólicas que esa produce, el dolor, la alegría, la angustia, la certeza, los cielos y los infiernos, son resultados que escapan a los fines a los que sirven gracias, precisamente, a sus excesos; igual que la comida alimenta gracias a estar compuesta de un sinfín de sobrantes que acaban siendo residuales. Sólo de ese modo pueden cumplir con su propósito (un término en realidad impropio, ya que una y otra de las dos partes se han formado juntas aprovechándose en "lo fundamental" de un modo por tanto "imperfecto"). Los efectos sobrantes, al igual que todo tipo de residuos de la digestión, acaban produciendo enfermedad, sea la de la ceguera de la autoconfianza o la infección dolorosa de la incertidumbre. Y como la vida debe volver a responder sin alternativas, aquellas situaciones de desborde, de exceso, de material sobrante, tienen que volver a alternarse. Por eso, la novela no puede tener un fin y se queda en una última estación de tránsito. En tanto quede vida.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

"Los inocentes", los débiles, la culpabilidad y la impotencia


No creo que haya muchos lectores de "Los Inocentes" (de entre los no muchos que en estos tiempos la hayan leído, ni tampoco de los que la leyeron desde que se publicó, ni por tanto que sepan que la escribiera Broch) que compartan conmigo la conclusión de que el título apuntaba al conjunto de los individuos que formaron, forman y se añadirán a lo que biológicamente llamamos "humanidad": todos... "inocentes", todos en definitiva "débiles" (como he optado por caracterizarlos, aunque con idéntico sentido al del autor). Incluyendo a los "fuertes", es decir, "los poderosos", los que detentan el poder "político", "social", "psicológico", "ideológico", "físico", etc. Unos "inocentes" que, teniendo "conciencia" de ser, respectivamente, "víctimas" o "verdugos" (y siéndolo formal y concretamente estos últimos con relación a casi todos los primeros), son "débiles" en última instancia en tanto que la "elección" por ocupar uno u otro puesto disponible en una sociedad que sin duda se mantiene o conserva "fragmentada" no ha sido "libre" o "planificada" por anticipado (ni puede responder a ello) sino, en todo caso, reafirmada y justificada... hasta hacerse carne de la propia carne.

Incluso, no la compartiría, de entrada al menos, el propio Broch ("Origen de este libro").

No obstante, nos pone en bandeja esa descripción que sólo de ese modo puede ser completada; que, en todo caso, es la única que puede verse tras el suave velo que al autor le cuesta rasgar definitivamente... con el pensamiento abstracto (que expone en su autocrítica), sin ir lo suficientemente hondo, quirúrjicamente hablando. Porque, sin duda, ¡es humana (desde mi punto de vista, y desde la experiencia descarnada) "la abolición de la ley, hecha ley suprema", "la mentira fantasmagórica, hecha verdad superior", la "esclavitud universal y abstracta"! ¡Muy humana, demasiado humana, en absoluto "ajena a todo lo que sea humano", como dice también, prisionero de la propia nostalgia indudablemente mamada... que reconoce de todos modos perimida, en un tiempo en el que:
Las palabras se secaron...
O... 
Las barcas aguardan todas las noches, invisibles,
para llevar hacia el este de la noche
la flota de los humanos: ¡oh, incisión que atraviesa el tiempo!

Por  la novela sui generis de Broch desfilan sin embargo, desbordando los límites que el autor creyó haberles impuesto (de época, de origen, de situación), los suficientes especímenes humanos como para que todos los posibles, todos los imaginables, queden comprendidos; todos... "inocentes", y sin embargo todos "culpables" de lo que les pasa a ellos y a los que entran en su radio de acción...

La inmensa masa de los pocos lectores que en proporción pudo tener Broch hasta ahora no se sentirán parte de esa masa de "inocentes/culpables". Su mejor defensa será nuevamente la que da lugar precisamente a su culpabilidad, una culpabilidad del débil, del que sólo puede ser relativamente fuerte y sobrevivir mediante el ejercicio de esa debilidad/culpabilidad, en concreto: a la "ignorancia", al "autoengaño", a la "autodignificación".

Esa misma manera de ver las cosas me tocará ahora a mí recibirla. A causa de mi propia mirada coincidente con la intencionalidad que Broch reflejara en su novela, y que yo he alcanzado a ver bajo su trama, y su referencial título.

La novela incluye algo de poesía, una poesía que no edulcora líricamente sino que se pone al servicio de la denuncia o, para no dejar lugar a dudas en cuanto a lo que me refiero, al servicio de la descripción real, de la desnudez profunda que pudiera pretenderse escamotear, encubrir, de la que se intenta apartar la vista.
Máscara sobre máscara,
monstruosidad cubriendo mosntruosidades,
rostro que ignora las lágrimas.
En fin..., basta. Dejo para el final sólo la propia voz de Broch, aún contundente a pesar de su debilidad quirúrjica antes señalada, donde se aprecia su intento, vano al fin, vano siempre, intento infructuoso si así se quiere ver de "sacar frutos de flores marchitas"; lamento, grito, expresado tan sólo, de nuevo, porque una vez dentro, hecho consciente, a algunos nos sea imposible podérnoslo guardar y hasta dónde nos afecta la propia debilidad que nos ata a las urgencias, al dolor impotente, a la mirada de soslayo, al continuar andando...:
¡Maldita sea la ceguera! 
El prado y el bosque llegan a las alambradas,
y en los hogares de los verdugos cantan los canarios.
Un cielo de sangre cubre las cuatro estaciones del año
y el arco iris no tiene color de esperanza,
el cosmos se burla de las incompatibilidades
y pregunta al hombre:
¿soportarás todo esto aún mucho tiempo?,
¿qué ves?, ¿qué te parece falso?
El que va a morir lo ve;
ya nada le amarga
y el tiro en la nuca es auténtico.
Descúbrete y piensa en las víctimas.

domingo, 28 de abril de 2013

La usurpación de la literatura y unas alas muy y hasta demasiado grandes de ángeles en vías de extinción

Hace unos días le pedí a una "escritora" (de cuyo nombre no quiero ni debería seguir recordando) que conocí ocasionalmente su opinión acerca de un brevísimo texto mío al cual le tenía singular cariño. Se lo di a leer, ingenua e inútilmente (la utilidad tiene aquí el sentido de siempre: útil según mi mundo simbólico, mis deseos, mi magia...), por creerlo uno de mis mejores (de los cortísimos), movido por aquella antigua (medieval) manera de sentir que embargara en su día (siglo XI) a un poeta (y abad, esto es otro... "funcionario poeta" o, más propiamente, otro "poeta desdoblado" de su época) que se llamó Baudri de Bourgueil, a saber:
"Hoy te confío mi librito en su totalidad para que lo leas con atención, para que lo mires con cuidado. (...) Ojalá Ema, con sus labios de Sibila, pueda responder a mi demanda; ojalá pueda leer a fondo, alabar, corregir, completar."
O también:
"Entre amigos, los intercambios mutuos son de gran precio, es el reparto lo que anuda las amistades"
Y en esta línea hay más (las citas están tomadas de "Inscribir y borrar" de Roger Chartier) y, porque quede claro: cuando el poeta habla de "amigos" se refiere en sentido estricto, casi como sinónimo, a "escritores".

Ante mi insistencia (ya que de entrada lo había "soslayado" -sic-) me hizo una observación que habría podido ser tomada en consideración... siempre, claro, que compartiese la idea de que uno debe o aspira a llegar a todo tipo de lector... Pero tuvo la indelicadeza de añadir algo más, a saber, unas recomendaciones impertinentes y soberbias realizadas, en fin, desde las alturas de su genio y de su éxito... de que...  me dispusiera a "aprender" el (o sea, su) oficio..., la manera concreta o efectiva en la que realizaba su perfil socio-profesional (en realidad, en ciernes). Un atrevimiento que lógicamente contesté dándole a conocer la crítica a sus "redacciones" que a mi turno yo también había optado por no dar a conocer... acompañada de la correspondiente recomendación de que debía esmerarse en aprender a leer algo más que a sus amigas superficiales.

Sin duda tuvo cierta razón al contestarme luego textualmente:
"La diferencia es que yo no te pedí que leas nada mío, ni mucho menos que me des tu opinión."
Obligándome así a reconocer que el error había sido mío al atribuirle un valor que en el fondo no le daba. Claro que el que no hiciera desde mi punto de vista literatura propiamente dicha sino sólo descripciones de hechos como aquel del "señor muy viejo con unas alas enormes" del que ya hablé en otra ocasión, no me pareció que implicaba necesariamente una incapacidad lectora ni una incapacidad para apreciar textos que no fueran los de su estilo.

No obstante, en la respuesta hay algo más, y mucho más significativo que la anécdota y los nombres. Me refiero a lo que, como intentaré demostrar apelando al bisturí más incisivo que dispongo, es toda una muestra antropológica de nuestra actual realidad histórico-social.

Su respuesta final, era, como supongo que no se habría podido imaginar ni parece que pueda comprenderlo nunca, un verdadero microtexto de bastante más contenido en su apretada síntesis que los que yo había conocido de su mano y eran entendidos por ella y sus lectores los de más enjundia.

Y en él se encerraba una evidencia notable: sin duda había entre ella y yo una "diferencia" que se alzaba detrás del hecho de que yo le pidiera una lectura y una opinión y ella no lo hiciera en absoluto. Yo, sin duda, y más allá de mi ingenuidad y me error (repetido) de creerla una escritora, la necesitaba como público. Ella, por el contrario, el público que busca es otro, aunque también se confunde al considerarlo en parte tan escritor como lo sería ella. La "diferencia" es que un escritor busca ser leído por otros de su misma especie, que supone que lo apreciarán (más allá de las observaciones de detalle que pudieran hacerse), mientras que una escritorzuela (una "obrera de las palabras" habría dicho Nietzsche) busca el "público", el "público, que es el verdadero nivelador", como bien supo ver Kierkegard; algo propio de "la decadencia de una época desapasionada", donde "cada vez más individuos aspirarán a ser nada -aspirarán a ser público..." (ibíd.). Una época en la que "Para todo se tienen manuales" (ibíd.), donde "pareciera que no cabe más que sumarse" (ibíd.).

Sin duda, tendré que afinar el olfato y aguzar la vista, porque en la selva actual pasan sin cesar multitud de falsos individuos (más miembros de la masa que otra cosa) que en realidad se mueven sobre el escenario desempeñando un papel usurpado gracias, justamente,  al aprendizaje del manual o del guión instituido. En fin, ¿cómo extrañarse de que Nietzsche o Kierkegard acabasen prefiriendo el contacto con la gente simple (¡pero tan en proceso de extinción como los que somos de "buen gusto"!) a los filosofastros, escritorzuelos y demás profesionales de la alfabetización, dignos educandos para el desempeño de nuevos y desconcertantes papeles burocráticos y añorasen o tuviesen esperanzas de encontrar alguna vez, en algún futuro, infierno o paraíso, a sus iguales?


domingo, 25 de noviembre de 2012

Literatura, fantasía, realidad, instrumentalidad, etc. (mi presencia en el Congreso Internacional de Literatura Fantástica de Barcelona 2012)


A continuación transcribo la ponencia que leí en el Congreso el día 20-11-2012:


Definir “lo fantástico” como contrario a “lo real” es consustancial con nuestra necesidad de certidumbre... lo que no obstante esté plagado de contradicciones y frustraciones. El tema se ha convertido incluso en un objeto más de la literatura que así muestra cómo es capaz de llegar al extremo de no perdonarse ni a sí misma, haciendo de la propia controversia tema de su ironía ilimitada, irreprimible (como en Borges, por ejemplo). Y es que la voluntad infructuosa, irrealizable, del que escribe, de controlar el mundo, sólo le permite un medio al ser humano: la producción de fantasía, la captura de la realidad mediante símbolos y formas que ocupen los espacios vacíos o informes y respondan a las preguntas que no tienen respuesta. De ahí la resignada dedicación del escritor a lograr el control de la palabra.

Pero la dicotomía presenta aún más dificultades aparentes y una necesidad de comprenderla desde la misma óptica: los significados en relación con el tema que nos ocupa... son también imaginarios; también anclan en el mundo que desearíamos poder controlar.

En la antigüedad, las creaciones que hoy calificamos de “animistas” o “mitológicas”, no se consideraban “inexistencias” sino entes del mundo real en el que se desplegaban las acciones de los hombres; y esto a pesar de que se reconocían “insondables”. Su “realidad” estaba detrás de tormentas y sequías, enfermedades y plagas, triunfos y derrotas. De esos mundos paralelos provenían los sueños y nos hablaba la “conciencia” (la “buena” y la “mala”). Lo que se narraba del Olimpo, el Hades y demás mundos con-sagrados, “había acontecido” o estaba “sucediendo (de verdad)”, y era narrable porque había sido “revelado”. Todo lo cual, dicho sea de paso, daba legitimidad profesional a chamanes, magos, sacerdotes y profetas, luego a los filósofos y por fin, bajo la sombrilla del Renacimiento, a los científicos..., etc.; es decir, una y otra vez..., a los especialistas a los que el poder de cada época otorga abrigo y licencia del trabajo sudoroso.

Entonces, pensar fuera de esos marcos era blasfemia. Y así, Platón, en nombre de esos mitos  “revelados”, no vaciló en pedir el destierro para los poetas que no sometieran su producción artística a una función ejemplarizante, moralizadora, social, educativa... en lugar de “servir a la corrupción”, y, como se dice hoy: no se “comprometieran”. Como en los demás asuntos humanos, podemos observar aquí que había no una sino dos distintas y contrapuestas fantasías. Y esto, hoy, continúa. Claro que ya no se trata de denostar la fantasía que no respeta... a los dioses. Ahora hay otras referencias, pero tan sólo es porque hay otros iconos sacralizados que, como siempre, ocultan muy terrenales y mediocres intereses humanos. Cuando Lois Sacchetti, el prisionero-poeta de Campo de concentración de Thomas M. Disch, recibe del General HH, la “autorización” y la exigencia de que escriba... le dice de manera terminante: “No se vuelva demasiado, Ud. sabe... oscuro. Recuerde, lo que nosotros queremos son hechos...”. Y en esta parábola, algunos nos sentimos retratados. En ella se denuncia la presión social que se cierne sobre la escritura y se señala el medio por el que se inclina el escritor, un medio “no recomendado” y en el Campo, poco menos que prohibido: el de la escritura como Literatura. Literatura con mayúsculas, donde confluye la voluntad de poder del escritor y la avidez del buen lector por descubrir lo que a él también lo oprime, lo confunde, lo perturba... ni más ni menos que la realidad que subyace a la superficie visible, una realidad indudablemente “oscura”.

Y es obvio que ello representa un peligro, del mismo modo que los poetas que ridiculizaban el mundo lo representaba para Platón: el peligro de contemplar directamente el abismo. Contra ese peligro se ha pedido siempre que la fantasía se silencie, que se reflejen sólo “hechos”..., “hechos” que, sin embargo, sólo tienen de “reales” el “certificado oficial” que les otorga el pensamiento dominante. Pero, también y en todo caso, que acepte “empobrecerse”, que se ciña a plasmar sólo copias de la realidad superficial, que refleje el carnaval. Así, la trampa que busca de un modo más astuto convertir los elementos de la fantasía en “hechos” o en “iconos”; en..., por ejemplo, “un señor muy viejo con unas alas enormes”, perfectamente integrable, al menos por un tiempito, a la vida cotidiana. O en pequeños magos de un clan urbano entre otros, apenas distinguible por sus particulares “costumbres”.

Así, hoy se trata mucho menos del “perimido” objetivo de la “educación popular” o de la inculcación de una “moral del esfuerzo” o “la resignación” (que sin embargo también asoman la cabeza con remozadas promesas de esclavitud y sufrimiento de relleno). Hoy resulta más “correcto” o “digno” a los ojos de los “intelectuales” pedir supuestas “inutilidades” (o “gratuidades”, si se prefiere el término), que no obstante sólo revisten engaño y desconcierto, y así se “pide” una fantasía y una narrativa... que se reduzca a “entretener” de manera exclusiva. Una propuesta que como el anillo de Saurón, ata eficazmente a los hombres: en primer lugar, mediante la propuesta de una evasión sin límites; en segundo lugar, ofreciendo una nueva alternativa para “ganarse el pan” sin “el sudor de la frente”. Y es que el “entretenimiento” y el “ocio” han demostrado ser muy “útiles” para conservar el mundo, sirviendo a la “necesaria” y restauradora evasión (momentánea) de la pesadilla cotidiana. Pero, además, la producción de “ocio” resulta haberse convertido en la más significativa, provechosa y comercialmente “prometedora” de todos los tiempos, en todo caso, con la guerra y la prostitución. Incluso... a devenido “motorizadora” y “reactivadora” del “bienestar global”, amparando las perspectivas mencionadas de supervivencia de una nueva especie de “intelectualidad”. Una producción perfectamente inscripta en la industralización “racional”, con su apropiada cadena de producción, sus “talleres” y hasta sus fábricas, donde proletarios especializados, y quizá pronto robots, tejen en horario laboral (para después salir también a comprar ocio) en “telares” de teclas,  pantallas y tabletas digitales, los productos divertidos que “demanda el mercado”. Y que, de nuevo, lleva a soñar con el Edén, ofreciendo la “dignidad” de los estandartes salubre-revolucionarios que justifican una concienzuda dedicación militante.

En cualquier caso, se nos presentan así dos opuestas “narrativas fantásticas” tal y como hace tiempo una decoraba una religión y otra ridiculizaba o cuestionaba el mundo. Y, como siempre, con la “buena”, “desinteresada colaboración de todos”...

Una, en nombre de un “arte de alcance popular”, opuesta a la que, con paralela falsedad y confusionismo, se etiqueta peyorativamente de “profunda”, “intelectual”, “aburrida” y “farragosa”, y cada vez con más contundencia, hasta conformarse, como en el caso del General doble-H, (me atrevo a afirmarlo), como una auténtica “condenación” del estilo de la que merecieron las brujas y los herejes en su día. Aunque, por ahora, los partidarios de HH se contenten con pedir y/o aplaudir el apartheid, y no ¿aún? la prisión o el exterminio. Ni se atrevan ¿aún? a alzar la voz contra los “grandes escritores” del pasado, a quienes ¡aún! se continua reeditando... al tiempo, eso sí, que se obstaculiza el surgimiento de “nuevos especímenes” propiamente dichos, esto es, los que intentan “nuevas incursiones” en “lo oscuro” y “perturbador”. Y que, ¡aún!, se reconozca que han sido precisamente aquellos textos literarios “difíciles” e “impenetrables” los vehículos que llevaron al desarrollo de la “técnica literaria” que hoy, la para mí “seudo-literatura”, imita, reproduce, copia, e intenta “congelar” en atención a su ya probada “eficacia” (la que quedaría demostrada mediante el éxito de los best sellers), oponiéndose a toda nueva innovación lingüística o estructural, marginando o evitando que se vuelvan a romper los moldes, y rechazando la supuesta “imperfección” que en tantas ocasiones incluso consiguió conquistar legitimidad.

Esa seudo-literatura, hoy pretende quedarse con el nombre y con el “territorio”, arrogándose, con el dignificado fin del “entretenimiento”, el patrimonio de una fantasía “potable”, “sana”, “vitamínica”, donde unos personajes estereotipados tomados en préstamo de la sencilla superficie de “la vida” asisten, por ejemplo, a internados de élite, eso sí, con uniforme de magos (la “prueba” de que son fantásticos), y vuelven a casa de sus padres durante el verano, como se estila en el ¿eterno? primer mundo.

Se ofrece así al lector no la irónica visión que de los sueños de Madame Bovary hacía Flaubert sino los que ella encontraba en las novelas románticas de “entretenimiento” de su época. Unos sueños donde unos poderes innatos o milagrosos diluyen todos los conflictos nimios y mediocres que se les presentan a esos personajes simples y simplificados; ingredientes en fin de “un mundo feliz” del cual se ha expulsado al absurdo... por arte de magia. Donde se reencuentra a los vecinos... sólo que disfrazados de modo “pintoresco”: como jóvenes-lobo, príncipes-vampiro y demás personajes de carnaval..., dragones, unicornios y grifos hasta tocados con sillas de montar inglesas, etc., siempre al servicio del “sí, todo puede ser” en lugar de al del “¡pero cómo puede ser!”. Nada en fin que merezca ser llamado literatura, como los escritores de primera fila siempre denunciaron (de Fielding y Stendhal a Broch, Navokov, Gombrowicz o Kundera). Nada, en fin, por muy fantástico que formalmente sea presentado, visualizado, vendido... (esto es, en todo caso, como imposible pero nunca como parábola, como Kafka prefería denominar). Fantasías de utillaje, en fin, con fines domesticadores, de las que tendremos que volver a burlarnos mediante la literatura.

Y es que la literatura no resulta de la disciplinada aplicación de una técnica consagrada. Ahí está la fantasía renovada de Cervantes y de toda la historia de la novela. Ahí está, apuntando a las respuestas inalcanzables que nos hacen temblar, nos conmueven, nos hieren, sin anestesia ni remedio alguno, exponiendo al hombre y a su mundo tal y como los sufre el propio autor, incapaz de poder hacer nada preso de su lucidez, al que sólo le resta sumergir al mundo en risa y hasta en caricatura, y abrirlo en canal sin anestesia, para que afloren los monstruos que lo constituyen y pretendemos no ver. A la vez que para proponer la complicidad en el reír, la compañía en la impotencia, y a pedir un reconocimiento que a veces sólo puede ser presupuesto.

A menos que la literatura acabe claudicando... convertida “en un monstruoso insecto”, no es lo suyo producir para la venta, o el mercado, folletines digeribles, como tampoco ofrecer una desmenuzada colección de “hechos”, con sus átomos, células u órganos, que, en todo caso, hoy también “distraen”, “entretienen” y son “valorados” porque ocultan o arrinconan lo que de verdad perturba. Porque la literatura se rebela más que ningún otro “discurso” contra el consejo de Wittgenstein de que de algo sea “mejor no hablar”; se rebela siendo y haciendo literatura; violando y violentando los discursos reglados, construyendo “lo fantástico” que sublima “lo real”, que muestra sus monstruosas entrañas. No por casualidad, los individuos que hacen literatura no integran equipos de trabajo “técnico” o de investigación. La producción literaria, producción fantástica irreductible, como el pensar estricto, sólo puede ser tarea individual, solitaria, cuyos mejores frutos a veces no llegan a ser apreciados ni siquiera por los propios “amigos”.

Ahí se entiende que Aristófanes no tuviera empacho en ridiculizar al público que asistía a las representaciones de sus obras llamando “insensatos” y por fin “maricones” a “los espectadores” (Las nubes); un público doblemente incorporado al espectáculo, también en calidad de actores, como pueblo o sociedad, obligados a recibir juicio y a juzgarse; que asistía para comprenderse más y mejor y no para evadirse. Aceptaban las diatribas de un excéntrico frustrado que, presa de la droga de la lucidez, no halla nada como caricaturizar al mundo para ponerlo en cuestión.
Es lo que hará, a cuenta del desasosiego creciente, la literatura que fue enmarcada en bloque bajo la ambigua denominación de ciencia ficción, aunque tan sólo aprovechara... el atrezzo disponible, los “inventos” y “artilugios” a la mano, como mero arsenal simbólico y no, como el término sugiere, para ofrecer proyecciones aventuradas del futuro ni dar lecciones didácticas (como sucede al menos en las páginas realmente literarias). Y a la que así se intentó condenar doblemente a un segundo plano: como “de género” y también como “género menor”. Y todo, ¡cómo no verlo!, por urdir fantasías “peligrosas” contrapuestas al sacrosanto progreso emancipador o salvador..., icono de la modernidad, que pone en entredicho y de cuyas promesas se burla.

Lo fantástico, así es sin duda, escapa a la verosimilitud y a la medida... escapa a la ciencia... que muchas veces se le acerca... Si están presentes no es por necesidad literaria sino para contentar a un público que prefiere quedarse en el periodismo y el chisme. En todo caso, la mejor CF, la más literaria, reinventó “la medida” para ofrecernos mucha más conciencia de la realidad que cualquier descripción “naturalista”, “objetiva”, “desmenuzada” o “microscópica”. Y allí donde el “realismo” (por llamarlo así) necesitó más vuelo literario, voló a la fantasía, como se aprecia en Dickens, Tolstoi, Stevenson, el propio Balzac, etc.

Sea en una obra o en una sola página, la narrativa fantástica auténtica (o “prosa de ficción significativa” como la llamara Leavis), responde a sus metas originales o deja de ser fantasía a la vez que deja de ser literatura. En ella, “lo dado” y lo “no dado” (posible o no, verosímil o no), componen la escenografía en la que se despiertan y se mueven las furias. Aún cuando apela a elementos “cuasicientíficos” (y, por qué no, “cuasihistóricos” o “filo-filosóficos”) estos son inventados, son mentirosos, están ahí para poner en entredicho las promesas emancipadoras, para evidenciar la irremediable marcha hacia ninguna parte, los inventos a los que el individuo apela, de entre lo más a mano y admisible, y de los que merece la pena burlarse, es decir, para dejarlos en piel viva; la propia palabra, el lenguaje, el mismísimo fantasear, como en Borges, donde se convierte en su más preciada materia prima... para la ironía.

En El mundo invertido de Christopher Priest, las férreas convicciones que mantienen la ciudad en “movimiento” (en sentido estricto en la novela) no serían demasiado sostenibles (verosímiles) por quienes se parasen un minuto a pensar “en serio”, por riesgoso que esto fuese para sus habitantes en el contexto alzado, escenográficamente impostado por el escritor. Pero eso no importa: la “parábola” ha sido en realidad montada para poner ante el lector hasta qué punto les cuesta a los humanos abandonar la “marcha” sin sentido que se les impone como por contagio, “fruto de una constante adaptación”, como dijera Gombrowicz.

La claudicación del “periodista-corrector” Winston en 1984 conseguida mediante tortura, es tan caricaturesca como alegórica es su “profesión” (más allá de que la realidad haya superado la ficción en los detalles). Esa es su fuerza: la alegoría del presente, y no la predicción imaginaria de la pesadilla (atribuida a los desmanes de una ideología). El torturador Brian, a su turno, no es la copia “realista” de un verdugo de Stalin o de Hitler...; él está ahí sólo para significar, esto es, para ser un personaje. No hay quién, en la vida real, como miembro del Partido, diga: “El poder es dios”, como Brian, ya que los que componen la pirámide burocrática de una sociedad estatalizada (incluso sin no llega al extremo) se sienten parte inseparable de ella y viven el deber de preservarla por encima de todo. Por ello creen, ante todo (al menos hasta que sean traicionados por ella, y a veces ni siquiera...), que sin el Partido no podrá seguir habiendo mundo y que ellos mismos dejarían de ser. Por tanto, nunca podrán tener la “lucidez” y la “mordacidad” que exhibe Brian, más propia de un crítico del régimen haciendo una observación “objetiva”... Está ahí, introducido sin tapujos en la narración, para decirnos “la verdad oscura” y no para reflejar una “realidad inmediata”, de “hechos, hechos...”. ¡Es justamente lo que Orwell pretendía al dar vida fantástica a un ser fantástico e irreal (un personaje) que dice y hace lo que no hace ni puede hacer un ser de carne y hueso... y lo que él (el autor) le impone que haga y que diga!

Ya Esopo antes, el esclavo que descubrió en la fabricación de fábulas el modo de convertirse en cortesano, ejemplariza la metamorfosis que permitiría evitar penosos desdoblamientos..., una metamorfosis que, a la larga, sólo significa claudicación, tergiversación y reiteración insulsa, y miles, millones de superficialidades llenas de cliches y de lo que ya todos sabíamos y digeríamos... Caricaturas, formas de cartón piedra y piel de cordero, supuesta y mínimamente “imaginativas” y “temáticamente innovadoras” según dicta el diccionario de neolengua imperante. La narrativa fantástica auténtica, irónica, irreverente y cruel que algunos producimos con “pasión intelectual”, “hasta hacerse sangre”, como decía Flaubert, venda o no venda... sólo es... será si lo merece... y podrá ser... sólo literatura, esto es, la fantasía que no deja dormir y que altera nuestros sueños.

Barcelona, 20-11-2012

domingo, 1 de abril de 2012

¿Y por qué poetas ("desolados") en tiempos de penuria? ¿Por qué tanto "sediento de sangre"?

La democracia representativa occidental (que incluso vive -¿o ha vivido?- su "primavera" oriental y meridional) agoniza... (Y aclaremos: puede hacerlo durante mucho tiempo, tanto como los que lleva haciéndolo, y con vaya a saberse cuántas recaídas circunstanciales, encubiertas o desnudas).

Agoniza en el fondo, en la raíz, en la médula.

Y esa agonía medular es cada vez más grave en la medida en que va siendo cada vez con más dificultad y menos vergüenza: embozada, mentirosa y desconcertante... aparentando buena salud tan sólo para seguir ocultando sus designios: cumplir su verdadera misión, a saber, la de establecer un escenario seguro para las luchas de las camarillas burocráticas por el poder, un escenario que garantice un resultado que no acabe con las esperanzas de conquista por quienes entran en el juego, sea por el camino de la herencia (¡muy importante!) como por el de la "ascensión social" (¡tan esperanzadora y tan domesticadora!). Por ejemplo: hoy no hay prácticamente nadie que se atreva a declarar en público el objetivo marxista de principios de acabar con la propiedad privada de los medios de producción... principio que se ha vuelto... anti-marxista poco más o menos, por obra y arte de su evolución. Sin embargo, sigue siendo la conclusión a la que deberían llegar (y tal vez lleguen en la intimidad... siempre y cuando sus intereses sociales se lo permitan) los defensores de las "realidades" justas ("democracia real", en concreto) si no quieren reconocer publicamente (tampoco) que lo que pretenden no son sino las migajas que recibían hasta ayer.

La estructura socio-política actual se nos presenta así como un inmenso bosque de pirámides (que ya me esforcé en describir hace un tiempo) y el proceso de su institucionalización subterránea, pero también -bajo disfraz- formal, ha dado lugar a dos fenómenos:

(a) prácticamente nadie que forme parte del sistema productivo (de la artificialidad legitimada como producto útil) no pertenece a alguna de las pirámides en pugna, sea en la base o más arriba, en algún punto de su estructura;

(b) cada vez son más las pirámides que adoptan métodos mafiosos de consolidación interna y de cohesión identitaria (para lo cual es básico el fortalecimiento de la lealtad), como obligar (desde la iniciación, o admisión en filas) a ejecutar una acción criminal inculpatoria capaz de hacer remar a todos los que quieran subirse al barco en "la misma dirección" autodefensiva, una dirección, por cierto, que no apunta a ninguna meta sustancial sino a la conservación del poder de la camarilla bajo cualquier forma y con cualquier argumento coyunturalmente eficaz.

Esta situación, explica (y es la única manera de hacerlo) todas las cosas que suceden en el plano político. Ello mal que les pese a los inocentes encubridores de la realidad. Y sin duda explica, como parte del cuadro, la existencia y conducta inevitable de estos últimos.

Entre estos, abundan los neo-intelectuales en estado permanente de debate, todos caracterizados por ser a la vez:

(a) asalariados en el marco de una cierta producción de cultural o educativa, productos a su vez de la formación alfabetizadora/domesticadora dadora de dignidad diferenciadora en el seno del pueblo y de esperanzas de ascenso social o, cada vez más, de una capacitación técnica diferenciadora respecto de la máquina y del esclavo.

(b) conformados en la sensibilidad (en tanto siga habiendo literatura auténtica y libros de anteriores tiempos de penuria), que en unos lleva a la repugnancia por la violencia (¡y la sangre!) -diría que cada vez son menos-, y en otros a elevarla en sí a la categoría de la vía regia de la depuración -me atrevo a suponer que cada vez son más y lo serán en masa: algo que el creciente atractivo por el moralismo como salvación hace prever-, sea ello con unos u otros signos identitarios (formalmente) "ideológicos", tomados de "los libros" de los que se sabe algo. Y pongo aquí el caso de los que piden nuevas "tomas de la Bastilla" y nuevos "asaltos al Palacio de Invierno" (esta vez, repito, sin la famosa meta final "ya superada") o a los que utilizan el subterfugio de minimizar la importancia de "roturas" e "incendios" en nombre de los verdaderos "objetivos", los "verdaderamente sublimes", mientras los más sensibles a la sangre hacen lisa y llanamente caso omiso.

Esto explica precisamente, me reitero, que haya tanta gente "desolada" y muchos más consideren que la coacción en las calles por parte de unas minorías deba considerarse un ingrediente "nimio" de un proceso que expresaría la voluntad de una "democracia real".

Esto explica, insisto, que esas acciones "de vanguardia" ("vanguardia" de la fuerza bruta sin más y, a lo sumo, futuros locutores/agitadores de radio, a la manera, ¡ay!, de la de las Mil Colinas) puedan servir apenas para mejorar la relación de fuerzas de una camarilla respecto de las demás en la escalada  ciega e inescrupulosa hacia el poder.

¡Tomad nota... y no volvais la cara ni os cubrais las orejas con las manos!




lunes, 19 de marzo de 2012

Diabólicas palabras

En Más allá del bien y del mal, Nietzsche exclama desesperado: "¡No deberíamos dejarnos seducir más por las palabras!". De la mano del fauno Sileno, que por lo visto él también se sintió empujado a secuestrar para arrancarle el secreto divino, llevaba 14 años llevando hasta la cima el descubrimiento de que el hombre prefería querer la nada a no querer y lo haría aún otros 14 años más, hasta su muerte.

¿Cómo no desesperar? ¿Cómo no reconocerse frustrado por el escaso efecto de sus palabras en el mundo y, por el contrario, la sensación de que las que se oían eran sólo las que favorecían el autoengaño? Y, por ende, ¿cómo no reconocer por fin que detrás de esa frase se encierra la típica combinación de esperanza y pesimismo que caracteriza a quienes pedimos amor mediante la escritura y, en sentido amplio, mediante la comunicación? ¿Que, ni más ni menos, escribimos conservando la llama de la esperanza a punto siempre de extinguirse, a punto siempre de recibir un golpe de viento que la apague, y acariciando el vacío que se abre, negro y definitivo, a nuestro alrededor; un abismo circular, un anillo de muerte al rededor de una plataforma en la que estamos solos, gritando, y que se estrecha hasta llevarnos, paso a paso, día a día, hora a hora, a perder el equilibrio?

En Historia de dos ciudades, Dickens (al margen de su brindis final en favor de la redención individual como única escapatoria posible a los ciclos de la malicia humana) hace un tajo en las vestiduras de la realidad y expone la carne palpitante al frío... y al siguiente tajo que la hará sangrar. Nos la pone tan cerca como sólo puede hacerlo la mentira, con palabras, con imágenes mentirosas que la subliman... y que nos seducen, que nos engañan para que contemplemos no la realidad a la que le negamos la mirada sino su propio mensaje oculto, el mensaje del escritor que alza su grito contra todo lo que, constituyendo el mundo, atenta contra lo que todo ser sensible desea (lo que lo hace precisamente gritar): un mundo sin una gota de crueldad ni de destrucción visibles, un mundo "burgués", como lo habría llamado Flaubert... al tiempo que desea su advenimiento y su estabilidad. Un mundo que evite el vaticinio del "bromista" que "con su dedo manchado de vino..", anuncia "SANGRE". 

La impecable puesta en escena que allí (¡y tantas veces más!) nos ofrece Dickens, porque cuando se dice "las palabras" en realidad se habla de las "puestas en escena" de las imágenes que se trasmiten con palabras, de escenografías que nacen de la "puesta en situación", del montaje y los elementos dramáticos que se ponen ante los ojos como la realidad no suele permitírnoslo, nos describen un mundo que para nosotros (y para el autor) ya fue pero que en la narración se anuncia... como si se viera venir y que en parte desea la Revolución en ciernes, que personifica el tabernero que recrimina la conducta del "bromista" para mantener oculto aquel espontáneo mensaje delator de los supuestos y contenidos deseos del pueblo; para mantenerlo, aún, en secreto, embozado hasta el momento oportuno, ese momento que se ve venir, que se prepara, pero porque se presenta como ineluctable y que por tanto se justifica: "la calceta" del destino, que teje incansable el pueblo de Francia representado por el matriarcado de los oprimidos (y resentidos) con el fin infructuoso de atrapar la Historia en su trama.

Con sus palabras, con su puesta en escena, nos habla del horror esperanzado que se teje... y que al fin, como sabemos, llegó tras la máscara del justiciero para acabar resultando desconcertante y frustrante, y que, por fin... hemos convertido en folklórico...  (*) Una puesta en escena que la permanencia de la escritura, de la mencionada novela en este caso, intenta volver a traernos a la memoria de manera a la vez mentirosa... y bella. Sin duda, Dickens aspira a que nos hagamos cargo y marchemos junto a él hacia un mundo en el que nada de aquello se repita. Que tomemos "conciencia", que nos "tiremos de los cabellos" como Münchhausen, como decía Nietzsche (Más allá del bien y del mal, af. 21). Y para ello apela a su maestría para conmovernos, cosa que sin duda consigue... aunque luego, en cuanto se piensa un poco, intentemos sacudírnoslo de encima o aprovechar para reír, ¡reír de la miseria!, gracias a esa maestría, en sus mejores momentos, los aplicados a la ironía, cuando, precisamente, se abandona a la desesperanza.

Sus palabras y su puesta en escena son así... simplemente bellas. No consigue alzarnos contra la estupidez sino la refuerza. Nos seduce con su belleza más allá de toda conciencia y, a fin de cuentas, nos llama a admirar al escritor, a la perfección (relativa) de sus construcciones imaginarias.

Por eso, hasta los que participan de los nuevos horrores o en su preparación y desencadenamiento, pueden también admirar lo que realmente se rescata. Nada de "conciencia" sino pura vanidad. Y en ella, justamente, se realizan, a la vez, tanto la del escritor como su frustración, su vacío, la parodia de lo que pretendía: el halago de todos los que no han comprendido en realidad nada de nada, de todos los que mirarán hacia otro lado y no a lo que amasan día a día con sus propias manos lo que, entre todos, inclusive con todos los que desaparecieron y nos dejaron así las cosas, vendrá.

Como Ulises, nos dejaremos seducir por las palabras... bien atados previamente al mástil de la nave, para no perdernos. Y eso... apenas si nos colma. Gozamos de la música, gozamos componiéndola, pero la gloria sigue quedando muy lejos. Y lo que deseamos es la gloria de los héroes (¿o no sigue la inmensa mayoría identíficándose con ellos, inclusive en sus versiones más rudimentarias y miserables, los héroes de la Marvell, por ejemplo?), la apoteosis que sólo podría preceder a la muerte para quedar congelada, esculpida en piedra, para siempre; porque después ya no habría lugar para nada, sobre todo no habría lugar para sentir que lo conseguido no valía realmente nada.

Heidegger fue sin duda uno de los más grandes hipnotizadores mediante "la palabra" (basta ver los primeros párrafos de Tiempo y ser -no Ser y tiempo, su "obra extensa" aquí un tanto reconsiderada-), una facultad que provocó el temor de sus colegas al punto de impedirle dar clases después de la guerra, curiosamente acusado de lo mismo que se le endilgó a Sócrates: pervertir a los jóvenes... algo realmente sencillo desde el púlpito cuando se habla bien y tan... misteriosa y proféticamente... Pues, en referencia a "los poetas" que como Hölderlin experimentaban el insoportable peso de la vanidad, o sea, su vacío atractor, Heidegger decía en 1946 que Hölderlin comenzaba a sentir: "que en la historia universal se ha apagado el esplendor de la divinidad", que sentía su época como "la noche del mundo", por lo cual la consideraba "tiempo de penuria", y reconocía que "cada vez se torna más indigente", un "invierno infinito" (¿Y para qué poetas?, en "Caminos de bosque"). 

Heidegger trata de decirnos qué quiso decir Hölderlin (y también y especialmente Rilke), pero, ¿qué nos han querido decir los tres? Algo se estaba manifestando para que ello fuera así en su tiempo que, puesto que llega hasta diciembre de 1946, cuando Heidegger escribe y pronuncia esta conferencia, no es sino el de "la noche" de la modernidad, aún añorado o velado (en  1901, en 1946... y aún hoy por los que nos extinguimos -o se extingue en nos- provocando aún un cierto dolor nietzscheano). Describe esa "noche" en una frase; sería "La era en la que falta el fundamento".

Sin duda "los poetas" se sienten en el derecho de representar a quienes "señalan a sus hermanos mortales el camino hacia el cambio" (ibíd.), pero, ¿acaso el que lo sientan de ese modo da lugar a que "sus hermanos mortales" lo reconozcan más allá de que haya algunos, "los amigos" que diría Nietzsche, que haciendo lo de Ulises luego pasen de largo y se desaten, ocupándose casi de inmediato, de "otra cosa", superada la embriaguez de las palabras? Y puesto que esto último es lo que se percibe, puesto que el mundo (este es el signo de que estaría atravesando "su noche") ya no está dividido como antes en unos hombres divinos que gozan entre sí con sus palabras (Baudri de Bourgueil, citado por Roger Chartrier en "Inscribir y borrar") sino que los divinos o son rechazados por la, hoy ilustrada, masa (con "carcajadas" o "extraños ruidos", como en la escena de la plaza del Así habñló Zaratustra) o claudican para ganarse su alabanza, ¿no se trata de una frustración inevitable, de "una noche" sin alternativa, de una manifestación de dolor ante un mundo que ha comenzado, ¡ya en tiempos de Hölderlin!, ha dejado de ser para "los poetas"? Y si es así, como todo indica, si se trata del dolor de cierta gente ("los poetas") que han sido definitivamente destronados por las masas ilustradas del trono fantasioso en el que nunca en realidad llegaron a sentarse (el trono detrás del trono), al menos en tanto que verdaderos "poetas" (y "filósofos"), es decir, en tanto que honestos y consecuentes hasta donde "llega cada uno, a donde puede" (Hölderlin, citado por Heidegger, ibíd.); si se trata, en fin, de un caso particular ligado, tanto en su nacimiento como en su reproducción y extinción en el tiempo, a un camino previamente iniciado y a circunstancias dadas, ¿por qué sino porque nadie puede hacer otra cosa que defender el propio yo ya producido vamos a contemplar con veneración hipócrita -¡de qué otro modo!- ese pesimismo crónico, inevitable, recurrente, con más o menos brillantez o más o menos simpleza... que se sufre al ver cómo las posibilidades que nos deja el mundo... no sólo se cubren de la oscuridad de la noche, sino de la de la muerte, de la de la noche eterna? ¿Porque demos dignidad a nuestro "buen gusto", como se expresaba Nietzsche, porque consideremos buena para todos lo que no es sino ventajoso para "nuestros iguales" (o esa fe compartimos con ellos), "iguales" de los que cada vez se encuentran menos o están muy ocupados y que tal vez nunca en realidad existieron y que por eso nunca se encontraron, que por eso se acaban entregando a las fieras (Así habló Zaratustra, final), concluyendo que tendremos que "eliminarlos del todo", "¡y también reír!" (Más allá del bien y del mal, af. 27)?

Nietzsche sabía muy bien, ¡en carne propia!, lo difícil que era para un pensador o un creador de historias (la de la realidad criticada es sólo una de tantas y reviste muchas formas) andar entre los hombres; más precisamente: "entre hombres que piensan y viven de otro modo" (ibíd.). Su queja sigue siendo la de siempre y la de todos, la de "nosotros los mandarines del pincel chino, nosotros los eternizadores de las cosas que se dejan escribir (...) ¡Ay, siempre únicamente aquello que está a punto de marchitarse y que comienza a perder su perfume!" (ibíd., af. 296). Sí, a pesar de saberlo, duele experimentar la dificultad en "ser comprendido" (ibíd., af. 27) y la de conquistar sin doblegarse la "compañía (...) de nuestros iguales" (ibíd., af. 26).

Sin duda, la noche (eso que nuestros ojos consideran noche, incluso un "invierno infinito") se extiende, se prolonga, crece, aunque sólo para ocupar el lugar de los días en una marcha que tal vez no pudo desarrollarse de otro modo. Una simple cuestión de inclinación del eje de la Tierra, "lleno de ruido y de furia que no significa nada".



(*) Basta ver en las redes sociales cómo se hacen referencias a la toma de la Bastilla (y al asalto del Placio de Invierno) por parte de los nuevos poseedores de "la verdad" (del dogma) que parecen anunciar (¡otra vez, esta "definitiva"!) el advenimiento de La Justicia Universal (repartidora de migajas... por quien sea que se haga, como sea, con el botín que la permita)... lo que lógicamente, convierte en nimios los circunstanciales y jutificados incendios de contenedores o las circunstanciales y justificadas roturas de escaparates (saqueos incluídos), como un@ de los referid@s comentaristas vociferantes propagó entre otros en una de esas redes... No puedo imaginármelos más que ocupando algún día el puesto de un renovado locutor al estilo de Las Mil Colinas ruandesas, y no puedo evitar temblar ante tales perspectivas.