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lunes, 11 de mayo de 2020

De los usurpadores mediocres de dios




   A cada rato me encuentro con situaciones que reavivan mi desazón, que me llevan a inclinarme hacia la tristeza (cuando podrían) en la que a la vez no acabo de caer gracías a la escapada (creo que vital) que me permito hacia la indignación; una indignación a veces furibunda, otras, las más, tan reflexiva ella (claro, otra manera de soslayar tanto la tristeza como los feroces impulsos combativos... "la conciencia"... en exceso o poco menos, la "certeza" que, anclada en una experiencia reiterada, insoslayable al parecer, una y otra vez alimentada por esas "situaciones" a las que he empezado a referirme aún en abstracto, en suspenso a cuenta de esta digresión a lo que siento ante ellas, muchas, demasiadas... sí, que encarnan y reencarnan, que saltan sobre mí, aumentando esa "certeza" en que cada vez serán más y peores porque no hacen mas que reproducirse, que inundar, que ahogarme a mí y creo que a varios, quizá bastantes, más...), tan de este modo reflexiva, que en el fondo no hace sino invitarme a callar, a huir, a dejar de saber más de lo que está pasando a mi alrededor, al mío y no en el fondo a la totalidad del mundo que globalmente no se entera de que esas situaciones se multiplican, cabalgando sobre todos e influyéndoles empero, creyendo así poder evitarlo. Volveré sobre este punto, quiero decir, al respecto del efecto que me producen esos hechos y por qué entiendo que me empujan a arrinconarme, a dejar caer "la pluma" como se decía cuando estas se usaban. Insisto: que me empujan y no, como algunos dirían sacralizando una supuesta "voluntad", "electividad" o "libre albedrío". Se trata para mí de una respuesta, tan mecánica, o instintiva, a esas situaciones, como todas las reacciones humanas en general, sean o no para muchos sublimes o despreciables, admisibles o repugnantes. En este caso, las que digo que me mantienen, a mí, a mitad de camino entre las varias reacciones posibles, todas inconducentes, dejándome en el aire, sin suelo sobre el que fijar el rumbo.
Esas situaciones (empecemos por develar de una vez el tipo en el que se resumen) vienen de la mano de ese para mí terrible y trágico poder de la Razón para lograr reunir en un discurso y ordenar mediante él, hipótesis contrapuestas entre sí, y así llevarlas a un estado falso, confuso pero efectivo (volveré también sobre esto) que no sólo es construido por convicción tanto como por vanidad del discursan o del escritor, sino que es buscado por "el público que lee" y por los gestores de los textos que ellos entienden que ese "público" busca, unos y otros en una complicidad que se realimenta y va produciendo su propia multiplicación ad Infinitum.

   Puedo reconocer que no haya posibilidad humana alguna que nos permita ofrecer "la última verdad", y que esto de lugar a esos discursos y a esos textos contradictorios y por fin desconcertantes que, pese a ser "buscados" como se buscaría "la última verdad", acaban siendo incomprendidos mediante una también falsa y distorsionada comprensión que los reduce a lo que ya le susurraba a cada cual su demonio. ¿Cómo pedirle a nadie, ¡cómo pedirme!, que se le pueda llegar a proponer a otros una claridad definitiva, capaz de resolver todas las grietas del camino de la vida? Todo lo que se aproxime a esas respuestas no podrá sino encontrar la nada, el vacío, la autoconmiseración; a reconocer ante los demás esa incapacidad que no ofrece guía maestra alguna porque no lo puede ser para el propio enunciador. Y aquí estamos pues ante el rechazo del que ya hablaba Sileno a Midas: el rechazo a comprender que lo mejor habría sido no nacer. Ah, lo que no significa "corregir el problema" mediante un acto suicida, ya que eso no evita precisamente el haber nacido y por ello tener que actuar incluso para darse muerte, para sufrir hasta el último aliento, para morir asustado, sino todo lo contrario. Se trata de aceptar que una vez vivos no nos quede otra cosa que vivir. Se trata, en un segundo paso, de aceptar que esa vida es por lo tanto un sinsentido en sí misma (incluso si se entendiera que nos fuera impuesta por un Dios... o por la casualidad). Se trata en un tercer paso de aceptar que cada una de los actos y quehaceres que asumimos o que nos vemos obligados a realizar a pesar nuestro, son actos gratuitos, exentos del "valor" sublime que no dejamos de buscar y encontrar, de tomar como ciertos para seguir viviendo con una cierta calma, es decir, con esperanzas en una salida, en una liberación, en, al fin, poco más que una nueva fase que nos ayude a continuar o que nos vuelva a frustrar... y así a volver a esperar (a volver, precisamente, como vuelven Estragón y Vladimir... a esperar a que nunca se presenta ni se presentará, ni junto al árbol que invita a ahorcarse ni en ninguna otra parte). Se trata de las mil y una maneras de cumplir con la condena a la que nos llevó un nacimiento no-autista, un nacimiento como seres que acabarán por alcanzar la edad de la razón. Y todo eso... es demasiado duro, demasiado pesado. Es mucho mejor seguir volviendo, seguir yendo a ver si esta vez se presentará Godot con la respuesta, porque, en realidad, al no haberlo hecho "aún", cómo asegurar que no se presentará nunca, que no vendrá al día siguiente, alguna vez? Hacerlo es sin duda propio de una vanidad estrepitosa, de una autosuficiencia exclusiva de Godot, de un usurpador. Porque, si sabes eso, si crees firmemente  que los hombres ya han sido frustrados las suficientes veces como para dar por inútil su búsqueda, que volverán para nada, "autoengañándose sin más" (como se diría autoproclamando la propia justeza y yo mismo podría llegar a decir al dar por fehaciente mis propias convicciones)... es que lo deberías saber todo, y podrías decirle a la humanidad, en cuanto quisieras hacerlo, algo mucho más efectivo que lo que dijo un simple fauno a un rey; justamente, lo que se busca y se pretende de la palabra de Godot.

   Pero, claro, la carga de la reflexividad tiene por lo visto su propia incontinencia. Si damos por válido (como hoy nos inclinamos a hacer a tenor de su mecánica misma) que el cerebro humano es un resultado impuesto por la vida como un arma innovadora que pueda garantizar ni más ni menos que su continuidad, debemos reconocer que se extralimita sin alternativa, a pesar precisamente de la vida que no piensa ni se lo habría podido por lo tanto esperar: la conciencia reflexiva, nacida en el curso de la evolución, se le ha escapado de las manos por así decirlo. Debía estar al servicio exclusivo de la supervivencia... pero no sólo lo está, sino que se lo cuestiona; quiere, como la planta de origen misterioso de la Tienda de los Horrores, "saber más", saberlo "todo".
Y aquí enlazo todo este circunloquio con lo que a mí, a mi desbordada reflexividad, a mi tendencia a la locura, me "desquicia", me "abruma" más precisamente, me mantiene entre la tristeza y la indignación, entre el silencio y la rebeldía... ¡Las situaciones o hechos en los que veo, en los que siento (yo, a saber por qué misterio), esos espectáculos de la incongruencia, para mí lacerantes, donde, en medio de la pista y ante gradas nunca muy abarrotadas, se ha situado por derecho propio, sobre un tonel a modo de pedestal, un sofista (ni siquiera un filósofo esforzado en dar coherencia a su discurso a base de un apriorismo cualquiera... que le servirá para sostenerse en pie), un sofista que llega a veces a dominar la retóricia (y a veces ni siquiera eso) y que, tomando piezas sueltas halladas a lo largo de su camino, sostiene "la verdad"! Piezas entre las cuales hay un cierto número de conclusiones derivadas de la propia experiencia (reforzada mediante el encuentro con la ajena merced a la lectura)... pero también otras que contradicen a las primeras y, ¡ese aquí lo que creo y por lo que me arisco a apostar!... no se derivan de experiencia alguna sino... de la asunción de que se debe conservar el engaño en nombre de la propia felicidad, propia y de sus feligreses carroñeros, esos que no pueden comprender lo que dice sino a trozos, a mordiscos, quedándose normalmente con lo peor, las vísceras  aún pestilentes. Queda así montado el espectáculo circense de la actual intelectualidad y sus lectores, la sofística contemporánea que, como la antigua, como decía Eutifrón (lo cito de memoria y mediante una malintencionada reinterpretación, y no textualmente o según una determinada traducción puesta a mi alcance del correspondiente diálogo platónico que llevara el nombre de ese personaje precursor): permite vivir del cuento, y tanto al futurólogo (y casi astrólogo) como a su público, tanto al usurpador mediocre de Godot como a Estragón y Vladimir.
La reiteración de este resultado que suele frustrar tanto a los idílicos “mejoradores del mundo” para acabar quedándose en la queja contra “la supina idiotez” del “pueblo llano” y la “increíble astucia” de los “listos” que lo engatusarían, muestra en realidad ser fruto de una confluencia momentáneamente cómplice y por fin siempre “traicionera” (igualmente derivada de la frustración).
Esta complicidad ha sido dada, en general, sobre la base de la impotencia inevitable (hasta ahora si se quiere conservar alguna suerte de esperanza utópica) de ese “pueblo” para autgibernarse o para encumbrar un “sabio” guía que los pudiera contentar, algo que más allá de la mascarada propagandística no se les ofrece desde tiempos inmemoriales.
La oferta pública y efectivable está de por sí restringida a las camarilllas largamente organizadas y estructuradas entre las cuales los electores pueden optar según sus intereses (a los que se han condenado en función de sus respectivas actividades dependientes).
Intereses a su vez aparentemente contrapuestos según la lectura sociológica que predomina, pero que una vez más reproduce la situación global en la esfera menor que la constituye: la empresa, el negocio, la institución, el gremio... En cada uno de estos ámbitos vuelve a darse la división complica que obliga a los débiles a ceder la dirección a los poseedores de recursos o a quienes se atrevan a hacerse con ellos.
Qué podríamos considerar sustancialmente que ofrecen los menos a los más en cada caso y que logran o creen lograr los más manteniéndose en la dirección de los negocios respectivos? Podemos pensar en que tanto unos como otros buscan conseguir a su manera cimentar hasta dónde les resulta posible en el tiempo y mediante las triquiñuelas que tengan al alcance, otra cosa que la supervivencia antediluviana?
No es precisamente sobre esta base que los menos chantajean a los más y los más consienten ser amparados a la sombra de los menos?
No es sobre esta base sobre la que se alza el dogma de cada época y cada estructura social se amalgama?
Si es la voluntad o instinto vital, multiplicador y transmisor de las características de cada individuo por todos los de la misma especie, la última motivación prevaleciente, y queremos ir más allá de una enunciación a fin de cuentas vacía, pura cobertura abstracta que si se la toma de manera operativa nos deja sin respuesta y nos lleva al mismo callejón sin salida que cualquiera de los dogmas posibles, démonos adentrarnos por debajo de una máscara tan simple, de darle forma concreta, lo más que sea posible. Esto en el marco de lo humano nos obliga a considerar la mediación a que da lugar la manera a la que apelan los individuos para realizarla de modo que consiga evitarla precisamente para que pueda cumplir su cometido último. Esto es así porque para el hombre es imposible el sencillo comportamiento animal que se contrapone con la propia experiencia, que lo muestra poseedor de una diferencia prácticamente inadmisible, de modo que opta por operar una serie de sustituciones y concatenaciones imaginarias.

Una lectura atenta y distante en todo lo posible de “lo que se admite globalmente hoy” muestra la carga determinante de los diversos puntos de vista previamente asumidos (especialmente esa “mirada global/presente).
Es como la admisión de la geometría de Euclides a partir de los previos axiomas o demostrables.
Nietzsche ya señaló respecto de la mecánica que sigue la ciencia (ella misma ya de por sí preadmitida como Referencia Absoluta): “se esconde primero algo entre los arbustos para luego ir a encontrarlo”.
Todos los puntos de vista se autoavalan de modo que hay que tenerlos en cuenta cuando se leen todas las “conclusiones lógicas”..

Bueno... no se trata tanto de un Sistema Estable sino de algo disponible que a mi modo de ver es un “resultado” o consecuencia” muy diferente con (por ejemplo) la instauración de los hornos crematorios y la industria de la muerte nazi. Aún cuando les sea conveniente “de paso”. Lo cierto es que no saben como manejar la complejidad social que tiende a desbordar haciendo añicos todos los planes... Es una máquina en marcha y no un “arma conducida” lo que significa que no la fabriquen por el camino.
El problema del discurso de Foucault por otra parte, tiene debilidades a mi entender al no haber acabado de deshacerse del lastre “econimisista” que fundó el marxismo como “base” del historicismo del que arrancó su doctrina (Hegel). Yo pienso que las causas están más atrás de “lo económico”. Creo que todas esas atribuciones a causas absolutas son dogmáticas y reduccionistas y que cada tanto acaban siendo sustituidas por otras según se van complicando y avejentando.

Lo leí diagonalmente y lo volveré a leer con más calma. Por lo que alcance a ver hay de hecho al menos referencias a los trabajos de Míchel Foucault que analizó el proceso de control del poder a través de un orden sobre la salud, la educación y el sistema penitenciario. Yo también creo que lleva a un totalitarismo que cada vez será más irreversible aunque no creo que el proceso llegue a concretarse por completo esta vez, aunque dará un paso de gigante sin duda.
Justamente llevo dándole vueltas a la trampa en la que fue inevitable caer al escoger “la ciudad” en vez de “la jungla”, es decir, a buscar la comodidad y la seguridad. Estoy además girando en torno a la idea de que tras la “muerte De Dios” y del más allá posmortem, se pasó de una esperanza en la inmortalidad a través de la muerte (paraíso/infierno) a una pura aspiración “más modesta” apoyada en la medicina (la tecnología de la salud) de prolongar al máximo la “vida del cuerpo”... pero tengo que seguir desarrollando algunos detalles.

El desvergonzado e irrespetuoso peso de la servidumbre política por encima del más mínimo “rigor” académico  se evidenció hace poco de manera flagrante hace unos meses en un evento supuestamente intelectual (por honesto). La anécdota me parece una vez más ejemplar:


La violencia es congénita a la vida (al “movimiento”, como decía Tucidides con la resignación sensata del que sabe que no puede ir más allá de la descripción de un mecanismo). Nace a la vez que la necesidad de la vida de abrirse paso a través de lo ya establecido antes de su aparición, debido a una violencia anterior que se volvería a aplicar al resistirse a ser alterada. Lo comprendo: esa es la mecánica; así funciona todo, que es inevitablemente ignorante de los sueños de la razón acomodada (la del mundo establecido a través de los ocupantes preexistentes que ha conseguido  un lugar que terminan viendo amenazado). Lo comprendo, pero rechazo la emergencia humana del placer morboso de los asesinos que matan por algo más que po r dinero o poder –en el fondo, seguramente todos–; de los violadores que buscan incluso causar dolor y dan lugar en todo caso a perturbaciones inolvidables; de los verdugos que se relamen con la sangre que gotea de la cabeza cortada, del rigor mortis del ahorcado, del suspiro del gaseado, de los temblores finales del electrocutado; de los guerreros de profesión o los soldados que se justifican en nombre de la patria –hasta sentirlo como una profesión–; de todos ellos, que eligen el trabajo que les permite prolongar la infancia en lo posible protegida, impune gracias a las necesidadres del poder al mantenerse o para ser conquistado. Y a los demagogos que sacan o tratan de sacar partido del caos sangriento y humeante que promueven escondiendo la mano o justificándolo. Y que, al hacerlo... je... me lleva a esperar  ayuda (idílica mente, porque sé que no responderán a mis sueños sino a sus pesadillas: difícil no apelar a lo que se tiene a mano estando dominado por la desesperanzada debilidad) de las fuerzas represoras, tanto mediante la educación coercitiva como de los palos patriarcales –familiares o estatales, es igual– y que a la vez rechazo,; aunque, sobre todo, de la igualmente idílica multiplicación paralela de la sensibilidad, que también es humana y... en el fondo, narcisista y miserable... pero que al menos dejaría a los demás en paz, ignorándolos u ofreciéndoseles en sacrificio hasta el límite particular de cada cual. Rechazo desde mi propio sentimiento de sensatez y perturbación los impulsos de destruir por destruir que no es sino un paso hacia la reconstrucción –y si no, vease en el límite el caso de las grandes guerras–. Rechazo la vergüenza que esconden los inescrupulosis (lo hizo incluso Hitler al ocultar todo lo que pudo las cámaras de gas y los hornos crematorios, lo hizo Stalin, etc.) tras justificaciones diversas, sobre todo de “la necesidad” de su función y del “deber”. Comprendo el resentimiento infantil basicamente inevitable, pero no que se enquiste en el adulto y salga con furia y crueldad descontrolada  de la larva en busca de una falsa satisfacción por el dolor ajeno, la impotencia, la degradación de los otros (como incendiar o barrer con ametralladoras un granero lleno de gente viva que no puede escapar; o gasearlos en unos supuestos baños colectivos; o cercarlos por el hambre hasta que mueran de inanición; o agotarlos por medio del trabajo sin descanso y los latigazos para "liberarlos" o "reeducarlos"; etc. Contra ello, pienso en otra posibilidad idílica que se tergiversaría a cargo de quienes la pusieran en práctica: el exterminio, la vaporización, la limpieza radical de todos ellos, la pena de muerte que frenaría sus impulsos a ir en busca del supuesto paraíso que de todos modos nunca  podrían llegar a conseguir y con el que nadie les podrá impedir ni disuadir de soñar si se lo permitieran, lo que no hacen para evitar la frustración que los paralizaría, que los haría verse como víctimas.


(Continuará)

martes, 18 de octubre de 2016

Ulises y Dédalus, la sucesión (2)

Dédalus va en busca de su padre tanto en Homero como en Joyce. En la Odisea, para comprobar si vive, esperanzado ambivalentemente en ello y en que lo encontrará, es decir, si ya puede sucederlo: eran tiempos en que se cuidaba muy abiertamente la continuidad cíclica (en el sentido que indicara Eliade con Frazer), y tiempos en los que predominaba un explícito sentido moral y de consolidación de la identidad grupal, que impregnaría notablemente la Odisea y la distingue de la novela que vendrá mucho después. En el Ulises de Joyce, lo que ese seguimiento callejero viene a reconocer es que ya queda poco menos que la mezquindad cotidiana... de la que Joyce hace una enorme farsa... llena, además, de trampas para los "especialistas" en desentrañar "mensajes racionales".

El Dédalus de Joyce es el huérfano que quiere ser adoptado, la juventud que muere y de la que tanto Leopold como Molly quieren apropiarse.

En la leyenda de Edipo, el rey quiere acabar con ese peligro para durar, en lo imaginario, eternamente. Joyce quiere durar, en lo imaginario y en el imaginario de dos siglos, eternamente. Por eso..., para eso..., escribe y hace trampas, miente, engaña, enreda, teje de manera alambicada, para que lo tengan que descifrar..., para garantizarse que lo tengan que descifrar (lo reconoce él mismo, o en todo caso insiste en ello por si acaso...).

La sucesión que expone (más o menos, como no pudo ser de otro modo) Homero, responde al mismo dolor por la existencia y su perentoriedad, pero ahora hay un descubrimiento: después de tantos viajes de ida y vuelta, el ser humano ha visto la insignificancia de la significación, algo así como la proximidad de su agotamiento. Como si el escritor colectivo que es la humanidad se encontrase de repente ante la hoja en blanco. Y esta "certeza" parece cada vez más difícil de negar, olvidar, diluir o encubrir. Por eso queda huir, ya hacia el autismo, ya hacia la fe ciega, en la que nos reduciríamos a instrumentos de esta, tenga la forma "religiosa" o la "ideológica", la de "la tradición" o la de "la revolución", la del "hombre eterno" o la del "hombre nuevo".

Por eso, la inmortalidad ansiada (o, más bien, la sistemática voluntad de retrasar la llegada de uno al borde de la muerte, llegada que esa voluntad pretende ver invertida, como "llegada de la muerte", como "su visita inexorable"...) es ahogada en vino. Y vino, es decir, embriaguez, es tanto la escritura de unos como la temeridad de otros, el pensar tanto como el comerciar...

Así, tal parece que lo único que ha cambiado al respecto de la transmisión es el volumen de simbolización acumulado. O el volumen de lo que se ha dicho y repetido de mil modos...: en definitiva, la acumulaciñon de lo que Borges diera en llamar –consciente justamente, como pocos, de lo señalado–, "enunciados de metáforas", los cuales conformarían ese entretejido que seguimos deniominando Historia como si de un proceso "objetivo" en marcha, paralelo o derivado del que seguiría "el universo", se tratara. Fieles aún a los mitos de los que al mismo tiempo desconfiamos... hasta irnos deshaciendo en la orfandad sin referencias.

Una acumulación, en fin, que parece estar agotando la inteligencia y la capacidad de imaginación humana, acosada por esa conciencia que produce, debilitándola para resistirse a reconocer su peso hasta que, próximos al  límite, comience a darse relativamente por vencida, en muchos casos hasta llevar a los más débiles a tirar definitivamente la toalla... y resignarse, resignarse a vivir de grandezas cada vez más mezquinas.

martes, 20 de septiembre de 2016

Despotricar contra lo inevitable (o "blasfemar") es a lo que estamos condenados

Sé por anticipado a qué miseria me va a llevar esta reflexión. Lo sé hasta tal punto que estoy por desistir de remontarla y, más aún, de exponerla... Pero, ¡qué demonios!, yo tampoco puedo renunciar a embestir...


La clave del problema es que, pese a que la reflexividad nos confunda, no hemos elegido nada: ni haber nacido, ni haberlo hecho en este mundo, ni disponer de instintos que nos lleven a aferrarnos a la vida en él, ni de privilegiar unas herramientas de supervivencia relativas, con las que hemos sido munidos, sobre las demás que podríamos igualmente adquirir. Claro que sin la reflexividad... no lo sabríamos, como aún les sucede a esos seres que llamamos animales y en los que no obstante estoy seguro de que a veces algo chisporrotea aunque sólo sea de manera efímera, lastimosa, inasible... a instancias de su "rudimentario" (pero prometedor) sistema nervioso. Sí, la reflexividad es la que convierte el hecho en problema, lo que pone de relevancia la clave de sí...

En cualquier caso, la propia lucha básica a la que nos empujan nuestras dependencias tiende a alejarnos de la resignación, es decir, nos conduce a sublimarse hasta convertirse en una lucha infructuosa llena de idílicas conquistas y por fin a la blasfemia, a las demandas que dirigimos a un dios ultra supremo contra el dios que nos impuso la realidad. Por lo general, buscamos los puntos aparentemente menos sustanciales o máximos, aparentemente más posibles de "enmendar", las pequeñas reformas que harían más amable (para nosotros) este mundo y esta vida..., pero eso no es más que un subterfugio, una invención para ignorar lo que en el fondo sabemos (de no ser así no tendríamos por qué negarnos a la "locura" del "blasfemo integral" o "sublime"): que no nos podemos resignar... porque, sencillamente, no podemos aniquilarnos y dejar el mundo a su deriva. Y no podemos hacerlo porque así hemos sido constituidos en correspondencia con lo que nos precedió. Más aún, por si fuera poco, porque así hemos sido adicionalmente educados: para el reforzamiento complementario del instinto –garantía de la multiplicación–, del que no nos fiamos, contra el que mantenemos una cierta distancia porque lo consideramos culpable junto con toda "la realidad", una desconfianza necesaria que nos permite vernos "por encima" de ella, por encima del mundo y de la vida, amos potenciales del universo, esa promesa del dios que nos hemos inventado y cuyo cumplimiento precisamente demandamos. Cerrando el círculo de la locura que aparenta no serlo. 

Así, algunos entrevemos la imaginaria, igualmente idílica salida que Pascal Quignard (*) reivindica haciendo referencia al antiguo pensador chino Chuang-tsé que proponía –¡por escrito... o de lo contrario Quignard o yo lo tendríamos que haber inventado sin referencia alguna, sin "el ejemplo" no consumado!– "vivir invisible en el fondo del callejón"... pero con esa astucia que como a una considerable porción de pensadores equiparables (un puñado de ellos citados por Quignard): "supieron inventar una forma implicante" (ibíd.)

Así es, acariciamos el silencio, el anonimato, la rareza, la incomprensión, la marginación..., sin dejar de buscar revertirlo, sin dejar de... "blasfemar"..., sin lograr resignarnos de verdad y dejar de dar gritos de socorro y embestir como los jabalíes ("singliers") –la porción de pensadores equiparables que Quignard cita–, fieras indómitas y solitarias.



(*) "Ultimo reino", en particular: "Los desarzonados", véase el capítulo XCV que abre paso al siguiente, titulado "Hay que recazar la mirada de los otros", o "Morir por pensar", capítulos XXXI (donde enumera a los blasfemadores) y XXXIV (donde citta a Chuang-tsé).

jueves, 7 de noviembre de 2013

La peste


Un día como hoy, la vida y la producción intelectual de Camus se vieron repentinamente interrumpidas, según muchos dicen... "prematuramente", por un accidente de coche. Esto bien puede ser atribuido al "absurdo" sobre el que Camus reflexionara hondamente y como el hombre que ha dejado de creer en el destino y los dioses siente y en todo caso piensa. No obstante, el accidente y la interrupción de su "carrera" de escritor y pensador sólo puede ser atribuidos a mi entender a la carretera, a la mecánica, a la imprudencia de quien fuese, etc., en diversas proporciones...; algo a lo que cualquiera está sujeto en estos tiempos del mismo modo que en la antigüedad lo estaban a las batallas y las riñas (que hoy perduran, claro, y también pueden ser causa de accidentes mortales), o la contracción de enfermedades, de, precisamente, "La peste"; o de la concurrencia entre las muchas posibles de tiempo, situación y presencia. El "absurdo" es en realidad otra de las tantas construcciones simbólicas de "última instancia", una "causa primera" que sustituyó y puede aún sustituir al "capricho divino" al que apelarían los creyentes; lo que, como "la peste", "se esfuerza en sorprender". En fin, uno más de los tantos absolutos erigidos por la orfandad del hombre para darse una explicación causal que le permita ocupar una posición de privilegio a sus ojos respecto de los demás componentes del universo, de los que tan distinto se siente..., en relación a los cuales se entiende tan especial... y necesita sentirse y entenderse. Y esto se hace especialmente notable cuando se trata de un intelectual, cuando la necesidad de diferenciarse de todo lo demás, desde las partículas elementales hasta los simios, toma la forma más excelsa de la "dignificación", en donde el cuerpo, arrebatado por la muerte y retirado como apoyo de la vida reflexiva (que es la que se siente perder), es despreciado, y los productos de la imaginación y de la reflexión son considerados manifestación del alma y de lo divino; como... "el conocimiento y el recuerdo", por nombrar los dos productos del hombre mencionados por Camus, lo que consideraba con dudas que fuese "Todo lo que el hombre pueda ganar..." y "Es posible que (...) Tarrou llamaba ganar la partida". Lo que, "vencido el plazo" del "terror", sirve para "negar" que seamos "aquel pueblo atontado del cual todos los días se evaporaba una parte e las fauces de un horno, mientras la otra, cargada con las cadenas de la impotencia, esperaba su turno".

Camus, haciendo equilibrio sobre la cuerda tendida sobre la nada, por la que había logrado hacerse un hecho hábil funambulista, habría tendido, o algo más, a atribuir al Absurdo su propia muerte estúpida (la más estúpida posible, según él mismo opinaría antes del accidente, antes de suponer que lo sufriría él mismo...), aunque por momentos acariciaría la nada y de haberse realmente separado en el instante de la muerte su alma de su cuerpo destrozado y entreverado con lo inerte y lo artificial del coche accidentado, esa alma habría podido reflexionar hasta el extremo de reconocerse... como nada "digno" de alguna "extrema distinción", como, más allá como siempre de las intenciones esperanzadoras y alentadoras que nos damos todos, dejó de este modo documentado mediante una frase puesta en boca de su personaje, Tarrou:

"... ¡qué importa!, la muerte no es nada para los hombres como yo. Es un acontecimiento que les da la razón."

Y para concluir que sólo nos queda un recurso disponible para alcanzar la paz: "la simpatía"... lo que, de todos modos, no le había "servido de nada", ya que encontraría la añorada paz "sólo (...) en la muerte, cuando ya no podía servirle de nada" (es decir, satisfacerlo a ratos).

Porque Camus, a fin de cuentas, "Siempre quiso salir", y en eso, yo, me siento unido a él y a tantos otros, "olvidados" o, de manera equivalente, tergiversados.



domingo, 6 de octubre de 2013

Paralelos de la muerte (ante la igualación que escenifica la burocracia dominante con sus puestas en escena)


Hoy los muertos pueden ser igualados entre sí mediante la constitución de un espectáculo de feria. O pueden ser por el contrario bien diferenciados por decreto.
 
Un grupo de infelices apelotonados desborda una de las periódicas embarcaciones esperanzadas, frágiles hasta la temeridad, para huír de la penuria hacia adelante sin pensarlo dos veces, tratando de no tener demasiado miedo a la vista del casco semihundido por el peso excesivo. El mar no está ese día para cabalgatas arriesgadas, de modo que, tras hacerla corcovear hasta los vómitos y las magulladuras, agravando la debilidad de los ingenuos, hace naufragar a la barcaza. No todos sabían nadar, lo que hace aún más notable el grado en que contaban con la ayuda de los cielos, o el grado en que haber embarcado a la buena ventura era una apuesta inevitable, edulcorada con promesas que era preferible creer; la apuesta al todo o nada, ¡al todo... como si lo que habría de llegar después mereciera ese nombre! O, simplemente..., el grado en que sólo les quedaba la sombra de la esperanza en el atardecer de los tiempos...

Los imagino como meros arbustos arrancados de la tierra, a un instante de secarse por completo y exhalar por última vez, sometidos al empuje de un viento que calienta y salpica una peligrosa espuma a modo de advertencia. No sabían que el mar podía ser tan furioso, ponerseles tan en contra... Además, les habrían dicho: hoy está en calma, es como un lago... Habían conocido el viento del desierto, que disparando fina arena produce pequeñas y sistemáticas heridas en la piel cuarteada... Y de ese modo habíaní llegado hasta los muelles de salida, donde los espera una barcaza que realiza las esperanzas de la mafia que organiza esas travesías a voz de folletos de paraísos factibles y que da para vivir a los timoneles que no se quedan sino que vuelven para seguir trabajando, y que de todos modos... saben nadar (¡es una exigencia del trabajo que figura en sus “currículums”!). Y, last but not least, todos los burócratas vinculados a los diversos poderes de la tierra...

Y se suben a las barcas, y se apretujan en las barcas, que parecen aguantar...

Tal vez supongan un futuro, tal vez el sueño se resquebraje por momentos, pero ya no hay una elección, ya han entregado todo lo que habían reunido para cubrir el billete al paraíso, y lo decisivo es el destino que está delante hacia el que empuja la fuerza del viento y el derrumbe del pasado detrás, que cae a los abismos, a la nada...

Y cuando el mar los acoge, lo que despierta con el miedo que se ha ido fraguando al vaivén de las olas y las salpicaduras saladas es justamente lo que ya se ha quedado sin otra oportunidad: el instinto, incapaz de sobreponerse de nuevo. Y el sueño se ahoga.


domingo, 28 de abril de 2013

La usurpación de la literatura y unas alas muy y hasta demasiado grandes de ángeles en vías de extinción

Hace unos días le pedí a una "escritora" (de cuyo nombre no quiero ni debería seguir recordando) que conocí ocasionalmente su opinión acerca de un brevísimo texto mío al cual le tenía singular cariño. Se lo di a leer, ingenua e inútilmente (la utilidad tiene aquí el sentido de siempre: útil según mi mundo simbólico, mis deseos, mi magia...), por creerlo uno de mis mejores (de los cortísimos), movido por aquella antigua (medieval) manera de sentir que embargara en su día (siglo XI) a un poeta (y abad, esto es otro... "funcionario poeta" o, más propiamente, otro "poeta desdoblado" de su época) que se llamó Baudri de Bourgueil, a saber:
"Hoy te confío mi librito en su totalidad para que lo leas con atención, para que lo mires con cuidado. (...) Ojalá Ema, con sus labios de Sibila, pueda responder a mi demanda; ojalá pueda leer a fondo, alabar, corregir, completar."
O también:
"Entre amigos, los intercambios mutuos son de gran precio, es el reparto lo que anuda las amistades"
Y en esta línea hay más (las citas están tomadas de "Inscribir y borrar" de Roger Chartier) y, porque quede claro: cuando el poeta habla de "amigos" se refiere en sentido estricto, casi como sinónimo, a "escritores".

Ante mi insistencia (ya que de entrada lo había "soslayado" -sic-) me hizo una observación que habría podido ser tomada en consideración... siempre, claro, que compartiese la idea de que uno debe o aspira a llegar a todo tipo de lector... Pero tuvo la indelicadeza de añadir algo más, a saber, unas recomendaciones impertinentes y soberbias realizadas, en fin, desde las alturas de su genio y de su éxito... de que...  me dispusiera a "aprender" el (o sea, su) oficio..., la manera concreta o efectiva en la que realizaba su perfil socio-profesional (en realidad, en ciernes). Un atrevimiento que lógicamente contesté dándole a conocer la crítica a sus "redacciones" que a mi turno yo también había optado por no dar a conocer... acompañada de la correspondiente recomendación de que debía esmerarse en aprender a leer algo más que a sus amigas superficiales.

Sin duda tuvo cierta razón al contestarme luego textualmente:
"La diferencia es que yo no te pedí que leas nada mío, ni mucho menos que me des tu opinión."
Obligándome así a reconocer que el error había sido mío al atribuirle un valor que en el fondo no le daba. Claro que el que no hiciera desde mi punto de vista literatura propiamente dicha sino sólo descripciones de hechos como aquel del "señor muy viejo con unas alas enormes" del que ya hablé en otra ocasión, no me pareció que implicaba necesariamente una incapacidad lectora ni una incapacidad para apreciar textos que no fueran los de su estilo.

No obstante, en la respuesta hay algo más, y mucho más significativo que la anécdota y los nombres. Me refiero a lo que, como intentaré demostrar apelando al bisturí más incisivo que dispongo, es toda una muestra antropológica de nuestra actual realidad histórico-social.

Su respuesta final, era, como supongo que no se habría podido imaginar ni parece que pueda comprenderlo nunca, un verdadero microtexto de bastante más contenido en su apretada síntesis que los que yo había conocido de su mano y eran entendidos por ella y sus lectores los de más enjundia.

Y en él se encerraba una evidencia notable: sin duda había entre ella y yo una "diferencia" que se alzaba detrás del hecho de que yo le pidiera una lectura y una opinión y ella no lo hiciera en absoluto. Yo, sin duda, y más allá de mi ingenuidad y me error (repetido) de creerla una escritora, la necesitaba como público. Ella, por el contrario, el público que busca es otro, aunque también se confunde al considerarlo en parte tan escritor como lo sería ella. La "diferencia" es que un escritor busca ser leído por otros de su misma especie, que supone que lo apreciarán (más allá de las observaciones de detalle que pudieran hacerse), mientras que una escritorzuela (una "obrera de las palabras" habría dicho Nietzsche) busca el "público", el "público, que es el verdadero nivelador", como bien supo ver Kierkegard; algo propio de "la decadencia de una época desapasionada", donde "cada vez más individuos aspirarán a ser nada -aspirarán a ser público..." (ibíd.). Una época en la que "Para todo se tienen manuales" (ibíd.), donde "pareciera que no cabe más que sumarse" (ibíd.).

Sin duda, tendré que afinar el olfato y aguzar la vista, porque en la selva actual pasan sin cesar multitud de falsos individuos (más miembros de la masa que otra cosa) que en realidad se mueven sobre el escenario desempeñando un papel usurpado gracias, justamente,  al aprendizaje del manual o del guión instituido. En fin, ¿cómo extrañarse de que Nietzsche o Kierkegard acabasen prefiriendo el contacto con la gente simple (¡pero tan en proceso de extinción como los que somos de "buen gusto"!) a los filosofastros, escritorzuelos y demás profesionales de la alfabetización, dignos educandos para el desempeño de nuevos y desconcertantes papeles burocráticos y añorasen o tuviesen esperanzas de encontrar alguna vez, en algún futuro, infierno o paraíso, a sus iguales?


domingo, 17 de marzo de 2013

Cómo aprovecha el presente su pasado: un ejemplo impecable a cuento de Solzhenitsyn

En un pequeño prólogo a su Archipiélago Gulag, Alexandr Solzhenitsyn propone una doble alegoría a partir del descubrimiento ocasional de unos peces “milenarios” (“tritones”, los denomina para acentuar su primitivismo) hallados por reclusos (“zeks”) en una región que formó parte del Gulag (uno de los de mayor “crueldad” del atomizado pero íntegro "territorio"). Los reclusos del Gulag, que los descubren casualmente tras excavar en el hielo sin sentido racional alguno (sólo porque están condenados), actúan sin respeto alguno por la historia  (“los excelsos intereses” de los “ictiólogos”) y optan por cocinarlos y comérselos en cuanto comprueban que están en buen estado (los ha preservado el hielo); es decir, responden,  imperiosa y “épicamente”, al hambre que los acosa con urgencia y que incluso los lleva a pelearse por el botín con las fuerzas y recursos disponibles por cada uno de ellos.

Este es un primer punto que expresa la cara más visible de la alegoría, y se reiterará más adelante en el libro: la necesidad inmediatista propia de la "estirpe de los zeks” los lleva a no tomar en consideración las "necesidades culturales" o de la historia, las supuestas necesidades del futuro según las evalúa cada nuevo presente, que es donde se definen como "importantes" o significativas, "aleccionadoras" y represoras de las renovadas manifestaciones de la hybris que inevitablemente se renacen..., o... deban ser eterradas o ignoradas, silenciadas u olvidadas, reducidas, tergiversadas o "reconstruidas" (en el mejor de los estilos del "Ministerio de la verdad" de 1984). En gran medida, lo que Kenneth Burke (en su estudio de la forma literaria) manifiesta del siguiente modo: "Las obras críticas e imaginativas son respuestas a cuestiones planteadas por la situación en la que ellas surgieron. No son meramente respuestas, son respuestas estratégicas...". O, como resume Clifford Geertz en su La interpretación de las culturas: “Toda forma expresiva sólo vive en su propio presente, el presente que ella misma crea"De hecho otro aspecto de lo que ya señalaba Nietzsche cuando hablaba de la predisposición o no de "los oídos" del presente para comprender los discursos excéntricos.

Al presente, poco y nada le importa en realidad lo sucedido... salvo que ello para manipularlo en uno u otro grado (el grado en que se haga, reduzca o tergiverse, así como el grado de fidelidad con que se siga interpretando y traduciendo, dependen por entero de las urgencias y no de la verdad). Los sucesos se convertirán siempre en leit motiv de los nuevos mitos o las ideologías del nuevo presente. Y si no hay en él nadie cerca salvo unos hambrientos "zeks", sólo quedarán los restos, que desaparecerán definitivamente sepultados y desintegrados. Es decir, si no hay al menos "ictiólogos" y demás "especialistas" interesados (remarco: "interesados"; y por si caben dudas, aclaro: en cuya ocupación socio-profesional resida su supervivencia en una sociedad históricamente determinada). Otra cosa es lo que parece gracias a la presencia de estos individuos "interesados"... porque, precisamente, es lo que hace que muchas cosas no sean enteramente "del pasado" sino todavía del presente. Y hasta estas ya no son tomadas, si se las encuentra preservadas (es decir, si no han sido destruidas por los intereses "carroñeros" del presente al paso), como poco más que su "alimento" (y su avidez por no cederlo al "enemigo").

Y es obvio que de descubrirse algo "comestible" en los sedimentos de la historia, ellos podrían ser hallados, casualmente, por "zeks" (los reclusos, pero también los reos), como también, adrede, por "especialistas", que los estarían buscando en atención a sus perfiles, a las funciones que adoptaron en el mundo, "zeks" igualmente por tanto del propio deber ser, como, por ejemplo (y cada vez más en el presente nuestro), ese otro deber ser de los nuevos y cada vez más abundantes “funcionarios” (de la cultura), beneficiarios de uno u otro modo y uno u otro grado del "poder” de los otros (los más astutos, menos escrupulosos, especialmente organizados para la gestión del poder), a los que llegan incluso a encubrir y ayudar en su trabajo de tergiversación y enterramiento de los hechos (cuando hablan por sí solos en su contra) o de sus más "peligrosos" significados. Porque hay muchas maneras de "no dejar rastro"...

Además (debería ser evidente y dejarse muy de manifiesto siempre), más allá de las “razones de estado” y/o del proselitismo de las camarillas "encaramadas" (y "prolíficas") que actúan para preservar sus privilegios o incluso sólo su neurosis (aunque también para su perpetuación en sus "hijos de profesión"), será el desinterés (comparativamente hablando al menos) de "las masas" (o, si se prefiere decir, de la sociedad en su conjunto, que marcha apisonando excéntricidades inconsecuentes) quienes entierren, ignoren o consuman, convirtiéndolos en residuos inconfesables, todos esos sucesos "aleccionadores" (como él dice: "borrándose irreparablemente"). Es indiscutible e incluso irreprochable (salvo desde la trampa de la ilusión y la autodignificación) que los problemas del presente no sean ni serán nunca los que se han presentado "hace mucho" ni "muy lejos" (otra cosa es la "cercanía" que se vive a cuento de la "globalización" y los "avances tecnológicos"), y que, sobre todo, son las "urgencias" más o menos inmediatas las que determinan y definen, de nuevo incluso, las salidas concretas, las posibilidades efectivas, las que llevan a los individuos no a "sacar lecciones" del pasado ni de otras gentes sino más bien a “reinventar”, aún cuando se tomen en consideración esas "lecciones" siempre que sean inmediatamente útiles. Esta es en realidad la esencia del eterno retorno...

Así, cuando Solzhenitsyn concluye preguntándose si la historia será exhumada, recuperada, alguna vez, refiriéndose a la que yacerá preservada bajo el hielo (¿en los libros?), o sea, la parte que no haya sido alcanzada por la zarpa destructiva y tergiversadora del partidismo del presente..., lo que hace es combinar una lúcida visión pesimista con la pena que ella misma le produce, con su frustración latente. Y no es extraño de que se considere afortunado (¿quién no lo estaría de salir de "una pesadilla maldita" o un "munco monstruoso" como ese del gulag, y cambiarlo por una "feliz circunstancia"?) de haber logrado y seguir logrando "exhumar" algo de esos "tritones"; él, que sin duda fue "afortunado" al poder cambiar la necesidad de aplacar el hambre a base de tritones  a la necesidad de rescatar sus restos con el fin de preservarlos para la posteridad... Dos urgencias del mismo tenor, humanas, que, como dirá Solzhenitsyn en otro lugar de su libro: "Quien no ha tenido la experiencia de este cambio no puede imaginarlo"; ¡en ambos sentidos!

Es cierto modo parece contradictorio, sin duda por esa vergüenza que se prefiere ocultar cuando se cree haber llegado a ocupar una posición "digna"... Y es que los intelectuales no podemos dejar de esperar la llegada de un futuro que al menos persevere en favor de un mundo "justo" o especialmente "piadoso" con los nuevos dioses (la cultura, la ciencia, y demás iconos sacralizados y luego vaciados por dentro), y ello a pesar de reconocer que ese futuro, de sobrevivir "casualmente" a la depredación de los poderes e intereses del presente y las necesidades y urgencias de los débiles que no viven de esos "recuerdos" para nada, que no sólo no los pueden usar sino que a veces les estorban, acabará (como se ve en la anécdota) por ponerse a su servicio o por desaparecer (y así "no dejar rastro").

Al final, nada es más cierto que la conclusión a la que llega Solzhenitsyn: "ha servido para desentrañar algunas historias...". Sí, al final queda la máscara, la orfebrería, la cerámica arcaica y los huesos... que habla y hablará a los antropólogos, a los arqueólogos, a los intelectuales; en todo caso al servicio de los brujos que presencien el colapso y con todo ello puedan levantar un nuevo mito unificador y salvador. ¡La memoria, a diferencia de las tergiversaciones que la toman como materia prima del engaño siempre renovado con fines de dominación o de conquista, control o sumisión, desaparecerá de todas maneras obligándonos a empezar de nuevo ante un escenario cada vez más atosigado de artificialidades, es decir, de nuestras particulares "excrecencias"!



domingo, 20 de mayo de 2012

De la Burbuja Literaria, económicamente capitalista, políticamente posmoderna y socialmente burocrática

Nada puede doler más a un teólogo que el creciente desinterés por la cuestión de Dios. Ni a un zapatero remendón la fabricación de zapatos de usar y tirar que las importaciones chinas y la deslocalización a favor de países de "alta productividad" (bajos salarios y alta competencia laboral) llevan a lo superlativo. Y aunque se pretenda que lo que sucede en el "campo cultural" no sea "lo mismo", es decir, que en estos casos haya "más dignidad" por tratarse de productos humanos "sublimes" (al ser obras de la más reflexión compleja o de la sofisticada composición artística), eso mismo es lo que sienten los artistas y los pensadores filosóficos ante la producción en serie de libros en todos los formatos, incluso el tan fácilmente desechable vía "delete".

Claro que la belleza de muchas construcciones religiosas devotas se salvan de la quema a causa de una renovada o sostenida sacralidad... en la que se tiende inevitablemente a tener "grandes esperanzas" (la experiencia permite garantizar la certeza de una "posteridad" para la que, en todo caso, se podría escribir...).

La literatura fue trágica desde Cervantes y Fielding en cuanto dio lugar a unas construcciones textuales que tenían por objeto expresar los conflictos entre el individuo y el mundo y ofrecer la catarsis personal del autor realizada mediante esa construcción para la realización de la ajena mediante la posterior lectura, y así al de la ilusión de una común identidad (la "buena lectura"). El espacio comercial explosivo abierto en el campo de "la cultura" por la democratización, ha provocado la envidia de los escritores. En él ha crecido hasta abarcarlo casi por completo "otra literatura", una cuyas corporizaciones (libros, impresos o digitales) ya no nacen de la necesidad típica del escritor ni con el fin típico de la escritura, al menos en uno de sus planos, el que lleva a Fielding precisamente a fundar "una nueva provincia literaria" y rechazar para sus textos los nombres establecidos de "novel y romance (...) porque, apenas descubierta, ya invade la "nueva provincia un enjambre de novelas estúpidas y monstruosas"..." (Milán Kundera, El Telón), y por fin a llamar a su experimento un "texto prosai-comi-épico" (ídem) cuyo fin sería proponer, "a nuestro lector" como "alimento (...) la naturaleza humana" (ídem), "elevando (en palabras de Kundera) la novela al rango de una reflexión sobre el hombre como tal" (ídem).

Pero esa apariencia de "literatura" que denominamos "comercial" destila un público gigantesco que la "tradicional" nunca logró conquistar y a la que todo escritor, idílica y autoengañosamente, aspira -y ha aspirado siempre- (del modo en el que todo actor desea ver abarrotada la sala del teatro... aunque no haya una mayoría de espectadores que sean capaces de comprensión ni de sentir y valorar el mensaje profundo y sólo se manifiesta snob a través de unos aplausos que se interpretan con condecendencia...) y, por fin, los honores, privilegios y emolumentos que de esa actividad se derivan. Ello hace inevitable la envidia... a la vez que dan lugar a un rechazo que nace de la vergüenza (descubrir la cara mezquina del oficio -he hablado de esto otras veces, como por ejemplo aquí mismo entre otros-) y de la indudable condición inextirpable, irreprimible, del yo-artista, del yo-contumaz... que quiere dominar sin dejar de ser él mismo. El "autor" que crea un texto literario sobre la base del sentimiento que Baudri de Bourgueil, un poeta-clérigo (benedictino) que dejó su escueta impronta en el siglo X, exponía en sus poemas medievales (epistolares) al decir: "Sin testigos, lee hasta el final mis versos, sigue atentamente la pista que dibujan: todo cuanto en él se encuentra fue la mano de un amigo quien lo escribió", un sentimiento y un deseo ferviente que se prolonga hasta nuestros días en los así (y por ello) llamados "grandes escritores", un sentimiento que en sus tiempos ignoraba rotundamente a las masas iletradas que ni siquiera podía imaginar y no sólo no podía pretender que constituyeran "su público" sino que se dirigía a sus "amigos" letrados, sensibles, capaces de llegar hasta "la pista que dibujan" o que él pretendía dibujar, hoy vive una profunda confusión gracias a esa apariencia y a sus logros simbólicos (gran público) y materiales (honores, privilegios y riqueza)... ese autor no puede sentirse satisfecho rebajando sus pretensiones de comunicación para obtener esos aplausos masivos que no hacen más que festejar la propia debilidad de los oyentes, su beneplácito por aquel que les endulza sus miserias y no les exige que se enfrenten a ellas... es decir, a la nada de la existencia que el autor sufre en carne propia y expresa mediante su alarido y hasta mediante su carcajada... Y el objetivo de quien escribe porque lo sufre y necesita compartirlo se opone por entero al de la conquista de una población inmensa e indiscriminada de oyentes cuya base amplia tiene necesariamente que ser la más leve, la menos "trabajada", la más "reticente" y "refractaria". De ahí que sólo le interesen a este escritor "los amigos", los "oídos predispuestos", y salga en su búsqueda sin engañar a nadie, ¡con sus textos demasiado sutiles y sus innovaciones!, aunque una y otra vez no encuentre a casi nadie... A casi nadie que sea capaz de responder como Baudri le pedía a Geraldo que respondiese:
"Si por lo tanto deseas -deséalo Geraldo- serme agradable, inclínate sin descanso sobre libros y tabletas. Hojea los libros, hojéalos todavía más; lo que ignoras, búscalo, búscalo todavía más; produce una obra digna de ser declamada ante tus compañeros" (Baudri, citado en los dos casos transcriptos por Roger Chartrier en su Inscribir y borrar, Katz Editores, Bs. As., 2006) 
Ello es, repito e insisto, en gran medida debido a la base elemental que subyace al ejercicio del oficio. Y esto, sea como sea, da lugar a un profundo resentimiento y/o a un hondo dolor, en realidad común a toda la intelectualidad (como vengo precisamente sosteniendo), sin duda los filósofos pero incluso los científicos, un dolor trágico que duplica el sentimiento de muerte al producir una conciencia de la propia extinción, es decir, de la pérdida hasta de la prosperidad... O, como lo llamara Heidegger, "una noche" que en realidad anunciaría "un invierno eterno" (¿Para qué poetas...?, Caminos de bosque).

Pero creo que la confusión se deriva de un cambio de escenario a la vez que de una persistencia de una visión desfasada, visión que incluso persiste cuando se opta, si ello es posible en realidad, por la claudicación, es decir, cuando se piensa que la adaptación al medio basada en la aparente pérdida de "dignidad" es una claudicación (una sumisión a los intereses en boga y a la mezquindad propia, una puesta en segundo o tercer plano de los contenidos soñados en nombre de los honores, los privilegios y la riqueza; la entrega a los instintos, a los imperativos del cuerpo, a la hybris, al diablo con el que se pacta para sobrevivir... e incluso para ser eterno... en las bibliotecas de la prosperidad...; y caben más maneras de decirlo).

Pero, si el escenario (el histórico) ha cambiado, acaso no sea ese el escenario donde se deba jugar. Acaso ese escenario "venda" su falsa imagen como sustituto del antiguo, insistiendo en que debe ser así aceptado, y en realidad... simplemente... haya que resistir... haya que comprender que es una maniobra socio-histórica que, nuevamente, no puede contentar al individuo que sin embargo y sin duda se ve a sí mismo marginado por culpa de una excentricidad de la que pretenden (¡ellos!) que se  avergüence...

Esto señalaría como pura paranoia observar una excesiva proliferación de aprendices de brujo en el terreno literario (que sólo en cierto modo se puede equiparar con el fenómeno de la proliferación de "técnicos" y "equipos" en el terreno de la "ciencia" y la "filosofía"). Tal vez sea un error creer que lo que hoy acontece se pueda describir como una sustitución objetiva de los artistas y pensadores por meros técnicos asalariados o premiados, sustitución de viejos reyes-sabios-guerreros por meros caballeros que participarían en torneos, de los renombrados amantes de la sabiduría y la belleza de la antigüedad clásica (al menos tal y como indican las leyendas) por meros "gallos de riña" cortesanos...

Heidegger describía así un fenómeno que Sainte-Beuve ya había notado en carne propia en 1840, y que, a pesar de que lo restringiera al dominio de la investigación (filosófica, científica y técnica), afecta a la totalidad de las actividades centradas en la reflexividad humana (¡reflexividad, pensamiento, y no astucia y picardía!):
"...el decisivo despliegue del moderno carácter de empresa de la ciencia acuña otro tipo de hombres. Desaparece el sabio.  Lo sustituye el investigador que trabaja en algún proyecto... (...). Se vincula a contratos editoriales, pues ahora son los editores los que deciden qué libros hay que escribir." (La época de la imagen del mundo, Caminos de bosque, Alianza Editorial, Madrid, 1995).
Pero podría ser que eso debiera seguir siendo considerado OTRA COSA... Una cosa que no tendría nada que ver con los artistas, que debería seguir siendo por ellos (nosotros) tan ignorado como antes, cuando la cultura "de verdad" era "de verdad" sagrada... Aunque eso nos obligase a pasar "hambre" y otros tormentos aún mayores... o a "desdoblarnos", como bien a visto que sucede, hoy más que nunca, Carlos Eymar en su El funcionario poeta aunque dando del fenómeno una visión contemplativa que lo saca a la luz apenas para volver a oscurecerlo y por tanto no saca las conclusiones más radicales que sin embargo se desprenden del mismo.

¿Elitismo?, sin duda. Y un elitismo aristocrático "demasiado humano", como habría dicho Nietzsche, específico de los que necesitan autolegitimarse como conciencia de la raza humana propiamente dicha de todos los tiempos.

El escenario debe de cualquier forma ser descripto de manera radical, es decir, evitando dejarse seducir por los cantos de sirena de la presión social que quiere y tiende (con riesgo de colapsarlo todo) a domesticarnos a todos para que funcione según su criterio dominante (y adoptado por todas las partes), criterio que hace constantemente crisis (y de ahí el mencionado riesgo).

De entrada, tenemos en él los resultados de la labor educativa que al enseñar a escribir y a leer a todos, en realidad apenas para pasar de curso y fundamentalmente para justificar unas instituciones y unos oficios instituidos, consigue producir un mercado en el que se animan a pescar todos los nuevos sofistas de la seudo literatura capaces de "redactar" y "componer" historias que se copian las unas a las otras sin entrar en profundidades que muchas veces no son capaces de abordar pero que, sobretodo, no interesan a unos lectores que no desean ir más allá de casi nada. La cosa llega ciertamente a extremos de parodia cuando se ven los escenarios "novedosos" que se abren "para todos", como el caso de esa "web" que hace poco ha comenzado a ofrecerse a "los escritores noveles" para "difundir su basura".

La suplantación y reducción de toda literatura a esa literatura superficial, que nace de la adopción mutua de las partes interesadas (ciegamente) y que responde a los dictados de la domesticación actual, permite crear una falsa dignidad de masas en referencia a la cual casi todo el mundo se considera digno de llamarse literato o escritor. Eso sí, siempre que esté doblemente refrendada por los cánones instituidos, los de la burocratización y los del comercio propiamente dicho. Y esto se explica en el propio terreno de esa falsa dignidad conquistada y asumida como producto de una elección por la seguridad en detrimento de la libertad, como se explica la progresiva licuefacción de todo pensamiento (Bauman), es decir, en tanto pueda venderse la idea de que esa seguridad depende del status quo que nadie debería ya poner en riesgo (como sí se estaría haciendo "de nuevo" en esta "crisis financiera" que nos aqueja...).

Lo indiscutible es que tanto las escuelas propiamente dichas de hoy en día como en la escuela de la calle bajo la batuta y el ejemplo de los políticos y periodistas posmodernos o "líquidos", no es que se comentan "faltas" -lapsus, ocasionales, siempre puede haber- sino que se defiende que pueda haberlas ¡y con fervor patriótico -por así llamarlo-! Tal superabundancia ahoga, o más exactamente intenta ahogar, el conjunto de lo que hoy seguimos considerando y privilegiando como "auténtica cultura" y con ella intenta ahogar "la literatura" y "el arte" en general, dentro el "mundo de los libros", dentro... sin ser exhaustivo listando subconjuntos, estos foros y webs, y revistas... etcétera. Lo hace en cierto modo al confundirlo todo y al inundar sin límites los lugares de venta y exhibición entre los que que se pierden los que no tienen amigos suficientes y significativos... Se produce así, adicionalmente, un abismo entre la "gran literatura" reconocible en los pasados siglos y los sacralizados de hoy... porque, sin duda, no tienen nada que ver ("redacten" o no "de maravilla"... a veces gracias a un buen trabajo de otros técnicos incluidos los traductores) los "grandes" del siglo XIX y principios del XX con los Ewan, Auster, Vargas Llosa, etc., los que acaban glorificados por los grandes públicos y los grandes premios, que dicen cada vez menos y cada vez más nada.

Hace poco tuve un pequeño debate con una escritora y correctora de estilo profesional acerca del carácter puramente "evasivo" de la mayoría de las cosas que se escriben hoy en día por todos los que se llaman muy rápidamente escritores apenas se sienten capaces de "imaginar" cosas y "plasmarlas" por escrito como sea (algo que, como se sabe, podrían hacer hasta los monos... si supiesen teclear en una máquina... en tanto... hasta los animales "sueñan", y cómo no, mucho más o con autoconciencia de ello, nosotros, los humanos). Allí sostenía que la "literatura" con el fin del mero "entretenimiento" no era para mí estrictamente literatura, y me reafirmaba y me reafirmo en ello. La palabra (entretenimiento) tiene como primera acepción -en el diccionario puede verse- la de "desviar del camino" y yo entiendo que (al margen de que pueda TAMBIÉN divertir, agradar, atrapar, capturar, conmover, hacer reír, hacer soñar, producir goce estético, etc., la literatura alcanza su "verdadera naturaleza" cuando y sólo cuando... "conduce por el camino" (esto es, intentando en todo lo posible no dar lugar a desviación alguna), que es todo lo contrario de "entretener" en el sentido señalado. Y esto se logra cuando se narra desde y mediante la propia experiencia y no desde la idea de "hacer pasar un rato" o describir (se haga o no bien idiomáticamente) una serie simple de hechos... para que alguien pague o simplemente se entretenga con ello y comente lo bien que se ha hecho a su ineducado criterio.

En todo caso, el grado en que haya más o menos de esto define el grado en que se consigue ser literato, lo vea o no el mundo, la mayoría, los editores, etc., y ni siquiera la posteridad... que podría acabar siendo la de un mundo como el de "La máquina del tiempo" de Wells o la más incierta de 1984 de Orwell, con muchas cosas que hoy valoramos... pudriéndose en unos deshabitados edificios abandonados y ruinosos.

Por todo ello y en base a considerarlo así, yo no me extraño de lo que pasa y de dónde se pueda acabar, ya que los pasos hacia la masividad implican no cerrar el círculo de fuego o hacerlo con un diámetro demasiado amplio... tal vez. No me extraña que algún amigo escritor, a mi criterio muy serio y muy preocupado por lo que construye literariamente, que sufre las consecuencias de nadar en un océano que crece para que nada destaque, se niegue a participar en foros de este tipo.

Pero lo que no parece imposible, al menos todavía (es decir, si no se consuman los fines últimos de la domesticación en marcha; algo que me inclino a pensar que no será lo más probable), es que algunos, especialmente los que aceptamos mantenernos desdoblados, dándole, por así decirlo, al cuerpo lo que es del cuerpo y al alma lo que es del alma a la manera contumaz que inaugurara Sócrates, podamos encontrar "un público" con el que nos sintamos satisfechos y que se sienta satisfecho de nosotros, esto es, nos reconozca, nos valore, se sienta reflejado en su catarsis por la nuestra... Ello al margen de los premios y de las tiradas... en ámbitos en todo caso marginales, tal vez sintiendo también que se halla en vías de extinción... lo que, en todo caso, no es la cuestión. Vivir creando y recreando literatura, arte, pensamiento, es algo que se lleva dentro (todavía pero tal vez siempre) y que por estar dentro se sigue y se seguirá haciendo al margen del grado de repercución y de amenaza de soledad o marginación que penda sobre nuestras cabezas... Podría incluso darse el caso del "último hombre de la Tierra" plasmado por Matheson y que en el extremo... acaba siendo "leyenda". Y puede ser que, a fin de cuentas, el Ministerio de la Verdad y la Policía del Pensamiento triunfen hasta hacer de hombres como el Smith de Orwell (el de 1984) un hombre "definitivamente resignado" que ya nunca más escribirá ni para sí ni siquiera volverá a comprar un cuadernillo en blanco "por si acaso"... Y es que las circunstancias, mal que nos pese, imponen su peso lapidario multiplicando día a día los obstáculos no ya para que nuestros textos sean leídos por todos o por muchos, sino para que lleguen hasta nuestros amigos, de todos ellos.

¿Acaso es esto "un grito" que no consiga nada, que ni siquiera haya merecido ser escrito? Bueno, al menos me he dado el gusto de hacer de mis sensaciones, alienadas, erróneas, absurdas o lo que sea, unas... "páginas" más (en sentido literario, claro).




miércoles, 27 de julio de 2011

El insoportable peso de la incoherencia intelectual (1): la "Confesión" de Tólstoi

La Confesión, de Lev N. Tolstói, es uno de los textos que transparentan y resaltan, a modo de lupa, la problemática que caracteriza al intelectual (europeo, claro), cada vez más sumergido en transcurso del tiempo bajo el tsunami de la cultura de masas reduccionista "al alcance de todos".

Es uno de esos textos difíciles de ver escritos por los pensadores de hoy en día, cuando, paralelamente a lo antedicho, una masa de productores de "esa cultura occidental" experimenta una seguridad dogmática que no parece tener fisuras ni contradicciones. Algo que sólo ha crecido sin límites desde el siglo XIX hasta estos días al mismo tiempo que ha mermado el número de campesinos.

En la Confesión (citaré las páginas de la edición de Acantilado, Barcelona, 2010) se pueden apreciar las características distintivas de esa subespecie que Paul Valery calificara como la "que se queja", dando de ese modo una caracterización que a mí me resulta demasiado amplia y a la vez conciliadora con lo que muestran los tiempos que corren... Salvo que se acepte que todo puede ser "cultura" o que la subespecie tradicional se hunde en un proceso de extinción inexorable. En este sentido, el conflictivo y desgarrador texto de Tólstoi, al hablarnos de esa problemática como idiosincrásica, nos pone ante una realidad que se aleja y hasta se desprecia, sea esto en nombre de lo que se ha llamado "el compromiso" (militante, claro), sea en nombre de "las leyes del mercado" que con su "inteligente" "mano invisible" nos conduciría por "la buena senda". Aquí, no debería resultar extraño que Tolstói se inclinara por el irracionalismo, habida cuenta de lo que ya debía ver venir de la mano de su opuesto, de su verdadera naturaleza engañosa, tramposa, desconcertante, capaz de dar a la mentira un ropaje que le permitiera justificar y afirmar la tranquilizadora "certeza" del dogma; un trabajo que como bien supo ver Nietzsche comenzaron los filósofos clásicos e instituyera de ese modo la figura de Occidente (cristianismo por supuesto incluido).

Preso de esa problemática, Tolstói confiesa la duda sistemática que lo atormenta por no poderla adormecer ni ignorar, la imperiosa necesidad de capturar lo visible en una narrativa autocomprensiva, el grado especialmente alto en que se les hace insoportable la incoherencia interna que aquello genera, en especial respecto de la conducta y el deseo. Ese tormento es el que lo llevará a darlo a conocer y confrontarlo o exponerlo en busca de una respuesta, de "otra" respuesta, en definitiva, de "la respuesta" que al no hallarse en tanto que definitiva, hasta el propio intelectual apela a Dios.

De entrada, Tolstoi se atribuye una intencionalidad maliciosa y autocondenatoria que implica el rechazo propio y el de cualquiera de los intelectuales de su estirpe:
"Es terriblemente extraño, pero ahora lo comprendo: nuestro verdadero objetivo, nuestro deseo más íntimo, era obtener la mayor cantidad de dinero y de alabanzas posible" (Acantilado, Barcelona, 2008, pág. 19)
¡Esa autoinculpación, ese descubrimiento de lo que es vivido como un pecado imperdonable, tiene su base de apoyo en la concepción que el intelectual tiene de sí mismo y de su extraordinaria facultad: se parte, indudablemente, de que la mente más consciente debería ser pura...! Y precisamente sobre esta convicción interna, pronto "descubrirá" que en realidad no sólo aquello sino la vida en general parece "inútil" (ibíd.), que la idea de que "todo es racional" era una justificación para sostenerlo (ibíd.), que se sostiene "mientras dura la embriaguez de la vida"... hasta que "uno se quita la borrachera" y se hace "imposible no ver que todo es un engaño" (pág. 35).

La propia fé en la capacidad intelectual lo lleva a verla como un simple y puro "tormento" (pág. 36), un "sentimiento que me empujaba, cada vez con más fuerza hacia el suicidio" (pág. 40).

Pero el intelecto, la facultad de reflexión, la autoconciencia, vuelve a imponerse sobre la desesperación tanto como se puso sobre la felicidad insatisfactoria del simulacro. Entonces comienza un denodado proceso de "búsqueda" (pág. 41) que pasa por una conclusión en la que precisamente no ahonda, no cava hasta la raíz, a saber, "que sólo había tomado por ley algo que había encontrado en mí mismo" (pág. 45) y a pesar de ello o tal vez por esa insuficiencia, siente que "Lo más importante (...) la cuestión de qué soy yo con todos mis deseos, continuaba totalmente sin responder" (pág. 46). En esa "búsqueda de respuestas a la cuestión de la vida, experimentaba exactamente el mismo sentimiento que el hombre que se ha perdido en un bosque" (pág. 53). Y tras comprobar que cuatro grandes "conciencias atentas" y honestas (como las habría llamado Camus casi un siglo después) remiten a la vanidad del mundo real y cotidiano poniendo fuera de la vida, sea "muerte" o "nada" (pág. 65), y llegar a la conclusión de que eso mismo "lo han dicho, pensado y sentido millones de personas como ellos. Y (...) yo mismo." (ibíd,), Tolstói, incapaz de reconocer ni siquiera en este punto extremo la primacía del instinto sobre los mecanismos de la mente, la pertenencia de la reflexividad a los marcos del instinto, es decir, de la animalidad contra la que sigue intentando, al igual que los sabios que menciona hacen en el fondo, se vuelve a... "la vida" (pág. 67), rechazando una vez más los fundamentos suicidas y las alabanzas a la muerte o a la nada, en cierto modo, algo que se formalizará en la filosofía antinihilista de Nietzsche... aún sin asumir rotundamente la pertenencia de la mente al mecanismo, aún dejándole a ésta la posibilidad de realizar sus pretenciones omnipotentes como si fueran... divinas.

Así es como descubre las opciones a las que se vuelcan los "de mi clase social": "la ignorancia", "el epicureismo" (la "borrachera" pura y dura), el de volcarse al ejercicio "de la fuerza y la energía" (el heroísmo, el arrojo, la temeridad, el incremento del riesgo más allá del cálculo...), y por fin, el refugio en "la debilidad" (págs. 67-71). Y reconoce que deseando la "dignidad" de la tercera, él pertenece a los que han optado por la cuarta (pág. 71). No obstante lo cual, no atribuye definitivamente a ello su incapacidad para el suicidio, sino... a "que mis ideas eran equivocadas" (pág. 72), es decir, devolviendo o recuperando para la facultad de reflexión toda su potestad, toda la certeza de que esta debe ser omnipotente. Porque... "¿cómo puede esa razón negar la vida cuando ella es la creadora de la vida?" (ibíd.), acariciando sin ahondar lo suficiente en esa conclusión de primera instancia e intuitiva a la que se llega fácilmente y que no se puede negar so pena de caer en la demencia clínica: "La razón es fruto de la vida" (pág. 73).

Llegado a este punto, Tolstói volverá a mirar en derredor buscando una respuesta satisfactoria sobre la base de su indudable "error" contrastado con el hecho inequívoco de que la humanidad pervive sea como sea, incluso a sabiendas de que todo es vano. Se pregunta: "¿Cómo es que siguen viviendo y nunca se les ocurre dudar de la racionalidad de la existencia?" (pág. 73), reconociendo que "les parece incluso que su existencia está organizada de una manera racional!" (pág. 74). Por lo que deduce finalmente "que debía de haber algo que todavía no supiera" (ibíd.)

Para llegar a ello, Tolstói intentará adoptar la conducta propia del pueblo, con su para él extraña despreocupación por los conflictos lógicos y reflexivos (que atribuirá a la simpleza popular). Pero, como nos lo cuenta él mismo, cuando se acercó así a los más simples del pueblo descubrió la inconsistencia de sus creencias a la vez que la falta de conflictividad con la que vivían en la incoherencia. Por sobre todas las cosas se le imponía la necesidad de "expresar de una forma más o menos coherente" el problema (pág. 77). Aún a costa de denigrar la propia inteligencia y el orgullo que por ella sentía (págs. 78-79), de desvalorizar el propio yo y, ante la ausencia de un grupo de pertenencia que lo satisficiera (no el de los "científicos, ricos y ociosos" al que creía pertenecer socialmente en base a una identificación abstracta que no llegó a cuestionar ni comprender) y de intentar integrarse en "los demás", esos "miles de millones de hombres" a los que "los suyos" consideraban "animales, no personas" (ibíd.) para quienes todo reside, según deduce Tolstói, en un "conocimiento irracional"... "la fe" (pág. 81).

Como similarmente concluirá Kierkegard, Tolstói deduce que la respuesta está en "la ley de Dios. (...) La unión con el Dios infinito" ((pág. 86), esto es, cediendo toda omnipotencia a un ente pensable, conjeturable, y que por esa vía pueda corporizarse fuera del hombre, que así se volverá un mero servidor de un plan desconocido pero, de esa forma, aceptado, adoptado: "la fe", como afirmará con total ingenuidad y honestidad, "que nos da la posibilidad de vivir" (ibíd.)

Así, con un incuestionable bagaje de apriorismos cuya fundamentación él igualmente despreciaba, igualmente artículos todos ellos de fe, de una fe no religiosa sino intelectual, Tolstói nos cuenta que "Comencé a acercarme a los creyentes del pueblo, hombres sencillos y analfabetos" (pág. 96). Uno de esos apriorismos era considerar las del pueblo como "supersticiones" ("mezcladas con las verdades cristianas") en oposición a las que de hecho serían las suyas, sus en todo caso conjeturas, y no ver que él estaba preso exactamente de la misma mecánica que observaba en ese pueblo llano, que también el imaginario suyo y de los intelectuales estaba "tan estrechamente ligado a sus vidas que no podían imaginarse éstas sin aquellas (las supersticiones)" (pág. 97). Tal vez esas masas "Trabajaban tranquilos, soportaban privaciones y sufrimientos, vivían y morían, y en todo eso veían no la vanidad sino el bien" (pág. 99)... al menos a través de sus ojos... de su propio análisis. Y tal vez el suyo, su trabajo (con la mente), sus privaciones (de respuesta) sólo era... diferente, el de "otro grupo", cuyo estereotipo derivó en "detestarme a mí mismo" (pág. 102) para "amar" lo que el llamará "la gente buena", esto es, una idealización desesperada, una construcción idílica que se plasma como parte de una sacralización más amplia de la "naturaleza", y precisamente de la "naturaleza animal" a la que otorga un valor superior al de la "racionalidad"... ¡claro que esa valoración se hace desde ella! (págs. 103-104) Y ello permite responder al "¿Qué debe hacer el hombre?": "Lo mismo que los animales" (ibíd.)

Y esto, que podría bien ser un nuevo punto de inflexión para profundizar hacia la raíz del problema, acaba en la alabanza del servilismo y de las ventajas de una mentalidad como la de esa "gente buena" que bien educada podrá "comprenderá cada vez mejor la organización del establecimiento", "los que cumplen la voluntad de su patrón, no le acusan de nada", "hombres sencillos, trabajadores, ignorantes" a los que "consideramos animales" (pág. 105). En un doble sentido, Tolstói no podrá dejar de ser lo que había llegado a ser, y por eso el Dios que abraza es el que nace de su convicción de que "yo no podía estar en el mundo sin una razón" (...) De nuevo, Dios." (pág. 110), pasando por momentos de lucidez y duda, o de duda y lucidez: "Dios (...) el que imagino" (pág. 111). Sin duda, "Mi mente proseguía su trabajo" (ibíd.) Y en nombre de esa mecánica irrenunciable es que tratará de llevar al límite la "renuncia a mi clase". Algo que no podrá sobrellevar: "...casi dos tercios del oficio no tenían explicación para mí, o yo sentía que mentía tratando de darles un sentido" (pág. 126).

Tolstói representa al intelectual por antonomasia y su Confesión lo certifica paso a paso; incluso es un intelectual pudiente. El fracaso de su cruzada será así rotundo: "esos postulados de fe" eran para él, al contrario de lo que para los campesinos, "claros disparates" (pág. 131), y sin embargo se martirizaba, se sentía "malo" (ibíd.). Y la solución vendrá, como en Kierkegard, de la mano de la acusación al demiurgo de todas las falacias... La Iglesia e inclusive las "Escrituras" (pág. 139-141) que él, mediante qué sino mediante su capacidad reflexiva (su "don"), nuevamente omnipotente, se esforzaría (¡se debería esforzar incluso... porque todo don debe ser devuelto al donante!) a interpretar la Revelación (pág. 141).

El día en que rematará su Confesión, con la narración de un sueño beatífico aunque conflictivo, esto es, tres años después de haber escrito lo que acabamos de citar, Tolstói muestra sentirse satisfecho, "en paz". De una manera idílica, imaginaria, realizará lo que uno de sus personajes literarios manifestará como única salida, ciertamente fuera del ámbito de la Iglesia (las instituciones, los mediadores, los "traidores"...): la práctica de la bondad que al no ser él mismo capaz de ejercitar plenamente (típico de la intelectualidad y de las masas, cada grupo a su modo, y tanto como "cuesta" ejercer el "mal") sí le será posible reconocer ese ejercicio en la figura (tan imaginaria como la del "vizconde demediado") que corporiza en esa especie de ángel "sencillo" e "ignorante" del pueblo, dedicada en cuerpo y alma a la compasión circunstancial... la "sencilla" Páshenka ("precisamente lo que tenía que ser y no fui"), con la que se acaba encontrando Katatski, "El padre Sergio" de la novela corta que lleva ese mismo título, evidente alter ego idílico de Tolstói, proyección inalcanzable para él mismo como lo fuera Abraham para Kierkegard, y que deviene sin quejas de ninguna índole, como uno más entre las masas porque de ellas es propio y privativo, "Un esclavo del Señor".


(continuará...)

jueves, 28 de abril de 2011

Más allá del bien, del mal, de Nietzsche... y de La Filosofía (y IV)

Las últimas torres

Las observaciones de Habermas (donde se hacen descripciones coincidentes a fin de cuentas con las de Heidegger del 38 en particular, esto es similares y también esperanzadas) que citaba en la última nota de la entrega anterior se daban aún en el marco del desconcierto militante (comunista), el cual, merced al secretismo vigente y a buenas dosis de complicidad ambiental, aún era capaz de trasmitir tales Esperanzas al Mundo de la Cultura. (*)

Eran pues anteriores a la "caída del muro" que pondría a los filósofos e intelectuales como Sartre más al desnudo que nunca en su papel de "intelectuales comprometidos", mostrando que sólo significaba obediencia y producción de cortinas de humo al servicio no sólo ya de distinguir sino de oponer nazismo y comunismo (¡incluso en la forma del stalinismo, del maoísmo y hasta del kimilsuognismo... y similares!); algo que se sigue sin embargo pregonando cada vez que se puede con iconos renovados. Hasta esos momentos poco más o menos, aún se podía anatemizar toda crítica a la URSS, etc., como "reaccionaria", como la de Orwell, de cuya obra aún se tiende a pensar como meramente antistalinista, es decir, reduciéndola a una expresión menor en coincidencia con los viejos enfoques. Pronto vendrían sin embargo Solyetnisin, la Perestroika y la caída del muro, y unos y otros acabarían siendo calificados simplemente de "Regímenes totalitarios", algo que así podía ser separado del buen y prometedor, del esperanzado camino de la humanidad como meras excrecencias o, incluso, "negligencias". Un modo reiterado sin duda de salvar la ropa... de no quedarse desnudo y desprotegido... aunque cada vez sería más complicado -al punto de llevar a la implantación de las maneras tacticistas de lo (prácticamente) político en lo (formalmente) filosófico-.

Esto... mientras se volvía a aceptar la "dictadura académica" y la "dictadura editorial"... la dictadura de las masas... del mercado... etc. ¡y no digo sin contestaciones sino, como Heidegger en 1938, sin... observaciones... hasta que, en 1946, de nuevo en aras de la frustración, volvería el pesimismo relativo y el subjetivismo como último refugio! (1)

En ese contexto, las banderas de la democracia representativa occidental (y casi puramente anglosajona-franca) en la forma en que la misma había estado funcionando en los países más avanzados de Europa y América (EEUU, Inglaterra, Francia y los países escandinavos -porque no se puede incluir seriamente ni uno más-), recuperaron todo lo que habían perdido durante el siglo XIX. La decadencia burocrática de la que habla Nietzsche se había encumbrado como cualquier tuerto en el país de los ciegos. Había comenzado la fase de desconcierto democrático-redistributivo-occidental a gran escala, o más bien se había vuelto a ella. Los "filósofos del futuro" no sólo no llegarían sino que los fantasmas de los del pasado se volverían dignos de renacer.

El enfoque socialdemócrata-occidental pasaría poco a poco a convertirse de mal menor en sacrosanto. Pronto no quedaría nada del viejo mesianismo, de las Grandes Esperanzas, de la marcha hacia el Edén modernizado. La línea del Progreso se había roto en todos los sentidos: la tecnología y la industria se habían desnudado, y lo harían cada vez más ostensiblemente, hasta mostrarse como meros instrumentos de poder, dominación, aniquilamiento y horror, por una parte, y de superficialidad y artificiosidad extremas por la otra. El uso mercantil de los resultados colaterales de la producción para la guerra (la informática, la aeronáutica, la industria naviera, etc.) en todo caso incrementarían eso último: la producción para el consumo ostencible, la exhibición, etc., que llamarían como lo mejor y lo deseado a las masas y los países del mundo. El Progreso hecho jirones se reduciría a Incrementos de Consumo y Amenazas de Autodestrucción Total. Los intelectuales de la posmodernidad, a sabiendas de las perspectivas existentes, se imponen (¡y recomiendan!) un punto de vista esperanzador a cualquier precio ya que, como dice Bauman: "... Dios nos libre de perder la esperanza." (2) No diagnostican, como Nietzsche, sino que dogmatizan como los escolásticos, en todo caso como Kant con su "imperativo categórico" moral, ahora reducido a una argucia histriónica que debe volver constantemente a acomodarse a un nuevo contenido, "...en la modernidad líquida seguimos modernizando, aunque todo lo hacemos hasta nuevo aviso" (ibíd.). Se trata de la nueva versión del "compromiso del intelectual" al que se continúa haciendo referencia (porque eso es tener una razón soial para existir): el "compromiso" con "la realidad", con "lo que tenemos", con "los que nos lo dan"...

Y es que el final de las perspectivas sólidas (que Baumann convierte en caricatura para que la suya parezca rigurosa) pesa menos que la necesidad de justificar el propio perfil socio-profesional con el que se cuenta para sobrevivir y que se tiende a defender por encima de todo (si la verdad se ha vuelto ahora contextual... lo suyo es una filo-adaptividad explícita, un filo-tacticismo, una filo-liquidez... en cierto modo "querer la nada a dejar de querer" aunque como algo de los que hay que autoconvencerse... "Dios nos libre"). En su nueva función socio-profesional, en su nuevo estatus social, los intelectuales devienen servidores de una causa en la que no confían, pero que consideran que se debe defender porque ya nada podrá ser mejor nunca. Mientras Heidegger se confundía aún, y aún quedan los que se refugian en el racionalismo clásico aunque a la vez ecléctico, estos no dudan en asumir la mentira como única posibilidad.

Por eso no se quiere ni se puede comprender ni admitir (¿servirá de algo hacerlo, será incluso posible... entre algunos... todavía...?) la estrecha relación que existió siempre entre la confianza en el "progreso humano" ilimitado (¡y esto no puede ser entendido sino como... divinizador... como lo entendieron los racionalistas griegos, los escolásticos y los modernos!) y La Filosofía, y la consecuente relación, igualmente estrecha, entre la desesperanza y el fin de los ideales que esta última promulgaba. Y así como La Cultura se amplió hasta abarcar (o abrigar) cosas menos sólidas (o más líquidas... incluso gaseosas...), el alma corrupta consiguió por fin un puesto de dignidad: la realidad devenía la única opción posible, aunque bajo la rastrera forma de la justificación, del oportunismo, de la inmediatez, de la mediocridad... (no por nada Habermas alza la espada de la incondicionalidad contra el relativismo de Rorty, aunque desde el campo cenegoso del racionalismo nostálgico insostenible... porque insostenible lo fue siempre).

La resignación (y a veces también un cierto pesimismo) que se deriva de ese reconocimiento de la realidad (que ya se esbozaba como apunté en Nietzsche y aún más en Heidegger hasta llevarlos hacia la perdición), tiene un carácter mediocre y hasta abyecto que evita la resignación de la desesperanza. La misma nace de un reflujo defensivo (sufrido tras el desencanto) que pretende preservar el propio yo por encima de la crítica radical que esa realidad merece del pensamiento (esto es el "coraje" al que apelaba Nietzsche). Desencanto que resulta de la extinción reiterada de la idea del Progreso (se viven y sufren como hechos no concatenados -salvo por la "maldad" y/o "estupidez" humanas- que la crítica radical revela como fenómenos propios de la etapa burocrática contemporánea que se inscribe en la era de la fragmentación/domesticación). Y ello es concurrente con la muerte de la Filosofía (de la "Gran Filosofía" como prefiere llamarla Habermas en un intento por salvar la ropa o los andrajos con aspiraciones sucesorias), aunque no con lo que la legitimó y permitió su constitución como campo social de actividad: la existencia del "creador en potencia" vinculado a la "potencia del pensar". (3)

La Filosofía encerraba la pretensión de alcanzar la pureza del alma por la vía de la ciencia (de La Lógica, en el Aristotélico sentido original del término, y que rescatará al final Husserl y Heidegger en un intento vano de remodernizar la marcha de las cosas), poniendo esa lógica detrás y debajo (sosteniendo como se sostienen a los muñecos) de esa aspiración que se experimenta como concordante con la autoconciencia. En el fondo, es exactamente la misma perspectiva que propuso la Ciencia Moderna cuando prometía una humanidad divinizada al final de un no demasiado largo recorrido, como supusiera Bacon (y que rescata toda la Filosofía, como fue el caso de Heidegger, cada vez que la "humanidad" conquista un nuevo peldaño aparente de "Progreso"... a los ojos del interesado del momento). Pero "el mal" humano, que últimamente se considera menos "animal" y más "humano" aunque siempre como algo a extirpar o remediar, se demostraba crónico y congénito (la literatura de ciencia-ficción daría larga cuenta de ello abundando en la desesperanza). Así, la experiencia (durante la marcha de las cosas) nos ha puesto al fin ante la imposibilidad misma de que el alma pueda alcanzar alguna vez la pureza, sea por obra de una vida virtuosa, sea por obra de la penitencia, sea gracias a la actividad que se pueda desarrollar en los laboratorios... Es lo que muchos llaman con simpleza "abandono de los principios" o "relajación de la moral" o incluso "pérdida de la fe"... aunque, también, inevitablemente, estos alegatos caigan en el mismo tacticismo y en similar hipocresía funcional porque ya todo se ha burocratizado en concordancia con lo que está, esto sí, sólidamente instituido (lo que no significa que no se pueda derrumbar como los mejores castillos de la historia).

Los sucesos serían tan ruinosos que el pensamiento reflexivo, que había conseguido autosacralizarse, no podría evitar mirarse a sí mismo como nunca antes: con horror, culpabilizándose y... "replegándose" hasta "la abstención de praxis" (Habermas, ibíd.) o el dogma contextualizado, táctico. La conciencia, resultado nacido de la simple evolución, no habría conseguido evitar ser consciente de sí misma, "pensar el pensar" o acabar ahogándolo en la animalidad, como nos propone Agamben... desde un "pensar" malabarístico que intenta su última pirueta salvadora: convencernos a los demás de que nos animalicemos mientras él, Agamben, continúa elucubrando, editando, dando conferencias, etc., como académico y casi casi sólo como escritor de ensayos sobre temas monográficos, destinados a "superar" todos los problemas (y los problemas serían los genocidios, la crueldad, la opresión ostensible... pero no la civilizada... aunque en esta esté el germen de la primera... etc.) por la vía de aceptarnos reprimir la pulsión que nos impele a diferenciarnos de los animales... (Giorgio Agamben, Lo abierto), lo que no deja de tener significación, aunque ello sólo valdría para la intelectualidad... que es justamente la que no determina casi nada ni puede, convirtiéndose de esa manera, evitar que el hombre de cada grupo se vea a sí mismo como lo único realmente humano y semidivino (es decir: ¡otra cortina de humo para dejar al César que siga haciendo de las suyas mientras use vaselina... y todos nos sintamos culpables por lo que no podemos evitar!)

O, allí donde intentó resistirse desesperadamente, volviendo con desparpajo y piel resistente a argumentar que todo habría sido debido a "errores" (Habermas, ibíd., pág. 67) para los que, también se propondrían los viejos remedios cristianos, morales, ascéticos, que Nietzsche había combatido con el deseo -y la esperanza- de dejarlos definitivamente atrás, como los remedios de la modestia, o de la sensatez, o de la contención, o de la cordura, o de "la inteligencia"... los anatemas en fin contra los pecados capitales del hombre, ("el ardor", "lo "delirante", "lo bestial", "la hybris"...) que podrían evitar esa "filosofía que se imagina dueña, sin duda alguna (¡ah, sí, claro: dudar de vez en cuando y un poco sería también un buen remedio... aunque sólo del hombre, de sus falsos ídolos y nunca del Dios Verdadero!), de un primer absoluto y adopta el aire de un demiurgo, (a la cual) se le ha de escurrir (?!) la dialéctica de su comprensión." (ibíd., págs. 71-72).

Y así hasta no dejar más que la preocupación generalizada por el mantenimiento del bienestar presente inmediato, basado en el ejercicio generalizado de la profesionalidad (algo que las crisis económicas conmueven y tambalean empujando aún más al nihilismo desesperanzador generalizado que apenas puede sostener en pie ni tan siquiera el relativismo adoptado como último recurso y último servicio de la morralla residual de los intelectuales proletarizados y/o burocratizados del siglo XXI), tal y como se ha instituido en el curso sacralizado de la Historia, por cierto, cada vez más hondamente relleno de artificialidades ostensibles producidas o simplemente reproducidas (que no se critican sino en nombre de otras escondidas bajo falsas apariencias y fachadas y en todo caso se reconocen como Lo Realista en el sentido de no viviseccionar so pena de hundimiento, es decir, para ocultar la marcha sin meta o en círculos en general y en su forma particular vigente: la de la burocracia practicante del poder en atención a su mero ejercicio, de la fuerza y la crueldad por sí mismas, en un sentido cada vez más histriónico, superficial, inconsecuente, ruinoso y caótico que ya veremos a qué mundo nos lleva y qué grado de pensamiento crítico-mítico permitirá, en absoluto absoluto, en absoluto ligado a otra cosa que no sea la perspectiva de un nuevo poder, de un nuevo grupo, de una nueva selección artificial, etc.)

En este proceso, la desaparición progresiva de los filósofos en sentido estricto no es sino parte correlativa del proceso en el que emergió, tal como lo veía Heidegger aún de manera esperanzadora... es decir, dejando un espacio primero (1938) para los grandes orientadores de las empresas científicas de indudable signo burocrático (jefes de Universidades, Academias, Departamentos de Investigación...) como parte del Estado (nazi) y por fin (1963) para los "pensadores independientes" (marginados) dedicados a "pensar el pensar"... y a publicar si acaso o dar una conferencia eventual... Porque quien dice desaparición dice conversión en retóricos y dialécticos o sea en tertulianos (incluso en bloguers).

La nueva generación de "pensadores" que cabe en "el futuro" en tanto sea el que se está desarrollando ante nuestros ojos, no puede ser otra que la que se materializara en calidad de "propagandistas", "consejeros" o "capataces de la investigación" vinculados por todo tipo de lazos con el poder que otros ejercen global y directamente, esto es, como la corte ilustrada de los necios (o, si se prefiere, elementales) que son los burócratas políticos. (El hecho de que exista o subsista la residualidad de ciertas excepciones de índole nostálgica y resentida... o se den seudofilosofías que elijen aferrarse a maderos revolucionarios en realidad a flote a la manera en que el Barón de Munchausen se habría alzando a sí mismos "tirándose de sus propios cabellos", como diría Nietzsche en su Más allá del bien y del mal). Una residualidad, sin embargo, que se quema noche tras noche en la hoguera de cuyas cenizas tal vez siempre puede salir una u otra rara ave Fénix o algún búho de Minerva que despliegue sus alas para sobrevolar algunas noches más... de todos modos, hacia ninguna parte.

Hablar pues de un "pensar" más allá de todo eso, capaz a la vez de sobrevolar la noche en una órbita tal que la Tierra no oculte nunca la luz solar aunque eso no sea nada que merezca aplausos, es decir, honores propios de un dios, tan sólo podría significar pensar con coraje en la propia insignificancia, en el propio resultado accidental que es uno y los demás humanos (accidental pero al tiempo determinado dentro del proceso).

Es innegable que la práctica científica y el modo de pensar científico se impusieron sólidamente y signaron profundamente nuestro tiempo... (y en más de un sentido si observamos que su logro más notable y determinante al respecto fueron sus alcances tecnológicos) pero ello no sólo no sería emancipador como hasta Heidegger e incluso, aunque en menor medida, Habermas siguieron pensando, sino que encerrarían la ruina estrepitosa de las ideas modernas subyacentes en tanto acabaría desnuda ante el pensamiento más honesto como mero instrumento de poder de la burocracia cada vez más militarizada y, allí donde hubiese posibilidades de triunfo total, guerrera. Esto, sin duda, también formaría parte del enjuiciamiento simultáneo de la ciencia y de la filosofía (y dejo fuera de ella lo que se debe dejar fuera: el lloriqueo moral que no lo es). Y ello favorecerá los diversos e imaginativos Retornos, ya al dogma, ya la magia (un ejemplo es Kingsley), ya la lo-más-pura-y-firme-posible obediencia ciega a principios identitarios, viejos y remozados o nuevos (La Ley de La Torah puede parecer entre ellos uno de los menos estentóreos), lo que, como apuntara Leo Strauss, encierra "arrepentimiento" (trataré esto por separado en breve en tanto apunta, como ya he señalado en mis anteriores entregas a la "opción" tentadora de la obediencia que se les ofrece, dificultosamente sin duda, al intelectual).

Podemos seguir el curso de los hechos más allá de la debacle ultraburocrática del comunismo (que no fue vencido como el nazismo y el fascismo por medio de la guerra caliente sino de la fría en combinación con la lucha interna de las facciones) y ver cómo los parámetros fundamentales se conservan y enmascaran, y cómo contribuyen a ello las nuevas generaciones intelectuales residuales. Podemos entrar en los diversos vericuetos en donde la polémica tiende a hacerse retórica y reiterativa por mor del deber ser que se pone siempre por delante, en concreto el del "compromiso con la libertad" o "con la democracia" o incluso y sobre todo con la continuidad de la propia actividad que sus imperios permitirían y que, insisto, esos lemas simplemente enmascaran (se puede observar esto en debates menos filosóficos que políticos o metodológicos, de categoría mayor o menor, como los llevados a cabo entre Strauss y Kojève o entre Rorty y Habermas). (4)

Pero lo que queda al margen en estos realistas, historicistas y pragmáticos es lo poco y lo cada vez menos que la realidad les obedece, lo poco que se mueve en los términos de sus narrativas, lo poco que "aconsejan" o "persuaden". Como Platón, los "filosofastros del futuro" que pululan todavía dándoselas de pensadores y practicando el academicismo con todos los privilegios que conlleva (por ahora), siguen viéndose empujados a ser... meros encubridores de una realidad cada vez más tiránica, de unos "propósitos" que tarde o temprano acaban demostrándose que no eran ciertamente los "nuestros".

¡Y cómo, por fin, no aplicarles a estos "buenos" servidores de la humanidad lo que dijo de los de su tiempo Nietzsche: "La condición de existencia de los buenos es la mentira --:dicho de otro modo, el no-querer-ver, a ningún precio, cómo está constituida en el fondo la realidad" (Ecce homo, Por qué soy un destino, af. 6)

Por fin, caído el muro y democratizada en alguna medida o popularizada la equivalencia entre stalinismo y nacional-socialismo (aunque nunca reconocidas en su sistematicidad sino como resultados de una suerte de nemética proliferación de tormentas independientes), pondrán de manifiesto la dificultades, las inconsistencias y las incongruencias de unas ideas que contra los terremotos sucesivos pretenden conservar ruinas retóricas o levantar tiendas de campaña de rápida instalación/desinstalación, ilustrando así los polos de una lucha inconsecuente entre fuerzas moribundas, una de ellas envejecida y defensora en su chochez de que aún puede ser útil y necesaria como tal y... conservando el nombre (intentando encontrar una respuesta al "¿para qué aún la filosofía?" -J. Habermas, ¿Para qué aún la filosofía?, ed. cit., pág. 81-, que ya contaban con datos y sostenían ya las posturas que se popularizarían luego), la otra lisa y llanamente resignada a transitar hacia la desaparición aunque sin reconocer que ha comenzado a mutar hacia algo más útil... para sus aliados y benefactores. En ambos casos, no obstante, procurando mantenerse de una u otra manera alejados de la conducta propia de "una élite intelectual nunca asequible a las masas" y por el contrario buscando denodadamente cómo mejorar el "eficaz influjo político" que "En las últimas décadas la filosofía ha adquirido en la conciencia pública" (!!) (ibíd., págs. 77 y 81), es decir, en un lenguaje libre de eufemismos: "se ha simplificado", "se ha convertido en una colección de slogans" ("los conceptos orientadores de la acción" -ibíd., pág. 83-) y en todo caso "en un lenguaje para la retórica pública (esto es, de tertulia, de periódicos, de charlas de sobremesa... en la que se habla por igual hoy en día de "agujeros negros" como de "superpoblación", de "progreso científico", de "ecología" y del "sinsentido de la guerra"...)", como ya hemos sostenido antes sin tapujos ni dulcificaciones, radical y críticamente. Hoy, la certeza se ha democratizado (antiguamente ya era popular porque siempre fue un resultado de la contradictoria experiencia humana), y, por causas también de la experiencia personal, ha acabado por hacerse válida absolutamente para el minuto presente y poco más... luego... ya Dios habrá de proveer... Por eso Habermas tan sólo claudica más embozadamente que Rorty, claudicando los dos en cualquier caso ante la perspectiva idílica de "una base tan amplia de eficacia como jamás la ha tenido filosofía alguna" y, bien sûr, ante la democracia real que la había permitido. Habermas (en 1973) se refería en concreto al "sistema universitario en amplia expansión" (ibíd., págs. 85-86) al que recomendaba ir al encuentro adecuadamente armados (con su propia filosofía-fachada, cómo no), aprovechando, ¡por fin, aleluya!, el "nuevo helenismo" que, no sé cómo, Habermas considera que "se perfila" según "algunos índices" de todos modos amenazados de "paganismo" y "pluralismo de fetichismos y mitologías locales" (ibíd., pág. 87), "disolventes fenómenos" sin duda "de la unidad de la identidad y de lo no idéntico" (¿lo humano... que nunca existió pero que se usó y se pretendió... desde filas mixtas burocrático-intelectuales y aún desde antes de que la filosofía naciera?), ante lo que Habermas vuelve a alzar La (sempiterna) Razón reducida de todos modos, modesta, tal vez políticamente, a "discurso racional" y con ella la Esperanza (la cual "líbrenos Dios de perder", como dijera Baumann).

A fin de cuentas, quejándose más o menos, acaban todos, como Heidegger, aceptando y silenciando e incluso edulcorando la dilución del individuo en la colectividad como un "destino positivo" en todo caso por "inevitable", el resignado destino kantiano del "deber ser" o del "imperativo categórico" y de la disciplina que permitirá la realización ("ilimitada", como dice Heidegger en 1938) del progreso humano. Algo que, por cierto, la famosa "crisis financiera" de estos años ha llegado a conmover, aunque sin llegar a significar (¿aún?) sino una pequeña vuelta más de tuerca en la misma dirección... sin que (¿aún?) eso signifique que peligre ni ella misma, ni el tornillo ni la pinza.

Así, hoy en día, "pensar", es decir, volver a poner la propia obra intelectual por encima de todo y lo que se es... con o sin su ayuda no hace más que alejarse o convertirse en polvo que dispersará el viento, a lo sumo llegando a conmover a uno u otro... como mensajes en botellas lanzadas al mar pero quebradas por los arrecifes. Sin que se pueda siquiera adivinar cuándo nos encadenarán a todos y si será por un tiempo y dónde...

Claro que no puedo negar por completo que puedan emerger manifestaciones de alguna "nueva manera de pensar", por ejemplo, alguna que, como aún insistiera Heidegger en sus últimos escritos, se avisora a pesar de que, como ya he apuntado, su "revelabilidad sigue siendo un misterio" (Mi camino en la fenomenología, en Tiempo y ser, Tecnos, Madrid, 2006, pág. 102). Por ejemplo, una manera compatible con muchas de los lineamientos de su misma "fenomenología", quizás algo más "estricta" aún, quizás incluso más "científica" si se quiere, pero en todo caso mucho más radical más que rigurosa, cruel con uno mismo hasta dejar la carne viva... aunque no sea capaz de superar el marco de la experiencia personal y la interpretación personal que busca en vano, al borde de la nada, lo imposible, ni, menos aún, poder ofrecer garantías de algún absoluto buscado imperativamente que se pueda tomar como necesidad para la preservación optimista de "la vida" o evitar "la nausea", y que en realidad sea por el contrario... necesaria para legitimar las pretensiones contextuales en las que todo pensador individual se conforma y con las que emboza el instinto de supervivencia, como ya hemos apuntado.

En cualquier caso, los genes de los que no soportan fácilmente, incluso sufren, las contradicciones presentes en sus propias narraciones (que son para quienes resultan manifiestas y relevantes) siguen reproduciéndose a pesar de todo (¡aún!); la selección artificial burocrática dista de llegar a extremos y de ser plenamente eficaz, incluso es todo lo contrario... como sucede en general (además de que no es la planificada, allí donde se ha dado, la que tiene esa lógica y en tal sentido funciona, sino la que se deriva de la totalidad instituida y de sus bases de coincidencia intergrupal, entre lo más sustancial, actuando como si fuera natural). A su vez, las cuestiones del "pensar" no son más que cosa de un puñado de pensadores (como dice Baudrillard descorazonado y tan enrabietado que parecería preferir ver el mundo actual sumido en un caos liberador que signifique lo que la cuarentena mesiánica del desierto... en la que sin embargo sigue cifrando sus viejas e incolumes esperanzas; un poco también lo que promueve Agamben me atrevo a señalar -véase J. Baudrillard, La agonía del poder-) o el Castoriadis que soñara aún con una autoconstrucción humana tributaria en cualquier caso del "humanismo marxista" (kantiano-hegeliano y por tanto cartesiano, y por tanto platónico...) que de todos modos sólo podría ser diseñado en el seno de lo mejor de la humanidad, entre sus sabios, sus mejores pensadores, por la vanguardia consciente de la Humanidad, como la supuesta expresión de la conciencia humana colectiva... de la vida... y, ya puestos, de la Tierra...

En cualquier caso, La Esperanza, la del pensador impenitente y corajudo, casi temerario -claro, ¡de ello estamos hablando y no de las esperanzas, dis-tin-tas, de los demás habitantes del planeta!- muere, y La Filosofía la ha perdido su sustento con los primeros síntomas, muriendo incluso por anticipado. No es que se haya agotado el preguntar, la duda, la perplejidad, el modo ni las causas, que apenas han variado desde sus comienzos, sino, fundamentalmente, porque la simple pérdida de rol de los filósofos, su reducción a una idealización marginal y decorativa en el mejor de los casos, debido al curso socio-histórico, reduce las posibilidades de reproducirlos, y sin ellos aquella se hace imposible (o muta en otra cosa que ya no lo es). "Filosofía es hablar entre filósofos", dijo taxativamente Heidegger a pesar de quienes quieren seguir llamando de ese modo a discursos que ya no pretenden "alcanzar el absoluto" o sirven tan sólo para "la educación" o "la tertulia". Es verdaderamente, una muerte histórica, que se produce por causas evolutivas, como toda extinción (siempre ayudada, claro, por la entrada en escena de una novedad para el entorno que tendemos a atribuirla al "Azar" siendo en realidad un resultado causal producido en "un sistema" vecino). La Filosofía muere al mismo tiempo que deja de ser útil al Tirano, a ese que Kojève atribuye el don de conducirnos al Progreso Histórico Indispensable, incluso porque le molestan sus manifestaciones residuales. Ya no tiene interés alguno en seguir dándole de comer. No hay una Gran Causa que explique su agonía así como nunca la hubo para explicar su nacimiento. Como todas las obras de la imaginación y del intelecto, como todo lo que se puede plasmar con la musicalidad de las palabras, ha sido (y lo que queda, donde quede, aún es) muy bonito, pero el hombre, que es un animal (y se diferencia tan sólo animalmente de las bestias), puede seguir su camino sin ella, aunque nos parezca un camino sombrío y por ello inútil; en realidad, tan sólo un camino que no se me ocurre sino calificar de desnudo.

En otras palabras, más nietzscheanas, la tragedia del héroe-intelectual conllevaba, como se puso en evidencia mediante la tragedia griega para todo tipo de héroe (humano, por supuesto), a su inevitable autodestrucción o extinción (y tal vez al nacimiento de otro... en tanto haya caldo de cultivo para ello) y a vivirla por fin como puro drama satírico, en el fuego del deseo de alcanzar al menos la semidivinidad: el misterio (del que habla Heidegger), parecería diluirse en la misma medida en que la experiencia del mismo se relativiza y se comprende que teorizar (pensar todo objeto) es simplemente una otra manera de sueño. Aunque, tal vez, para dejarnos en la pura orfandad. Aquí, aquella "búsqueda de Dios" del personaje del loco puesto en escena por Nietzsche y al cuyo discurso Heidegger dedica el ensayo mencionado en mi nota (1), se hace al menos comprensible y compatible con el deseo de desbancarlo para ocupar su trono o al menos controlarlo desde atrás: se mata a los dioses en nombre de la omnipotencia propia (más evidente cuanto mayor sea la voluntad de reflexionar, de dudar, de cuestionar... más cueste vivir en la contradicción) y como otro acto de su realización, y se los mata sin dejar de desear -en el mejor estilo de la Filosofía- su captura y su domesticación.

La necesidad de certeza a la que Heidegger
dedicara sus esfuerzos (actualización moderna de Verdad, como señala) que nace de meras características fisiológicas (neurológicas) adquiridas, desbordando sin duda lo lógicamente necesario, es decir, lo cibernáuticamente necesario, devuelve como un búmerang al individuo que no puede soportar la incertidumbre ni soporta vivir con la contradicción (ésta podría ser una buena definición del gran pensador en cualquiera de sus formas -y en el que la misma se hace presente a la conciencia-) una confusa sensación de incomprensible omnipotencia que activa y reactiva el proceso de producción de artificialidad y que no conduce más que al límite del caos en nombre de la simple supervivencia de una especie que se debe a la vida, obligada a buscar aquella certeza... o a Dios (es decir, a confiar en la experiencia propia de certeza o en aceptar, dar por supuesta, la en cualquier caso incomprensible y eventualmente interpretable certeza divina).

A quien lo sepa oír y quiera realmente pensarse hasta las últimas consecuencias... que conste que yo lo he intentado, es decir, sin temor a perder lo que sea que haya obtenido hasta ahora y que un día se desintegrará. Este intento propone ir más allá del bien, del mal y especialmente de Nietzsche, del que habría que partir sin retroceder. Partir, en fin, de reconocernos, de contemplar sin miedo nuestros rostros, los de "nosotros, nosotros los mandarines del pincel chino, nosotros los eternizadores de las cosas que se dejan escribir, que es lo único que nosotros somos capaces de pintar..." (MABM, af. 296). Aceptar que sentirnos "la especie más alta de todo lo existente", como se sentía Zaratustra (Nietzsche, Ecce homo, Asi habló Zaratustra, af. 6) o suponer (¡grupalmente, eso sí!) tener por Destino "asumir el dominio de la Tierra" (Heidegger, La frase de Nietzsche "Dios ha muerto", en Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 1995, pág. 227), es puro narcisismo grupalista (lo que Heidegger llama "quererse a sí mismo" -ibíd., pág. 217- pero que, con las características de la propia ideosincrasia de grupo, atribuye de hecho a toda la humanidad... extendiendo su propio subiectum como esencia genérica de lo humano -un estereotipo de la modernidad-... o, en su defecto, considera la más elevada o más auténtica deseable, cuando sólo incumbe al propio grupo, uno que en cierto modo, sólo en cierto modo, ha ganado para nosotros el derecho de juzgar, que ha logrado conquistar ese derecho gracias al "pincel" -¡y a inventar "el pincel"!-, un derecho que ahora estamos simplemente perdiendo, como le sucedió a la nobleza... históricamente... mientras se nos ofrece, como a sus miembros en su día, la claudicación, la caricatura, la comedia, la bufonería, es decir, la opción de corromperse, de perder el ser para salvar la vida). (5)

En fin, algo a lo que todos deseamos tener derecho (¡lo atribuimos a Dios... para obtener a la vez su garantía!) ... uno más de los que varios que nos atribuimos para poder vivir... y que nos llevan a formar un grupo separado de los otros y a luchar por domesticar a los demás siempre que nos sea posible, siempre que el riesgo esté dentro de un orden. Claro que no parece sencillo reconocer, seria y radicalmente, y asumir hasta las últimas consecuencias, en toda su dimensión, la conclusión en la que se hacía humo el propio proyecto de Nietzsche de que "El hombre más perjudicial es tal vez el más útil" (La gaya ciencia, Libro primero, af. 1); reconocernos bestiales; ¡llegar a ello sin nauseas!, elegir (de nuevo con Camus, op.cit. en mi nota 5) entre "la conciencia atenta" y "la esperanza", y por fin, al menos tanto como lo permita el cuerpo: ¡reir!



* * *

Notas:

(*) Al haberse perdido las notas junto con el final original del post (y haber cometido el grave error de no haber tenido copia del mismo antes de reeditarlo, lo que causó el desastre) reproduzco aquí la cita de Habermas mencionada, correspondiente a su conferencia ¿Para qué aún filosofía?, publicada en 1973 (Tecnos, Madrid, 1982):
"El 80º aniversario de Heidegger no constituyó sino una efeméride privada. La muerte de Jaspers permaneció ignorada. (etc...) Hace ya decenios que la filosofía en los países anglosajones y Rusia ha entrado en un estadio (...) de investigación que organiza colectivamente el progreso científico. (...) lo que ha llegado a su fin no es sólo la gran tradición sino, como sospecho, también el estilo de pensamiento filosófico ligado al saber individual y representación personal." (pág. 63) Y tras una somera exposición a fin de cuentas ideológica, y tras preguntarse "¿para qué la filosofía?", valoraba "la gran relevancia política (de) los conceptos orientadores de la acción" (pág. 83), proponiendo por fin: "una filosofía de la ciencia no cientifista. (que) encontraría en el sistema universitario en rápida expansión (...) una base tan amplia de eficacia como jamás la ha tenido filosofía alguna." (págs. 85-86) Y en un curioso paralelo con la descripción del Heidegger de 1938, sostiene: "El pensamiento filosófico (...) no sólo se acopla a las solidificaciones de una conciencia tecnocrática, sino que se carea con la ruina de la concepción religiosa." (pág. 86), etc.
Este panorama coincide por otra parte con el que describe Heidegger en 1938 y lo conserva aún en 1963, como puede verse aquí. Nótese el lugar donde ancla la fenomenología (formalmente "como posibilidad") y el grado en que lo hace, y en el cuál se insistirá en buscar un hueco aunque sea a costa de "misteriosas" adptaciones orientadas a "determinar lo que..." precisamente un filósofo hace ("pensar"), algo que con un panorama como este... no parece que signifique gran cosa socialmente...:
"Parece la pura y simple desintegración de la Filosofía, cuando es, en realidad, justamente su acabamiento.
"(...) No hace falta ser profeta para saber que las ciencias que se van estableciendo, estarán dentro de poco determinadas y dirigidas por la nueva ciencia fundamental, que se llama Cibernética.
"Esta corresponde al destino del hombre como ser activo y social, pues la teoría para dirigir la posible planificación y organización del trabajo humano. La cibernética transforma el lenguaje en un intercambio de noticias. Las Artes se convierten en instrumentos de información manipulados y manipuladores.
"(...) La Filosofía finaliza en la época actual, y ha encontrado su lugar en la cientificidad de la humanidad que opera en sociedad. Sin embargo, el rasgo fundamental de esta cientificidad es su carácter cibernético, es decir, técnico.
"(...) El final de la Filosofía se muestra como el triunfo de la instalación manipulable de un mundo científico-técnico, y del orden social en consonancia con él. (...) comienzo de la civilización mundial fundada en el pensamiento europeo-occidental." (El final de la Filosofía y la tarea del pensar, ed. cit., págs. 79-80).
(1) El peso de lo que Castoriadis denominó "magma de significaciones" dominante fue tal gracias a la potencia tecnológica alcanzada en el siglo XX que impregnó y aún impregna buena parte del pensamiento occidental (en sentido extenso -"globalizado"-) que Heidegger, por lo que puede verse, se sintió confortable sometiéndose al mismo y conservando hacia la nueva etapa tecnocrática que se desarrollaba y que hizo a algunos pensar en "salidas" del tipo de un gobierno basado en "soviets de técnicos" (Thorton Veblen). Recién en 1946, Heidegger, sin mencionar autocríticamente ni comprender el sentido de su antes alabada "planificación" realizada a la vista del ascenso hitleriano (y soviético, entre los cuales se colaboraba por aquellos tiempos) en marcha hacia el "dominio de la Tierra" por el hombre, comenzará a señalar los negros nubarrones y la vigencia de la noche de los tiempos. No deja de ser curioso, sin embargo, que sus esperanzas y apuestas por la burocracia y su predispocisión planificadora (éste es en realidad el núcleo de su apoyo al movimiento nazi) en lugar de "los sabios" y su "soñada República" platónica (concordante con el fin de la metafísica) fuesen defendidas para lo político mientras para el pensamiento recomendara el irracionalismo (La frase de Nietzche "Dios ha muerto", en Caminos de bosque, ed.cit., pág. 240), lo que bien podría ser una rectificación hecha antes de la publicación. La combinación de planificación e irracionalidad sin duda ha ido alcanzando progresivamente cuotas más altas sin parangón previo, conformando una realidad histórica que pesaba demasiado a la vez que confundía definitivamente el pensamiento. La planificación burocrática era sin duda y en última instancia la expresión más absurda y difícil de digerir nunca antes alcanzada por la sacralizada creatividad humana a la que se debía seguir tributando (inseparable del propio status quo) y que simplemente encaja en la irremediable producción de artificialidad (propia de la marcha interactiva de los grupos humanos y el mundo) que el pensamiento más reflexivo (el que caracterizó a los filósofos hasta hace poco) tiende a rechazar inevitablemente en mayor o menor medida, soñando aún con imponerle una racionalidad imposible... al mismo tiempo que claudicando al imperio de lo realista (en y del que se vive), y que, hoy en día, se ve cada vez más empujado a trabajar (filosofastrando, evidentemente), en la dulcificación de esa realidad, que es lo que ya hacía Heidegger a pesar de su "grandeza" (Strauss, Arend... y en cierto modo cierta --"si esto no es caer en un malentendido", como dice Heidegger en el ensayo mencionado al aplicar ese calificativo a Nietzche) y de su retroceso final hacia la alternativa del romanticismo del "coraje" nietzscheano, de "los más arriesgados", de "los que quieren más" que son "los que dicen más" (Martin Heidegger, ¿Y para qué los poetas?, en Caminos de bosque, ed.cit.), tal y como sucediera otras veces, como en el caso visto de Sainte-Beuve.

Castoriadis , con
la idea de racionalización más allá del capitalismo que propone, aún atribuida a una supuestamente inclompleta "autocreación del hombre" (En el laberinto), así como otros tantos (Lefort, Adorno y Horkheimer, Habermas, Derrida, Arend, Agamben...) constituyen los últimos más elevados ejemplos de ese rechazo y de la consiguiente frustración y melancolía. Pero, sin duda, lo que parece ser el nuevo refugio socio-histórico para el pensamiento... va camino de la pura tarea de dulcificación y humareda... cada vez más depreciable y despreciable. En cualquier caso, la maraña es tan densa y los trucos son tantos y con tan diversos componentes, que no es de extrañar tampoco que el propio Heidegger acabara una y otra vez reconociendo que se trataba de algo "velado" (ibíd., pág. 224) o que seguía, unos veinte años más tarde, siendo considerado "un misterio" (Mi camino en la fenomenología, en Tiempo y ser, Tecnos, Madrid, 2006, pág. 102).

(2)
"Es bueno tener la idea de una comunidad que nos incluya a todos, e incluso diría que está en el orden del día. Yo no lo veré porque soy viejo, pero su generación puede acercarse a esa comunidad, ya que las alternativas son demasiado horribles como para pensar que se van a imponer. Nos debemos acercar a la comunidad de toda la humanidad o acabaremos matándonos los unos a los otros."
(...)
"Tenemos, es cierto, este imperio mundial de asalto de los EE.UU. que no trabaja para conseguir una comunidad de toda la humanidad, sino que al contrario alimenta el terrorismo y el antagonismo y hace las cosas aún más difíciles. Yo no soy optimista pero tengo esperanza. Hay una diferencia entre optimismo y esperanza. El optimista analiza la situación, hace un diagnóstico y dice, hay un 25% de posibilidades etc. Yo no digo eso, sino que tengo esperanza en la razón y la consciencia humanas, en la decencia. La humanidad ha estado muchas veces en crisis. Y siempre hemos resuelto los problemas. Estoy bastante seguro de que se resolverá, antes o después. La única verdadera preocupación es cuántas víctimas caerán antes. No hay razones sólidas para ser optimista. Pero Dios nos libre de perder la esperanza." (X. Baumann, entrevista realizada por DANIEL GAMPER - 12/05/2004, publicada en el suplemento 'Culturas' de la Vanguardia).

(3) La "facultad" cerebral no tiene en este sentido por qué dedicarse a la filosofía, o a "pensar el pensar," o a buscar respuestas metafísicas... podría simplemente servir para actuar como un obrero (especialistas e investigadores científicos incluidos así como todos los apéndices de servicios generales, etc. que exige la complejidad hambiental instituida, e incluidos los "obreros de la filosofía" a los que hacía referencia Nietzsche), o como un productor de circulante (empresarios), o como un burócrata (cuyo cerebro piensa sólo en cómo conservar y/o incrementar su poder político en diversos ámbitos y grados) o, incluso y hasta cierto punto tan sólo, como un devoto (sacerdotes y monjes convencidos, fanáticos de religiones y/o movimientos ideológicos, científicos consecuentes, filósofos residuales persistentes...), como es el caso de la mayoría de la población inmersa en la selva en que se le impone construir sin pausa ni sentido... en concordancia con los parámetros vigentes e instituidos que incluyen una específica estructura de fragmentación y dominación (hoy burocrática). Esto, por otra parte, es lo que sitúa en su contexto real eso que Habermas denomina "causalidad intelectual entre el contenido de una doctrina filosófica y sus funciones legitimadoras de la acción de otros que se apoyan en ella" -op.cit., pág. 67-) y que supondría la necesidad de dar con una "una respuesta satisfactoria", sí, pero satisfactoria en ese sentido, es decir, socialmente. Así, sólo el contexto artificial específico creado por el hombre (los hombres decididos a dominar y capaces de hacerlo en estrecha relación de vasos comunicantes con los no-capaces/no-decididos y por fin apartados), explica que esa "facultad" pudiera aplicarse así y creara ella misma para sí su propia legitimidad, con sus iconos, sus reglas reproductivas, sus privilegios...

(4) Kojève llega a decir: "...si los filósofos no dieran en absoluto consejos políticos a los hombres de Estado (...) no habría progreso histórico ni, por tanto, Historia propiamente dicha. Pero si los hombres de Estado no llegaran a realizar mediante la acción política cotidiana estos consejos de raíz filosófica, no habría progreso filosófico (hacia la Sabiduría o la Verdad), ni por tanto, Filosofía propiamente dicha." (Tiranía y Sabiduría, en Sobre la tiranía, Ediciones Encuentro, Madrid, 2005, pág. 215) Es decir, si no hubiesen slogans movilizadores de las masas tomados sin contenido ni vehemencia de los discursos de los filósofos para llevar la sociedad por el camino del poder burocrático que la hace cada vez más absurda... ¡porque "no tiene tiempo para llenar la laguna teórica entre la utopía y la realidad" -ibíd.-!... ¡no habrían... filósofos que pudieran seguir filosofando! Y hay más perlas...

Rorty por su parte (Sobre la verdad: ¿Validez universal o justificaciòn?, Amorrortu/editores, Bs.As./Madrid, 2007) sostiene las ventajas de "la justificación" puesto que "Lo único que importa es qué manera de modificarlos (los conceptos, "la universalidad" que "deberíamos tratar de crear, en lugar de presuponer" -nota 66 en pág. 78-) los volverá, a largo plazo, más útiles para la política democrática" (pág. 80). Y apunta: "Dewey pensaba que el deseo de universalidad, incondicionalidad y necesidad era indeseable, porque nos alejaba de los problemas prácticos de la democracia rumbo a la tierra de nunca jamás de la teoría" (pág. 78), sin duda bajo esos supuestos e imaginarios "problemas prácticos" se ocultan en realidad los de la burocracia en el poder que usa cada vez más la propia "democracia" para negar sus cada vez más escasas ventajas globales. Lo más gracioso es que no deje de atribuirse el título de "filósofo" a pesar de su "pragmatismo" y "oportunismo" desnudo y concluya parafraseando al Marx de las Tesis sobre Feurbach con una aparentemente mayor modestia: "Los filósofos hemos (!) querido durante mucho tiempo entender conceptos, pero el asunto es cambiarlos de modo que sirvan mejor a nuestros propósitos" (pág. 80, el signo de admiración en negrita y la negrita es obviamente mía).

Rorty dice, además, haber optado por procurar "convencimiento" (incluso reconociendo que de manera limitada) y yo me pregunto hasta qué punto mantendría el rechazo a la toma de las armas si hubiese llegado el inevitable caso... Pero no sólo es el hecho de situar el carro ideológico apriorístico delante de los bueyes, sino de no ver hacia dónde tiran en realidad y en quienes se confían las riendas y el látigo... sin duda, está a la vista año tras año desde Siracusa, no hacia donde "nos" interesaría, e incluso sin lograr otros "convencimientos" que lo preexistentes.

(5) A la vista (o visión) de un escenario ya mal-encaminado, Rilke cantaba a la añoranza de "Los reyes del mundo" y de sus "hijos" en realidad proyectándose en ellos. Ciertamente: "Los reyes del mundo son viejos/y no tendrán herederos/Los hijos mueren ya de niños/y sus pálidas hijas entregaron/al más fuerte las enfermas coronas." (Rilke, Libro de la peregrinación, citado por Heidegger en ¿Y para qué poetas?, en Caminos de bosque, ed.cit., pág. 263).

Por otra parte, en ese ensayo, así como en otro de la misma época (La sentencia de Anaximandro), Heidegger, sin duda afectado por la frustración, hablará como he mencionado ya, de "las tinieblas de la noche del mundo" apuntando (acusando) a "ese quererse a sí mismo" del hombre" de ser una "amenaza" o un "peligro" para él mismo: "Lo que hace tiempo amenaza mortalmente al hombre (...) es lo incondicionado del puro querer, en el sentido de su deliberada autoimposición en todo" (¿Y para qué poetas?, ed. cit., pág. 265), lo que incuestionablemente va más acá de Nietzsche, hasta el romanticismo, a modo de refugio melancólico... y al servicio de salvar la ropa, es decir, la desnudez propia y darle un valor y un sentido al ser así, al ser que se es.

Sin duda, "el pensamiento ha entrado en esos desiertos", como notara Albert Camus (El mito de Sísifo, Losada, Bs. As., 2004, pág. 35), donde bien cabe predecir que morirá de sed... porque no sabiendo por sí mismo procurarse el agua quede cada vez menos interesados en la contrapartida que puedan obtener por ofrecérsela...