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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Una historia para nuestro tiempo


Marco Antonio, autorizado por los verdugos de César, sale a la plaza pública con el cadáver del tirano apuñalado en brazos. Lo saca a la luz del día, a "la luz pública", debidamente cubierto por una túnica que acabará descorriendo a modo del telón siguiendo una cadencia que tal vez Shakespeare apenas si reprodujo con variaciones: dramática, proselitista, eficaz. Lo deposita a cerca, a un lado, como un prestidigitador su galera, sus guantes, su bastón sobre la mesa trucada. Procura, en cualquier caso, darle una postura digna, la de la víctima inocente... y vejada; la de quien no sólo no merecía morir sino no dejar jamás a su pueblo, jamás de guiarlo, de... beneficiarlo, como pronto conseguirá demostrar. Y da (shakespeareanamente) comienzo a un sutil y demagógico discurso cuyo primer tramo es una exégesis de su amado jefe, donde da cuenta del amor de César por el pueblo como consta en el supuesto testamento cuyo contenido consigue que se le demande con ansiedad medida: un parque público, el usufructo popular del botín conquistado por el líder... Se trata de una jugada nacida de la pasión creadora, de la intuición proselitista de un conductor de hombres que sabe emular al jefe caído. Por momentos, ha rozado sutilmente la rabia que lo impulsa a condenar a los "traidores" con sorna ("hombres honorables sin duda"), buscando la complicidad de las masas. Son los que, en nombre de la "libertad" causaron unas  heridas irreversibles que van tomando  nombres propios: "por aquí penetró el puñal de Bruto", etcétera... La demagogia alcanza una altura semidivina que abre las puertas a la guerra.

Lejos ya en el tiempo, Shakespeare sublima la jugada maestra...; la hace en realidad maestra, lo fuera o no en su época. En todo caso, no podemos asegurar el grado en que la realidad fuese "sublime"...

Lejos en el tiempo, en el nuestro, nosotros podemos, en cualquier caso, comprobar lo lejos que la vida cotidiana está del arte. Lejos, después de incontables jugadas rastreras y circenses bajo las reglas del "Circo de Oklahoma" (Franz Kafka, América) que hoy imperan, vemos lo fútil de una y otra y otra subidas y bajadas del telón de la historia.

Pero lo peor es que haya tanto "texto impreso" y tanta "representación" que se esfuerce por no ir más allá de "la (pobre) vida misma". 






martes, 20 de septiembre de 2016

Despotricar contra lo inevitable (o "blasfemar") es a lo que estamos condenados

Sé por anticipado a qué miseria me va a llevar esta reflexión. Lo sé hasta tal punto que estoy por desistir de remontarla y, más aún, de exponerla... Pero, ¡qué demonios!, yo tampoco puedo renunciar a embestir...


La clave del problema es que, pese a que la reflexividad nos confunda, no hemos elegido nada: ni haber nacido, ni haberlo hecho en este mundo, ni disponer de instintos que nos lleven a aferrarnos a la vida en él, ni de privilegiar unas herramientas de supervivencia relativas, con las que hemos sido munidos, sobre las demás que podríamos igualmente adquirir. Claro que sin la reflexividad... no lo sabríamos, como aún les sucede a esos seres que llamamos animales y en los que no obstante estoy seguro de que a veces algo chisporrotea aunque sólo sea de manera efímera, lastimosa, inasible... a instancias de su "rudimentario" (pero prometedor) sistema nervioso. Sí, la reflexividad es la que convierte el hecho en problema, lo que pone de relevancia la clave de sí...

En cualquier caso, la propia lucha básica a la que nos empujan nuestras dependencias tiende a alejarnos de la resignación, es decir, nos conduce a sublimarse hasta convertirse en una lucha infructuosa llena de idílicas conquistas y por fin a la blasfemia, a las demandas que dirigimos a un dios ultra supremo contra el dios que nos impuso la realidad. Por lo general, buscamos los puntos aparentemente menos sustanciales o máximos, aparentemente más posibles de "enmendar", las pequeñas reformas que harían más amable (para nosotros) este mundo y esta vida..., pero eso no es más que un subterfugio, una invención para ignorar lo que en el fondo sabemos (de no ser así no tendríamos por qué negarnos a la "locura" del "blasfemo integral" o "sublime"): que no nos podemos resignar... porque, sencillamente, no podemos aniquilarnos y dejar el mundo a su deriva. Y no podemos hacerlo porque así hemos sido constituidos en correspondencia con lo que nos precedió. Más aún, por si fuera poco, porque así hemos sido adicionalmente educados: para el reforzamiento complementario del instinto –garantía de la multiplicación–, del que no nos fiamos, contra el que mantenemos una cierta distancia porque lo consideramos culpable junto con toda "la realidad", una desconfianza necesaria que nos permite vernos "por encima" de ella, por encima del mundo y de la vida, amos potenciales del universo, esa promesa del dios que nos hemos inventado y cuyo cumplimiento precisamente demandamos. Cerrando el círculo de la locura que aparenta no serlo. 

Así, algunos entrevemos la imaginaria, igualmente idílica salida que Pascal Quignard (*) reivindica haciendo referencia al antiguo pensador chino Chuang-tsé que proponía –¡por escrito... o de lo contrario Quignard o yo lo tendríamos que haber inventado sin referencia alguna, sin "el ejemplo" no consumado!– "vivir invisible en el fondo del callejón"... pero con esa astucia que como a una considerable porción de pensadores equiparables (un puñado de ellos citados por Quignard): "supieron inventar una forma implicante" (ibíd.)

Así es, acariciamos el silencio, el anonimato, la rareza, la incomprensión, la marginación..., sin dejar de buscar revertirlo, sin dejar de... "blasfemar"..., sin lograr resignarnos de verdad y dejar de dar gritos de socorro y embestir como los jabalíes ("singliers") –la porción de pensadores equiparables que Quignard cita–, fieras indómitas y solitarias.



(*) "Ultimo reino", en particular: "Los desarzonados", véase el capítulo XCV que abre paso al siguiente, titulado "Hay que recazar la mirada de los otros", o "Morir por pensar", capítulos XXXI (donde enumera a los blasfemadores) y XXXIV (donde citta a Chuang-tsé).

sábado, 16 de agosto de 2014

Los "libritos rojos" de la posmodernidad (una minitragicomedia)


En su día y a la vista de esta foto, se me ocurrió que se producía el siguiente brevísimo y sustancial diálogo:











Hessel: -¡Amigo mío: he recuperado el optimismo! La indignación juvenil que hemos provocado me infunde una alegría y un optimismo notable. ¡Y lo he logrado con sólo 32 escasas páginas! ¡Todavía no me lo puedo creer!

Sampedro: -¡Hemos actuado a tiempo, sin duda! Quién sabe, ay, si veremos el fin del neoliberalismo, la dictadura financiera y la injusticia social en el mundo, pero la pica en Flandes fue clavada... ¡Estoy contentísimo, ya puedo morir pletórico! Lo único que me preocupa es dejar sin rumbo a estos niños...


Creo que cupo publicarlo entonces, pero que no viene mal acabar de publicarlo ahora tanto como en cualquier otro momento, sin florituras (como preví hacer) y casi como si se tratara de un mcrorrelato o, quizá más exactamente, una minitragicomedia.

jueves, 13 de febrero de 2014

La muerte comienza en vida


Morir no es un hecho que acontece repentinamente, sino un proceso que da nombre a su propia conclusión. La búsqueda de la inmortalidad que, más explícita e identificablemente que en otros casos realizan los escritores y los artistas en general mediante la producción de sus obras y su consecuente difusión (una especie de sembrado, sin duda; muy de agricultor), no es en realidad más que una manera de ir anticipándose a esa conclusión irreversible, de reconocer esta irreversibilidad, de responder a la certeza de que nada nos desviará de esa expulsión que, en cualquier caso y paradójicamente, no nos impedirá otra cosa que continuar muriendo. La muerte, así, acaba con el esfuerzo de morir.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

"Los inocentes", los débiles, la culpabilidad y la impotencia


No creo que haya muchos lectores de "Los Inocentes" (de entre los no muchos que en estos tiempos la hayan leído, ni tampoco de los que la leyeron desde que se publicó, ni por tanto que sepan que la escribiera Broch) que compartan conmigo la conclusión de que el título apuntaba al conjunto de los individuos que formaron, forman y se añadirán a lo que biológicamente llamamos "humanidad": todos... "inocentes", todos en definitiva "débiles" (como he optado por caracterizarlos, aunque con idéntico sentido al del autor). Incluyendo a los "fuertes", es decir, "los poderosos", los que detentan el poder "político", "social", "psicológico", "ideológico", "físico", etc. Unos "inocentes" que, teniendo "conciencia" de ser, respectivamente, "víctimas" o "verdugos" (y siéndolo formal y concretamente estos últimos con relación a casi todos los primeros), son "débiles" en última instancia en tanto que la "elección" por ocupar uno u otro puesto disponible en una sociedad que sin duda se mantiene o conserva "fragmentada" no ha sido "libre" o "planificada" por anticipado (ni puede responder a ello) sino, en todo caso, reafirmada y justificada... hasta hacerse carne de la propia carne.

Incluso, no la compartiría, de entrada al menos, el propio Broch ("Origen de este libro").

No obstante, nos pone en bandeja esa descripción que sólo de ese modo puede ser completada; que, en todo caso, es la única que puede verse tras el suave velo que al autor le cuesta rasgar definitivamente... con el pensamiento abstracto (que expone en su autocrítica), sin ir lo suficientemente hondo, quirúrjicamente hablando. Porque, sin duda, ¡es humana (desde mi punto de vista, y desde la experiencia descarnada) "la abolición de la ley, hecha ley suprema", "la mentira fantasmagórica, hecha verdad superior", la "esclavitud universal y abstracta"! ¡Muy humana, demasiado humana, en absoluto "ajena a todo lo que sea humano", como dice también, prisionero de la propia nostalgia indudablemente mamada... que reconoce de todos modos perimida, en un tiempo en el que:
Las palabras se secaron...
O... 
Las barcas aguardan todas las noches, invisibles,
para llevar hacia el este de la noche
la flota de los humanos: ¡oh, incisión que atraviesa el tiempo!

Por  la novela sui generis de Broch desfilan sin embargo, desbordando los límites que el autor creyó haberles impuesto (de época, de origen, de situación), los suficientes especímenes humanos como para que todos los posibles, todos los imaginables, queden comprendidos; todos... "inocentes", y sin embargo todos "culpables" de lo que les pasa a ellos y a los que entran en su radio de acción...

La inmensa masa de los pocos lectores que en proporción pudo tener Broch hasta ahora no se sentirán parte de esa masa de "inocentes/culpables". Su mejor defensa será nuevamente la que da lugar precisamente a su culpabilidad, una culpabilidad del débil, del que sólo puede ser relativamente fuerte y sobrevivir mediante el ejercicio de esa debilidad/culpabilidad, en concreto: a la "ignorancia", al "autoengaño", a la "autodignificación".

Esa misma manera de ver las cosas me tocará ahora a mí recibirla. A causa de mi propia mirada coincidente con la intencionalidad que Broch reflejara en su novela, y que yo he alcanzado a ver bajo su trama, y su referencial título.

La novela incluye algo de poesía, una poesía que no edulcora líricamente sino que se pone al servicio de la denuncia o, para no dejar lugar a dudas en cuanto a lo que me refiero, al servicio de la descripción real, de la desnudez profunda que pudiera pretenderse escamotear, encubrir, de la que se intenta apartar la vista.
Máscara sobre máscara,
monstruosidad cubriendo mosntruosidades,
rostro que ignora las lágrimas.
En fin..., basta. Dejo para el final sólo la propia voz de Broch, aún contundente a pesar de su debilidad quirúrjica antes señalada, donde se aprecia su intento, vano al fin, vano siempre, intento infructuoso si así se quiere ver de "sacar frutos de flores marchitas"; lamento, grito, expresado tan sólo, de nuevo, porque una vez dentro, hecho consciente, a algunos nos sea imposible podérnoslo guardar y hasta dónde nos afecta la propia debilidad que nos ata a las urgencias, al dolor impotente, a la mirada de soslayo, al continuar andando...:
¡Maldita sea la ceguera! 
El prado y el bosque llegan a las alambradas,
y en los hogares de los verdugos cantan los canarios.
Un cielo de sangre cubre las cuatro estaciones del año
y el arco iris no tiene color de esperanza,
el cosmos se burla de las incompatibilidades
y pregunta al hombre:
¿soportarás todo esto aún mucho tiempo?,
¿qué ves?, ¿qué te parece falso?
El que va a morir lo ve;
ya nada le amarga
y el tiro en la nuca es auténtico.
Descúbrete y piensa en las víctimas.

domingo, 6 de octubre de 2013

Paralelos de la muerte (ante la igualación que escenifica la burocracia dominante con sus puestas en escena)


Hoy los muertos pueden ser igualados entre sí mediante la constitución de un espectáculo de feria. O pueden ser por el contrario bien diferenciados por decreto.
 
Un grupo de infelices apelotonados desborda una de las periódicas embarcaciones esperanzadas, frágiles hasta la temeridad, para huír de la penuria hacia adelante sin pensarlo dos veces, tratando de no tener demasiado miedo a la vista del casco semihundido por el peso excesivo. El mar no está ese día para cabalgatas arriesgadas, de modo que, tras hacerla corcovear hasta los vómitos y las magulladuras, agravando la debilidad de los ingenuos, hace naufragar a la barcaza. No todos sabían nadar, lo que hace aún más notable el grado en que contaban con la ayuda de los cielos, o el grado en que haber embarcado a la buena ventura era una apuesta inevitable, edulcorada con promesas que era preferible creer; la apuesta al todo o nada, ¡al todo... como si lo que habría de llegar después mereciera ese nombre! O, simplemente..., el grado en que sólo les quedaba la sombra de la esperanza en el atardecer de los tiempos...

Los imagino como meros arbustos arrancados de la tierra, a un instante de secarse por completo y exhalar por última vez, sometidos al empuje de un viento que calienta y salpica una peligrosa espuma a modo de advertencia. No sabían que el mar podía ser tan furioso, ponerseles tan en contra... Además, les habrían dicho: hoy está en calma, es como un lago... Habían conocido el viento del desierto, que disparando fina arena produce pequeñas y sistemáticas heridas en la piel cuarteada... Y de ese modo habíaní llegado hasta los muelles de salida, donde los espera una barcaza que realiza las esperanzas de la mafia que organiza esas travesías a voz de folletos de paraísos factibles y que da para vivir a los timoneles que no se quedan sino que vuelven para seguir trabajando, y que de todos modos... saben nadar (¡es una exigencia del trabajo que figura en sus “currículums”!). Y, last but not least, todos los burócratas vinculados a los diversos poderes de la tierra...

Y se suben a las barcas, y se apretujan en las barcas, que parecen aguantar...

Tal vez supongan un futuro, tal vez el sueño se resquebraje por momentos, pero ya no hay una elección, ya han entregado todo lo que habían reunido para cubrir el billete al paraíso, y lo decisivo es el destino que está delante hacia el que empuja la fuerza del viento y el derrumbe del pasado detrás, que cae a los abismos, a la nada...

Y cuando el mar los acoge, lo que despierta con el miedo que se ha ido fraguando al vaivén de las olas y las salpicaduras saladas es justamente lo que ya se ha quedado sin otra oportunidad: el instinto, incapaz de sobreponerse de nuevo. Y el sueño se ahoga.


domingo, 17 de marzo de 2013

Cómo aprovecha el presente su pasado: un ejemplo impecable a cuento de Solzhenitsyn

En un pequeño prólogo a su Archipiélago Gulag, Alexandr Solzhenitsyn propone una doble alegoría a partir del descubrimiento ocasional de unos peces “milenarios” (“tritones”, los denomina para acentuar su primitivismo) hallados por reclusos (“zeks”) en una región que formó parte del Gulag (uno de los de mayor “crueldad” del atomizado pero íntegro "territorio"). Los reclusos del Gulag, que los descubren casualmente tras excavar en el hielo sin sentido racional alguno (sólo porque están condenados), actúan sin respeto alguno por la historia  (“los excelsos intereses” de los “ictiólogos”) y optan por cocinarlos y comérselos en cuanto comprueban que están en buen estado (los ha preservado el hielo); es decir, responden,  imperiosa y “épicamente”, al hambre que los acosa con urgencia y que incluso los lleva a pelearse por el botín con las fuerzas y recursos disponibles por cada uno de ellos.

Este es un primer punto que expresa la cara más visible de la alegoría, y se reiterará más adelante en el libro: la necesidad inmediatista propia de la "estirpe de los zeks” los lleva a no tomar en consideración las "necesidades culturales" o de la historia, las supuestas necesidades del futuro según las evalúa cada nuevo presente, que es donde se definen como "importantes" o significativas, "aleccionadoras" y represoras de las renovadas manifestaciones de la hybris que inevitablemente se renacen..., o... deban ser eterradas o ignoradas, silenciadas u olvidadas, reducidas, tergiversadas o "reconstruidas" (en el mejor de los estilos del "Ministerio de la verdad" de 1984). En gran medida, lo que Kenneth Burke (en su estudio de la forma literaria) manifiesta del siguiente modo: "Las obras críticas e imaginativas son respuestas a cuestiones planteadas por la situación en la que ellas surgieron. No son meramente respuestas, son respuestas estratégicas...". O, como resume Clifford Geertz en su La interpretación de las culturas: “Toda forma expresiva sólo vive en su propio presente, el presente que ella misma crea"De hecho otro aspecto de lo que ya señalaba Nietzsche cuando hablaba de la predisposición o no de "los oídos" del presente para comprender los discursos excéntricos.

Al presente, poco y nada le importa en realidad lo sucedido... salvo que ello para manipularlo en uno u otro grado (el grado en que se haga, reduzca o tergiverse, así como el grado de fidelidad con que se siga interpretando y traduciendo, dependen por entero de las urgencias y no de la verdad). Los sucesos se convertirán siempre en leit motiv de los nuevos mitos o las ideologías del nuevo presente. Y si no hay en él nadie cerca salvo unos hambrientos "zeks", sólo quedarán los restos, que desaparecerán definitivamente sepultados y desintegrados. Es decir, si no hay al menos "ictiólogos" y demás "especialistas" interesados (remarco: "interesados"; y por si caben dudas, aclaro: en cuya ocupación socio-profesional resida su supervivencia en una sociedad históricamente determinada). Otra cosa es lo que parece gracias a la presencia de estos individuos "interesados"... porque, precisamente, es lo que hace que muchas cosas no sean enteramente "del pasado" sino todavía del presente. Y hasta estas ya no son tomadas, si se las encuentra preservadas (es decir, si no han sido destruidas por los intereses "carroñeros" del presente al paso), como poco más que su "alimento" (y su avidez por no cederlo al "enemigo").

Y es obvio que de descubrirse algo "comestible" en los sedimentos de la historia, ellos podrían ser hallados, casualmente, por "zeks" (los reclusos, pero también los reos), como también, adrede, por "especialistas", que los estarían buscando en atención a sus perfiles, a las funciones que adoptaron en el mundo, "zeks" igualmente por tanto del propio deber ser, como, por ejemplo (y cada vez más en el presente nuestro), ese otro deber ser de los nuevos y cada vez más abundantes “funcionarios” (de la cultura), beneficiarios de uno u otro modo y uno u otro grado del "poder” de los otros (los más astutos, menos escrupulosos, especialmente organizados para la gestión del poder), a los que llegan incluso a encubrir y ayudar en su trabajo de tergiversación y enterramiento de los hechos (cuando hablan por sí solos en su contra) o de sus más "peligrosos" significados. Porque hay muchas maneras de "no dejar rastro"...

Además (debería ser evidente y dejarse muy de manifiesto siempre), más allá de las “razones de estado” y/o del proselitismo de las camarillas "encaramadas" (y "prolíficas") que actúan para preservar sus privilegios o incluso sólo su neurosis (aunque también para su perpetuación en sus "hijos de profesión"), será el desinterés (comparativamente hablando al menos) de "las masas" (o, si se prefiere decir, de la sociedad en su conjunto, que marcha apisonando excéntricidades inconsecuentes) quienes entierren, ignoren o consuman, convirtiéndolos en residuos inconfesables, todos esos sucesos "aleccionadores" (como él dice: "borrándose irreparablemente"). Es indiscutible e incluso irreprochable (salvo desde la trampa de la ilusión y la autodignificación) que los problemas del presente no sean ni serán nunca los que se han presentado "hace mucho" ni "muy lejos" (otra cosa es la "cercanía" que se vive a cuento de la "globalización" y los "avances tecnológicos"), y que, sobre todo, son las "urgencias" más o menos inmediatas las que determinan y definen, de nuevo incluso, las salidas concretas, las posibilidades efectivas, las que llevan a los individuos no a "sacar lecciones" del pasado ni de otras gentes sino más bien a “reinventar”, aún cuando se tomen en consideración esas "lecciones" siempre que sean inmediatamente útiles. Esta es en realidad la esencia del eterno retorno...

Así, cuando Solzhenitsyn concluye preguntándose si la historia será exhumada, recuperada, alguna vez, refiriéndose a la que yacerá preservada bajo el hielo (¿en los libros?), o sea, la parte que no haya sido alcanzada por la zarpa destructiva y tergiversadora del partidismo del presente..., lo que hace es combinar una lúcida visión pesimista con la pena que ella misma le produce, con su frustración latente. Y no es extraño de que se considere afortunado (¿quién no lo estaría de salir de "una pesadilla maldita" o un "munco monstruoso" como ese del gulag, y cambiarlo por una "feliz circunstancia"?) de haber logrado y seguir logrando "exhumar" algo de esos "tritones"; él, que sin duda fue "afortunado" al poder cambiar la necesidad de aplacar el hambre a base de tritones  a la necesidad de rescatar sus restos con el fin de preservarlos para la posteridad... Dos urgencias del mismo tenor, humanas, que, como dirá Solzhenitsyn en otro lugar de su libro: "Quien no ha tenido la experiencia de este cambio no puede imaginarlo"; ¡en ambos sentidos!

Es cierto modo parece contradictorio, sin duda por esa vergüenza que se prefiere ocultar cuando se cree haber llegado a ocupar una posición "digna"... Y es que los intelectuales no podemos dejar de esperar la llegada de un futuro que al menos persevere en favor de un mundo "justo" o especialmente "piadoso" con los nuevos dioses (la cultura, la ciencia, y demás iconos sacralizados y luego vaciados por dentro), y ello a pesar de reconocer que ese futuro, de sobrevivir "casualmente" a la depredación de los poderes e intereses del presente y las necesidades y urgencias de los débiles que no viven de esos "recuerdos" para nada, que no sólo no los pueden usar sino que a veces les estorban, acabará (como se ve en la anécdota) por ponerse a su servicio o por desaparecer (y así "no dejar rastro").

Al final, nada es más cierto que la conclusión a la que llega Solzhenitsyn: "ha servido para desentrañar algunas historias...". Sí, al final queda la máscara, la orfebrería, la cerámica arcaica y los huesos... que habla y hablará a los antropólogos, a los arqueólogos, a los intelectuales; en todo caso al servicio de los brujos que presencien el colapso y con todo ello puedan levantar un nuevo mito unificador y salvador. ¡La memoria, a diferencia de las tergiversaciones que la toman como materia prima del engaño siempre renovado con fines de dominación o de conquista, control o sumisión, desaparecerá de todas maneras obligándonos a empezar de nuevo ante un escenario cada vez más atosigado de artificialidades, es decir, de nuestras particulares "excrecencias"!



lunes, 11 de julio de 2011

Incongruencias de la idiosincrasia

Quisiera evitar entrar en debates con esos innumerables "filosofastros" de hoy en día que se agolpan en los espacios virtuales jugando a dueños de la verdad ávidos de seguidores "políticos", muchas veces mediante simples digestos mal digeridos que previamente debieron consumir con avidez. Esos que toman aquello que les suena muy mesiánico y lo propagan a los cuatro vientos como panaceas de la solución final o sus caminos regios. Mucho ruido, sí. Pero, ¿cómo puede uno esperar otra cosa de estos tiempos? Hoy todos saben y todos dictan cátedra a base de esforzados años de inculcación retórica, y pontifican sin más y sin buscar "algo" que ponga en duda sus certezas dogmáticas sino todo lo contrario: buscan y reciben sólo aquello que se las reafirmen. Son los que disponen de una más o menos aceptable alforja llena de verborrea "política", "económica", "histórica", "social", "psicológica", etc., que se dispara como flechas a la menor puesta en cuestión o dificultad. Lo grave para ellos sería escapar de sus torrecillas de cartón y perder el grupo, o que un genio diabólico les regalara un cetro prodigioso... con el que no sabrían qué hacer, cómo resolver el problema de la horfandad de la potencia así adquirida. Son los hijos de los que necesitaban de Dios. Y, obviamente, nunca tienen nada que aprender, sólo que enseñar, es decir, re-pe-tir, a-gi-tar...

Pero a veces... no puedo resistirme y meto la cuchara... y revuelvo hasta que ya es tarde... y esa noche no duermo de la indignación...

Resulta sofocante tanta seguridad sobre la base de tantas incoherencias que a fin de cuentas debo pensar que obedecen a "razones" (por motivos) "tacticistas" del mismo orden que las que mueven a los políticos profesionales que nos (des o mal)gobiernan (o simulan gobernarnos). Sin duda, ese "estilo de pensar" ha calado en las "masas ilustradas del presente", gran parte de las cuales cree "por fin" ser propietaria de "un saber" y "una verdad"...

¿Cómo van a ver el absurdo y el horror de su mundo (que cae sobre ellos igualmente... "con azúcar" o "con vaselina") si son parte inseparable y necesaria de su ridícula marcha?

¿Acaso vale la pena decírselo si es que lo deben rechazar en tanto se deban a sí mismos? Incluso los más inteligentes (y la inteligencia aquí es la capacidad para verse a sí mismo a pesar del dolor, para preferir querer la nada antes que preferir dejar de querer), no pueden dar pasos demasiado largos. Incluso a ellos les resulta "difícil" entender lo que hay debajo del pensamiento más alto alcanzado (pensamiento de los grandes pensadores) y descubrir allí sus propias miserias. Por eso, hasta ellos se quedan en la superficie de esos pensamientos: pescando en sus aguas los peces que afloran a la superficie, muertos... esto es, convertidos en slogans que puedan agitarse unos contra otras en su "pelea de gallos".

¿Cómo no acusarlos de esa vieja debilidad que antiguamente caracterizó a "la plebe" (cuando aún no se había extraído de sí una porción "ilustrada" adecuadamente para las nuevas servidumbres) y que la propia fragmentación del mundo, orientada, como no podía sino ser, hacia su permanencia o conservación, es decir, hacia la permanencia de los domesticadores sobre los domesticados, la marcha de las cosas a través de esa fragmentación, ha conseguido reproducir, copiar, incluso "mejorar" de generación en generación... aunque de tanto en tanto marginando a quienes acabarían no pudiendo sino denunciar los hechos, la fuerza por la fuerza de unos, la debilidad mendicante de los otros, la cobertura de los acomodados productores de ideas...? ¿Y cómo, a la vez, no comprenderlos, no disculparlos...?

Nietzsche dijo poco más o menos: "ayudemos a mejorar el mundo eliminando la debilidad". Al hacerlo evidenció, según lo veo, estar preso de un error de doble faz que le valió ser condenado por las buenas conciencias y en todo caso valorado de manera sesgada. Una cara del error habría sido reiterar el sueño maquillado y enmascarado y edulcorado... de Platón y de la filosofía: el sueño de un "mundo mejor" o el anhelo de una "ciudad buena", un mundo que nacido de la razón y de la lógica se pudiera imponer a todos los hombres, lo quisieran o no... eso sí, justamente, conservando la domesticación y la fragmentación en los términos en que estaba vigente en su propio mundo (¿o acaso Platón excluía a los esclavos de un tal mundo?, ¿excluyen los actuales platónicos al Tercer Mundo de verdad, la división entre productores de cultura, arte, ocio y planificación y los productores de manufacturas?). La segunda cara del error, fue proveer de material a los poseedores de la fuerza bruta y maestros de la hipocresía, el tacticismo, la inmediatez, la mezquindad, la falta de escrúpulos, el sadismo incluso... los "señores de la guerra", de la fuerza bruta, del poder por el poder.

Pero Nietzsche no podía dejar de sentir nauseas ante la personalidad del "débil" ("los borregos del rebaño") que una y otra vez se disponía a esperar, más allá en realidad del límite de su paciencia, que le tocara una pizca al menos del botín que ayudaba a sus señores a ganar... Más allá del límite, sí... porque en realidad, repito, sólo se han sabido movilizar encontrado un señor nuevo que le prometiera una nueva guerra de reparto, una nueva redistribución, de la que algo obtendrían, algo... a veces sólo la muerte, a veces sólo "una parcela de cielo" (Marx dixit quizás con cierta inconsciente hipocresía o, si se prefiere, una hipocresía prefigurada, un esbozo a completar y a materializar, tan errónea en todo caso como la de Nietzsche... o la de Rousseau...)

Una debilidad que, como todas las características idiosincrásicas, parece llevar antes la muerte que a un cambio de actitud, una renuncia a lo aprendido, a lo adoptado, a lo aceptado y valorado por los grupos a los que cada uno se va integrando durante la vida, pasando de uno a otro (el de la familia y los amigos de la familia, el del colegio y del barrio, el de las fiestas estudiantiles o populares, el del equipo de trabajo, etc.). Una debilidad que no sirve para nada a quien a fin de cuentas permanece solo, dependiendo únicamente de sí mismo, en cierto modo apartado por o para volverse un excéntrico al que si no calla se lo puede llegar a acusar de loco, de perturbador, de pervertidor... y ahí está Hipaso y Sócrates, y muchos más pasando por el propio Nietzsche... Y que por eso... no todos hacen suya, ni más ni menos: porque no le es la herramienta o el arma más útil, la que mejor se adapta a su brazo y a su mente. Y que la marcha misma de las cosas selecciona de manera artificial, como si fuera natural sólo que mediante la intervención humana, creativa, que a ello le debe el calificativo (por ahora), al menos de mi parte.

Una debilidad, como puede verse (y si se lee bien, éste es el sentido ya presente en Nietzsche) no es la de pertenecer a una u otra etnia, cosa que se argumentó como manera de autoetiquetarse "arios puros" (esto es, "humanos de verdad") por la sempiterna vía negativa, la del "no somos eso", la de "Isra-el" (que significa "contra El", el dios cananeo o babilónico). La debilidad que se expresa en aquellos que delegan la voluntad propia de poder en la voluntad de poder de otros... (algo que a fin de cuentas, por esa propensión a la esperanza de esa otra debilidad, la propia de los idílicos pensadores, la debilidad de la impotencia enrabietada, rechazada, contumaz, afectó sin duda al propio Nietzsche incluso así como a todos los filósofos desde Platón -recuérdese Siracusa-, hasta -sí, casi acabando- con Heidegger, tal vez el último filósofo, el filósofo de la autodestrucción o autodilución de la filosofía.

Una debilidad que yo me resigno a soportar, igualmente impotente, aunque no sirva para nada, sabiendo que no servirá para nada... al menos para nada bueno; la debilidad de quien se resigna a la certeza definitiva de que el mundo del mañana no está ni mínimamente en sus manos, ni como asesor del poder ni como la vanguardia de los débiles. Aunque, como todos, muera estúpidamente por permanecer fiel a tal idiosincrasia... en la que hasta el fin me sentiré muy cómodo, conocedor de sus ardides y peligros.


martes, 7 de junio de 2011

Aprendices de brujos

He visto que los "creativos" trabajan allí donde la acampada se extingue. No imaginan siquiera que ofician de "aprendices de brujos" en cada vez más sentidos (germinando como políticos... "contra los políticos", apelando a las consignas y slogans como ellos, invitando al entretenimiento o apelando a lo emocional en lugar de invitando a pensar -¡incluso reprimiéndolo mediante píldoras de marketing!-, "reescribiendo" la Historia o peor aún sustituyéndola por "historia" de "consumo fácil" -o sea, en píldoras, de nuevo-, insistiendo en la línea que va del "librito rojo" de Mao hasta "las 32 páginas" de Hessel -no por el contenido sino por el método, que en realidad es lo único que pesa últimamente-, etc., etc.). Precisamente, esto me ha movido a añadir esto: la "Historia de las cosas" que se colgó de Youtube y que no tiene nada que se pueda llamar "Historia" sino de puro mensaje ideológico ad hoc, esto es, a la medida de la táctica... ¡vaya, otra cosa en la que parecen bastante educados y que predice el futuro de todo aprendiz... si de brujos... ser brujos hechos y derechos uno de estos días... ¿cuando crezcan, quizás... si es que se recupera la "sociedad" realmente deseada, la "del bienestar", la "del consumo", la de "las ayudas" de uno u otro papá... la del "capitalismo de Estado" suavizado...? Tal vez, tal vez... si es que no son por fin reclutados para algo más inmediato y peligroso, como, según nos muestra la Historia "de verdad", ya sucedió otras veces y que, como muestra la marcha de la Historia "de verdad", ya se viene cociendo al fuego de "La Crisis", creando una verdadera "manera de (no)pensar"... ¡Y todos disfrutando encantados con la fiesta, que sale a escena con gorro frigio y escarapela, banderita roja y republicana, anticolonialista a lo Ghandi, vociferante a lo Fanon... en fin: "representando a los héroes porque se es cobarde y a los santos porque se es perverso", como decía Kean (el personaje de la obra homónima de Sartre... a su pesar)!

Entretanto... (como comenzaría el segundo párrafo de una escalofriante novela de terror), en los laboratorios de unos sórdidos sótanos, Mr. Hide y su Estado Mayor mueven sus barquitos y sus tanquecitos, sus tropitas y sus avioncitos de cartón sobre un amplio plano de la realidad... escribiendo La Historia que algún día tal vez no se publique...


miércoles, 25 de mayo de 2011

"¿Qué hacer?" Vs. ¿Qué puede pasar?

"Gente pobre, no os comáis entre vosotros, comeos a los ricos, están más gordos", rezaba un panfleto griego incluido en el reportaje audiovisual "Deudocracia" (ver al pie). Se reconoce así que al parecer a unos les sobran los demás... aunque sólo para que desde las filas de los pobres salgan nuevos ricos y los roles vuelvan a estar ocupados. Y quien dice "ricos" dice "privilegiados", "poderosos"... es decir, un atributo de dominio que, a la vez, reporta dinero, hace "ricos" a los que no lo son por medio de ese invento que es la profesionalización especialmente política (sindical incluída, etc.)

Un portavoz del 15-M diferenciaba, en base a lo decidido en asamblea, a las grandes tiendas de las pequeñas, a quienes se proponían defender. Pero los peces pequeños, en ausencia de los grandes (por amordaza, prisión o aniquilación), engordan... hasta hacerse grandes. ¿Es que se quiere la mera mezquindad de sustituír a los que ya están instalados por los que no pueden o no son capaces de conseguirlo por sí mismos? El liberalismo, tal como lo exponía Adam Smith, no dijo otra cosa cuando se refirió al rol deseable para el Estado, y si no me creen, leed La riqueza de las naciones seriamente y no a partir de digestos "políticamente correctos". En las actuales sociedades complejas de hoy en día, todos quieren un Estado "neutral" que... los "ayude" y los "cobije". Padre, mafre o por lo menos buena abuela. Y la Rusia o la China re-capitalizadas (en realidad nunca dejaron de serlo), ¿qué hicieron sino crear nuevos ricos a partir de los amigos de la KGB o de cualquiera de sus equivalencias? ¿Y la Francia revolucionaria (me refiero a la llamada "burguuesa" del siglo XVIII), acaso hizo otra cosa que crear las condiciones para que los oprimidos oprimieran? ¿No gobiernan por los demás sus descendientes?

Un informativo registró hoy la siguiente "denuncia" realizada por una abnegada "indignada" del "15-M" que atendía uno de los chiringuitos donde se suministra comida a los "resistentes": -Algunos recogen el bocadillo que le damos aquí y van y lo venden".

Me pregunto al saberlo: ¿afectará esto a su autoestima?, ¿se decepcionará del género humano?, ¿se sentirá un tanto "idiota" e "incomprendida"?, ¿abandanorará la "misión" o será re-fortalecida por los suyos en nombre de la "Gran Empresa" a la que ha sido llamada por algo así como "el destino"? Si fuera un persobaje mío, ya se estaría preguntando todo esto...

Se pide control a los aprovechados, y con ello se recrean las condiciones para que más individuos se especialicen en el engaño, la mentira, la autojustificación y la delincuencia para beneficio propio.

A fin de cuentas, esto lleva a la conclusión fácil de que la idiosincrasia humana debería ser constreñida mediante una moral (sacerdotes, iglesias, partidos...) y una policía (legislación, inculcación y represión). Y esto tiende a re-producir especialistas en trabajos artificiales, creados sólo porque hay actividades artificiales que deben ser limitadas... en teoría, es decir, porque hay afectados por ellas que consiguen poder suficiente como para crear su propio medio coercitivo, aunque sea de aplicación restringida, en defensa de... su propia artifiosidad (la necesidad de los auditores de deuda internacional, por ejemplo).

Este proceso es lo que yo llamo "artificialización complejizante" o "complejidad artificiosa", da más o menos lo mismo.

En cualquier punto de su desarrollo nos podemos ver reflejados en el otro (o negarnos a ello): basta reconocer que consideramos nuestras propias cualidades especiales (partiendo de que la especialización es algo inamovible) y nuestras necesidades "básicas" (que no son comunes, por ejemplo, a las de un miembro de una tribu del Amazonas, etc.) como Fundamentales y No Negociables (aunque a veces la policía nos obligue a rendirnos).

Cuesta imaginar pues un verdadero cambio en el horizonte. Cuesta pensar que pase algo más que que unos (pocos y conjurados) se coman a los otros (los que no pueden precindir de que haya "unos" que asuman las funciones de "reparto"), y siempre comenzando por los más accesibles, las presas más fáciles, más débiles... sin escrúpulo alguno... Los escrúpulos son para cuando las revoluciones aún no hacen verdadera falta.

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Debtocracy International Version por BitsnBytes

sábado, 21 de mayo de 2011

Intentos elementales de imponer lo "e-Real" (léase "irreal" y entiéndase "lo nuestro")

Como decía Camus, para nosotros, los que nos consideramos poseedores de "una conciencia atenta", "no hay lugar para la esperanza". Ella es la argamasa de los programas y de los planes de futuro. En estos y sólo en ellos se llega realmente a adorar o venerar a esa vitaminizadora que es capaz de encender la inocencia de los hombres hasta el extremo de la temeridad.

Por mi parte, incapaz de sustraerme al imperio de mi propia coherencia interna y de mi propio ego, para el cual callar es morir aunque no sirva para nada, vuelvo a ser empujado a opinar más o menos "públicamente"... con el riesgo de perder amigos (¡esa amistad que llega a veces a ser totalitaria!) y... espacio donde ser uno más, donde está El Castillo que en el fondo deseo desde que superé la lactancia que me acoja... pero, claro, como todos, ¡tal cual soy!

Esta pulsión mía, se debe sencillamente, entiendo, a mi propia trayectoria, lo que no hace mi conducta muy diferente de la que atrae mi atención y me inclina a estudiarla. Es decir, a lo que el Zaratustra de Nietzsche denominó "mi obra" cuando ya no le quedaba nada salvo, aún, la copa llena, más llena, que lo impulsara a bajar al principio de la montaña: al final, el libro sin duda estaba escrito, pero el propio alter ego llegaba al final sin haberla vaciado en nadie, sin haber hecho más que regar con su contenido las tierras de la posteridad, ay, siempre tan recurrida.

"La obra" en mi caso reclama para sí un carácter teórico, formal, crítico y radical... lo que sitúa su objeto en lo que a mi criterio conforma la causa de última instancia del comportamiento humano y de su marcha, la que siguiendo ese criterio considero Real. Pero esa Realidad, siempre se expondrá ante nuestros ojos mediante casos concretos que, leídos desde la perspectiva asumida, pueden poner esta en duda o reafirmarla... Como dijera Nietzsche (no sé dónde ya que tomo la cita hecha por Albert Camus en su El mito de Sísifo): "Los grandes problemas están en la calle".

Y, para toda "conciencia atenta" y, como hemos dicho, por ello desesperanzada, lo que sucede "en la calle" sólo nos volverá a apenar... Una vez más, sí, si repasamos la Historia... Como nos apenó (e indignó) Tiannanmen, aunque aquello sí que fue terrible, quizás especialmente por lo "pacifista" que fue de un solo lado.

La manifestación de rebeldía juvenil que está teniendo lugar en España en estos días y bajo los lemas de "Toma la calle" y "Democracia Real Ya" (y dejemos claro que lo juvenil no tiene relación estricta con la edad de los participantes ni puede ser extendida a su vez a los "topos" que llegan a los lugares de acampada, se queden allí o sólo los visiten, partiendo de un previo dogma, de un plan y de unas consignas que consideran su deber imponer) tiene un indiscutible contenido idílico y de enorme ingenuidad; contenido que se reviste a sí mismo de puro y de liberador por el hecho de reflejar una esperanza... negando y vituperando al mismo tiempo (de hecho o de derecho) las ilusiones más o menos equivalentes de todos los que no ven el mismo camino para realizarlas... y negando a la vez la propia mezquindad que subyace a la suya como a cualquier otra esperanza. Contenido que logra sin embargo, y de manera inevitable, inspirar en mí cierta simpatía visceral, atávica quizás, en parte en contra de mi "conciencia atenta", especialmente en atención a la desesperanza y a la frustración a la que reconducirá, a su inutilidad incluso, que me recuerda mis propios resultados; pero también porque mi conciencia se ha provisto de una determinada narrativa que pretende explicar lo que sucede, incluyendo la emergencia de sí misma y de su asociada ausencia de esperanza, y alcanzando inevitablemente a desnudar lo que se demuestra nuevamente acerca de la mezquindad que nos impulsa a todos y que también está detrás de todas las esperanzas, de las suyas, de las de los demás, de la mías (¡ay, sí, mi desesperanza es kafkiana, y, como señala Camus, encierra también una cierta esperanza!)

Y es que, en ese sentido, todos estamos, nacemos y nos acabamos de conformar, atrapados en una telaraña a cuyo crecimiento contribuimos; una telaraña monstruo que aumenta su tamaño y su poder mientras nosotros mermamos... y mientras la araña y sus crías a su vez engordan (más exactamente, un nido de arañas, de madres araña e hijos araña). Una tela de la que no se puede escapar ni individual ni grupalmente porque, después de más de 10.000 años de haberse ido tejiendo hasta construir la actual encerrona política gigante en la que estamos, todos los grupos que se incorporan lo hacen como meros satélites complementarios que allí donde debilitan algunos hilos ayudan a fortalecer otros, donde hacen retroceder (para su readaptación y no para su muerte) a uno de los nidos mayores ayudan a que otro se aproveche y ocupe el centro más suculento.

Por fin, como tantos otros tantas otras veces, habrán sido meras piezas del juego de "los grandes" (esto es, de la partidocracia que pretenden desbancar), incluso a través del juego de los más "pequeños" (lo que se concreta en alianzas y traiciones poselectorales y parlamentarias, como las ya vistas), y del que volverá a salir victoriosa la sibilina burocracia real, en cualquier caso, con personajes equivalentes a los actuales. Los "grandes" que saben que cuentan (además de los aparatos represivos, legales y des-informativos) con sus propios "ejércitos de leales" (porque ya no hay lazos ideológicos reales) que, como saben y/o recordaron respectivamente... son cuatro o cinco veces más ("unos 90.000", se dijo en referencia al número de militantes) que los que resisten en la calle y/o campean virtualmente con consignas elementales. Los "grandes" que según su propia situación se lanzan a la cara y la cabeza unos a otros dentro de su propia "gran" lucha (¡y no en lucha contra unas decenas de miles!) la jugada de la condena o la jugada de la condescendencia e incluso la jugada del apoyo comprensivo... todas cosas puramente tácticas... que mejor no ver ni oir... para que la esperanza dure un poco.

Cierto que hay una "indignación" generalizada, pero es una "indignación dividida" en base a la visión o no de unas u otras perspectivas, las que cada uno imagina más efectivas para salir del paso, es decir, de "la crisis". Y no es la primera vez que "indignaciones" de mayor calado incluso acaban aprovechadas en el sentido antes mencionado en aras de la lucha interburocrática, a veces con resultados terribles para la "buena conciencia" y la sensibilidad más simple (la mía entre ellas). ¿O qué resultado le dio a Hitler explotar la "indignación alemana" de entre guerras... contra el "imperialismo" desalmado de la Entente y la "insensibilidad" hacia su propio pueblo por parte de los grandes financieros... reducidos por fin a "los judíos"? ¿...o el que dio a las "democracias occidentales" burocrático-capitalistas la plataforma sobre la que pudieron erigirse en adalides de "la libertad" sobre la base de su triunfo de 1945 y en alianza con regímenes similares al derrotado y germinalmente encerrados en el propio? ¿Y qué de las campañas "verdes" o contra "el cambio climático" que desarrollaron las "energías alternativas" junto con varios bolsillos e inflaron igualmente la burbuja crediticia? O, más cerca aún de nosotros y muy en el origen de la frustración actual de muchos que "creyeron": ¿qué resultado dio a ZP la "indignación" contra "la Guerra" y contra "las mentiras gubernamentales"?

La telaraña, apuesto lo que sea, como vengo señalando desde hace mucho tiempo, se fortalecerá, tenga el color que tenga luego, que tal vez no sea el que revista a largo plazo con efectos potencialmente terroríficos (¡y vaya si no lo deso!). Ya iba en esa dirección a caballo de la cacareada humareda de la "refundación del capitalismo" que todavía no ha dado todos sus frutos y que no serán sino los de una diferente relación de fuerzas entre las burocracias, para nada beneficiosas para "el pueblo" (la unión de burocracia política y financiera tal y como se ha definido por ejemplo en los países gobernados por tiranías de índole religiosa puede servir de ejemplo -el islamic banking, que será cosa de marcianos para la mayoría de los acampados-).

En cuanto a nosotros, los más reflexivos, los que somos insuficientemente capaces de soportar la incoherencia interior, por otra parte, a sabiendas del carácter pernicioso del pensamiento abstracto (que suele encorcetar e incluso lapidar la riqueza de lo particular cuya "buena" lectura hace aflorar sus raíces)... volvemos a ser empujados al análisis y a exteriorizarlo so pena de reconocernos demasiado superfluos y tendamos a quitarnos de la circulación en "cuerpo y alma", lo que por cierto, no cambiaría las cosas ni nos daría un último y desesperado sentido... ¿Refleja esto una pequeña luz que no se apaga acerca de los posibles resultados de esta práctica y esta conducta? ¿Ayudará esto a que alguno aumente su propia desesperanza? ¿Es este objetivo algo... esperanzador? ¿Acaso me servirá para que yo mismo me sienta "realizado", es decir, para sostener y hasta aumentar mi autoestima...? Tal vez esta última pregunta con su asociada respuesta afirmativa sea la única sincera: de nuevo, la malicia y la desconsideración humana por el prójimo ocupan el eje de nuestra conducta. ¡Qué nos importa el otro más allá de servirnos como el espejo de la Reina le servía, para reconocer lo que valemos y apuntalar nuestros pasos... en el fondo hasta que nos reproduzcamos ya que más allá de ello todo sobra, todo es exceso e imperfectibilidad!

¡Sí, esto que ha conseguido ser considerado (aunque cada vez con más hipocresía e histrionismo de comedia) lo más sublime que puede producir el hombre, es decir, lo que más le garantiza su aspiración de ser divino, La Sabiduría y recientemente La Cultura, ha comenzado (la primera piedra -¡yo acuso!- la puso Robespierre, que conste en acta, con su Campaña de Salubridad) a hundirse en su tal vez último ocaso, el de la tal vez última noche!

El estudio del suceso que tiene lugar en estos días "de penuria", permite, precisamente, reforzar esa "conciencia atenta" mía ("atenta" a mi criterio y tal vez no al tuyo) y por tanto... aumentar si cabe mi ya profunda ausencia de esperanzas... En última instancia, permitiendo compensarla con un poco de autoestima; la que deriva de la inefable sensación de lucidez que tal análisis devuelve a quien lo lleva a cabo... y lo narra con el mejor de sus lenguajes (hasta donde es capaz). Saberlo es bochornoso, pero... ¡qué diablos...!, como se suele decir en estos casos.

No abundaré en la línea ya desarrollada por mí en mi otro blog, donde me permito analizar los ejes centrales de los argumentos, sentimientos e intenciones (reconociendo que no fui allí del todo exhaustivo y que quedaron flecos que se van entretejiendo en la medida que aumenta la información particular sobre los acontecimientos concretos). Sólo me centraré en señalar mi convicción, un tanto obvia para mi propia visión de las cosas, de que el "movimiento" se inscribe enteramente en la marcha decadente general, marcha que, por otra parte, lo ha impulsado. Sería por tanto un hito más de esa marcha, y un hito débil por otra parte que pienso que no alcanzará ni la más leve dimensión ya no digamos revolucionaria sino reformadora. Muchos vectores concurren para que esto sea así, incluso para parecer a mis ojos como el último estertor de las ilusiones juveniles, tan en extinción como la capacidad de influir que pretendió tener desde un principio el pensamiento, por más lúcido que sea.

Todo lo contrario: se inscribe, nace y actuará estrictamente dentro de los límites y necesidades de esa marcha decadente que nos conduce paso a paso hacia lo que se podría denominar, por decirlo con referencia a una de sus perspectivas más visibles, significativas y paradigmáticas, "la progresiva extinción de la inteligencia".

¡Vaya!, diréis, ¡cuesta mucho entenderlo! Y lo comprendo: dicho de manera tan sintética parece incluso mentira... especialmente cuando aparecen tantas otros casos en sentido contrario. Sin embargo, sé que de entrada "no se entiende" porque, sobre todo, existen unas enormes resistencias (diversas y contrapuestas muchas entre sí) que se oponen a adoptar ese "entendimiento". La "extinción de la inteligencia" es consustancial a la burocratización y a su última fase, la de la posmodernidad... y, si bien puedo sentir pena por ello, debo reconocer que ésta nace de una idiosincrasia particular adquirida que ya no tiende posibilidad alguna no ya de imponerse sino de influir. Hoy el pensamiento que influye (y aglutina) es el del slogan y el digesto e-le-men-tal (que es el que campea en el campamento y en La Red, y que así demuestra definir a unos pequeños burócratas en potencia, con pequeños, limitados y autolimitados líderes a fin de cuenta patéticos... muchos de los cuales aprenderán a ser más demagógicos que sensibles en la medida en que crezcan... o se sumarán a los sumisos servidores de la renovada burocracia que les toque soportar y a la que acabrán ayudando... si es que no lo están haciendo desde ahora... aunque sea sin desearlo e-realmente o e-conscientemente). El mismo llamamiento a no "caer" en consignas "políticas" definidas y mantenerse en la vaguedad "que une" degrada "la indignación" a un ejercicio de perturbación y fiesta que la contradice y disuelve.

Llevo unos treinta y tantos años disparando contra el proceso de burocratización creciente que vive el mundo desde hace algunos siglos (y que dio muestras secundarias y subordinadas a lo largo de varios de los milenios precedentes), incluso rechazándolo desde que comencé a sufrirlo tanto como cualquiera en este mundo que no tenga la idiosincrasia y la escuela apropiada para llegar a ser un miembro de los que lo encabezan. Al respecto, sólo diré que considero que ese proceso reviste unas características específicas al igual que cada una de las fases por las que transita, pero que, en dos pinceladas, se caracteriza por la actividad de unos individuos particularmente agrupados en torno a la consecución per se de unos mayores o menores objetivos de poder para cuya conquista y conservación no caben escrúpulos ni convicciones intelectuales, cuyo camino se reafirma sobre la base de la conquista sistemática y creciente de privilegios sin límites previos, que forman manadas en constante lucha y entre las que las alianzas y las traiciones son moneda corriente así como en el seno de cada una de ellas... Lo he denunciado y lo denuncio en cada una de sus manifestaciones en contra de los intentos de revestirlos de "aceptables" y "prometedores", como se puede ver en mis blogs desde 2007.

Yo descubrí su existencia y lo viví como se vive Un Universal equivalente a Un Destino o Una Némesis (así, pues, como vive el mundo todo "trágico") a partir y a través de Kafka siendo apenas un adolescente, y por fin, tras tomar conocimiento un día, de las atrocidades más difundidas (que había estado negándome a descubrir y que, de entrada, tomé sólo por oportunistas) cometidas por aquellos dirigentes bolcheviques a los que me había acercado al equipararlos a los héroes justicieros de mis historietas juveniles... los auténticos por fin, por fin los de carne y hueso, los... justicieros reales, para decirlo con el mismo sentido con el que se habla en las Puerta del Sol de "democracia real". Atrocidades, pero sobre todo atentados flagrantes contra la coherencia, gravísimas muestras de la más extrema e inaudita hipocresía, que fue lo que por encima de todo me invitaron a llorar su muerte y a darles la espalda a sus tumbas. Constituían la segunda o quizá la tercera camada de dioses que mataba... y por ello una segunda o tercera caída en la locura del "El Loco" que sigue necesitándolos (buscándolos) a sabiendas de que ya no existen. (¿O no es un eco de esa "búsqueda" justamente ese sentimiento de inconsecuente simpatía que la ingenuidad que se despliega riega hasta producir frutos amargos, hasta podridos por dentro, hasta venenosos, pero bellos por fuera, adomecedores, acunadores... nostálgicos?)

¿Cómo puede volver a surgir una y otra vez la misma candidez, la misma ilusión desconcertante?, me pregunto ahora, a la vista de los hechos del presente. ¿Cómo pude llegar a creer en ellos?, se preguntó mi "conciencia atenta" cuando descubrió que mis sueños revolucionarios y justicieros no era nada nuevo salvo en muy escasos detalles y, sobre todo, que no habían logrado plasmar la fórmula del flogisto ni dar con el camino de la piedra filosofal.

¡Escasos detalles apenas, sí, como los que ahora han producido esta pantomina llena de histrionismo comme i faut de las "grandes revoluciones" de antaño, desde las más sangrientas hasta las "pacíficas" como las de Ghandi... unas y otras con un auténtico ingrediente del "nada que perder" ("tan sólo las cadenas")! ¡Detalles como el de la inusitada simpleza, la marginación de lo "elaborado" hacia una mera residualidad, el rechazo incluso de la imaginación potente que dio lugar a proponerla para "el poder" en el mayo francés del 68 (¡pronto hará 50 años; ay, y en cuestión de años tan sólo, habré de morir, de dejar de ver y de sentir todo este dolor y todas las dichas de la vida!) y su sustitución por una imaginación noña que pide por ahí cosas como la "amorcracia", a estas alturas! Formas, en fin, simples, e-le-men-ta-les o lí-qui-das, que ponen de manifiesto hasta qué punto el mundo ha sucumbido a la mencionada marcha decadente, hasta qué punto ha sido arrollado por ella, hasta qué punto todo se ha adaptado, ¡incluso el rechazo del "sistema"!, a un estilo puesto precisamente en vigor en nuestros últimos tiempos!

Indudablemente, en lo que podemos ver como repetitivo (lo que algunos llamarían "la sustancia" por eso de convertir lo que perdura en un absoluto, un incondicional, lo eterno), es necesario hallar una causa para estos nuevos pasos en tanto que pasos de profundización de otros anteriores, una causa en fin que continua operando, que sobrevive a las eras por las que ha transitado la parte de la humanidad que ha escrito la historia, es decir, el occidente más desarrollado en el aspecto técnico, científico-técnico si se prefiere pero también en cuanto a la sofisticación de sus discursos abstractos y de su capacidad narrativa (que son llevadas al colapso a tenor de una posible ley de la complejización, como hoy apunta la Teoría correspondiente). Al respecto, vuelvo a notar que, si prestamos atención a los aportes de la antropología, hay un punto de inflexión que marca el punto de partida de esa específica sucesión de eras, eras que en un conjunto, han recibido el nombre de Civilización. Y señalo esto de nuevo porque en definitiva, esta "sustancia" me ha llevado a concluir que, más allá de la desesperanza metafísica, el problema es la desesperanza concreta que se ahonda con cada paso dado desde aquellos tiempos primitivos (lo que no hace que me alinee con los que sin verdadera noción de lo penosos que debieron ser, los desean y los piden). No, simplemente me ocupo de constatar un hecho: la complejización nos está llevando al colapso dado, por cierto, nuestra idiosincrasia; un colapso que tal vez tenga más de un resultado novedoso... Y esta constatación, volviendo brutalmente al tema, reafirma el carácter profundo de ilusión y frustración en ciernes que tienen las sencillas manifestaciones de todos los que han optado por "la acampada pacífica" de la que pronto quedarán vagos recuerdos y nuevas frustraciones. En la persistencia del sueño occidental moderno, rebajado cada vez más por medio de una sistemática licuefacción como he indicado, que lo ha transformado en posmoderno, está precisamente el "error de apreciación" concreto. Eso es lo que expresan la voluntad de no ir demasiado lejos, de unificar a todos como sea, es decir, en torno a mínimos insustanciales, reformistas y pacifistas, de creer que pueden ir más allá de aprovechar una coyuntura en donde a los que tienen el mando y los aparatos a su disposición les conviene dejar que todo siga su curso, sirva a lo inmediato y se desmorone por sí solo... Por eso se proponen objetivos que pretenden que todo siga en realidad como estaba antes, "antes de la crisis", produciendo aquello que justifique los mismos trabajos por artificiales que sean (y siéndolo desde el punto de vista de lo que ahora se propone -y que se ha instalado y adoptado en el imaginario social- como "alternativa al ladrillo" o como alternativas para "la sostenibilidad", etc.); los créditos por más que representen una huida hacia adelante; el fortalecimiento de las estructuras del Estado, que sustituyan el debilitamiento del motor del beneficio, como si pudiera existir una burocracia buena, en la que algunos dicen no creer ya, que haga de su castillo un ariete "solidario" o "social"; que vuelvan a "cavarse zanjas para volver a llenarlas" aunque más no sea para justificar puestos de trabajo y salarios... necesarios para que el ciclo del consumo se reactive... y volvamos a ver en pie el "bienestar perdido"... que conducirá exactamente a una nueva crisis... tal vez la última, tal vez la que les toque vivir a los hijos y los nietos de los hijos de hoy. Y no digamos ya nada acerca de la voluntad tiránica que

En fin, así vamos, no se me ocurre pensar hasta cuándo, engañándonos todos y engañando a los demás para poder seguir viviendo sea como sea. Es perfectamente comprensible. Pero si lo es, en el mismo sentido se puede comprender a la masa (mayor en número que los acampados) que piensa que votando el 22 a uno de los dos grandes agrupamientos burocráticos españoles (algo que caracteriza a las democracias reales de occidente y no es algo simple como he intentado explicar muchas veces sin pena ni gloria en mi otro blog desde que lo inauguré en 2007) y a otros menores que jugarán en su juego de alianzas y chantages mutuos, obtendrán un mendrugo, una pizca del botín que salga de los otros... Como es comprensible que la conciencia de la debilidad propia lleve a la mayoría, desde los comienzos de la Cilivilización -y lo que ayudó a cimentarla-, optase y opte por alguna de las mil formas de servidumbre qye les permita sobrevivir... Están en su derecho ante un mundo que si no se desmorona por sí mismo, es decir, gracias a la mecánica de la burocracia que lo usufructúa, está demasiado solidificado como para hallar un hueco que comprenda y además responda a los deseos y necesidades de todos... desde "arriba" o "como sea". Por otra parte... ¿acaso habrá quien en su sano juicio quiera que ese colapso inevitable se concrete... "ya", "ya mismo"? ¿No compartimos todos el sentimiento de pavor que eso nos infunde, que nos lleva precisamente a pensar cosas terribles del futuro en el cual dejamos justamente a esos hijos y a esos nietos... todos los que, sabemos, no podrán negarse a la esperanza, por mínima y mortecina que sea?

En breve, no sentimos, al menos en parte, lo que el narrador de la historia de Bartleby, el escribiente, inventada por Melville, que confesaba:
"Raras veces me enojo; raras veces me permito una idignación peligrosa ante las injusticias y los abusos; pero ahora me permitiré ser temerario, y declarar que considero la súbita y violenta supresión del cargo de agregado, por la Nueva Constitución, como un acto prematuro, pues yo tenía descontado hacer de sus gajes una renta vitalicia, y sólo percibí los de unos años."



lunes, 13 de diciembre de 2010

"1984"... ¿esperanza o pesimismo? (Parte segunda)

1984 (continúo) se materializa en el caldo de cultivo en el que George Orwell (como buen intelectual) sufría y se ahogaba -sólo así se puede explicar que fuera escrita... y tan bien escrita-. En este sentido, se podría decir que Winston Smith es su Mister Hyde o algún desdoblamiento equivalente... en cierto modo -sólo en cierto modo- nacido en un caldo socio-histórico relativamente diferente del de Stevenson pero extrapolado en cada caso a partir de la realidad en la que respectivamente escribieron...

En la sopa germinal de Orwell, se encontraban no sólo los aún insuficientes conocimientos que podían tenerse en 1949 de los excesos del stalinismo (capciosos por otra parte para la inmensa mayoría de los intelectuales de la época, que globalmente preferían saber sólo lo que convenía saber para trabajar en defensa de la URSS y en favor de la consecución de su Imperio... en nombre del compromiso del intelectual), datos que eran suavizados o ignorados a su vez bajo las tibias declaraciones aliadas, sino también... lo que Orwell fue capaz de observar a través de sus propias idealizaciones frustradas. Esos resultados de la observación de la realidad circundante por parte de un pensador valiente que, a pesar de todo, no podía renunciar al bagaje filosófico e ideológico que arrastraba (me refiero al pesado bagaje del racionalismo y en particular al de su conformación marxiana), se acuciaron realimentando la decepción detonante. En realidad, al menos hasta aquí, no estoy diciendo nada novedoso sino de algo que vale para toda obra artística y su autor e incluso para todo pensador sensible y no comprometido, es decir, para todo excéntrico (algo que creo que se es por una combinación de decisión propia y circunstancias).

Sin embargo, se suele dejar de lado todo esto cuando se encara una crítica o un análisis de un texto, ya que, como he sostenido en la Primera Parte, se selecciona aquello que, cuanto menos, evite perturbar la tranquilidad ideológica o mítica de quienes los encaran; tranquilidad que ha hecho raíces en aquello a lo que se aferra uno para garantizar la supervivencia. Sea esto real, y lo sea en un contexto dado, o acabe resultando, al cabo de la ruina de ese contexto, algo puramente imaginario... y por ende muy decepcionante.

En la novela, en particular, nos encontramos con la siguiente situación que, nuevamente, puede tomarse sólo como un intento muy imaginativo de una dictadura burocrático-política de corte stalinista (sin duda el modelo de referencia considerado y utilizado) en el límite, es decir, donde lo que se pudiera saber de su modelo habría sido extrapolado al límite. Winston y Julia, la pareja trasgresora, representa dos modos de oposición profunda y creciente al régimen, una oposición que se agudiza en la medida en que la trasgresión toma formas concretas (especialmente al fijar el refugio secreto). Al final de la primera parte, tiene lugar en el cuarto clandestinamente alquilado, un debate acerca de lo que se debería o no hacer para luchar efectivamente contra el Partido... y en ese momento Winston propone unirse a la hipotética Hermandad de la que nada sabe salvo que "lucha en contra" mientras Julia sostiene que la única lucha de importancia se libra mediante las trasgresiones intrascendentes, cotidianas, secretas...

La segunda parte empieza no obstante con la frase: "Al fin lo hicieron", que en el fondo adelante la respuesta de "los otros" (o "ellos") que sobrevendrá como consecuencia de la decisión que ha tomado la pareja, por lo visto de mutuo acuerdo... Lo que "hicieron" es ponerse a disposición de la Hermandad como militantes de base... quieren "hacer algo", no pueden seguir estando "callados" o mantenerse "pasivos"... hasta que un día los detengan sin más por sus "travesuras". Si tienen igualmente que morir o "ser vaporizados", si tienen que desaparecer de la Historia y del Pasado como si no hubiesen existido nunca, preferían que sea por una acción significativa, históricamente significativa, que deje o intente dejar huella en la posteridad... gracias a desviarla de su curso actual, gracias a salvar... "el pasado", por el que la pareja, a instancias obviamente de Winston, acabará brindando con O'Brien (no olvidemos la preocupación de Winston por la posteridad y la sensación suya de que en ese régimen y gracias a la visible inamovilidad basada en impuesta "mudabilidad del pasado", nada de lo que el pudiera escribir (y denunciar) tendría sentido dado que si la situación se perpetuaba "no le haría ningún caso", aunque tampoco lo tendría si cambiaba radicalmente porque "carecería de todo sentido para ese futuro" (1984, Ediciones Destino, Literaria, Barcelona, 2008, pág. 14 y pág. 39); una evidente preocupación intelectual (y sin duda de Orwell). Y, cuando el final se anuncia y por fin se precipita, será informado dos veces de que la situación es inmune a la denuncia y la crítica individual (ibíd., págs. 262-263) y que debe "perder toda esperanza de que la posteridad te reivindique" (ibíd., págs. 310-311). Ya desde un inicio, pues, se pone en tela de juicio la propia actividad del intelectual, incluida la de él mismo, claro. Y sin duda Orwell se refiere a su propio espacio-tiempo cuando se dice en realidad a sí mismo, en 1949, Winston mediante por supuesto:
"El Diario quedaría reducido a ceniozas y a él lo vaporizarían. Sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él hubiera escrito antes de hacer que esas líneas desaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usted a apelar a la posteridad cuando ni una huella suya, ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir físicamente?" (ibíd., pág. 39)
Y sin embargo... continua... y llevado de la mano de su propia idiosincrasia... marcha hacia ninguna parte. Sin duda, y este es uno de los descubrimientos intuitivos que más valoro de Orwell y que para la mayoría hoy sigue pareciendo secundario, la propia idisincrasia, el peso del aparador pesado de la propia obra (para usar el término que emplea Nietzsche en su Zarathustra), el amor propio en fin ligado a un perfil convertido en piel e indesprendible... manda. Sin duda, en línea con lo que ya expuse en la primera parte de este apresurado ensayo, como...
"...habló el noble cuando vio el plumaje de la flecha que lo había atravesado: no hemos sido víctimas de otra cosa que de nuestras propias alas" (Esquilo a través de Aquiles, citado de Sófocles de Karl Reinhard, Ensayos/Destino, Barcelona, 1991, pág. 18).
Ahora bien, O'Brien está dispuesto a admitir nuevos soldados para la causa que se supone lideraría el fantasmagórico Goldstein (alter ego de Trotski, que apenas si es un guiño literario a la realidad), ejemplo en todo caso del carácter fantasmagórico, eufemístico, imaginario de la lucha entre camarillas intercambiables que, si se sabe leer más a fondo, trascienden los marcos de las dictaduras de Partido Único. La oposición de la Hermandad no pasa de ser un espantajo útil a la propaganda del Partido Interior, del INGSOC, construido por los propios fabricantes de ideología (en realidad, no tienen ideología sino que la fabrican, la sugieren si acaso, se justifican en un discurso fragmentado e incoherente que no explica nada pero que sirve para hacer creer... qué son y qué no son; qué son, qué pueden ser y qué no puden ser... etc.)

Pero la puesta en escena, la caricatura, la copia imaginaria, exige ser fiel al original aunque no haría falta todo eso para cumplir con sus fines. Lo exige porque es una caricatura o una copia y porque esa es la Gran Burla a la que se debe condenar al disidente (esto lo podemos ver en el montaje teatral televisado en Irán recientemente, donde se monta un reality show de confesión cruento por parte de una mujer sumariamente acusada y condenada por adulterio y supuesto asesinato). Claro, tratándose de una organización clandestina extrema y dadas las circunstancias imperantes para la supuesta lucha, se requiere un comportamiento riguroso y una lealtad a toda prueba... Y la caricatura se vuelve inmediatamente equivalente al Partido de los viejos tiempos, al que fuera antes de la toma del poder... y que en completa correspondencia apunta a un futuro también equivalente. La caricatura es pues pedagógica: si Winston y Julia quieren acabar con el Régimen existente aunque sintieran que "Cualquier intento (...) tenía que fracasar" (ibíd., pág. 164)... tendrían que recrear otro idéntico. Si querían luchar en serio... debían luchar para que todo siguiese igual. Esta es la doble trampa del Régimen... una trampa perfecta en sí misma en tanto representa la realidad imperante y la única que puede tener cabida en el plano de lo imaginario (apunto aquí, de nuevo para ciertos lectores menos avezados: la literatura, el arte literario, no sentencia la incondicionalidad real, tan sólo la utiliza... pero, sin embargo, ella apunta a una perspectiva real, a una perspectiva que lucha por imponerse contra viento y marea... aunque sin duda, en los hechos, se la pueda ver naufragar -volveré sobre esto en la tercera entrega-).

Salvando las distancias (para que mis lectores no puedan objetar que no lo considero), es la trampa y la burla que en las democracias representativas impone el recambio político mediante la celebración de elecciones periódicas donde se asume la apariencia de que cada uno valga un voto...

Si miramos el problema descarnadamente y sin las vanas ilusiones que a la mayoría se les hacen necesarias para soportarlo, un régimen de esas características resulta casi omnipotente. Y esa es la vuelta final de la tuerca: Winston y Julia, al juramentarse hasta las últimas consecuencias (o casi, porque hay una pequeña salvedad que sin problema les será inmediata y fácilmente concedida: permancer juntos... y seguir ahondando juntos la violación de las normas establecidas, o sea, corroborando su culpabilidad), admiten desde el principio que los métodos y los resultados serán los de siempre. Y esto es también algo que vale cuando se acepta la validez o las supuestas bondades de la democracia representativa: admitir, justificar y, consiguientemente adoptar, que así debe ser, que sólo se puede luchar contra el régimen sobre las bases que les ofrece el propio Régimen... en el caso de nuestra pareja, por O'Brian, en su caso, un grado extremo de lealtad y predisposición al método de lucha para garantizar una acción eficaz. Que sólo un doble del Partido puede luchar y sustituir al Partido; un clon...

Pero El Régimen es más que un conjunto de normas políticas instituidas... también es su pasado, su evolución, su marcha previa en la dirección final, su resultado...

En el caso límite que se escenifica en la novela, observemos por otra parte el interesante hecho de que Winston y Julia responden ante todo al principio de la lucha en contra, donde el ideario resulta tan absolutamente secundario que apenas se comenzará a conocer, y sólo hasta cierto punto, en un segundo término (Winston no termina ni siquiera de leer lo fundamental, pero, además, las promesas de algo diferente, de una alternativa feliz, no parecen sino dejarse en manos de las propias ilusiones de los destinatarios de esa lectura). No puedo sino pensar que Orwell, de ese modo, insiste en la imposibilidad absoluta de otro mundo mejor que pueda ser distinto del de las utopías y las construcciones imaginarias irrealizables. Especialmente porque al habernos adentrado ya tanto en el horror, su institucionalización misma lo ha vuelto irreversible... creándose una situación en donde cualquier método revierta en el punto de partida.

Sin la menor posibilidad de retorno o de arrepentimiento y obviamente ninguna de participación crítica o creativa en el proceso, Winston y Julia se alistan en un ejército de hormigas para combatir un hormiguero y resultan doblemente condenados: en un segundo plano por ellos mismos, por su propia culpa, por desear ser ellos, en todo caso, parte del propio recambio.

Winston y Julia vislumbran con matices, una o dos veces, la supuesta salida... proletarizarse en el sentido concreto de adoptar laforma de ser de "los proles (que) continuaban siendo humanos" (ibíd., pág. 205), ya que "seguir siendo humanos, aunque esto no tenga ningún resultado positivo, los habremos derrotado" (ibíd., pág. 206; se entiende que usa "humanos" en el sentido mencionado en pág. 205) y convertirse en felices inconscientes, en unos niños a perpetuidad... y, en todo caso y a lo sumo, rebeldes, como propone ella, "burlar las normas y seguir viviendo a pesar de ello" (ibíd., pág. 164), ya que "Dentro de tí no pueden entrar nunca" (ibíd., pág. 206). Pero, más allá de que salir de ese mundo en el que parecen anclados les resulta al parecer imposible, no se pueden resistir a sus propios impulsos... revolucionarios, es decir, básicamente dictatoriales (o vamos a seguir diciendo que Lo Bueno es lo propio y por ello Lo Justo para todo el mundo... lo quieran relativamente unos o lo rechacen otros?) Y por eso aceptan todas las cláusulas del juramento de lealtad, inclusive la de estar dispuestos a las crueldades más abyectas y gratuitas siempre que les sean simplemente ordenadas.

Por añadidura, esa disponibilidad para "matar", "torturar", infringir daños gratuitos incluso a inocentes por excelencia y por fin estar siempre dispuestos a "morir por la causa" se compromete no sólo sin contrapartida alguna sino aumentando las miserias y los riesgos. Es como si sólo les hubiese bastado tener la perspectiva ilusoria de hacer algo en contra (y en ese sentido de actuar como seres sensibles, vivos y conscientes, sujetos de unos deseos sin duda eróticos... de los que parece estar empedrado el camino a los infiernos), de manera inevitable, aceptando incluso perder todo derecho a saber algo del propio curso de la acción a la que se suman de manera atómica, de sus posibles éxitos, de sus posibles fracasos reales... Es como la promesa de entrar en una sueño del que esperan salir alguna vez de repente con los desos cumplidos. ¡Esta es la mecánica cruel de la promesa! ¡Y ello les será incluso echado en cara; es decir, serán situados ante su propia imagen de míseros y débiles seres humanos, a los que, por serlo ni más ni menos, se les reserva un único lugar posible, el del infierno!

Y, otro hecho significativo y absurdo a la vez que inevitable, para ganarse la entrada en la conspiración, lo primero es la confesión de los delitos: "Somos criminales del pensamiento. Además, somos adulteros." (ibíd., pág. 211).

Sí: ¡una trampa rotunda!

Todo esto es aceptado y adoptado por la pareja, al unísono y sin vaciliaciones... salvo... separarse (lo que, dicho sea de paso, cuando la pregunta llega parece pedir una respuesta coincidente y coherente con el resto... lo que provoca un conflicto interno, especialmente en Winston, el personaje que representa una motivación cerebral detrás de su conducta, y por fin la coincidencia en la negación común... lo que también resulta de una forzada coherencia interna en Winston). Lo que resulta una pinceada maestra de Orwell es por fin la actitud alegre y condescendiente que manifiesta O'Brien ante ello. No sólo porque todo es un puro teatro donde las respuestas todas no son significativas y todas igualmente utilizables en contra de las víctimas (que ya estaban lógicamente en la mira del Partido y de su Policía del Pensamiento), sino porque sin duda, en un proceso revolucionario de tipo conspirativo... se pueden admitir ocupaciones no contradictorias con la idiosincrasia de cada uno de sus miembros... ("Haceis bien en decírmelo...", aceptará sin más O'Brien, ibíd., pág. 214); lo importante es la "perfección", la "competencia", la "laboriosidad" (ibíd., págs 226-227 y 236). Y dar las labores de asesino al asesino nato así como las de logística en la retaguardia al pusilánime... Todo puede servir a la causa, todo puede valer... Menos pensar, menos saber, menos criticar, menos dudar, menos no obedecer ciegamente... (ibíd., pág. 236)

Insisto y resumo: más allá de los detalles, lo que Winston y Julia aceptan es una militancia imaginaria que se basa en los mismos presupuestos (lealdad, fe ciega, desconocimiento, dogma, promesas de futuro...) que definen al Régimen imperante y a su Partido, y esto apunta a dos cosas muy significativas: no parece haber una alternativa sustitutoria, ni otra vía para producir "un cambio", que el método del enemigo; la segunda, el resultado final sólo puede ser algo tan parecido que sólo podrá resultar equivalente. Por ello, son devueltos al Partido, no del todo leales a lo Único que puede existir y donde se puede hacer algo... es decir, ser lo que son, sino convencidos de que nada que pueda llamarse vida pueda darse en otra parte ni a través de ningún camino... Incluso, que es en ese mundo donde, bajo las condiciones impuestas, está todo lo que se puede vivir y todo lo que puede ser amado... en definitiva y en síntesis: El Gran Hermano.

Ahora bien... ¿de dónde en definitiva saca Orwell estas conclusiones pesimistas? Tiene que ser y sólo puede ser, de su presente, del mundo que tenía a su alcance, que podía observar, cuya decadencia contemplaba y sufría en carne propia, cotidianamente...

Orwell, entendámoslo, no sugiere la existencia de un país donde se haya construido tal régimen rodeado de otros donde la libertad y la humanidad campearía, oponiéndose y asfixiándolo hasta que se rinda y libere al hombre allí encerrado de nuevo... No, en realidad el mundo de Orwell es todo el mundo occidental (para él el determinante, en ese sentido, adoptando el tradicional punto de vista marxiano, por ejemplo, al apuntar al rol destructivo de los medios de producción -pág. 243-; el mundo en fin donde se resolverá todo). Esto, como he señalado en el apunte, lo informa Orwell a través de la lectura harto exhaustiva que lleva a cabo Winston de parte del manual de Goldstein (es lo menos literario de la novela), a través del fantasma Goldstein, o sea, informar al lector más que dar fe de la supuesta ideología del personaje que aquel es por partida doble. En esa lectura hay a lo sumo una perspectiva de explicación que no se nos revela, ni siquiera a Smith. Nada de promesas, ninguna esperanza de alcanzar el paraíso negado por la realidad: tan sólo, insisto, una eventual elucidación de qué ha conducido a que las cosas llegaran a ser de esa manera... inevitables, inamovibles, casi... naturales.

Orwell, es evidente, observó esas causas naturales como formando parte de la propia democracia representativa de mediados del siglo XX en el que vivía (y gracias a la cual, o sea a sus fisuras e incompletitud, podía escribir y publicar... claro que siendo tergiversado y reducido a lo menos peligroso que pudiera ser), donde ya hacía rato (¡un par de siglos!) que las camarillas se sucedían unas a otras sin que se pueda cumplir nunca la voluntad del pueblo. Y esto menos que ayer y poco más que mañana, en todo caso con fugaces ramalazos de paz aparente y promisoria.

Esto, en el límite, es lo que Orwell denuncia, lo que lo lleva a un pesimismo sin alternativa (véanse las referencias al pasado, su presente y el nuestro en realidad, en ibíd., pág. 200, y en los textos atribuidos a Goldstein a partir de pág. 245) Su mención al uso de la guerra con fines de distracción y reducción del bienestar peligroso por su empuje hacia la democracia/bienestar (una idea falsa -anclada como acabo de señalar en el marxismo originario-, ya que no es necesario eso para ello, y porque responde la guerra a la continuación de la política de dominio interburocrático, sólo detenida por el equilibrio, como lo de los mosquetes demostró) y su reducción (marxista) a los planes oligárquicos de destrucción con fines de dominio, un dominio que asegura, a través de Goldstein, que se remonta al hombre primitivo ("neolítico" -ibíd., pág. 245-), abundan en la misma dirección: nada "nunca ha cambiado", generalizará caricaturesca pero también premonitoriamente (ibíd., pág. 246).

Y aquí asoma, más de hecho que de derecho, más de una manera ambigua y ambivalente que como parte y resultado del proceso, una realidad que en Orwell pesa a medias del lado del pesimismo y que sin embargo es decisiva, aunque no tanto causa, como se piensa sino como parte de la interactiuvidad, resultado y consecuencia al unísono. Se trata de la idiosincrasia de las masas (y su evolución a instancias de la burocratización y desarrollo tecnológico-industrial generalizados, un proceso que de todas manera no considero lineal ni mucho menos) así como de la idiosincrasia del estamento productor de ideas (intelectual) y su propia evolución, es decir, del conjunto del pueblo o de la ciudadanía, culaesquiera sea el nombre que se le quiera dar excluyendo o no a propios y a convenientes, todos ellos separados del ejercicio real del poder político o dependientes de unos representantes cada vez más ungidos como "únicos posibles" y que se conforman de manera estrictamente profesional (debiéndose añadir precisamente la evolución de estos últimos y de las instituciones que integran, gestionan y recrean).

Esas idiosincrasias no tienen sólo las facetas que Smith-Orwell valora o denosta respectivamente (bucólica la de las masas laboriosas en la cual pone toda su esperanza de futuro... hasta que no pudiendo asumirla no quede de ello nada; ilusa y conflictuada la intelectual; ultraseudoracional la burocrático-política, casi una máquina, casi hormigas de un hormiguero perfecto...). Tiene también la faceta de la debilidad y del deseo de justicia per se, de la exigencia de que alguien, Dios o el Estado, la administre y la establezca respondiendo a su mejor conveniencia dentro de "lo aceptable", y también la faceta del resentimiento y de la impotencia, todo lo cual forma parte inseparable de su idiosincrasia, realimentada y exacerbada de manera creciente a tenor de la marcha de las cosas (la complejización y la burocratización con su vida propia o autonomización relativa, incrementa la estrechez del espacio participativo de mil modos o mediante mil mecánicas confluyentes) y todo lo cual, por fin, los lleva a soñar con una tiranía buena, justa, virtuosa, redistribuidora... ¡para cada uno!... lo cual hace cada vez más utópica, lejana, imposible su advenimiento... o, en otras palabras y de manera obvia, reduce las alternativas, como el 1984, a una sóla, precisamente, a.... "la adoración del Gran Hermano", definitivamente institucionalizado, definitivamente tiránico...

Claro que esto tampoco es sencillo ni un resultado garantizado... Siendo los tontos los que resultan listos en esta historia, justo es señalar que no hay lugar para una reducción al hormiguero perfecto ni a la necesaria racionalidad maquinal demoledora e inútil. Pero del optimismo, que excede a 1984 y allí brilla por su ausencia, les hablaré, como ya he dicho, en una tercera y última entrega.