lunes, 5 de noviembre de 2012

La mirada deseada (un microrrelato)

    
La cabeza del hombre que había amado daba vueltas y más vueltas dentro de la lavadora. Su rostro resultaba irreconocible, en parte por los golpes que recibía a impulsos de los vaivenes del motor, pero, sobre todo, a causa de la sangre y el jabón que habían comenzado a hacer espuma. Por ello, de tanto en tanto, sólo se mostraba similar a la cabeza de Minerva, como una especie de medusa con el cabello negro del marido en remolino, dándose de bruces contra el cristal redondo, a medias, aunque sólo una de cada mil veces, ofreciendo parte del rostro en medio de la irreverente espuma.
Y no era eso lo que ella pretendía.
La rutina se había vuelto a imponer: sin darse cuenta, simplemente por inercia, había echado el jabón y el suavizante como cuando hacía la colada de costumbre. Por eso, la mezcla en la que la cabeza daba tumbos, no la dejaba ver lo que había ansiado y cada vuelta se lo hacía más difícil, mientras iba pasando del blanco al rosa y del rosa al rojo. Ella había pensado que, al meterla allí, la vería girar ante sus ojos, por fin doblegada e impotente, por entero a su merced. Allí, supuso que aparecería, vuelta tras vuelta, mirándola a través de ese ojo de buey que le recordaba el crucero de la luna de miel, una mirada distinta de aquella de incomprensión y pánico que puso al darse vuelta y ver bajar la katana sobre su cabeza; una mirada, ay, de respeto y de positiva admiración. Pero la cosa no marchaba. Entonces se le ocurrió aclarar y centrifugar un par de veces antes de poner la máquina nuevamente en el programa de lavado largo... ¡Bien, la cosa comenzaba a mejorar ahora: poco a poco, el rostro se estaba relajando y la mirada que tanto había buscado todos esos años tenía cada vez más de asombro y sumisión!
¡Bien, eso era bastante aceptable! Tampoco hay que pedirlo todo.

martes, 30 de octubre de 2012

La botella repescada (segundo apunte)

Está pues La Ciudadela (ver mi primer apunte), donde se ha recluido voluntariamente el "tirano" una vez que cualquier paso más que diera para aumentar el poder lo dejaría solo en un mundo plagado de cadáveres. Y no muy lejos otra fortificación, igualmente inexpugnable gracias a su particular estructura, aunque también es un castillo de naipes... que depende sobre todo de su cohesión interna. No es sólo esto, pero su nombre ha sobrevivido a la antigua función principal que era preservar la cultura antigua: "Gran Librería", al comienzo de la novela, mucho más que el originario depósito de libros (y arte) disponibles en la isla. Aunque ya no exactamente la sede del gobierno, como en los primeros tiempos; el surgido en la emergencia para que la sociedad pudiera continuar en las nuevas condiciones del extraño y nunca explicado apocalipsis que los había aislado siglo y medio atrás. Ahora, la Gran Librería alberga la Antesala del Código, que a su vez, en los últimos años, ha pasado a ser el leit motiv que congrega a la "hermandad del libro". Fue cuando Puzzo, el germajor de entonces, dio forma al Proyecto: la producción acelerada de un código genético capaz de superar al hombre.

Su población en aumento estará así constituida por quienes no han "nacido de mujer" (de paso, un guiño a los augurios de las brujas a Macbeth para cuando "el bosque comience a avanzar") gracias al trabajo diario que se lleva a cabo en la mencionada Antesala. ¿Lo que encierra un augurio tácito a su vez que amenaza al "tirano formal"? Pero, ese crecimiento, también podría ser una amenaza interna, porque la "colmena" no está ni mucho menos libre de fisuras a instancias, como siempre, de lo que produce la voluntad de conservarse, es decir, su complejización y su constante producción de nueva artificialidad...

En medio de los dos poderes, el que ansía su propio endiosamiento por todos los medios a la mano (sustitutivos de los ya practicados antes o remozados) y el otro, que se ha adoptado la voluntad de dedicar la vida (del colectivo) a desaparecer en aras del futuro (a extinguirse o a aceptar la esclavitud definitiva)... pero conservando para ello el poder entre los hombres, un individuo, que no es capaz de creer en nada, preso de su debilidad, su orfandad y su impotencia recorre el camino efímero de la vida que las circunstancias demarcan... en todo caso, inclinándose por inventar mundos posibles.