jueves, 26 de marzo de 2020

YO ACUSO...


     El mundo más desarrollado está abocado a combatir un enemigo microscópico de origen oscuro que lo amenaza física y sobre todo socialmente, y en particular a través de la propia constitución de las defensas contra los efectos de la molécula, al tener que semiparalizar el funcionamiento normal de sus conductas y actividades (económico-fabriles-mercantiles) y del autoaislaniento vigilado.
La sociedad occidental del management se pone a a si misma (inevitablemente) en cuestión. Claro que con esa defensa en manos de las burocracias que hasta ahora lograban ejercer sus funciones con relativa tranquilidad aunque la ineficiencia de costumbre que ahora muestra su notable incapacidad para detener no solo la infección con rapidez y eficacia sino el propio hundimiento social general de su constitución y permanencia. Las medidas tardías y displicentes están llevando las cosas a extremos imprevisibles (pero imaginables) en la base misma del funcionamiento social, político, geopolítico, psicológico, de convivencia, de supervivencia misma aunque a causa de las medidas defensivas tomadas y que ya no saben hasta que extremo llevar (se propone la muerte o casi de la actividad económica acostumbrada o establecida de la que viven mucha gente, algo que se trata de resolver mediante la manera típica de siempre por parte de nuestras sociedades occidentales y occidental izadas bajo el “management” o burocrática ion y especialización: “la subvención”, el sostenimiento paternalista y piadoso de los debilitados por esas mismas medidas defensivas, etc.)
   El problema con el que se enfrentan parece insoluble: las medidas sin “de contención” pero imposibles de mantener demasiado tiempo. Hasta la eventual psicosis (preexistente de por sí aunque oculta de manera general) amenaza a medio plazo las cosas. El tiempo se espera que pueda permitir actuar antes de que la multiplicación (a velocidad crucero) de la molécula y antes de que la “indisciplina” social pueda crecer ante la fuerza de las cosas. Pero ese tiempo podría no responder a las declaradas esperanzas. Entretanto, los millares de grupos burocráticos bullen en su interior a instancias de su naturaleza o mecánica imparable, en la cual prima la lucha por el poder aprovechando todo lo que se tenga a mano para ganar posiciones en la sociedad y en cada uno de sus propios marcos, grupos y subgrupos, etc. El tiempo y las medidas que descansan en la frágil coerción social (en la unión de individuos formados durante su existencia y desde sus abuelos en el egoísmo y el criterio básico del sálvese el que pueda... y hágalo a costa del prójimo), el tiempo, digo, juega en contra de la mecánica a la que no se admite (ni se podría admitir) a renunciar (algo en lo que utópicamente confían varios grupos que creen que el paraíso sucederá al colapso absoluto de “lo económico privado”; para ellos “El Obstáculo”!). La resistencia a todo cambio lleva, en breve, a la caída. Es una tendencia, pero una tendencia real.
Sin duda, no podemos evitar desear y esperar que todo vuelva a la calma más o menos chicha en la que navegábamos sin creer que a la calma pudiera seguir una tormenta. Es inevitable. Todos queremos la duración de la utópica paz, de la comodidad, de la rutina. Todos lo hacemos sin querer mirar a los caídos constantemente todos los días. No nos queda otra: marchar como los percherones enganchados a los carros, con los laterales tapados para no desviarnos. De lo contrario... cómo seguir multiplicándonos? Igual que la molécula que nos ataca, respondemos a las leyes ciegas de la vida. Una vida que nos da satisfacciones a Costa de no sacrificarnos por los demás. No demasiado al menos. Limitadamente. Sin poner en riesgo lo que nos ha dado lo que tenemos (sea lo poco o lo mucho que sea) y que pretenderemos siempre e inevitablemente conservar.
Sin duda, parte (muy probablemente mayoritaria) sobrevivirá. Ya veremos bajo que condiciones, aunque, muy posiblemente, al menos de esta amenaza (que nunca podrá ser la última), para seguir obligados a ceder la gestión de la marcha del mundo a los especialistas en gestión que se seguirán aprovechando en grupo y dentro del grupo.
Nada más grave de lo que ya era.
   Entretanto: entretenimiento televisivo y propuestas para seguir dentro del circo haciendo en el de payasos ad hoc. “El circo de Oklahoma” como lo llamará Kafka.
   Entretanto(por ejemplo!), sufrimiento en masa y exterminio progresivo en Siria o en el Congo... donde lo de menos es morir a causa de la infección... Incluso donde lo de menos es morir... aunque asimismo se trate de evitar a cualquier precio (y sobre todo al de la libertad).

   Por ejemplo, aquí... Sepámoslo nosotros los cómodamente confinados en nombre de la patria.



martes, 28 de febrero de 2017

Del hambre y del tiempo

Un ansia irreprimible de retener lo que la corriente del tiempo arrastra hacia el olvido nos asalta. Y procedemos a realizar nuevas capturas futiles que presas de nosotros serán arrastradas igualmente por la corriente, con nosotros. Es lo que pasa cuando, con la pretensión de evitar la corriente el náufrago se aferra a un tronco o una madera o un cadáver que pasa a la deriva..., como si se tratara de una extensión de las orillas... que son inalcanzables, que pasan hacia atrás sin remedio, a la distancia, apenas dejando una visión, una marca, un arañazo...
Esas captura –realizadas en el fondo de las cavernas, en el barro cocido y la cerámica, en la piedra y el lienzo,la fotografía y el vídeo...–, que llevamos a cabo en nombre de la memoria, coleccionándolas en el museo de nuestra electroquímia, obedecen a aquellas, las ansias depredadoras. Capturas de las bellezas e intentos imposibles de no guardar a la vez el horror en la que fueron envueltas (convirtiéndolo en gloria y profesionalidad), el horror de la depredación, precisamente, ¡y el horror a la desaparición propia con la colección completa...!; pero un acto más del hambre con la que fuimos dejados a merced de la corriente, la corriente que lloraba desde el desprendimiento inicial. El hambre que nos signa, de la que salimos y a la que volvemos, de la que queremos huir. Donde la representación emerge imperativa. Del fondo de las tripas vacías, del fondo del cerebro insatisfecho.
Sí, simbolizamos por una sutileza del hambre, simbolizamos porque somos unos depredadores sofisticados que jamás podrán escapar de los rigores de la infancia; los rigores de la presencia en mitad de la corriente. De ahí el impulso creador que dignificamos para nuestro contento insuficiente –¡siempre insuficiente!–. Las ciudades, los templos,los palacios, las bibliotecas, los museos, los cuadros, las novelas, la ciencia, la tecnología, el cine..., de allí dentro –las tripas vacías– vienen sin poder cesar, sin agotarse. Gritan: ¡que no vuelva el hambre...!, y: ¡que nada se pierda!
Y... ¡es sólo otro deseo de devorarlo todo!