lunes, 1 de julio de 2013

En torno a los espejos... (refrescando una primera versión)

Fue por pura casualidad, en parte provocada por eso de llevar todos los días el cántaro a la fuente, en este caso tras sistemáticos intentos de dar con el rostro soñado. Pero, fuese como fuese, supo de inmediato que había dado con la solución perfecta. De inmediato corrió a la calle para comprobarlo y buscó al sabio más sabio y, colocándose frente a él, cara a cara, alzó el espejo entre ambos y se contempló unos instantes. Luego corrió hasta dar con el más joven y apuesto mozalbete, y repitió el experimento. Había aún muchos para elegir, incluso más allá de las murallas de la ciudad...; sí, por fin tenía todas las posibilidades a la mano. Una sonrisa iluminaba su rostro como hacía mucho no pasaba. Involuntariamente alzó el espejo para contemplarse, pero sólo consiguió ver a través un trozo de la ciudad circundada por un óvalo de madera. ¡Es verdad!, se dijo; había olvidado que lo que sostenía era el marco vacío del espejo del que el cristal se había desprendido. Pero no se trataba de una antigua fábula oriental sino de la realidad, y no podía suceder que perdiera para siempre la posibilidad de volver a contemplar el propio rostro. En el mundo real, en el que él seguía moviéndose, sólo sería necesario contar con dos espejos, uno para cada menester, uno para cada momento de la vida.

Madrid, 27-9-2012
 

lunes, 3 de junio de 2013

Tanya: pincelada de una amiga escritora


Apenas comienza a dormirse, su cuerpo comienza a menguar. O quizás sea la cama la que se expande y es el tejido, aparentemente compacto, del colchón y de las sábanas, el que se va abriendo hasta asemejarse a una gigantesca hamaca de red, cuyos nudos se separasen más y más y más... El proceso dura el lapso que tarda en dormirse, mientras su cuerpo, con peso suficiente todavía, provoca aún que la zona de la red en la que reposaba se mantenga abombada, aunque cubriendo cada vez menos alveolos. Por fin, en cuanto el sueño la abraza por entero, ya casi sin peso  y diminuida suficientemente, se escurre por alguno de los huecos abiertos (cada uno de ellos a una galería diferente pero sin paredes, conducente a un lugar aún inexistente) por donde entra a caer en el vacío, eso sí, lentamente, como una pluma minúscula, o como si el espacio tuviera allí, en esos imprecisos conductos que se forman, algunos con forma de toboganes alambicados otros de embudos retorcidos, otros como tubos y esferas, la densidad de un gel. O como si en ellos la gravedad fuera inapreciable.

Tanya entra de ese modo en el mundo de los sueños, muchas veces nuevos, en todo caso a renovar o a revisar, y allí, durante "una hora" (según "el conejo corredor del reloj de bolsillo" habría cronometrado por ella) entreteje una (o más) historia(s) que crecerán hasta convertirse en un mundo de fantástícos amigos dispuesto a ser plamado por ella en "negro sobre blanco", más iluminado y coloreado aún que al ser imaginado, en el sueño del sueño donde el personaje es ella misma y la soñada, en el que despertará para escrbirlo...